José María Laso Prieto

«Perspectiva actual de Gramsci»

En «La Nueva España», 11/06/1997. También en Homenaje a José María Laso:Desde mi atalaya; Tribuna Ciudadana, Oviedo; 1998 (págs. 77-78).

Texto preparado para su edición digital por Uriel Bonilla.


El pasado 27 de abril se cumplieron sesenta años del fallecimiento de Antonio Gramsci, una de las figuras más relevantes de la cultura y de la política de la Italia contemporánea. Empero la obra de Gramsci trasciende los límites nacionales itálicos y es actualmente un acervo común mundial para todos los interesados por la relación entre cultura y política, así como por su función en la transformación social de los países capitalistas avanzados. Gramsci es también el discípulo de Marx, cuyo pensamiento se mantiene más vigente. Incluso puede sostenerse, sobre la base de la más reciente edición crítica de sus famosos Cuadernos de la cárcel, que la crisis del denominado «socialismo real» ha confirmado plenamente sus advertencias y previsiones. Además, la práctica política de los países occidentales, demuestra cotidianamente la veracidad de las tesis gramscianas sobre la importancia que la lucha por la hegemonía cultural reviste para el mantenimiento, o transformación, de las formaciones económico-sociales. De ahí el renovado interés que suscita la obra de Gramsci en muy diversos ámbitos geográficos e ideológicos. Así, en diversos países, se van a celebrar jornadas dedicadas a analizar las tesis de Gramsci, dentro de los actos conmemorativos de su muerte prematura en una cárcel fascista. A esta revisión de la obra del filósofo italiano, se va a sumar también la Fundación Isidoro Acevedo organizando en Oviedo unas jornadas dedicadas a Gramsci, en las que participarán destacados especialistas en el tema. En otro plano, es curioso que el ex jefe del gobierno español, Felipe González, se haya decidido a participar en un congreso de estudios gramscianos que han organizado en Cagliari (Cerdeña) sus nuevos amigos del PDS. En todo caso, se puede pensar que el estrecho pragmatismo de González se sitúa en los antípodas del refinado pensamiento teórico de Gramsci. No es esa la situación del ex diputado socialista Ramón Vargas Machuca –que realizó su tesis doctoral sobre la obra de Gramsci– ni siquiera la de Alfonso Guerra, que supo utilizar el pensamiento gramsciano para, al menos, llevar a cabo la operación que Gramsci denominaba «transformismo». Es decir, la captación de dirigentes de los partidos adversarios, o competidores, para descabezarlos, como hizo el partido de los moderados con el Partido de Acción durante el «risorgimento» italiano.

Desde 1987 se produjeron acontecimientos históricos que proporcionaron más fuerza y actualidad a las concepciones de Gramsci. Concretamente, tal es la tesis del filósofo polaco Adam Schaff, al sostener que el fracaso del «socialismo real», en los países de Europa Central y Oriental, constituye la mejor confirmación de la tesis gramsciana sobre la imposibilidad de edificar una sociedad socialista sin haber logrado el consenso ampliamente mayoritario de su población. Consenso que sólo puede lograrse actuando en el campo de la cultura, para conseguir la hegemonía intelectual y moral del nuevo bloque histórico emergente. La aportación específica de Gramsci, a la previsión científica de las condiciones para la transformación social, la sitúa muy bien Adam Schaff, al precisar que: « […] mientras Marx subrayaba la importancia de las condiciones objetivas de la revolución, Gramsci desarrolló, en un período posterior, aprovechando la experiencia de la revolución soviética, la teoría del consenso, como teoría subjetiva de las condiciones de la revolución socialista. Sin el acuerdo de la sociedad, ampliamente mayoritario, no se pueden alcanzar plenamente los objetivos revolucionarios ni mucho menos obtener el dominio de la clase obrera como hegemonía cultural y política (y no como imposición violenta). Este consenso debe lograrse mediante el trabajo ideológico-cultural. De ahí el importantísimo papel que Gramsci atribuye a la intelectualidad en su teoría de la transformación social».

La original y rica concepción que Gramsci tenía de la cultura, se manifestó también en muy diversos aspectos de su ingente obra: tratamiento de la función de la intelectualidad en la organización de la cultura, el necesario componente cultural en la hegemonía política, el concepto de cultura nacional-popular, etcétera. Además, Gramsci terció en la polémica que sus compañeros Tasca y Bordiga sostuvieron sobre la función de la cultura. Tasca defendía la urgencia de una profunda renovación cultural y de una mejor preparación de los dirigentes marxistas. Por el contrario, Bordiga rechazaba toda conexión entre acción política e iniciativa cultural, considerando reformista toda posición «cultural». En el seno de esta polémica, Gramsci expuso su concepción de la cultura en la lucha ideológica. En síntesis, su tesis fue: 1) No puede concebirse la cultura sólo como saber enciclopédico, en el cual el hombre no es visto sino bajo la forma de recipiente que llenar de datos y hechos. Esta forma de cultura es verdaderamente dañina, en especial para la clase obrera. No es cultura sino pedantería. 2) La cultura es organización, disciplina del propio yo interior y toma de posesión de la propia personalidad. Es conquista de la consciencia superior, por la cual se logra comprender el propio valor histórico, la propia función en la vida, los propios derechos y deberes. 3) El hombre es, sobre todo, espíritu. Es decir, creación histórica y no naturaleza. No se explicaría de otra manera, porque, habiendo existido siempre –desde el período histórico– explotadores y explotados no se haya logrado una sociedad superadora de la explotación. Ello quiere decir que toda revolución social debe ir precedida por un intenso trabajo de crítica y penetración cultual. Un ejemplo de ello es la gran Revolución Francesa (1789-1794) precedida por la Ilustración. El mismo proceso debe darse para avanzar hacia el socialismo. Es a través de la crítica de la civilización capitalista como puede desarrollarse ahora la conciencia unitaria de los trabajadores. Y crítica quiere decir cultura y no evolución espontánea y naturalista. Crítica significa aquella conciencia del yo que Novalis ponía como fin para la cultura.

Gramsci se salvó de la esclerosis dogmática en que incurrieron muchos marxistas. Como precisa Perry Anderson: «Gramsci es la única excepción a esta regla y éste es el sello de grandeza que lo distingue de todas las otras figuras de la tradición (postleninista). Es lógico que así sea, pues sólo él encarnó en su persona la unidad revolucionaria de teoría y práctica, tal y como la definía la herencia clásica… Después de Gramsci ningún otro marxista de Occidente lograría realizaciones similares». Las categorías conceptuales con la que Gramsci enriqueció la ciencia política, siguen siendo hoy plenamente operativas. En la estrategia política de la izquierda genuina –de los países desarrollados– constituyen elementos relevantes sus conceptos de «bloque histórico» y «hegemonía». Cualquiera que sea su denominación –bloque social de progreso, bloque antimonopolista, etcétera– se trata siempre de aglutinar un conjunto de clases y capas sociales, de movimientos político-sociales, etcétera, que cimentados por la hegemonía –no sólo política sino también cultural, intelectual y moral– sea capaz de desplazar y sustituir al bloque dominante actual. Hegemonía de las nuevas clases ascendentes que dependen de su capacidad de crearse sus propios intelectuales orgánicos. Tales intelectuales orgánicos, son de clase y no de partido político, como se ha generalizado en el léxico político de quienes no tienen ni idea de la rica formulación gramsciana de tal categoría política.

 

La Nueva España, 11/06/1997.