José María Laso Prieto

«Negrín, personalidad histórica»

En «La Nueva España», 13/02/1995. También en Homenaje a José María Laso:Desde mi atalaya; Tribuna Ciudadana, Oviedo; 1998 (págs. 52-54).

Texto preparado para su edición digital por Uriel Bonilla.


Con este mismo título acaba de publicarse una muy bien documentada biografía del que fue durante la guerra civil española el más destacado presidente del gobierno republicano. Su autor es Santiago Álvarez. Es decir, el más prominente comisario político de tal contienda y que, como tal, tuvo oportunidad de tratar con frecuencia al enérgico Primer Ministro español. A menudo, Negrín ha sido comparado con Churchill, y no por su ideología –Churchill era conservador y Negrín, socialista–, sino por el recio carácter de ambos y por su extraordinaria firmeza como dirigentes bélicos.

 Lamentablemente, la gran figura histórica que constituyó el doctor Negrín es muy poco conocida por las nuevas generaciones de españoles. Tal desconocimiento constituye una gran injusticia. Como muy bien señala el editorialista de El País, Manuel Azcárate, en sus recién publicadas memorias, «al frente de los destinos de la República en unos momentos extraordinariamente difíciles, Negrín fue una revelación. Demostró ser de una talla fuera de lo común: quizás el jefe de gobierno más europeo que ha tenido España en el siglo XX. En un momento en que no faltaban en la política española figuras de un valor intelectual indiscutido, como Azaña, Besteiro, Sánchez Albornoz o Fernando de los Ríos, Negrín se mostró superior en un punto decisivo: era muchos más europeo en sus conocimientos, sus enfoques, su visión de la política […]. Pero, por encima de todo esto, como hombre de Estado, Negrín fue la única persona que tuvo una visión coherente, inteligente, de cómo debía reaccionar la República ante la sublevación de Franco. En cierta medida supo realizarlo, pero chocó con una incomprensión internacional insuperable que le condujo al fracaso […]. Negrín es el gran olvidado de la historia de la guerra civil. Quizá de la historia de España del siglo XX. Y también el más falsificado […]».

Tres años después del centenario de su nacimiento, y a un año del cuadragésimo aniversario de su muerte, comienza a hacérsele justicia. Pasos apreciables, en ese sentido, han sido libros como los de Mariano Ansó (Yo fui ministro de Negrín), Edmundo Domínguez Aragonés (Los vencedores de Negrín), Joan Llarch (Negrín), Juan Marichal (El intelectual y la política), pero faltaba una biografía sólidamente documentada como la que nos ha proporcionado Santiago Álvarez. Hasta el punto de que las 300 páginas del segundo volumen están íntegramente dedicadas a la documentación de, y sobre, Negrín. Tal biografía, editada muy cuidadosamente por Ediciones de la Torre, de Madrid, será presentada hoy, lunes, en el Club de Prensa Asturiana de La Nueva España.

 Santiago Álvarez no limita su retrato de Negrín a sus facetas de estadista y dirigente de guerra. Por el contrario, sigue con atención sus estudios de Medicina en Alemania y cómo después se convierte en uno de los discípulos predilectos de don Santiago Ramón y Cajal. Más tarde, como joven catedrático de Fisiología de la Universidad Central, Negrín se convierte a su vez en maestro de dos jóvenes que con los años se convertirán en destacados científicos: Severo Ochoa y Francisco Grande Covián. De las biografías de ambos, publicadas por el asturiano Marino Gómez Santos, se deduce la gran valoración que los dos investigadores realizaron del magisterio de Negrín. Con tan profunda vocación científica, sólo la fuerza de las circunstancias proyectó al doctor Negrín al campo de la política. Quizá quien haya explicado mejor la mutación de la exclusiva dedicación científica a la política sea el historiador Antonio Ramos Oliveira. Así describe la causa de su opción política: «Como acontecía a otros españoles eminentes en las artes o en las ciencias, Negrín no pudo sustraerse a la actividad política. En España, como en toda nación en crisis, se ha hecho difícil la compatibilidad del patriotismo con la inhibición de la brega política; y por tratarse de una nación de tan honda desigualdad, todo español menor de sesenta años que no sea un revolucionario es un inferior. Azaña tampoco hubiese roto una lanza en la lucha política, si la tragedia nacional no le hubiese sacado de la literatura, que era su innata y tiránica vocación. Pero en Negrín, la resistencia a militar en la vida pública era más obstinada que en otros. En parte porque abominaba la publicidad; a este respecto, su ideal hubiera sido poseer el anillo de Giges y trocarse invisible ante público y fotógrafos; y en parte porque no se creía en condiciones para la política. Negrín no era orador, cosa frecuente en el hombre de acción». No obstante, durante la dictadura de Primo de Rivera, Negrín se afilió al PSOE y fue diputado (1931, 1933 y 1936-39) en las Cortes de la República. Con el comienzo de la guerra civil, desempeñó la cartera de Hacienda en el Gobierno de Largo Caballero, y al dimitir éste le sucedió al frente del Gobierno republicano. Es entonces cuando se revela su talla de estadista y de dirigente bélico. Según Ramos Oliveira, «al frente del Gobierno, Negrín no sólo encarnaba, con su realismo, el sentimiento popular, sino que respondía, con los atributos de su carácter, a las inusitadas exigencias de la hora. Negrín, hombre de guerra y político improvisado, era una creación de circunstancias poderosas… En 1937, este hombre de ciencia era, por tal coyuntura, sin buscarlo, el director insustituible de la guerra […]. No bastaba ser inteligente, ni culto, ni perspicaz político, para dirigir la República en aquella encrucijada. Había, además, que ser hombre de acción, es decir, poseer energía moral bastante para arrostrar con cabeza clara las responsabilidades más intimidantes». Como muy bien expone Santiago Álvarez, Negrín dio desde que encabezó el Gobierno sensación de fortaleza y supo compatibilizar la autoridad con la libertad. Gracias a su actuación, en poco tiempo el Estado republicano recuperó sus poderes, que se habían perdido al iniciarse la rebelión militar y se dieron grandes pasos en la organización del Ejército Popular y en el orden de la retaguardia. Salvando las distancias históricas, Negrín fue, como dirigente de guerra, el Winston Churchill de la resistencia española al fascismo. Y si no alcanzó la victoria, como su colega británico, se debió a factores exteriores que no eran modificables por su voluntad. De no haberlo impedido el golpe de los capituladotes «casadistas», su voluntad de resistencia a toda costa –expresada en su frase de «resistir es vencer»– pudo haber impedido la derrota de la República hasta empalmar nuestra contienda con la ya inminente guerra mundial. Así se pudo haber ahorrado España muchos años de fascismo o, en todo caso, recuperado la democracia en 1943 ó 1944. Quizá a un mayor coste.

 A Negrín se le ha acusado, con notoria injusticia, de estar al servicio de la URSS y del PCE. En realidad, nunca dejó de ser un demócrata moderado situado en el sector «centrista» del PSOE. La defección de las democracias occidentales le obligó a apoyarse en la ayuda soviética y en la acción más disciplinada y combativa de las unidades militares comunistas. Actualmente así lo reconocen todos los historiadores que han estudiado la actuación de Negrín, y Santiago Álvarez lo demuestra con documentación irrefutable. Así lo entendía también Claude G. Bowers, embajador de EE.UU. en España hasta 1939, al precisar que «sus actos estaban motivados sólo por su intelecto, que era de buena fibra. Favorecía la ley y el orden. Su integridad y valor eran tanto físicos como morales. De una gran capacidad de trabajo… Estaba tan lejos del comunismo como es posible estar». El escritor Max Aub dijo de él: «No fue político, era más y menos. Dio la medida que se necesitaba en el momento preciso, cuando lo que se requería era hombría y decisión. Queda entre los mejores. Quedará indeleblemente unido a la resistencia del pueblo español».

 La Nueva España, 13/02/1995