José María Laso
Prieto
«Oriente y
Occidente»
En «La
Voz de Asturias»,
7/11/1985. También en Homenaje a José
María Laso:Desde mi atalaya; Tribuna
Ciudadana, Oviedo; 1998 (págs. 10-11).
Texto preparado para su edición digital por
Iván Martínez y Uriel Bonilla.
Constituye
un tópico hablar de los contrastes e incomprensiones que se
han suscitado secularmente entre Oriente y Occidente.
Aunque en su tratamiento pueden existir variantes no menos tópicas,
que irían desde el mito de «la carga del hombre blanco» –tan
caro a Ruyard Kipling– a la imposibilidad de una comunicación
auténtica entre quienes pertenecen a una u otra de ambas culturas.
De ambas actitudes coloniales británicas ha tenido reciente
referencia el gran público a través de la película
Pasaje a la India y del no menos popular serial televisivo
La Joya de la Corona. Si bien el elitismo colonial británico
constituía un caso extremo no por ello el fenómeno dejaba
de ser en Occidente más amplio. Todos los que pertenecemos
a ese ámbito geográfico-cultural, estamos, en mayor
o menor grado, contaminados de occidecentrismo o europeocentrismo.
Tal síndrome se caracteriza –entre otros efectos– por una convicción
de superioridad derivada de considerarnos el cogollo del mundo. Un
viaje reciente por el Extremo Oriente nos ha permitido comprobar sobre
el terreno, lo infundado de tal creencia. Comprobación que,
en tales condiciones, resulta mucho más efectiva que la derivada
únicamente de la lectura y el estudio.
Ahora bien, no ha sido sólo Occidente quien ha incurrido en
un efecto de perspectiva egocentrista. Precisamente, la denominación
tradicional del Estado imperial chino fue durante siglos Imperio del
Centro. Incluso, todavía existe en Beijin (Pekín) una
losa que, anteriormente, se consideraba situada exactamente en el
centro geográfico de nuestro planeta. Empero no se trataba
sólo de una concepción geográfica sino de superioridad
cultural. Al igual que para los romanos del Imperio, para los chinos
del pasado, la suya era la única civilización auténtica
y bárbaros eran los pueblos situados en el exterior del mismo.
Y hay que reconocer que tal convicción no era del todo irracional.
Cuando en Europa y América no se habían superado todavía
las etapas del salvajismo y la barbarie, en China ya florecía
una compleja civilización dotada de una refinada cultura. Sólo
una dilatada prolongación del feudalismo –derivada de causas
que ahora no disponemos de espacio para analizar– impidió a
China desarrollar antes que en Occidente la actual civilización
industrial. Esa fue la causa de que luego fuese agredida y saqueada
por colonialistas occidentales de toda laya. Pero esa misma civilización
industrial debe a China, entre otras aportaciones menos relevantes,
nada menos que la brújula, la pólvora, el papel y la
imprenta. También el descubrimiento del principio de la reacción
coheteril en que se basa la aviación moderna, los misiles bélicos
actuales y los ingenios que han iniciado la conquista del Cosmos.
Un viaje por Siberia central, Mongolia, lo que anteriormente se denominaba
Manchuria y una amplia zona del noroeste de China, permite superar
la perspectiva eurocéntrica y constituye una cura de modestia
para nuestro orgullo occidental. En ese sentido, la primera lección
es observar los planisferios mundiales instalados en los «halls» de
algunos hoteles chinos. En ellos, Europa pierde su posición
central ya que América no aparece a la izquierda sino a la
derecho del conjunto. Se refleja así no sólo la concepción
que china tiene del mundo sino un fenómeno muy significativo:
el creciente desplazamiento del desarrollo mundial hacia la cuenca
del Pacífico, Siberia, etc. Además, viajar por el Transiberiano,
Transmongoliano e, incluso, por los ferrocarriles interiores chinos
nos hace comprender que, en este aspecto, los occidentales debemos
envidiar a los orientales. También en muchos aspectos de la
actitud ante la vida. No sólo por razones geográficas-culturales
sino también –fundamentalmente– por causas sociales, la población
de Siberia, Mongolia y China se nos ofrece sin las crispaciones que
en las grandes urbes presenta la población de los países
occidentales. Impresiona cómo trabaja y se divierte la población
siberiana, el «saber estar» de los mongoles, a lo largo de su red
viaria, y cómo se desplaza, pasea, trabaja, comercia y se divierte
la población china. Impresiona su tranquilidad, su amabilidad
y un sentido de la convivencia humana –más allá de las
barreras lingüística– que les permite contactar rápidamente
hasta con los extranjeros. Ello sólo puede ser producto de
haber superado algunas de las graves contradicciones antagónicas
que subsisten en Occidente.
