Texto preparado para su edición electrónica por Uriel
Bonilla.
Recientemente
he realizado un recorrido por varios países de Europa occidental
y central, hasta completar un circuito por carretera, desde Oviedo
a Praga, que superaba los 4.000 kilómetros. Se trataba de un viaje
colectivo, organizado por una de las agencias especializadas en
este tipo de circuitos. Habituado, durante los últimos años, a viajar
por países exóticos de Asia, África y América, el contraste de impresiones
ha sido considerable. De una parte, debido a que la red de autopistas
europeas facilita extraordinariamente los desplazamientos, haciendo
posible recorrer en una semana países que anteriormente hubieran
requerido como mínimo una quincena. En contrapartida, las autopistas
hacen perder una buena parte del contacto con las poblaciones, que
antes se lograba en los viajes por las carreteras tradicionales.
El contraste con los países extranjeros que he visitado, es también
muy grande en el paisaje. A diferencia de los territorios exóticos,
que conservan una buena parte de su estado natural originario, los
países europeos visitados –Francia, Suiza, Liechtenstein, Austria,
Hungría, Eslovaquia y la República Checa– han visto transformados
sus paisajes por un proceso civilizatorio ya muy sedimentado. Lo
mismo sucede en China, Japón y la India, pero sus respectivas civilizaciones
han integrado sus paisajes en forma más natural. Otro contraste
evidente con los países orientales es el de la desaparición de las
trabas burocráticas a los desplazamientos turísticos. Las fronteras
casi han desaparecido –en cuanto a identificaciones policiales,
visados, inspecciones aduaneras, etcétera– ya que sólo en Hungría,
Eslovaquia y la República Checa tuvimos que mostrar el pasaporte,
aunque el trámite no mostró el menor rigor. Estos tres países tienen,
sin embargo, el inconveniente de que sus monedas no son todavía
convertibles.
Una obligada parada en Nimes, para comer, nos permite
contemplar su famosa «Maison Carrée». Es decir, uno de los templos
romanos más bellos y mejor conservados. También el gran anfiteatro
romano, conocido actualmente como las «Arenas de Nimes», donde ahora
se celebran corridas de toros que nuclean a la mayor parte de la
afición taurina francesa. En Nimes pudimos comprobar también que
los precios franceses se diferencian mucho de los españoles. En
una cafetería, una simple copa de Cointreau nos costó el equivalente
de 900 pesetas.
Un recorrido casi completo del valle del Ródano,
y el contraste con las grandes montañas adyacentes, nos proporciona
un buen recreo paisajístico hasta que llegamos a Ginebra, ciudad
que nos evoca al ciudadano Rousseau, a Calvino y al español Miguel
Servet, víctima de los calvinistas. Al llegar damos un paseo nocturno
por el lago, en cuyas orillas está edificada la ciudad. Una buena
iluminación resalta la belleza del paisaje. De día ya, recorremos
la zona donde radican los magníficos edificios internacionales de
lo que fue Sociedad de Naciones y actualmente de la ONU, de la Oficina
Internacional del Trabajo (OIT), etcétera, su hermoso Jardín Botánico
y los puentes sobre el Ródano. La parte antigua comprende numerosas
calles de trazado irregular y, enfrente, a orillas del río y del
lago, bellos muelles y avenidas. Para los españoles, los precios
suizos son carísimos pero los compensan –para los helvéticos– salarios
mucho más elevados. A la salida de Ginebra, camino de Lucerna, el
bucólico paisaje se asemeja al de las películas de Alain Tanner.
Lucerna, situada en las orillas del «Lago de los cuatro cantones»,
tan ligado a la historia suiza y a la leyenda de Guillermo Tell,
tiene en «El León de Lucerna» un monumento a los guardias suizos
que cayeron defendiendo a Luis XVI en el asalto al palacio de las
Tullerías. Es una de las paradojas suizas, el país más pacífico
y neutral proporcionaba buenos mercenarios a otros Estados. Otra
no menor, es la de que la cuna de muchas instituciones humanitarias
y filantrópicas sea, por el aburguesamiento de sus ciudadanos, uno
de los Estados más insolidarios.
Nos dirigimos a Innsbruck por una ruta alpina que
contornea el complejo de los Alpes austriacos y es una gran belleza
natural. Antes de llegar hacemos una parada en el micro-estado del
Principado de Liechtenstein. En su capital, Vaduz, topamos en una
cafetería con una dependienta gallega que se ha adaptado bien a
la monótona vida de este Principado de cuento infantil. En Innsbruck,
sede de muchos juegos y olimpiadas de invierno, ascendemos a su
célebre trampolín de saltos de skis. En ese momento nieva, por lo
que la ambientación se logra. La ciudad se caracteriza por largas
y estrechas calles, y bellas casas con peculiares ventanas. Para
llegar a Salzburgo atravesamos el extremo suroriental de Baviera.
Las autopistas alemanas ya no son las mejores de Europa, ahora las
superan las francesas. Salzburgo nos impresiona por su ambiente
general mozartiano. De él forman parte tanto la casa natal de Mozart,
como su famosa catedral y los palacios de los poderosos príncipes-obispos.
La ciudad rezuma este ambiente, que todavía se incrementa en sus
célebres festivales musicales. Al anochecer llegamos a Viena, ciudad
imperial cuyo gran ambiente cultural tan bien evocó Stefan Zweig
en El mundo de ayer. En el recorrido por la ciudad pronto topamos
con un Danubio que poco tiene de azul. En cambio los palacios de
Hofburg, Belvedere y Schömbrun y sus extraordinarios jardines, son
un recreo para la vista. No lo es en cambio que restaurantes McDonald
se estén instalando sistemáticamente en lugares históricos como
la residencia de Mozart, etcétera. En todo caso, Viena no desmerece
de la idea que a través de las lecturas nos habíamos forjado de
la ciudad de los Habsburgos. Tampoco Budapest, donde volvemos a
topar con un Danubio mucho más ancho y caudaloso que en Viena. Realizamos
por él un recorrido en un buque fluvial y así podemos contemplar
de cerca sus magníficos puentes. Puentes que iluminados de noche
proporcionan una extraordinaria impresión desde lo alto de la colina
que domina Budapest. Asimismo resulta impresionante el edificio
del Parlamento, que tiene una gran semejanza con su homólogo británico,
tanto por su ubicación en una ribera fluvial como por su estilo
arquitectónico. Viena, Budapest y Praga suscitan una difícil opción.
La de opinar cuál de ellas es la más bella ciudad. En nuestro grupo
las opiniones estuvieron divididas, aunque la mayoría se inclinó
por Praga. Llegamos a la capital checa atravesando buena parte de
Hungría y la recientemente independizada Eslovaquia. De noche, nos
trasladamos en Metro para ver la iluminada fortaleza-palacio de
Hradçany, que domina desde una colina la ciudad. Después, de día,
recorremos detalladamente la bellísima ciudad vieja, a través del
viejo y magnífico puente de San Carlos con sus bellas torres góticas
y diversas estatuas. Así como Viena tiene muy dispersos sus grandes
palacios y monumentos, Praga los concentra en una zona reducida,
constituyendo un conjunto urbanístico sin parangón por su majestuosidad
y belleza. Entre la ciudad vieja y el río Moldavia se encuentra
la ciudad de Josef, antiguo barrio judío que data del siglo XI,
con antiquísima sinagoga y cementerio. Ahora la casa natal de Kafka
se ha convertido en centro de peregrinación para rendir homenaje
a quien tan bien supo reflejar las alienaciones que sufrió. Praga,
al igual que Viena y Budapest, está todavía muy ligada a su común
pasado histórico en el Imperio Austro-Húngaro. Lo rememoramos hoy,
tanto en lo que tuvo de opresivo como en sus aportaciones monumentales,
culturales y artísticas. Vale la pena recorrer 4.000 kilómetros
en 8 días para poder disfrutar de ellas y hacerlo con compañeros
que supieron apreciarlas.