José María Laso Prieto

«La tragedia yugoeslava»

En «La Nueva España», 8/2/1993. También en Homenaje a José María Laso:Desde mi atalaya; Tribuna Ciudadana, Oviedo; 1998 (págs. 27-29).

Texto preparado para su edición digital por Iván Martínez y Uriel Bonilla.


Sin exagerar, se puede calificar de tragedia al actual proceso de desintegración de Yugoslavia y a las consecuencias bélicas que de él se derivan. Después de décadas en que los conflictos bélicos se limitaban al Tercer Mundo, la guerra se desarrolla de nuevo en el ámbito europeo. Y de ello no son sólo responsables los contendientes directos sino también algunos estados europeos. Desde que a fines de 1989 visité Yugoslavia –para participar en un simposium sobre los problemas de Europa Oriental– he estudiado con detenimiento los conflictos que allí han explotado. Como consecuencia, me asombran las simplificaciones que en algunos medios se realizan para tratar de responsabilizar sólo a los serbios del origen del conflicto bélico. Lo mismo sucede respecto a rupturas de treguas, atrocidades, etcétera. La realidad –bien documentada, por cierto– es muy distinta.

Tanto serbios como croatas y bosnios, son responsables –en grado variable, según los casos– de agresiones armadas, violaciones y atrocidades. Incluso de ataques a los «cascos azules» de la ONU, con el fin de internacionalizar el conflicto. Como es sabido, tampoco es cierto que croatas y bosnios se limiten a defenderse de la agresión serbia, sino que con frecuencia luchan entre sí. Por otra parte, si la extrema derecha serbia adopta posiciones neofascistas, tampoco se puede ignorar que en Croacia se ha instaurado un Estado neofascista al lado del cual luchan voluntarios de las tramas negras del fascismo internacional. A su vez, junto con los bosnios musulmanes, luchan integristas de diversos países islámicos. En tales condiciones, cualquier intervención militar internacional –aunque se realizase bajo la cobertura formal de la ONU– lejos de solucionar el problema contribuiría a su generalización.

Es difícil sintetizar en poco espacio las causas internas y externas que han producido el actual conflicto yugoslavo. A causa de su gran diversidad, Yugoslavia ha sido descrita  por medio de la fórmula 1-7: un país, dos alfabetos, tres religiones, cuatro lenguas, cinco naciones, seis repúblicas y siete Estados vecinos. Concretamente, la unión de los eslavos del sur –eso significa el término Yugoslavia– surge como consecuencia de la desintegración del Imperio austro-húngaro, tras su derrota en la I Guerra Mundial. Desde 1918 en que Yugoslavia se constituye en Estado, su historia se divide en dos etapas: 1) 1918-1941, regida por la monarquía centralista de la dinastía Karageorgevitch. De 1941 a 1943, Yugoslavia desaparece como Estado al ser ocupada por tropas alemanas. Italia se anexiona algunas ciudades dálmatas y se crea el Estado fantoche de Croacia, bajo el yugo del fascista Ante Palevich. 2) De 1943 a 1991, la República Federal Popular de Yugoslavia, fundada por el mariscal Tito. La república Federal, implantada en Yugoslavia, tras la liberación de la ocupación nazi, fue mucho menos centralista que la forma monárquica anterior. Integraba a las repúblicas de Serbia, Croacia, Eslovenia, Montenegro, Macedonia y Bosnia-Herzegovina, así como las regiones autónomas de Volvodina y Kosovo.

La complejidad del problema nacional de Yugoslavia se deriva de factores históricos, étnicos, culturales y religiosos. Las nacionalidades que constituyeron el Estado yugoslavo estuvieron separadas durante siglos por pertenecer a dos Estados contrapuestos: eslovenos y croatas estuvieron integrados en el Imperio austro-húngaro, mientras que serbios, bosnios, montenegrinos, macedonios y albaneses sufrieron la dura dominación del Imperio Otomano. Tal división política engendró la diferenciación cultural que todavía persiste. En el plano religioso, la divisoria es simple: 1) Católicos, en Croacia y Eslovenia. 2) Cristianos ortodoxos, en Serbia, Montenegro y zonas de Bosnia y Macedonia. 3) Musulmanes en Bosnia y zonas de Macedonia y Kosovo. Por ello, no es riguroso hablar de «limpieza étnica» en Bosnia, ya que los bosnios musulmanes son tan eslavos como los demás yugoslavos, salvo los de origen albanés. No era fácil integrar en un solo Estado a pueblos tan diferenciados como los que constituyeron Yugoslavia. En su segunda etapa fue la figura carismática de Josip Broz (Tito) la que sirvió de aglutinante.

Otro factor que coadyuvó fue el hecho de que los diversos pueblos yugoslavos lucharon hombro con hombro contra los ocupantes nazis. La mayor excepción la constituyó el ala radical del nacionalismo croata. Su brazo armado, integrado por los feroces «ustachis», no sólo ayudó a los ocupantes nazi-fascistas sino que realizó un auténtico genocidio contra los serbios. Sus víctimas se estiman en más de medio millón. De su ferocidad es buen testimonio la escena que Curcio Malaparte describe en su obra Kaputt. Es decir, cuando Ante Pavelich le mostró un balde que tenía en su despacho. Malaparte supuso que se trataba de ostras, hasta que Pavelich le dijo: «Son ojos de partisanos serbios con que me han obsequiado mis fieles ustachis».

El recuerdo de tales atrocidades croatas sigue pesando, en forma de odio visceral, en el actual conflicto serbio-croata. Tampoco los serbios estuvieron exentos de responsabilidad. Su extrema derecha –integrada por los «chetniks»– llevó su anticomunismo a colaborar con los nazis y a cometer atrocidades contra los partisanos de todas las etnias. En contraste Tito, no obstante su origen croata, superando nacionalismos estrechos, logró forjar un común patriotismo yugoslavo.

A la génesis del conflicto actual contribuyó el chovinismo serbio, la pérdida del factor aglutinante que suponía la figura de Tito, la crisis económica, el hundimiento del bloque oriental, etcétera. También el que Eslovenia y Croacia alcanzasen un mayor nivel económico. De ahí que croatas y eslovenos creyesen que obtendrían beneficio de la independencia. Su actitud insolidaria no tiene en cuenta la aportación que los demás yugoslavos hicieron a su desarrollo. Todo ello ha contribuido a que el Estado yugoslavo no haya resistido a las fuerzas disgregadoras. Las consecuencias, en forma de cruenta guerra civil, los odios nacionalistas, desarticulación económica, etcétera, no pueden ser más catastróficas. La desmembración de Yugoslavia es también una consecuencia de los procesos de reequilibrio europeo, desencadenados por el derrumbamiento del bloque del Este. Ni Croacia ni Eslovenia habrían proclamado unilateralmente su independencia –iniciando así la guerra civil– de no haber sido porque al servir de ese modo a los planes de expansión germánica, podían contar con el reconocimiento de la Gran Alemania. Con ello Alemania impidió que la CE ejerciese su función mediadora en el conflicto e hizo imposible una política exterior común. No menos responsable es el Estado del Vaticano de lo ocurrido en Yugoslavia. Su reconocimiento prematuro de la independencia de Croacia y Eslovenia da continuidad al apoyo que durante la II Guerra Mundial prestó a los genocidas «ustachis» croatas. Ahora, ni el envío masivo de «cascos azules», ni una intervención militar de la OTAN, resolvería el problema. Lo más que puede conseguirse, por esos medios, es aplazar la solución. Ésta sólo puede lograrse compaginando el derecho a la autodeterminación, de las nacionalidades, con la necesidad de amplios espacios económicos comunes, que impone la creciente internacionalización de las fuerzas productivas. Por ello, tiene cada vez menos sentido que se pretenda llevar la fragmentación estatal hasta el extremo de crear múltiples microestados, como si se abriese sucesivamente una «matrioshka».

Es significativo que ya muchos bosnios, croatas, serbios, etcétera, comiencen a añorar al Tito federalista. La aprobación, por el Parlamento de los serbios de Bosnia, del plan de reestructuración de la república de Bosnia-Herzegovina, puede ser un primer paso en la buena dirección.