José María Laso Prieto

La Idea de España en el contexto de la Guerra Civil española

Revista El Basilisco nº26. Segunda Época .Oviedo.

Texto cedido por la Fundación Gustavo Bueno.


I. INTRODUCCIÓN

Portada del nº 26 de la revista  El BasiliscoEste trabajo tuvo por origen la conferencia que, con el mismo título, pronunció José María Laso Prieto en el I.E.S. Rosario Acuña de Gijón respondiendo a una invitación del profesor Pablo Huerga. La conferencia abordó fundamentalmente el problema suscitado por la idea de España, desde una perspectiva política, en el período histórico en que se desarrolló la guerra civil 1936-1939. Cuando se expuso la conferencia en el I.E.S. Rosario Acuña no se conocía todavía el texto del artículo «España» publicado por el profesor Gustavo Bueno Martínez en el núm. 24, segunda época, de la revista El Basilisco, en el que se profundiza agudamente en la idea filosófica de España. De haberlo conocido, lo habría tenido en cuenta para el desarrollo de la conferencia.

Por ello, aun manteniendo el texto original, nos identificamos con la idea filosófica de España que sostiene Gustavo Bueno y, en consecuencia, transcribimos el punto 4 del apartado Final de su artículo «España»: «4. Si hubiera que reducir a una fórmula lo que puede ser España en cuanto a "plataforma" que ha resistido a la caída del Imperio mismo que la conformó, me atrevería a decir lo siguiente: que España no es una mera reliquia, reanimada por fin como nación, que ha podido reconquistar al menos la condición de un miembro de número de un club de naciones canónicas. En cuanto a efecto de su pretérito, no se reconocería como tal en esa forma de ser. Acaso por que España no tenga por que ser definida como un "modo de ser" característico; sino que más bien habría que ensayar su definición como un "modo de estar". Un modo de estar que haríamos consistir no tanto en una tendencia a encerrarse o plegarse sobre sí misma (tratando de extraer la verdad de su sustancia o de su pretérito), sino en mirar constantemente al exterior, a todo el mundo, a fin de conocerlo, asimilarlo, digerirlo, o expeler lo que sea necesario para seguir manteniendo ese su "modo de estar". Un modo de estar que no descarta el "estar a la espera" de que se presente una ocasión cualquiera de intervenir en el mundo de un modo digno de ser inscrito en la Historia Universal».

El tema de la conferencia me fue solicitado y creo que fue un gran acierto seleccionarlo. Considero que el contenido del título adoptado tiene indudable interés, debido a que se contiene en él toda la problemática española contemporánea. Se puede sostener convincentemente que la guerra civil española está generalmente considerada como la culminación del enfrentamiento de dos ideas de España contrapuestas. La España reaccionaria y la España progresista, aunque muchos comentaristas la consideraron como una contienda entre la España antifascista y la España fascista. Empero como en la guerra civil española no sólo se planteaban cuestiones coyunturales inmediatas, como era la del fascismo, sino toda una tradición de dos ideas de España conviene precisar debidamente el tema. Por parte del bando alzado en armas contra la República, es decir, del sector de la población española que bien sea por formar parte del Ejército, o de los sectores civiles que apoyaron su rebelión, se constituyó en bando faccioso, existía una idea de España. Por parte del sector de la población que permaneció leal al Gobierno legal de la República, existía otra idea de España que se contraponía frontalmente a la idea que de España tenían los reaccionarios alzados en armas contra la República.

Desde el comienzo de la guerra civil, el bando rebelde antirrepublicano pretendió constituir la personificación de la España auténtica y tradicional frente a la entelequia que ese bando denominaba «la anti-España». Fue muy constante en la propaganda del bando alzado en armas contra el Gobierno legalmente constituido sostener que ellos se habían alzado en defensa de España y contra la España roja o anti-España. Debemos recordar que durante muchos años los programas radiofónicos de las emisoras españolas finalizaban con el grito de «Caídos por Dios y por España, ¡Presentes!». No sólo se pretendía que se trataba de caídos por España sino también por Dios, lo cual no dejaba de constituir una cierta soberbia. Esta supuesta España auténtica y tradicional, pretendía también ser la legítima sucesora de los Reyes Católicos. Mucho se habló entonces de los Reyes Católicos, incluso se tomaron sus símbolos para integrar el escudo del nuevo Estado español. Falange Española ya había recogido de ellos el yugo y las flechas. Tal emblema de los Reyes Católicos había sido el emblema del Imperio español, especialmente durante el reinado de Carlos I de España. Otro gran ídolo del bando faccioso fue Felipe II, el denominado «Rey Prudente», en cuyos dominios, se decía que no se ponía el Sol. También el bando reaccionario se vinculaba a la España que había sido luz de Trento y martillo de herejes, según la conocida frase del polígrafo Menéndez Pelayo. Así el bando antirrepublicano asumió el papel que España desempeñó en el famoso Concilio de la Contrarreforma. Esta reivindicación de la España tradicional, por el bando rebelde, requirió algún tiempo. Inicialmente, varias guarniciones se alzaron en armas contra el desorden que atribuían al Gobierno del Frente Popular pero enarbolando la bandera republicana y al grito de ¡Viva la República! Incluso el general Franco, en el Manifiesto que lanzó desde las islas Canarias, al unirse a la sublevación, finalizaba con los eslóganes de La Revolución Francesa, aunque en un orden invertido.

A pesar de tales concesiones iniciales de los rebeldes, mediante un proceso gradual se fue evidenciando que la idea de la España tradicional constituía la superestructura ideológica del régimen político que fueron implantando los sublevados en el territorio que dominaban. Esta concepción tradicional de España, negaba su pluralidad cultural y territorial e imponía un rígido centralismo que encontraba su expresión en la famosa frase —atribuida a Calvo Sotelo— «Prefiero una España roja a una España rota». Ello no deja de ser una frase efectista, ya que es obvio que el dirigente derechista, o parafascista, no quería una España roja. Como es sabido, durante la etapa republicana las fuerzas políticas de la derecha se esforzaron en mantener, y si era posible acentuar, el tradicional centralismo borbónico. Al iniciarse, con la proclamación de la Segunda República Española, una serie de reformas que pretendían resolver los problemas propios de las revoluciones democrático-burguesas una de las cuestiones que produjo mayores enfrentamientos fue la de la organización territorial del Estado. Tanto mediante la lucha política, en ambos bienios republicanos, como a través de la propaganda durante la guerra civil, el bando rebelde pretendió constituirse en el único defensor de la unidad de España frente a las fuerzas políticas y sociales que intentaban disgregarla. En realidad ese no era el objetivo fundamental del bando reaccionario sino uno de sus enfoques propagandísticos más eficaces. Su objetivo fundamental tenía una perspectiva de clase. El de las clases dominantes. El de las clases en las que se basaba la oligarquía financiero-terrateniente que era la representante de las fuerzas sociales que no admitían que se desarrollasen en España reformas democráticas similares a las que se habían realizado en la mayoría de los países europeos. Con esa finalidad, para que le sirviese de superestructura ideológica, se resucitó la idea de la España tradicional, de la España nacional-católica vinculada a concepciones imperiales que ya resultaban anacrónicas, como la frase entonces en boga de «¡Por el Imperio hacia Dios!».

Contra tan anacrónico lema, y frente a la idea tradicional y reaccionaria de España, enarbolada por los que se sublevaron contra el Gobierno legítimo de la República, existía otra idea de España, la de una España que representaba los auténticos intereses del pueblo español frente a sus exploradores. Esta España popular, remontaba también sus raíces a movimientos históricos concretos. Así se remitía a movimientos como los de las germanías de Valencia, los comuneros de Castilla, los irmandiños de Galicia, &c. Es decir, a los diversos movimientos populares que jalonan la historia de nuestra patria.

II. LOS CONCEPTOS DE NACIÓN Y PATRIA

Conviene, para una mejor comprensión de la exposición anterior, tener en cuenta los orígenes de los conceptos de nación y patria. Se puede asegurar, llevando a cabo un examen mínimamente riguroso de la historia de la humanidad, que ni en la Antigüedad clásica ni en la Edad Media existió el concepto de nación, en el sentido de patria contemporánea. Los Estados entonces existentes, o eran meros conglomerados de extensos territorios unificados en torno al cetro y la corona de un déspota, o emperador asiático, o ciudades-Estado basadas en el modelo de la polis ateniense. Una excepción fue el Imperio de Alejandro Magno, basado en la creación continua de ciudades y en la expansión de la cultura helenística, pero la prematura muerte de Alejandro lo hizo muy efímero. Además de las ciudades-Estado o polis, de donde deriva el término «política», el concepto de despotismo asiático tuvo su expresión en los casos de Jerges, Ciro y Darío o, en el caso de los mongoles, en el de Gengis Khan, que logró constituir el Imperio terrestre más extenso que ha existido hasta la edad contemporánea, ya que comprendía desde las puertas de Viena hasta el extremo Oriental de Siberia. Entonces, en tales imperios de gran extensión territorial, unidos férreamente por la condición de ser súbditos serviles de un emperador despótico, no había surgido la idea de nación ni la idea de patria. En las ciudades-Estado de las polis, hasta cierto punto existió la idea de patria, tal y como se expresa en el célebre discurso funerario de Pericles en honor de los héroes atenienses, o en la famosa frase de Leónidas, el célebre rey espartano que se sacrificó en el paso de las Termópilas por su patria Esparta. Empero este patriotismo local no constituye más que un primer atisbo de lo que ha sido posteriormente la idea de nación y de patria en el sentido contemporáneo de ambos términos. Se puede afirmar que el concepto contemporáneo de nación, y el correspondiente sentimiento patriótico, surge de la gran Revolución Francesa de 1789-1794. Esa revolución francesa, la revolución de los Mirabeau, Danton, Robespierre, Saint Just, Marat, &c., es la que por primera vez hace germinar la idea de nación, y por consiguiente la de patria, al pasar los franceses de la condición servil de súbditos a la de ciudadanos, por la revolución, mediante el derrocamiento del rey y la proclamación de la república.

Se va creando así un sentimiento patriótico que se expresa ya en el propio himno de los revolucionarios. En La Marsellesa, que comienza por la estrofa «¡Adelante hijos de la patria!». La alusión es a la contraposición entre los patriotas y los invasores extranjeros, porque la Revolución Francesa era una lucha fundamental de la burguesía —que era entonces una clase revolucionaria— frente a la aristocracia que era una clase reaccionaria y, además, antipatriótica, porque los aristócratas que lograron huir de las iras de los revolucionarios se convirtieron en los emigrados de Coblenza. En esta ciudad renana, los aristócratas franceses se constituyeron en el centro de la conspiración contra su propio país, impulsando a los demás países, a través de sus reyes, para que invadieran a su propia patria, para así poder restaurar la monarquía. En ese sentido, los aristócratas franceses fueron traidores al sentimiento nacional. Sin embargo, debe admitirse que ese sentimiento nacional apenas existía. Existía más bien un sentimiento regional de los bretones, de los de La Vandée, de los del Languedoc, de los de la Borgoña, &c. Empero fue precisamente esa gran convulsión político-social, que constituyó la Revolución Francesa, la que desarrolló la concepción de patria que se expresa en la primera estrofa de La Marsellesa. No obstante, si se leen las demás estrofas del famoso himno revolucionario, se comprueba que se llama a defender a los hijos y a las compañeras. Es decir, a las mujeres y esposas, de la amenaza de los agresores extranjeros. Así en La Marsellesa existe una estrofa que dice: «Escuchemos a esos feroces soldados que vienen a estrangular a nuestros hijos y a nuestras mujeres.» Es decir, se trata de una reacción popular francesa frente a los extranjeros que se han unido a los reaccionarios franceses. La estrofa citada exalta a defender a las mujeres y a los hijos de los ciudadanos, formando batallones patrióticos, para que hiciesen correr la sangre impura de los hijos de la tiranía. Por ello, la estrofa dice: «Formemos batallones para hacer que una sangre impura inunde los surcos.» Se trataría, por lo tanto, de que la sangre de los aristócratas franceses traidores a la patria, de los serviles o antipatriotas, y de los soldados mercenarios extranjeros que trataban de restaurar la monarquía borbónica, inundase los surcos de los campos franceses. Así los emigrados de Coblenza, los aristócratas huidos, son asimilados a los mercenarios extranjeros que habían invadido la patria francesa bajo el mando del Duque de Brunswick. O sea, del duque alemán al que las distintas monarquías semifeudales europeas habían encomendado aplastar la Revolución Francesa y que en su Manifiesto de la invasión amenazaba con destruir la ciudad de París.

Empero todo ello tiene su expresión más concreta en la famosa batalla de Valmy, que se libra en 1792, y que constituye la más clara manifestación del sentimiento patriótico revolucionario. Es ese ejército revolucionario, constituido por soldados desarrapados con uniformes destrozados y apenas sin calzado, el que, al grito de «¡Viva la nación!», derrota a los mejores ejércitos de las monarquías europeas. Tal ejército revolucionario había sido reclutado bajo el lema de «¡La patria está en peligro!» y son también los revolucionarios franceses los primeros en utilizar la consigna «¡Patria o muerte!» que se ha utilizado también en la Revolución Cubana. Goethe, que había contemplado como observador la batalla de Valmy, se sintió tan conmocionado por el acontecimiento de la victoria de los soldados revolucionarios que consideró que había vivido uno de los hitos fundamentales en la historia de la Humanidad, y ello lo expresó en su célebre frase: «Hoy, con esta batalla, ha nacido una nueva época.» Y, efectivamente, se puede decir que había nacido una nueva época, la época portadora del mensaje democrático de la Revolución Francesa que se extiende prácticamente hasta 1917, año de la Revolución Rusa. Además del impulso que la Revolución Francesa proporcionó al desarrollo de los conceptos de nación y de patria, las propias guerras denominadas napoleónicas contribuyeron a agudizar más todavía los sentimientos nacionales y patrióticos y ello por ambos bandos, como veremos.

Por una parte, los revolucionarios se autodenominaron patriotas. Entre ellos no se decían «compañero revolucionario» sino «compañero patriota», ya que entre sí se trataban de patriotas. Tales tropas revestían la forma de ejércitos nacionales, en contraste con los ejércitos anteriores que podían ser considerados como ejércitos de mercenarios que servían y luchaban por una soldada. El término «soldado» proviene precisamente de tal soldada. Los ejércitos profesionales de mercenarios servían y luchaban por dinero mientras que los ejércitos revolucionarios estaban constituidos por personas que se habían alistado para luchar por un ideal, por el ideal democrático y emancipador, por el ideal igualitario.

Alemania, después de la Paz de Westfalia, del siglo XVII, había quedado fragmentada en casi un centenar de pequeños Estados, de pequeños principados, &c. El más fuerte de ellos, Prusia, el Reino de Prusia, que había sido dirigido por un gran rey y general, Federico el Grande. Federico había logrado una gran serie de victorias frente a algunas coaliciones adversarias. Sin embargo, los sucesores suyos fueron derrotados de forma fulminante por Napoleón en la batalla de Jena. El filósofo Hegel, entonces dominante en la filosofía clásica alemana, al contemplar la entrada de Napoleón en Weimar, creyó contemplar al espíritu del mundo a caballo. De ahí la tesis de Hegel sobre el fin de la historia, que sostenía que el espíritu del mundo —encarnado en Napoleón Bonaparte— había culminado la Historia Universal poniendo fin a la Historia de los pueblos, o de la Humanidad, en su conjunto. En una perspectiva más reciente, el funcionario del Departamento de Estado norteamericano, Francis Fukuyama, ha tratado de aplicar al mundo actual la tesis de Hegel sobre el fin de la Historia. A su juicio, con la victoria del capitalismo en la Guerra fría, y la extensión a escala mundial de la sociedad de mercado y la democracia representativa, se ha extinguido la lucha de clases y logrado el fin de La Historia. Sin embargo, en pocos años se ha comprobado la falsedad de tal tesis, al agudizarse de nuevo la lucha de clases en diversos países y hundirse regímenes aparentemente tan estables como la dictadura de Suharto en Indonesia.

Retornando a la situación que se dio en Alemania con la derrota prusiana en la batalla de Jena, se pudo observar que en poco tiempo se produjo una reacción patriótica frente a la ocupación francesa. La ocupación francesa fue una situación transitoria y después, de hecho, Napoleón convirtió a los ejércitos prusianos en auxiliares suyos para futuras campañas. Sin embargo, ello no contrarrestó la reacción patriótica prusiana que se manifestó contundentemente en Los discursos a la nación alemana del filósofo Fichte. Fue Fichte, junto con los generales Schanhorst y Gneisenau —reorganizadores del ejército prusiano— quien encabezó la reacción patriótica alemana. Gracias a esa reacción patriótica, se superó la crisis en que había caído el Estado prusiano y se crearon las bases para la unificación de una Alemania hasta entonces fragmentada en numerosos Estados principescos. Tal unificación sería después dirigida por Bismarck y proclamada en el Palacio de Versalles después de la derrota de los ejércitos franceses en la guerra franco-prusiana.

En España se puede considerar que se produce un proceso patriótico semejante. Como consecuencia de la invasión napoleónica se produjo la reacción patriótica que encabezaron los capitanes Daoíz y Velarde. Tal reacción patriótica se amplía con la participación de figuras como la del alcalde de Móstoles, con su célebre declaración de guerra a Napoleón, similarmente realizada en Asturias por la Junta General del Principado. Asimismo, participaron en el desarrollo del proceso patriótico personajes como Agustina de Aragón, el general Palafox y guerrilleros como El Empecinado, Espoz y Mina &c. Se puede estimar que en este proceso patriótico generado por la Guerra de la Independencia están insertos los comienzos de España como nación y de la idea patriótica, aunque conviene formular una matización sobre los denominados «afrancesados» o antipatriotas. Y es que en España se denominó, muchas veces injustamente, «afrancesados» a las personas que simpatizaban con la Ilustración, con las ideas de la Ilustración, de la Enciclopedia, con las ideas progresistas que habían trazado el camino ideológico para el desarrollo de la Revolución Francesa y de los principios jacobinos que de ella se desarrollaron. Muchos de los supuestos «afrancesados» fueron auténticos patriotas que intentaban que el pueblo español se liberase del absolutismo, desarrollando un sistema político democrático basado en los principios igualitarios que profesaban. Como tales, no se sentían identificados con la monarquía borbónica sino con la causa general del pueblo español. Esta matización conviene complementarla precisando que, por el contrario, muchos absolutistas, que fueron considerados patriotas, eran simplemente reaccionarios o misoneistas, que odiaban a los extranjeros por una actitud visceral no racional. Y que muchos no eran verdaderos patriotas se comprobó cuando más tarde se produjo la invasión de los denominados «Cien mil hijos de San Luis», encabezados por el francés Duque de Angulema, que acabaron con el trienio liberal.

Fue precisamente un ilustre asturiano, el general Rafael de Riego, el que más contribuyó a la instauración de tal trienio liberal con su pronunciamiento a favor de la restauración de la Constitución de Cádiz (1812) realizado en Cabezas de San Juan. En este proceso histórico se comienzan a vislumbrar dos ideas distintas de España. Se trataría también de distinguir entre quienes reaccionan no sólo contra la invasión napoleónica de ejércitos franceses, sino también contra las ideas progresistas y los patriotas que siendo enemigos de los franceses, por ser invasores del territorio español, sin embargo, habían adoptado los principios propios de la Revolución Francesa, los principios que ahora consideramos democráticos. En ese sentido, es significativo, para caracterizar un poco la relativa impotencia de estos dos sectores, un célebre quiasmo de Carlos Marx, el creador del socialismo científico, que se publica en sus trabajos sobre España agrupados bajo el título general de Revolución en España, donde se analiza todo el proceso histórico español desde la invasión napoleónica hasta casi fines del siglo XIX. En tal quiasmo, Marx contrasta: «En Cádiz ideas sin acción, en el resto de España acción sin ideas.» Lo que si es evidente es que gran parte de los que tenían acción no tenían ideas. Es decir, gran parte de los serviles, de los partidarios del absolutismo que, sin embargo, luchaban por la independencia de España. En cierta forma este tema se reactualiza periódicamente cuando se cita, de vez en cuando, el lema de «¡vivan las cadenas!». Como es sabido, cuando se produjo la reacción absolutista que encabezó el rey Fernando VII contra la Constitución de 1812, una parte importante del pueblo español, por su atraso y su ignorancia, era tan partidario de una monarquía absoluta que llegó a pronunciar multitudinaria-mente el ¡Vivan las cadenas! Por algo semejante es famosa la Universidad de Cervera que en un escrito dirigido al rey Fernando VII afirmaban: «Lejos de nosotros la funesta manía de pensar».

Con los brochazos que significan tales frases, se puede pintar ya una especie de cuadro impresionista de lo que suponían las dos Españas de entonces.

III. LAS DOS ESPAÑAS

Esas dos Españas opuestas se convirtieron también en temas constantes de cierta literatura española, tal y como se refleja en el famoso poema de Antonio Machado titulado El mañana efímero, que data de 1913. Su intención de contraponer las dos Españas resulta ya muy clarificada desde la estrofa inicial hasta el final. Este poema de Antonio Machado no debe confundirse con otro del mismo autor titulado Del mañana efímero y dice:

La España de charanga y pandereta
cerrado y sacristía,
devota de Frascuelo y de María
de espíritu burlón y de alma quieta,
ha de tener su mármol y su día,
su infalible mañana y su poeta.
El vano ayer engendrará un mañana
vacío y ¡por ventura! pasajero.
Será un joven lechuzo y tarambana,
un sayón con hechuras de bolero
a la moda de Francia realista
un poco al sur del Paris pagano,
y al estilo de España especialista
en el vicio al alcance de la mano.
Esa España inferior que ora y bosteza
vieja y tahur, zaragatera y triste;
esa España inferior que ora y embiste,
cuando se digna usar de la cabeza,
aun tendrá luengo parto de varones
amantes de sagradas tradiciones
y de sagradas formas y maneras;
florecerán las barbas apostólicas,
y otras calvas en otras calaveras
brillarán, venerables y católicas.
El vano ayer engendrará un mañana
vacío y ¡por ventura! pasajero,
la sombra de un lechuzo tarambana,
de un sayón con hechuras de bolero,
el vacuo ayer dará un mañana huero.
Como la náusea de un borracho ahito
de vino malo, un rojo sol corona
de heces turbias las cumbres de granito;
hay un mañana estomagante escrito
en la tarde pragmática y dulzona.
Más otra España nace,
la España del cincel y de la maza,
con esa juventud que se hace
del pasado macizo de la raza.
Una España implacable y redentora,
España que alborea
con una hacha en la mano vengadora,
España de la rabia y de la idea.

Ahí está la idea de las dos Españas de la guerra civil española, el paroxismo en el enfrentamiento entre esas dos Españas que culminó en la Guerra Civil española 1936-1939. Pero anteriormente Antonio Machado tuvo una premonición de lo que iba a ser la guerra civil, en una célebre estrofa de un poema que decía: «Españolito que vienes al mundo, te libre Dios, una de las dos Españas ha de helarte el corazón». Era como un profecía clara de lo que iba a ser la guerra civil española. Se puede afirmar que, en la década del 30 de nuestro siglo, España era uno de los pocos países de la Europa occidental que no había llevado a cabo una revolución democrático-burguesa, revolución que estaba ya pendiente desde las Cortes de Cádiz. Todos los demás países, incluido Portugal con una etapa republicana corta que había introducido reformas importantes, y salvo algunos países de los Balcanes, si consideramos el conjunto de Europa, habían realizado buena parte de las tareas propias de las revoluciones democrático-burguesas. Fue un caso insólito el de España, porque en ella se habían producido todos los vaivenes políticos de los pronunciamientos del siglo XIX, unos en un sentido liberal progresista, para intentar realizar esa revolución democrático-burguesa, y otros en sentido reaccionario, frustrándola. Se puede comprobar que además los períodos progresistas eran sólo de un bienio o poco más. El bienio o trienio liberal (1820-1823), el primer bienio de la Segunda República (1931-1933) porque el segundo, denominado «bienio negro» (1933-1936) fue un intento de neutralizar el anterior. En consecuencia se puede afirmar que el período más amplio de democracia que ha tenido España, hasta ahora, desde el siglo XIX, es el actual. Nunca hubo en España un período democrático más prolongado.

En todo caso, retornando al siglo XIX, se puede considerar que el fracaso del régimen borbónico de la Restauración, iniciado a partir del golpe militar de Sagunto encabezado por el general Martínez Campos, tuvo múltiples causas. A tal régimen político, por su corrupción económica y política, se le llegó a calificar de «régimen de los burgos podridos». En este régimen eran los caciques los que determinaban el voto de los campesinos haciendo de las elecciones meras realizaciones virtuales. Por otra parte, la aventura colonialista española en Marruecos —más al servicio de los intereses franceses que de los nacionales— debilitó rápidamente a la monarquía de la Restauración. Con la iniciación del expediente que incoó el general Picasso, sobre los desastres sufridos por las tropas españolas en Marruecos, quedó manifiesta la responsabilidad del rey Alfonso XIII. Para eludir tal responsabilidad el rey fomentó y apoyó a la dictadura del general Primo de Rivera. Agotada la Dictadura, el descrédito que supuso para el rey la violación de su juramento de respetar la Constitución de la Restauración, determinó la caída de la monarquía como consecuencia del aplastante triunfo republicano en unas elecciones municipales. Proclamada la República, el 14 de abril de 1931, se inició un proceso histórico que podía haber regenerado a España, según habían soñado regeneracionistas como Joaquín Costa, con su reivindicación de «Escuela y Despensa», como dos de los factores fundamentales para el progreso de España. Al propio Costa se le atribuye la frase sobre la necesidad de cerrar con siete llaves el sepulcro del Cid. El mismo Costa había reclamado un «cirujano de hierro» para poner fin a la oligarquía y el caciquismo que se daba en España. Picavea y Manuel Azaña fueron también grandes regeneracionistas. Azaña, antes de pasar a la fase activa de la política, fue un gran ensayista que abarcó a todos los grandes campos del regeneracionismo. Proclamada la República pasó a ser su principal protagonista individual. Sin embargo, poco se pudo avanzar en la realización de las necesarias reformas sociales, a causa de la intransigencia de la oligarquía financiero-terrateniente que dominaba España. Más tarde fue tal oligarquía el motor de las fuerzas sociales que desencadenaron la guerra civil. A pesar de lo que tal guerra supuso, de las vicisitudes de la posguerra y del desarrollo posterior del franquismo, puede afirmarse que España continua dominada por su oligarquía financiera, ya que los terratenientes han perdido peso. Aunque en España no ha habido una aunténtica reforma agraria, sí ha habido en la agricultura un desarrollo del proceso que Lenin denominó «vía prusiana» de desarrollo capitalista de la agricultura. Tal desarrollo agrícola capitalista hizo perder peso al sector terrateniente de la oligarquía, salvo el que se incorporó a esa vía capitalista.

Ahora bien esa oligarquía financiero-terrateniente, que venía explotando a España desde su constitución, se opuso ya de forma visceral, desde el primer momento, a la instauración de la República. Esta oligarquía antinacional, por su concepción de la política, era tan intransigente que ni siquiera admitía en España reformas tan moderadas que hubiesen sido consideradas como conservadoras en los medios financieros de Londres. Por ello, no puede sorprender que desde la propia proclamación de la Segunda República Española se la comenzó a sabotear. Uno de los primeros sabotajes antirrepublicanos fue el incendio de conventos, iglesias &c., que se ha comprobado fue realizado por agentes de la reacción antirrepublicana pagados para ello. Mediante tal sabotaje, y una campaña de propaganda con muchos medios económicos, se intentó desde el primer día el derrocamiento violento de la República. Incluso se fundó una organización política, denominada «Renovación Española», y una revista Acción Española, destinada a justificar el uso de la fuerza para derrocar a las instituciones republicanas, basándose en la teoría del tiranicidio, &c. Así lo reconoció abiertamente su fundador, Eugenio Vegas Latapie, en sus memorias, llegando a admitir que tanto la revista como el partido los fundaron para preparar el derrocamiento violento de la República.

IV. EL FALSO PATRIOTISMO DE LA DERECHA

La falacia del patriotismo de que siempre alardeó la oligarquía española, quedó desenmascarada en sus conspiraciones para derrocar a la República mediante un alzamiento armado. De hecho, la oligarquía española, en su obsesión por derrocar inmediatamente a la República, no se limitó a utilizar sólo sus propios recursos, sino que recurrió sin sonrojo a la ayuda extranjera. Al finalizar 1931, la República había sido proclamada en el mes de abril, el general Barrera y el dirigente de «Renovación Española» Antonio Goicoechea se desplazaron a Roma para solicitar de Mussolini ayuda armada para derrocar al Gobierno de su propia nación. Es decir, que cometieron un delito de alta traición que, aunque entonces no se les pudo probar, después ha quedado demostrado. Una actitud similar adoptó el general Franco, cuando, fracasado el alzamiento armado contra la República en las principales capitales y regiones españolas, optó por convertir la fracasada sublevación en una guerra civil librada contra su propio pueblo. El mismo general Mola —organizador principal del alzamiento armado— al dar por fracasada la sublevación, se mostró partidario de abandonar la intentona reaccionaria. Sin embargo, Franco logró mientras tanto el apoyo de la Alemania nazi que se sumó así al conseguido de la Italia fascista. A Franco no le fue difícil obtener la ayuda nazi, debido a que ya había actuado en Marruecos,durante la Primera Guerra Mundial, de agente informativo de la Alemania Imperial.

Todavía más demostrativo de los endebles fundamentos del supuesto patriotismo del general Franco, son las declaraciones que hizo, en septiembre de 1936, al diario británico Daily Mail.

En tales declaraciones, Franco llegó a afirmar que si fuese necesario, para «el éxito del Alzamiento Nacional, estaría dispuesto a fusilar a media España». Posteriormente ya no hizo declaraciones tan francas, debido a que sus asesores le advirtieron de sus repercusiones desfavorables en el campo de la propaganda. Sin embargo, seguramente el mejor ejemplo del «patriotismo» de Franco se dio cuando permitió a la aviación alemana, la célebre «Legión Condor», utilizar la villa de Guernica, famosa ciudad emblemática de los vascos, para experimentar las ventajas bélicas del bombardeo masivo de poblaciones civiles. Es conocido que el mariscal Göring, jefe de la aviación alemana durante todo el período nazi (1933-1945), que fue juzgado como criminal de guerra en el juicio de Nuremberg, declaró que el bombardeo de Guernica había sido un experimento de lo que luego haría la aviación alemana en Rotterdam, Coventry, &c. El bombardeo masivo era para comprobar si los ataques aéreos producían consecuencias desmoralizadoras sobre la población. Es de observar, en ese sentido, la actitud cínica del general Franco que durante toda la guerra civil atribuyó la destrucción de Guernica «a la actuación devastadora de los Rojos». Todavía sostuvo tan monstruosa mentira en un discurso que pronunció en el Ayuntamiento de Bilbao en 1957.

Con estos datos, se podrá comprender mejor la imposibilidad de aceptar la terminología de los elementos sublevados contra la Segunda República Española, que pretendieron denominarse «nacionales». Se denominaban nacionales los que se habían rebelado contra la República. Ahora bien: ¿Se puede considerar como nacionales a quienes sólo podían mantenerse como beligerantes gracias a la intervención de tres naciones extranjeras: la Alemania nazi, la Italia fascista y el Portugal salazarista...? Todo ello, además, con la aportación de tropas marroquíes —conocidos popularmente en España como «moros»—, que habían sido expulsadas de España durante la denominada «Reconquista» iniciada en Covadonga. Y ahora los traía de nuevo a la Península Ibérica la denominada España «nacional» a luchar contra los españoles. Toda esta aportación de tropas extranjeras, realizadas por los «patriotas» «nacionales», fue decisiva para el desenlace final de la contienda.

Tampoco era admisible que los rebeldes facciosos utilizasen la denominación de rojos para nombrar a las fuerzas que defendían la legalidad republicana, aunque en el bando republicano formasen un grupo relevante de comunistas, socialistas y anarquistas. Los socialistas y comunistas podían ser considerados como rojos y los anarquistas como negros, ya que su bandera era rojinegra. Pero también lucharon hombro con hombro, con comunistas y socialistas, republicanos pequeño-burgueses de centro izquierda. Los partidos republicanos, como Izquierda Republicana, de Manuel Azaña, Unión Republicana, de Martínez Barrio, republicanos conservadores como los de Miguel Maura, así como los conservadores nacionalistas vascos del PNV, del que fue durante la guerra civil lendakari José Antonio Aguirre y Lekube. También lucharon en el bando republicano los nacionalistas catalanes. En consecuencia, el calificativo de «rojos» sólo era aplicable justamente a un sector del bando republicano. Por otra parte, el que algunos millares de antifascistas extranjeros luchasen junto a los combatientes republicanos antifascistas, no disminuye el carácter nacional y patriótico de la lucha del pueblo español ya que eran voluntarios antifascistas y no tropas regulares de los ejércitos alemán, italiano y portugués como los que lucharon en el bando faccioso. Los antifascistas extranjeros que hicieron suya la causa del pueblo español —que Stalin había calificado como «la causa de toda la Humanidad avanzada y progresiva»— nunca rebasaron los 30.000 combatientes efectivos simultáneos. En total, participaron en la contienda española unos 50.0000 brigadistas antifascistas, de los que casi 10.000 perecieron en la contienda. Una proporción muy alta respecto al conjunto, porque formaban parte del denominado «Ejército de Maniobra» de la República. Es decir, de las tropas que se utilizaron en las grandes ofensivas de choque, junto con la XI División, que mandaba Lister, y el V Cuerpo de Ejército que comandaba Juan Modesto. Ambas unidades estaban exclusivamente constituidas por españoles, mientras que en el bando franquista se calcula en 130.000 la media de combatientes extranjeros que ayudaron al bando faccioso. Tanto en calidad como en cantidad, resultó evidente la superioridad material de la ayuda extranjera a la España reaccionaria en armamentos, tropas, &c.

Sólo el México del presidente Lázaro Cárdenas —con algunos miles de fusiles ya anticuados— y la URSS suministraron armamento insuficiente al Gobierno legítimo de la República. Sin embargo tal ayuda solidaria a la España republicana no pudo contrarrestar la superioridad armamentística de los nazi-fascistas extranjeros que combatieron contra la España republicana.

Por otra parte, frente al reaccionarismo de los alzados en armas contra la República Española, y la continua agresión de los nazi-fascistas extranjeros, el Gobierno republicano se esforzó por defender los intereses nacionales del pueblo español. En esa perspectiva, el presidente del Gobierno republicano, el doctor Juan Negrín —que después fue comparado con Churchill y Stalin en cuanto a férrea voluntad de lucha y capacidad de mando— elaboró y propuso sus célebres Trece Puntos con los que pretendía lograr la retirada de los extranjeros de ambos bandos contendientes y la reconciliación de los españoles. Lamentablemente, no lo logró a causa de la intransigencia del general Franco. No obstante, cumpliendo con su compromiso previamente contraído en Ginebra, con la Sociedad de Naciones, el Gobierno republicano ordenó, en el verano de 1938, la retirada de España de las Brigadas Internacionales, a pesar de que el bando franquista no procedió con reciprocidad retirando a las tropas extranjeras que combatían en su bando. La conjunción de la intervención extranjera a favor del bando antirrepublicano con la farsa de la denominada «No intervención», que impulsaron Gran Bretaña y Francia, condujo a la derrota del pueblo español y a la victoria del fascismo internacional.

V. LA GUERRA NACIONAL REVOLUCIONARIA DEL PUEBLO ESPAÑOL Y EL PATRIOTISMO COMO VALOR DE LA IZQUIERDA

El carácter de guerra nacional contra la invasión extranjera, que tuvo en el fondo la guerra civil española, sólo un partido político lo reivindicó abiertamente: el Partido Comunista de España. Fue el único partido que definió la guerra civil española 1936-1939 como «la guerra nacional revolucionaria del pueblo español contra el fascismo internacional». Es decir, reivindicó su carácter nacional patriótico y revolucionario.

De este periplo que, a semejanza de Ulises, hemos realizado a través de los distintos conceptos de nación y de patria, así como del concepto mismo de España como nación, se deduce claramente la necesidad de recuperar el patriotismo español por parte de la izquierda. Habiendo sido generado el patriotismo nacional por parte de la izquierda —en Francia, España y otros países— el patriotismo ha sido después monopolizado por la derecha a lo largo del siglo XX. Durante el siglo XIX los patriotas eran los ciudadanos de izquierdas, los liberales de la época y después los republicanos. Los liberales de entonces poco tienen que ver con los actuales ya que, en aquella época, se trataba de liberales políticos, los de ideas más avanzadas, mientras que los liberales o neoliberales de ahora son partidarios de un sistema totalmente desigualitario, exclusivamente fundamentado en el mercado, lo contrario de los liberales históricos españoles.

El origen de la apropiación del patriotismo por la derecha puede remontarse a la denominada «Semana Trágica» de Barcelona (1909) cuando gran parte de los trabajadores catalanes no sienten como patriótica la campaña que el Ejército español estaba realizando en Marruecos, ya que consideraban que tal campaña sólo beneficiaba a los propietarios de las minas del Rif, &c. Ello impulsó a la izquierda a desarrollar una campaña contra la guerra colonialista en Africa que chocó contra los intereses económicos de la oligarquía y el sector del Ejército español denominado «africanista» interesado en mantener la campaña militar en Marruecos para así poder ascender rápidamente por unos méritos de guerra que en gran parte eran artificiales ya que habían sido manipulados e inflados. Se crea así una tendencia a que los sectores reaccionarios españoles se apropien no sólo de la idea de España y el concepto de patria sino del propio nombre de España. Ante tal apropiación de España, la izquierda española debería reaccionar enérgicamente. Habría que abandonar la actitud vergonzante que, sobre la idea y el nombre de España, ha mantenido a veces cierta izquierda, utilizando eufemísticamente los términos «Estado español» —que son apropiados en el campo jurídico-político— el de «país», para eludir utilizar el de ESPAÑA. Realmente el único verdadero dueño y protagonista de la idea de España es el pueblo español, sus masas populares inmensamente mayoritarias y no la ínfima minoría que han constituido siempre sus oligarquías. Consideramos que, en ese sentido, la problemática de la idea de España, del concepto de nación, del concepto de patriotismo, &c., debemos actualizarla en función de la situación que ahora se da en España. Los gobiernos de Felipe González y José María Aznar han realizado concesiones excesivas a los nacionalistas vascos y catalanes, que constituyen agravios comparativos para otras regiones españolas. Es una consecuencia de las situaciones que impone el denominado «Estado de las Autonomías» que hace necesaria su evolución hacia la forma del denominado «Estado Federal simétrico», en el que todas sus partes integrantes gozan de los mismos derechos, frente al denominado «Estado Federal asimétrico» en el que los nacionalistas vascos y catalanes tratarían de mantener sus posiciones privilegiadas actuales. Esta forma asimétrica de Estado Federal equivaldría de hecho a la propia de un Estado confederal en el que se debilitan considerablemente los nexos unitarios entre las partes integrantes.

ADENDA

Tanto después del desarrollo de la conferencia, como del desarrollo de su texto por escrito, hemos tenido oportunidad de leer, en la Obra Franco «Caudillo»: mito y realidad, de Alberto Reig Tapia, opiniones que coinciden totalmente con la nuestra sobre la apropiación por la derecha de la idea de patriotismo. Por ello reproducimos algunas de sus argumentaciones: «Sirva, a modo de ejemplo, el término "patriota", que en su origen histórico, en la Francia revolucionaria de 1789, hacía referencia a revolucionario, en contraposición a aristócrata o contra-rrevolucionario. Los reaccionarios y conservadores, la derecha en general, fue apropiándose del término, fue usurpándoselo a la izquierda sobre la base de que esta era internacionalista antes que nacionalista y, en definitiva, relegaba el sentimiento nacional a un puesto inferior en relación con un ideal superior universalista. Esta instrumentalización ideológica por parte de la derecha alcanzó su máxima expresión bajo el franquismo. Este explotó el sentimiento patriótico y sus símbolos —como la bandera— en régimen de monopolio y con carácter excluyente. De ahí que la izquierda en general se abstenga de su uso y recurra a todo tipo de eufemismos para eludir tèrminos como patria, patriota o patriotismo que la cultura de izquierda, equivocadamente, ha venido identificando no ya con sentimientos, ideologías o mentalidades conservadoras, sino con el fascismo, con el franquismo y con la ultraderecha en general.»


BIBLIOGRAFÍA

Dolores Ibárruri y otros, Guerra y Revolución en España 1936-1939, Editorial Progreso, Moscú 1966.

Antonio Ramos Oliveira, Historia de España, Compañía General de Ediciones, México 1952, 3 Tomos.

Manuel Tuñón de Lara, Historia de España, Tomo IX. «La Crisis del Estado: Dictadura, República, Guerra (1923-1939)».

Santos Madrazo, Las dos Españas, Editorial Zero, Madrid,1969.