José María Laso
Prieto
La
Idea de España en el contexto de la Guerra Civil española
Revista El Basilisco
nº26. Segunda Época .Oviedo.
Texto cedido por la Fundación
Gustavo Bueno.
I.
INTRODUCCIÓN
Este
trabajo tuvo por origen la conferencia que, con el mismo título,
pronunció José María Laso Prieto en el I.E.S.
Rosario Acuña de Gijón respondiendo a una invitación
del profesor Pablo Huerga. La conferencia abordó fundamentalmente
el problema suscitado por la idea de España, desde una perspectiva
política, en el período histórico en que se desarrolló
la guerra civil 1936-1939. Cuando se expuso la conferencia en el I.E.S.
Rosario Acuña no se conocía todavía el
texto del artículo «España» publicado por el profesor
Gustavo Bueno Martínez en el núm. 24, segunda época,
de la revista El Basilisco, en el que se profundiza agudamente
en la idea filosófica de España. De haberlo conocido,
lo habría tenido en cuenta para el desarrollo de la conferencia.
Por
ello, aun manteniendo el texto original, nos identificamos con la
idea filosófica de España que sostiene Gustavo Bueno
y, en consecuencia, transcribimos el punto 4 del apartado Final
de su artículo «España»: «4. Si hubiera que reducir
a una fórmula lo que puede ser España en cuanto a "plataforma"
que ha resistido a la caída del Imperio mismo que la conformó,
me atrevería a decir lo siguiente: que España no es
una mera reliquia, reanimada por fin como nación, que ha podido
reconquistar al menos la condición de un miembro de número
de un club de naciones canónicas. En cuanto a efecto de su
pretérito, no se reconocería como tal en esa forma de
ser. Acaso por que España no tenga por que ser definida como
un "modo de ser" característico; sino que más
bien habría que ensayar su definición como un "modo
de estar". Un modo de estar que haríamos consistir no
tanto en una tendencia a encerrarse o plegarse sobre sí misma
(tratando de extraer la verdad de su sustancia o de su pretérito),
sino en mirar constantemente al exterior, a todo el mundo, a fin de
conocerlo, asimilarlo, digerirlo, o expeler lo que sea necesario para
seguir manteniendo ese su "modo de estar". Un modo de estar
que no descarta el "estar a la espera" de que se presente
una ocasión cualquiera de intervenir en el mundo de un modo
digno de ser inscrito en la Historia Universal».
El
tema de la conferencia me fue solicitado y creo que fue un gran acierto
seleccionarlo. Considero que el contenido del título adoptado
tiene indudable interés, debido a que se contiene en él
toda la problemática española contemporánea.
Se puede sostener convincentemente que la guerra civil española
está generalmente considerada como la culminación del
enfrentamiento de dos ideas de España contrapuestas. La España
reaccionaria y la España progresista, aunque muchos comentaristas
la consideraron como una contienda entre la España antifascista
y la España fascista. Empero como en la guerra civil española
no sólo se planteaban cuestiones coyunturales inmediatas, como
era la del fascismo, sino toda una tradición de dos ideas de
España conviene precisar debidamente el tema. Por parte del
bando alzado en armas contra la República, es decir, del sector
de la población española que bien sea por formar parte
del Ejército, o de los sectores civiles que apoyaron su rebelión,
se constituyó en bando faccioso, existía una idea de
España. Por parte del sector de la población que permaneció
leal al Gobierno legal de la República, existía otra
idea de España que se contraponía frontalmente a la
idea que de España tenían los reaccionarios alzados
en armas contra la República.
Desde
el comienzo de la guerra civil, el bando rebelde antirrepublicano
pretendió constituir la personificación de la España
auténtica y tradicional frente a la entelequia que ese bando
denominaba «la anti-España». Fue muy constante en la propaganda
del bando alzado en armas contra el Gobierno legalmente constituido
sostener que ellos se habían alzado en defensa de España
y contra la España roja o anti-España. Debemos recordar
que durante muchos años los programas radiofónicos de
las emisoras españolas finalizaban con el grito de «Caídos
por Dios y por España, ¡Presentes!». No sólo se pretendía
que se trataba de caídos por España sino también
por Dios, lo cual no dejaba de constituir una cierta soberbia. Esta
supuesta España auténtica y tradicional, pretendía
también ser la legítima sucesora de los Reyes Católicos.
Mucho se habló entonces de los Reyes Católicos, incluso
se tomaron sus símbolos para integrar el escudo del nuevo Estado
español. Falange Española ya había recogido de
ellos el yugo y las flechas. Tal emblema de los Reyes Católicos
había sido el emblema del Imperio español, especialmente
durante el reinado de Carlos I de España. Otro gran ídolo
del bando faccioso fue Felipe II, el denominado «Rey Prudente», en
cuyos dominios, se decía que no se ponía el Sol. También
el bando reaccionario se vinculaba a la España que había
sido luz de Trento y martillo de herejes, según la conocida
frase del polígrafo Menéndez Pelayo. Así el bando
antirrepublicano asumió el papel que España desempeñó
en el famoso Concilio de la Contrarreforma. Esta reivindicación
de la España tradicional, por el bando rebelde, requirió
algún tiempo. Inicialmente, varias guarniciones se alzaron
en armas contra el desorden que atribuían al Gobierno del Frente
Popular pero enarbolando la bandera republicana y al grito de ¡Viva
la República! Incluso el general Franco, en el Manifiesto que
lanzó desde las islas Canarias, al unirse a la sublevación,
finalizaba con los eslóganes de La Revolución Francesa,
aunque en un orden invertido.
A
pesar de tales concesiones iniciales de los rebeldes, mediante un
proceso gradual se fue evidenciando que la idea de la España
tradicional constituía la superestructura ideológica
del régimen político que fueron implantando los sublevados
en el territorio que dominaban. Esta concepción tradicional
de España, negaba su pluralidad cultural y territorial e imponía
un rígido centralismo que encontraba su expresión en
la famosa frase —atribuida a Calvo Sotelo— «Prefiero una España
roja a una España rota». Ello no deja de ser una frase efectista,
ya que es obvio que el dirigente derechista, o parafascista, no quería
una España roja. Como es sabido, durante la etapa republicana
las fuerzas políticas de la derecha se esforzaron en mantener,
y si era posible acentuar, el tradicional centralismo borbónico.
Al iniciarse, con la proclamación de la Segunda República
Española, una serie de reformas que pretendían resolver
los problemas propios de las revoluciones democrático-burguesas
una de las cuestiones que produjo mayores enfrentamientos fue la de
la organización territorial del Estado. Tanto mediante la lucha
política, en ambos bienios republicanos, como a través
de la propaganda durante la guerra civil, el bando rebelde pretendió
constituirse en el único defensor de la unidad de España
frente a las fuerzas políticas y sociales que intentaban disgregarla.
En realidad ese no era el objetivo fundamental del bando reaccionario
sino uno de sus enfoques propagandísticos más eficaces.
Su objetivo fundamental tenía una perspectiva de clase. El
de las clases dominantes. El de las clases en las que se basaba la
oligarquía financiero-terrateniente que era la representante
de las fuerzas sociales que no admitían que se desarrollasen
en España reformas democráticas similares a las que
se habían realizado en la mayoría de los países
europeos. Con esa finalidad, para que le sirviese de superestructura
ideológica, se resucitó la idea de la España
tradicional, de la España nacional-católica vinculada
a concepciones imperiales que ya resultaban anacrónicas, como
la frase entonces en boga de «¡Por el Imperio hacia Dios!».
Contra
tan anacrónico lema, y frente a la idea tradicional y reaccionaria
de España, enarbolada por los que se sublevaron contra el Gobierno
legítimo de la República, existía otra idea de
España, la de una España que representaba los auténticos
intereses del pueblo español frente a sus exploradores. Esta
España popular, remontaba también sus raíces
a movimientos históricos concretos. Así se remitía
a movimientos como los de las germanías de Valencia, los comuneros
de Castilla, los irmandiños de Galicia, &c. Es decir, a
los diversos movimientos populares que jalonan la historia de nuestra
patria.
II.
LOS CONCEPTOS DE NACIÓN Y PATRIA
Conviene,
para una mejor comprensión de la exposición anterior,
tener en cuenta los orígenes de los conceptos de nación
y patria. Se puede asegurar, llevando a cabo un examen mínimamente
riguroso de la historia de la humanidad, que ni en la Antigüedad
clásica ni en la Edad Media existió el concepto de nación,
en el sentido de patria contemporánea. Los Estados entonces
existentes, o eran meros conglomerados de extensos territorios unificados
en torno al cetro y la corona de un déspota, o emperador asiático,
o ciudades-Estado basadas en el modelo de la polis ateniense. Una
excepción fue el Imperio de Alejandro Magno, basado en la creación
continua de ciudades y en la expansión de la cultura helenística,
pero la prematura muerte de Alejandro lo hizo muy efímero.
Además de las ciudades-Estado o polis, de donde deriva
el término «política», el concepto de despotismo asiático
tuvo su expresión en los casos de Jerges, Ciro y Darío
o, en el caso de los mongoles, en el de Gengis Khan, que logró
constituir el Imperio terrestre más extenso que ha existido
hasta la edad contemporánea, ya que comprendía desde
las puertas de Viena hasta el extremo Oriental de Siberia. Entonces,
en tales imperios de gran extensión territorial, unidos férreamente
por la condición de ser súbditos serviles de un emperador
despótico, no había surgido la idea de nación
ni la idea de patria. En las ciudades-Estado de las polis,
hasta cierto punto existió la idea de patria, tal y como se
expresa en el célebre discurso funerario de Pericles en honor
de los héroes atenienses, o en la famosa frase de Leónidas,
el célebre rey espartano que se sacrificó en el paso
de las Termópilas por su patria Esparta. Empero este patriotismo
local no constituye más que un primer atisbo de lo que ha sido
posteriormente la idea de nación y de patria en el sentido
contemporáneo de ambos términos. Se puede afirmar que
el concepto contemporáneo de nación, y el correspondiente
sentimiento patriótico, surge de la gran Revolución
Francesa de 1789-1794. Esa revolución francesa, la revolución
de los Mirabeau, Danton, Robespierre, Saint Just, Marat, &c.,
es la que por primera vez hace germinar la idea de nación,
y por consiguiente la de patria, al pasar los franceses de la condición
servil de súbditos a la de ciudadanos, por la revolución,
mediante el derrocamiento del rey y la proclamación de la república.
Se
va creando así un sentimiento patriótico que se expresa
ya en el propio himno de los revolucionarios. En La Marsellesa,
que comienza por la estrofa «¡Adelante hijos de la patria!». La alusión
es a la contraposición entre los patriotas y los invasores
extranjeros, porque la Revolución Francesa era una lucha fundamental
de la burguesía —que era entonces una clase revolucionaria—
frente a la aristocracia que era una clase reaccionaria y, además,
antipatriótica, porque los aristócratas que lograron
huir de las iras de los revolucionarios se convirtieron en los emigrados
de Coblenza. En esta ciudad renana, los aristócratas franceses
se constituyeron en el centro de la conspiración contra su
propio país, impulsando a los demás países, a
través de sus reyes, para que invadieran a su propia patria,
para así poder restaurar la monarquía. En ese sentido,
los aristócratas franceses fueron traidores al sentimiento
nacional. Sin embargo, debe admitirse que ese sentimiento nacional
apenas existía. Existía más bien un sentimiento
regional de los bretones, de los de La Vandée, de los del Languedoc,
de los de la Borgoña, &c. Empero fue precisamente esa gran
convulsión político-social, que constituyó la
Revolución Francesa, la que desarrolló la concepción
de patria que se expresa en la primera estrofa de La Marsellesa.
No obstante, si se leen las demás estrofas del famoso himno
revolucionario, se comprueba que se llama a defender a los hijos y
a las compañeras. Es decir, a las mujeres y esposas, de la
amenaza de los agresores extranjeros. Así en La Marsellesa
existe una estrofa que dice: «Escuchemos a esos feroces soldados que
vienen a estrangular a nuestros hijos y a nuestras mujeres.» Es decir,
se trata de una reacción popular francesa frente a los extranjeros
que se han unido a los reaccionarios franceses. La estrofa citada
exalta a defender a las mujeres y a los hijos de los ciudadanos, formando
batallones patrióticos, para que hiciesen correr la sangre
impura de los hijos de la tiranía. Por ello, la estrofa dice:
«Formemos batallones para hacer que una sangre impura inunde los surcos.»
Se trataría, por lo tanto, de que la sangre de los aristócratas
franceses traidores a la patria, de los serviles o antipatriotas,
y de los soldados mercenarios extranjeros que trataban de restaurar
la monarquía borbónica, inundase los surcos de los campos
franceses. Así los emigrados de Coblenza, los aristócratas
huidos, son asimilados a los mercenarios extranjeros que habían
invadido la patria francesa bajo el mando del Duque de Brunswick.
O sea, del duque alemán al que las distintas monarquías
semifeudales europeas habían encomendado aplastar la Revolución
Francesa y que en su Manifiesto de la invasión amenazaba con
destruir la ciudad de París.
Empero
todo ello tiene su expresión más concreta en la famosa
batalla de Valmy, que se libra en 1792, y que constituye la más
clara manifestación del sentimiento patriótico revolucionario.
Es ese ejército revolucionario, constituido por soldados desarrapados
con uniformes destrozados y apenas sin calzado, el que, al grito de
«¡Viva la nación!», derrota a los mejores ejércitos
de las monarquías europeas. Tal ejército revolucionario
había sido reclutado bajo el lema de «¡La patria está
en peligro!» y son también los revolucionarios franceses los
primeros en utilizar la consigna «¡Patria o muerte!» que se ha utilizado
también en la Revolución Cubana. Goethe, que había
contemplado como observador la batalla de Valmy, se sintió
tan conmocionado por el acontecimiento de la victoria de los soldados
revolucionarios que consideró que había vivido uno de
los hitos fundamentales en la historia de la Humanidad, y ello lo
expresó en su célebre frase: «Hoy, con esta batalla,
ha nacido una nueva época.» Y, efectivamente, se puede decir
que había nacido una nueva época, la época portadora
del mensaje democrático de la Revolución Francesa que
se extiende prácticamente hasta 1917, año de la Revolución
Rusa. Además del impulso que la Revolución Francesa
proporcionó al desarrollo de los conceptos de nación
y de patria, las propias guerras denominadas napoleónicas contribuyeron
a agudizar más todavía los sentimientos nacionales y
patrióticos y ello por ambos bandos, como veremos.
Por
una parte, los revolucionarios se autodenominaron patriotas. Entre
ellos no se decían «compañero revolucionario» sino «compañero
patriota», ya que entre sí se trataban de patriotas. Tales
tropas revestían la forma de ejércitos nacionales, en
contraste con los ejércitos anteriores que podían ser
considerados como ejércitos de mercenarios que servían
y luchaban por una soldada. El término «soldado» proviene precisamente
de tal soldada. Los ejércitos profesionales de mercenarios
servían y luchaban por dinero mientras que los ejércitos
revolucionarios estaban constituidos por personas que se habían
alistado para luchar por un ideal, por el ideal democrático
y emancipador, por el ideal igualitario.
Alemania,
después de la Paz de Westfalia, del siglo XVII, había
quedado fragmentada en casi un centenar de pequeños Estados,
de pequeños principados, &c. El más fuerte de ellos,
Prusia, el Reino de Prusia, que había sido dirigido por un
gran rey y general, Federico el Grande. Federico había logrado
una gran serie de victorias frente a algunas coaliciones adversarias.
Sin embargo, los sucesores suyos fueron derrotados de forma fulminante
por Napoleón en la batalla de Jena. El filósofo Hegel,
entonces dominante en la filosofía clásica alemana,
al contemplar la entrada de Napoleón en Weimar, creyó
contemplar al espíritu del mundo a caballo. De ahí la
tesis de Hegel sobre el fin de la historia, que sostenía que
el espíritu del mundo —encarnado en Napoleón Bonaparte—
había culminado la Historia Universal poniendo fin a la Historia
de los pueblos, o de la Humanidad, en su conjunto. En una perspectiva
más reciente, el funcionario del Departamento de Estado norteamericano,
Francis Fukuyama, ha tratado de aplicar al mundo actual la tesis de
Hegel sobre el fin de la Historia. A su juicio, con la victoria del
capitalismo en la Guerra fría, y la extensión
a escala mundial de la sociedad de mercado y la democracia representativa,
se ha extinguido la lucha de clases y logrado el fin de La Historia.
Sin embargo, en pocos años se ha comprobado la falsedad de
tal tesis, al agudizarse de nuevo la lucha de clases en diversos países
y hundirse regímenes aparentemente tan estables como la dictadura
de Suharto en Indonesia.
Retornando
a la situación que se dio en Alemania con la derrota prusiana
en la batalla de Jena, se pudo observar que en poco tiempo se produjo
una reacción patriótica frente a la ocupación
francesa. La ocupación francesa fue una situación transitoria
y después, de hecho, Napoleón convirtió a los
ejércitos prusianos en auxiliares suyos para futuras campañas.
Sin embargo, ello no contrarrestó la reacción patriótica
prusiana que se manifestó contundentemente en Los discursos
a la nación alemana del filósofo Fichte. Fue Fichte,
junto con los generales Schanhorst y Gneisenau —reorganizadores del
ejército prusiano— quien encabezó la reacción
patriótica alemana. Gracias a esa reacción patriótica,
se superó la crisis en que había caído el Estado
prusiano y se crearon las bases para la unificación de una
Alemania hasta entonces fragmentada en numerosos Estados principescos.
Tal unificación sería después dirigida por Bismarck
y proclamada en el Palacio de Versalles después de la derrota
de los ejércitos franceses en la guerra franco-prusiana.
En
España se puede considerar que se produce un proceso patriótico
semejante. Como consecuencia de la invasión napoleónica
se produjo la reacción patriótica que encabezaron los
capitanes Daoíz y Velarde. Tal reacción patriótica
se amplía con la participación de figuras como la del
alcalde de Móstoles, con su célebre declaración
de guerra a Napoleón, similarmente realizada en Asturias por
la Junta General del Principado. Asimismo, participaron en el desarrollo
del proceso patriótico personajes como Agustina de Aragón,
el general Palafox y guerrilleros como El Empecinado, Espoz y Mina
&c. Se puede estimar que en este proceso patriótico generado
por la Guerra de la Independencia están insertos los comienzos
de España como nación y de la idea patriótica,
aunque conviene formular una matización sobre los denominados
«afrancesados» o antipatriotas. Y es que en España se denominó,
muchas veces injustamente, «afrancesados» a las personas que simpatizaban
con la Ilustración, con las ideas de la Ilustración,
de la Enciclopedia, con las ideas progresistas que habían trazado
el camino ideológico para el desarrollo de la Revolución
Francesa y de los principios jacobinos que de ella se desarrollaron.
Muchos de los supuestos «afrancesados» fueron auténticos patriotas
que intentaban que el pueblo español se liberase del absolutismo,
desarrollando un sistema político democrático basado
en los principios igualitarios que profesaban. Como tales, no se sentían
identificados con la monarquía borbónica sino con la
causa general del pueblo español. Esta matización conviene
complementarla precisando que, por el contrario, muchos absolutistas,
que fueron considerados patriotas, eran simplemente reaccionarios
o misoneistas, que odiaban a los extranjeros por una actitud visceral
no racional. Y que muchos no eran verdaderos patriotas se comprobó
cuando más tarde se produjo la invasión de los denominados
«Cien mil hijos de San Luis», encabezados por el francés Duque
de Angulema, que acabaron con el trienio liberal.
Fue
precisamente un ilustre asturiano, el general Rafael de Riego, el
que más contribuyó a la instauración de tal trienio
liberal con su pronunciamiento a favor de la restauración de
la Constitución de Cádiz (1812) realizado en Cabezas
de San Juan. En este proceso histórico se comienzan a vislumbrar
dos ideas distintas de España. Se trataría también
de distinguir entre quienes reaccionan no sólo contra la invasión
napoleónica de ejércitos franceses, sino también
contra las ideas progresistas y los patriotas que siendo enemigos
de los franceses, por ser invasores del territorio español,
sin embargo, habían adoptado los principios propios de la Revolución
Francesa, los principios que ahora consideramos democráticos.
En ese sentido, es significativo, para caracterizar un poco la relativa
impotencia de estos dos sectores, un célebre quiasmo de Carlos
Marx, el creador del socialismo científico, que se publica
en sus trabajos sobre España agrupados bajo el título
general de Revolución en España, donde se analiza
todo el proceso histórico español desde la invasión
napoleónica hasta casi fines del siglo XIX. En tal quiasmo,
Marx contrasta: «En Cádiz ideas sin acción, en el resto
de España acción sin ideas.» Lo que si es evidente es
que gran parte de los que tenían acción no tenían
ideas. Es decir, gran parte de los serviles, de los partidarios del
absolutismo que, sin embargo, luchaban por la independencia de España.
En cierta forma este tema se reactualiza periódicamente cuando
se cita, de vez en cuando, el lema de «¡vivan las cadenas!». Como
es sabido, cuando se produjo la reacción absolutista que encabezó
el rey Fernando VII contra la Constitución de 1812, una parte
importante del pueblo español, por su atraso y su ignorancia,
era tan partidario de una monarquía absoluta que llegó
a pronunciar multitudinaria-mente el ¡Vivan las cadenas! Por algo
semejante es famosa la Universidad de Cervera que en un escrito dirigido
al rey Fernando VII afirmaban: «Lejos de nosotros la funesta manía
de pensar».
Con
los brochazos que significan tales frases, se puede pintar ya una
especie de cuadro impresionista de lo que suponían las dos
Españas de entonces.
III.
LAS DOS ESPAÑAS
Esas
dos Españas opuestas se convirtieron también en temas
constantes de cierta literatura española, tal y como se refleja
en el famoso poema de Antonio Machado titulado El mañana
efímero, que data de 1913. Su intención de contraponer
las dos Españas resulta ya muy clarificada desde la estrofa
inicial hasta el final. Este poema de Antonio Machado no debe confundirse
con otro del mismo autor titulado Del mañana efímero
y dice:
La
España de charanga y pandereta
cerrado
y sacristía,
devota
de Frascuelo y de María
de
espíritu burlón y de alma quieta,
ha
de tener su mármol y su día,
su
infalible mañana y su poeta.
El
vano ayer engendrará un mañana
vacío
y ¡por ventura! pasajero.
Será
un joven lechuzo y tarambana,
un
sayón con hechuras de bolero
a
la moda de Francia realista
un
poco al sur del Paris pagano,
y
al estilo de España especialista
en
el vicio al alcance de la mano.
Esa
España inferior que ora y bosteza
vieja
y tahur, zaragatera y triste;
esa
España inferior que ora y embiste,
cuando
se digna usar de la cabeza,
aun
tendrá luengo parto de varones
amantes
de sagradas tradiciones
y
de sagradas formas y maneras;
florecerán
las barbas apostólicas,
y
otras calvas en otras calaveras
brillarán,
venerables y católicas.
El
vano ayer engendrará un mañana
vacío
y ¡por ventura! pasajero,
la
sombra de un lechuzo tarambana,
de
un sayón con hechuras de bolero,
el
vacuo ayer dará un mañana huero.
Como
la náusea de un borracho ahito
de
vino malo, un rojo sol corona
de
heces turbias las cumbres de granito;
hay
un mañana estomagante escrito
en
la tarde pragmática y dulzona.
Más
otra España nace,
la
España del cincel y de la maza,
con
esa juventud que se hace
del
pasado macizo de la raza.
Una
España implacable y redentora,
España
que alborea
con
una hacha en la mano vengadora,
España
de la rabia y de la idea.
Ahí
está la idea de las dos Españas de la guerra civil española,
el paroxismo en el enfrentamiento entre esas dos Españas que
culminó en la Guerra Civil española 1936-1939. Pero
anteriormente Antonio Machado tuvo una premonición de lo que
iba a ser la guerra civil, en una célebre estrofa de un poema
que decía: «Españolito que vienes al mundo, te libre
Dios, una de las dos Españas ha de helarte el corazón».
Era como un profecía clara de lo que iba a ser la guerra civil
española. Se puede afirmar que, en la década del 30
de nuestro siglo, España era uno de los pocos países
de la Europa occidental que no había llevado a cabo una revolución
democrático-burguesa, revolución que estaba ya pendiente
desde las Cortes de Cádiz. Todos los demás países,
incluido Portugal con una etapa republicana corta que había
introducido reformas importantes, y salvo algunos países de
los Balcanes, si consideramos el conjunto de Europa, habían
realizado buena parte de las tareas propias de las revoluciones democrático-burguesas.
Fue un caso insólito el de España, porque en ella se
habían producido todos los vaivenes políticos de los
pronunciamientos del siglo XIX, unos en un sentido liberal progresista,
para intentar realizar esa revolución democrático-burguesa,
y otros en sentido reaccionario, frustrándola. Se puede comprobar
que además los períodos progresistas eran sólo
de un bienio o poco más. El bienio o trienio liberal (1820-1823),
el primer bienio de la Segunda República (1931-1933) porque
el segundo, denominado «bienio negro» (1933-1936) fue un intento de
neutralizar el anterior. En consecuencia se puede afirmar que el período
más amplio de democracia que ha tenido España, hasta
ahora, desde el siglo XIX, es el actual. Nunca hubo en España
un período democrático más prolongado.
En
todo caso, retornando al siglo XIX, se puede considerar que el fracaso
del régimen borbónico de la Restauración, iniciado
a partir del golpe militar de Sagunto encabezado por el general Martínez
Campos, tuvo múltiples causas. A tal régimen político,
por su corrupción económica y política, se le
llegó a calificar de «régimen de los burgos podridos».
En este régimen eran los caciques los que determinaban el voto
de los campesinos haciendo de las elecciones meras realizaciones virtuales.
Por otra parte, la aventura colonialista española en Marruecos
—más al servicio de los intereses franceses que de los nacionales—
debilitó rápidamente a la monarquía de la Restauración.
Con la iniciación del expediente que incoó el general
Picasso, sobre los desastres sufridos por las tropas españolas
en Marruecos, quedó manifiesta la responsabilidad del rey Alfonso
XIII. Para eludir tal responsabilidad el rey fomentó y apoyó
a la dictadura del general Primo de Rivera. Agotada la Dictadura,
el descrédito que supuso para el rey la violación de
su juramento de respetar la Constitución de la Restauración,
determinó la caída de la monarquía como consecuencia
del aplastante triunfo republicano en unas elecciones municipales.
Proclamada la República, el 14 de abril de 1931, se inició
un proceso histórico que podía haber regenerado a España,
según habían soñado regeneracionistas como Joaquín
Costa, con su reivindicación de «Escuela y Despensa», como
dos de los factores fundamentales para el progreso de España.
Al propio Costa se le atribuye la frase sobre la necesidad de cerrar
con siete llaves el sepulcro del Cid. El mismo Costa había
reclamado un «cirujano de hierro» para poner fin a la oligarquía
y el caciquismo que se daba en España. Picavea y Manuel Azaña
fueron también grandes regeneracionistas. Azaña, antes
de pasar a la fase activa de la política, fue un gran ensayista
que abarcó a todos los grandes campos del regeneracionismo.
Proclamada la República pasó a ser su principal protagonista
individual. Sin embargo, poco se pudo avanzar en la realización
de las necesarias reformas sociales, a causa de la intransigencia
de la oligarquía financiero-terrateniente que dominaba España.
Más tarde fue tal oligarquía el motor de las fuerzas
sociales que desencadenaron la guerra civil. A pesar de lo que tal
guerra supuso, de las vicisitudes de la posguerra y del desarrollo
posterior del franquismo, puede afirmarse que España continua
dominada por su oligarquía financiera, ya que los terratenientes
han perdido peso. Aunque en España no ha habido una aunténtica
reforma agraria, sí ha habido en la agricultura un desarrollo
del proceso que Lenin denominó «vía prusiana» de desarrollo
capitalista de la agricultura. Tal desarrollo agrícola capitalista
hizo perder peso al sector terrateniente de la oligarquía,
salvo el que se incorporó a esa vía capitalista.
Ahora
bien esa oligarquía financiero-terrateniente, que venía
explotando a España desde su constitución, se opuso
ya de forma visceral, desde el primer momento, a la instauración
de la República. Esta oligarquía antinacional, por su
concepción de la política, era tan intransigente que
ni siquiera admitía en España reformas tan moderadas
que hubiesen sido consideradas como conservadoras en los medios financieros
de Londres. Por ello, no puede sorprender que desde la propia proclamación
de la Segunda República Española se la comenzó
a sabotear. Uno de los primeros sabotajes antirrepublicanos fue el
incendio de conventos, iglesias &c., que se ha comprobado fue
realizado por agentes de la reacción antirrepublicana pagados
para ello. Mediante tal sabotaje, y una campaña de propaganda
con muchos medios económicos, se intentó desde el primer
día el derrocamiento violento de la República. Incluso
se fundó una organización política, denominada
«Renovación Española», y una revista Acción
Española, destinada a justificar el uso de la fuerza para
derrocar a las instituciones republicanas, basándose en la
teoría del tiranicidio, &c. Así lo reconoció
abiertamente su fundador, Eugenio Vegas Latapie, en sus memorias,
llegando a admitir que tanto la revista como el partido los fundaron
para preparar el derrocamiento violento de la República.
IV.
EL FALSO PATRIOTISMO DE LA DERECHA
La
falacia del patriotismo de que siempre alardeó la oligarquía
española, quedó desenmascarada en sus conspiraciones
para derrocar a la República mediante un alzamiento armado.
De hecho, la oligarquía española, en su obsesión
por derrocar inmediatamente a la República, no se limitó
a utilizar sólo sus propios recursos, sino que recurrió
sin sonrojo a la ayuda extranjera. Al finalizar 1931, la República
había sido proclamada en el mes de abril, el general Barrera
y el dirigente de «Renovación Española» Antonio Goicoechea
se desplazaron a Roma para solicitar de Mussolini ayuda armada para
derrocar al Gobierno de su propia nación. Es decir, que cometieron
un delito de alta traición que, aunque entonces no se les pudo
probar, después ha quedado demostrado. Una actitud similar
adoptó el general Franco, cuando, fracasado el alzamiento armado
contra la República en las principales capitales y regiones
españolas, optó por convertir la fracasada sublevación
en una guerra civil librada contra su propio pueblo. El mismo general
Mola —organizador principal del alzamiento armado— al dar por fracasada
la sublevación, se mostró partidario de abandonar la
intentona reaccionaria. Sin embargo, Franco logró mientras
tanto el apoyo de la Alemania nazi que se sumó así al
conseguido de la Italia fascista. A Franco no le fue difícil
obtener la ayuda nazi, debido a que ya había actuado en Marruecos,durante
la Primera Guerra Mundial, de agente informativo de la Alemania Imperial.
Todavía
más demostrativo de los endebles fundamentos del supuesto patriotismo
del general Franco, son las declaraciones que hizo, en septiembre
de 1936, al diario británico Daily Mail.
En
tales declaraciones, Franco llegó a afirmar que si fuese necesario,
para «el éxito del Alzamiento Nacional, estaría dispuesto
a fusilar a media España». Posteriormente ya no hizo declaraciones
tan francas, debido a que sus asesores le advirtieron de sus repercusiones
desfavorables en el campo de la propaganda. Sin embargo, seguramente
el mejor ejemplo del «patriotismo» de Franco se dio cuando permitió
a la aviación alemana, la célebre «Legión Condor»,
utilizar la villa de Guernica, famosa ciudad emblemática de
los vascos, para experimentar las ventajas bélicas del bombardeo
masivo de poblaciones civiles. Es conocido que el mariscal Göring,
jefe de la aviación alemana durante todo el período
nazi (1933-1945), que fue juzgado como criminal de guerra en el juicio
de Nuremberg, declaró que el bombardeo de Guernica había
sido un experimento de lo que luego haría la aviación
alemana en Rotterdam, Coventry, &c. El bombardeo masivo era para
comprobar si los ataques aéreos producían consecuencias
desmoralizadoras sobre la población. Es de observar, en ese
sentido, la actitud cínica del general Franco que durante toda
la guerra civil atribuyó la destrucción de Guernica
«a la actuación devastadora de los Rojos». Todavía sostuvo
tan monstruosa mentira en un discurso que pronunció en el Ayuntamiento
de Bilbao en 1957.
Con
estos datos, se podrá comprender mejor la imposibilidad de
aceptar la terminología de los elementos sublevados contra
la Segunda República Española, que pretendieron denominarse
«nacionales». Se denominaban nacionales los que se habían rebelado
contra la República. Ahora bien: ¿Se puede considerar como
nacionales a quienes sólo podían mantenerse como beligerantes
gracias a la intervención de tres naciones extranjeras: la
Alemania nazi, la Italia fascista y el Portugal salazarista...? Todo
ello, además, con la aportación de tropas marroquíes
—conocidos popularmente en España como «moros»—, que habían
sido expulsadas de España durante la denominada «Reconquista»
iniciada en Covadonga. Y ahora los traía de nuevo a la Península
Ibérica la denominada España «nacional» a luchar contra
los españoles. Toda esta aportación de tropas extranjeras,
realizadas por los «patriotas» «nacionales», fue decisiva para el
desenlace final de la contienda.
Tampoco
era admisible que los rebeldes facciosos utilizasen la denominación
de rojos para nombrar a las fuerzas que defendían la legalidad
republicana, aunque en el bando republicano formasen un grupo relevante
de comunistas, socialistas y anarquistas. Los socialistas y comunistas
podían ser considerados como rojos y los anarquistas como negros,
ya que su bandera era rojinegra. Pero también lucharon hombro
con hombro, con comunistas y socialistas, republicanos pequeño-burgueses
de centro izquierda. Los partidos republicanos, como Izquierda Republicana,
de Manuel Azaña, Unión Republicana, de Martínez
Barrio, republicanos conservadores como los de Miguel Maura, así
como los conservadores nacionalistas vascos del PNV, del que fue durante
la guerra civil lendakari José Antonio Aguirre y Lekube. También
lucharon en el bando republicano los nacionalistas catalanes. En consecuencia,
el calificativo de «rojos» sólo era aplicable justamente a
un sector del bando republicano. Por otra parte, el que algunos millares
de antifascistas extranjeros luchasen junto a los combatientes republicanos
antifascistas, no disminuye el carácter nacional y patriótico
de la lucha del pueblo español ya que eran voluntarios antifascistas
y no tropas regulares de los ejércitos alemán, italiano
y portugués como los que lucharon en el bando faccioso. Los
antifascistas extranjeros que hicieron suya la causa del pueblo español
—que Stalin había calificado como «la causa de toda la Humanidad
avanzada y progresiva»— nunca rebasaron los 30.000 combatientes efectivos
simultáneos. En total, participaron en la contienda española
unos 50.0000 brigadistas antifascistas, de los que casi 10.000 perecieron
en la contienda. Una proporción muy alta respecto al conjunto,
porque formaban parte del denominado «Ejército de Maniobra»
de la República. Es decir, de las tropas que se utilizaron
en las grandes ofensivas de choque, junto con la XI División,
que mandaba Lister, y el V Cuerpo de Ejército que comandaba
Juan Modesto. Ambas unidades estaban exclusivamente constituidas por
españoles, mientras que en el bando franquista se calcula en
130.000 la media de combatientes extranjeros que ayudaron al bando
faccioso. Tanto en calidad como en cantidad, resultó evidente
la superioridad material de la ayuda extranjera a la España
reaccionaria en armamentos, tropas, &c.
Sólo
el México del presidente Lázaro Cárdenas —con
algunos miles de fusiles ya anticuados— y la URSS suministraron armamento
insuficiente al Gobierno legítimo de la República. Sin
embargo tal ayuda solidaria a la España republicana no pudo
contrarrestar la superioridad armamentística de los nazi-fascistas
extranjeros que combatieron contra la España republicana.
Por
otra parte, frente al reaccionarismo de los alzados en armas contra
la República Española, y la continua agresión
de los nazi-fascistas extranjeros, el Gobierno republicano se esforzó
por defender los intereses nacionales del pueblo español. En
esa perspectiva, el presidente del Gobierno republicano, el doctor
Juan Negrín —que después fue comparado con Churchill
y Stalin en cuanto a férrea voluntad de lucha y capacidad de
mando— elaboró y propuso sus célebres Trece Puntos con
los que pretendía lograr la retirada de los extranjeros de
ambos bandos contendientes y la reconciliación de los españoles.
Lamentablemente, no lo logró a causa de la intransigencia del
general Franco. No obstante, cumpliendo con su compromiso previamente
contraído en Ginebra, con la Sociedad de Naciones, el Gobierno
republicano ordenó, en el verano de 1938, la retirada de España
de las Brigadas Internacionales, a pesar de que el bando franquista
no procedió con reciprocidad retirando a las tropas extranjeras
que combatían en su bando. La conjunción de la intervención
extranjera a favor del bando antirrepublicano con la farsa de la denominada
«No intervención», que impulsaron Gran Bretaña y Francia,
condujo a la derrota del pueblo español y a la victoria del
fascismo internacional.
V.
LA GUERRA NACIONAL REVOLUCIONARIA DEL PUEBLO ESPAÑOL Y EL PATRIOTISMO
COMO VALOR DE LA IZQUIERDA
El
carácter de guerra nacional contra la invasión extranjera,
que tuvo en el fondo la guerra civil española, sólo
un partido político lo reivindicó abiertamente: el Partido
Comunista de España. Fue el único partido que definió
la guerra civil española 1936-1939 como «la guerra nacional
revolucionaria del pueblo español contra el fascismo internacional».
Es decir, reivindicó su carácter nacional patriótico
y revolucionario.
De
este periplo que, a semejanza de Ulises, hemos realizado a través
de los distintos conceptos de nación y de patria, así
como del concepto mismo de España como nación, se deduce
claramente la necesidad de recuperar el patriotismo español
por parte de la izquierda. Habiendo sido generado el patriotismo nacional
por parte de la izquierda —en Francia, España y otros países—
el patriotismo ha sido después monopolizado por la derecha
a lo largo del siglo XX. Durante el siglo XIX los patriotas eran los
ciudadanos de izquierdas, los liberales de la época y después
los republicanos. Los liberales de entonces poco tienen que ver con
los actuales ya que, en aquella época, se trataba de liberales
políticos, los de ideas más avanzadas, mientras que
los liberales o neoliberales de ahora son partidarios de un sistema
totalmente desigualitario, exclusivamente fundamentado en el mercado,
lo contrario de los liberales históricos españoles.
El
origen de la apropiación del patriotismo por la derecha puede
remontarse a la denominada «Semana Trágica» de Barcelona (1909)
cuando gran parte de los trabajadores catalanes no sienten como patriótica
la campaña que el Ejército español estaba realizando
en Marruecos, ya que consideraban que tal campaña sólo
beneficiaba a los propietarios de las minas del Rif, &c. Ello
impulsó a la izquierda a desarrollar una campaña contra
la guerra colonialista en Africa que chocó contra los intereses
económicos de la oligarquía y el sector del Ejército
español denominado «africanista» interesado en mantener la
campaña militar en Marruecos para así poder ascender
rápidamente por unos méritos de guerra que en gran parte
eran artificiales ya que habían sido manipulados e inflados.
Se crea así una tendencia a que los sectores reaccionarios
españoles se apropien no sólo de la idea de España
y el concepto de patria sino del propio nombre de España. Ante
tal apropiación de España, la izquierda española
debería reaccionar enérgicamente. Habría que
abandonar la actitud vergonzante que, sobre la idea y el nombre de
España, ha mantenido a veces cierta izquierda, utilizando eufemísticamente
los términos «Estado español» —que son apropiados en
el campo jurídico-político— el de «país», para
eludir utilizar el de ESPAÑA. Realmente el único verdadero
dueño y protagonista de la idea de España es el pueblo
español, sus masas populares inmensamente mayoritarias y no
la ínfima minoría que han constituido siempre sus oligarquías.
Consideramos que, en ese sentido, la problemática de la idea
de España, del concepto de nación, del concepto de patriotismo,
&c., debemos actualizarla en función de la situación
que ahora se da en España. Los gobiernos de Felipe González
y José María Aznar han realizado concesiones excesivas
a los nacionalistas vascos y catalanes, que constituyen agravios comparativos
para otras regiones españolas. Es una consecuencia de las situaciones
que impone el denominado «Estado de las Autonomías» que hace
necesaria su evolución hacia la forma del denominado «Estado
Federal simétrico», en el que todas sus partes integrantes
gozan de los mismos derechos, frente al denominado «Estado Federal
asimétrico» en el que los nacionalistas vascos y catalanes
tratarían de mantener sus posiciones privilegiadas actuales.
Esta forma asimétrica de Estado Federal equivaldría
de hecho a la propia de un Estado confederal en el que se debilitan
considerablemente los nexos unitarios entre las partes integrantes.
ADENDA
Tanto
después del desarrollo de la conferencia, como del desarrollo
de su texto por escrito, hemos tenido oportunidad de leer, en la Obra
Franco «Caudillo»: mito y realidad, de Alberto Reig Tapia,
opiniones que coinciden totalmente con la nuestra sobre la apropiación
por la derecha de la idea de patriotismo. Por ello reproducimos algunas
de sus argumentaciones: «Sirva, a modo de ejemplo, el término
"patriota", que en su origen histórico, en la Francia
revolucionaria de 1789, hacía referencia a revolucionario,
en contraposición a aristócrata o contra-rrevolucionario.
Los reaccionarios y conservadores, la derecha en general, fue apropiándose
del término, fue usurpándoselo a la izquierda sobre
la base de que esta era internacionalista antes que nacionalista y,
en definitiva, relegaba el sentimiento nacional a un puesto inferior
en relación con un ideal superior universalista. Esta instrumentalización
ideológica por parte de la derecha alcanzó su máxima
expresión bajo el franquismo. Este explotó el sentimiento
patriótico y sus símbolos —como la bandera— en régimen
de monopolio y con carácter excluyente. De ahí que la
izquierda en general se abstenga de su uso y recurra a todo tipo de
eufemismos para eludir tèrminos como patria, patriota o patriotismo
que la cultura de izquierda, equivocadamente, ha venido identificando
no ya con sentimientos, ideologías o mentalidades conservadoras,
sino con el fascismo, con el franquismo y con la ultraderecha en general.»
BIBLIOGRAFÍA
Dolores
Ibárruri y otros, Guerra y Revolución en España
1936-1939, Editorial Progreso, Moscú 1966.
Antonio
Ramos Oliveira, Historia de España, Compañía
General de Ediciones, México 1952, 3 Tomos.
Manuel
Tuñón de Lara, Historia de España, Tomo
IX. «La Crisis del Estado: Dictadura, República, Guerra (1923-1939)».
Santos
Madrazo, Las dos Españas, Editorial Zero, Madrid,1969.

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