José María Laso
Prieto
«El arco de
fuego»
Revista El Basilisco
nº32. Segunda Época .Oviedo.
Texto cedido por la Fundación
Gustavo Bueno.
Quizá el replanteamiento más radical y profundo acerca
de la función y el significado de la institución universitaria
en nuestro país lo constituye el famoso ensayo de Ortega publicado
en 1930 bajo el título «Misión de la Universidad». Como
afirma Lledó
(1), el planteamiento
de Ortega es heredero de una cadena de pensamiento sobre el tema iniciado
en 1801 por Schelling (
Lecciones sobre el método del estudio
universitario), continuadas en algunos escritos de Fichte y Scheliermacher
entre 1805 y 1807 y que culmina con un importante trabajo de Humboldt
en 1809 (
Sobre la organización interna y externa de las instituciones
científicas superiores en Berlín). Toda esta producción
teórica estuvo destinada a preparar el nacimiento de una nueva
y renovadora Universidad en Berlín. Se trata de una concepción
completamente original y revolucionaria de la universidad que buscaba
dar vida al ideal ilustrado y que marcaría toda su configuración
y estructura posterior. Ese pensamiento se convertiría en un
auténtico paradigma que persiste hasta nuestros días en
el que se vislumbra el ideal romántico de la universidad como
ámbito privilegiado de la ciencia y del profesor como libre investigador
y genio creador. Ambos postulados serían contundentemente combatidos
por Ortega en su ensayo.
I. La concepción idealista
alemana del profesor universitario
En general, la concepción romántica
de la universidad alimenta la convicción de que todo intento
de convertir en reglado, sistematizado y cerrado un saber es un atentado
contra la esencia propia de la verdadera ciencia. De ahí que
deba ser la experiencia y el contacto del estudiante con una materia
la que haga surgir en él toda la carga de creatividad y originalidad
que lleva dentro y la que le señale su propio camino a recorrer
en la búsqueda permanente de un mayor conocimiento. Steffen
habla de que las universidades han de ser escuelas de formación
de la mismidad (intimidad) y por eso se distinguen de otras instituciones
pedagógicas. El Estado debe mantenerlas porque su más
alta excelencia descansa en que domina en ellas el espíritu
de la libre investigación. Quien intente conseguir aquí
la más alta formación de su propia mismidad, a ese no
debe empujarle ninguna fuerza exterior, ninguna voluntad extraña,
ningún cuidado externo, sino sencillamente su propia determinación
y su íntima naturaleza (2).
Por ello, este nuevo ideal universitario planteado
por los pensadores románticos alemanes se fundamentaba en los
principios de «soledad y libertad» expresamente diseñados por
Humboldt:
A la Universidad le está reservado
aquello que el hombre por sí mismo y a través de sí
mismo puede encontrar, la inteligencia de la ciencia pura. Para este
acto constituyente de su propia mismidad son necesarias Libertad y
Soledad. De estos dos puntos brota toda la organización externa
de la Universidad (3). Ese itinerario original y
creativo llevará al universitario a descubrir las evidentes
imbricaciones que existen entre todas las parcelas del conocimiento,
haciéndole transitar por una senda de totalidad, evitando
el reduccionismo de un saber parcial, incapaz de desembocar en «la
inteligencia de la ciencia pura».
Basada en estos principios, la concepción
de la universidad que estos pensadores románticos aportan,
se asienta sobre cuatro pilares:
a) Rechazo del estudio como preparación
exclusiva de una cierta profesión.
b) Rechazo de los planes sistemáticos
de enseñanza y de los exámenes que piden cuenta
de esos planes.
c) Conocimiento de problemas interdisciplinares,
o sea, de aquella totalidad que armoniza el conocimiento.
d) Exigencia de una continua y libre investigación
para evitar la fosilización y la aniquilación de la
realidad del saber como algo inacabado, vivo y creador.
En esta concepción idealista alemana, ¿qué
papel se asigna al profesor universitario? Resulta paradójico
que una tal densidad de pensamiento apenas se interese por describir
el paradigma del enseñante. Este mismo defecto se observa en
todas las reflexiones posteriores en las que, al igual que en ésta,
tiende a identificarse sin matización alguna al enseñante
con el investigador, a la docencia como una superabundancia de la
investigación y al contenido propio de un saber con los descubrimientos
y avances científicos que el investigador ha ido realizando
sucesivamente en la materia. En este sentido, la tarea del estudiante
resultaría más bien la de un aprendiz de científico;
y la misión del profesor —como un perpetuo Einstein redivivo—
revisar, vivificar, y crear permanentemente los presupuestos, postulados
y fines de cada área del saber.
En consecuencia, nadie que no sienta con fuerza la
llamada «atávica» de la ciencia o la inspiración creativa
de las letras o las artes, tendría cabida en la Universidad;
sencillamente porque no está capacitado para buscar del modo
más profundo su mismidad. Igualmente, nadie que no haya transitado
por los caminos de la creatividad científica y que no haya
cuestionado críticamente todo lo dado y heredado del saber
científico, podría formar parte en rigor de un claustro
universitario.
La concepción romántica alemana no
parece contemplar el aprendizaje como la dimensión primaria
del estudiante, sino el descubrimiento de su propia creatividad; tampoco
contempla la transmisión del cuerpo sustancial de conocimientos
que constituyen un saber, como la misión básica del
profesor universitario, sino el ejercicio libre y autónomo
de una actividad investigadora en la que libre y voluntariamente pueden
insertarse los alumnos. No se trata pues de un cometido estrictamente
docente, sino más bien de una actividad creativa, no reglada
ni sistematizada, altamente imprevisible, movida por el genio y la
inspiración, imposible de reducir a un esquema o programa,
de encerrarse conceptual o realmente en los estrechos márgenes
de lo que denominamos asignaturas, ni de formar parte de lo que conocemos
como carreras.
El paradigma del profesor universitario es, para
el romanticismo alemán, el del genio creador con una absoluta
entrega al ideal de la totalidad del saber en el que su persona se
realiza plenamente. El paradigma del estudiante universitario es el
de quien movido en su interior por el impulso del conocimiento es
capaz de introducirse en el saber hasta descubrir su propia originalidad
creadora.
No cabe duda de que estas ideas, sugerentes y atractivas,
han calado muy profundamente en el imaginario colectivo de muchas
generaciones de universitarios y siguen constituyendo hoy un ideal
presente en la práctica totalidad de quienes proponen y diseñan
los diversos modelos de universidad, particularmente en nuestro país.
Sin embargo, en medio de este panorama y de manera sorprendente, se
alza en solitario el pensamiento clarividente y provocador de Ortega,
profundo conocedor de la universidad alemana, avalando una concepción
radicalmente opuesta al paradigma alemán.
II. La recepción española
del modelo idealista alemán
En la historia de la universidad española
no hemos tenido nunca una reflexión tan intensa sobre su esencia
como la que se planteó por parte del idealismo alemán
en esa época. Nuestro modelo universitario fue siempre dogmático
y su estructura tremendamente rígida y reglamentista, muy influenciada
por el modelo francés.
La Ley de Instrucción Pública
de 1857 —afirma Lledó— sólo se había preocupado
del funcionamiento externo de la máquina docente y había
generado una auténtica obsesión por el libro de texto,
por la liturgia examinadora, por los controles de los programas docentes.
Juzgada desde los postulados de aquellos románticos alemanes
cabría decir que se habían cerrado todas las puertas
a la potencia y a la creatividad de la curiosidad juvenil en aras
del más reseco pragmatismo. La enseñanza superior se
regía por los cánones de un aprendizaje pragmático,
orientado casi exclusivamente al aprendizaje de unas cuantas profesiones
tradicionales, recluyendo los estímulos creadores en el desván
de las excentricidades y contribuyendo todavía más al
secular distanciamiento de los universitarios españoles respecto
de la ciencia moderna (4).
El único eco de la concepción idealista
alemana puede descubrirse en el espíritu que movió la
Institución Libre de Enseñanza. Para Giner de
los Ríos, aprender era algo que tenía que ver con la
conducta y con la vida; era enriquecer la personalidad de forma que
este enriquecimiento colaborase mejor y más justamente en la
armonización de la sociedad. Se trataba de aprovechar los años
de aprendizaje para suscitar en cada intimidad un ideal de solidaridad,
un deseo desinteresado de conocimiento, que sirviese de base a un
desarrollo superior. La Institución Libre de Enseñanza,
frente a la codificación burocrática de la Ley de Instrucción
Pública, trató de plasmar aquella nueva orientación
del romanticismo alemán, pero con unas peculiaridades propias
que se apartaban de él. Por un lado, la Universidad tampoco
concebía como un lugar donde los jóvenes se preparaban
para ganarse individualmente el pan, sino como un laboratorio donde
fermentaba, con la ciencia, lo mejor de uno mismo. Sin embargo, en
ese laboratorio se respiraba una atmósfera de idealismo y de
solidaridad, es decir, de contribución común hacia una
nueva forma de sociedad. Por otro lado, se exaltaba la dimensión
totalizadora del saber, pero revestida de una ineludible dimensión
moral por medio de la cual se defendía que la vida sólo
tiene valor por la consecución de unas realizaciones que brotaban
precisamente de unos ideales superiores. En consecuencia, el principio
humboldtiano de libertad vendría modulado por una fuerte carga
ética y el principio de soledad por una profunda conciencia
de solidaridad y comunidad. Este último aspecto es el que,
sobre todo, configuraba el modelo de universidad propio de la Institución
Libre de Enseñanza, Se trataba de un modelo esencialmente
comunitario; en el cual el intercambio y la comunicación interpersonal
constituían el substrato del aprendizaje.
En este contexto, la imagen del profesor tampoco
distaba mucho de la que hemos dibujado antes. Encontramos más
bien el paradigma de un catalizador de reacciones que de un enseñante
de materias inertes. Un provocador del pensamiento antes que un mero
transmisor conocimientos.
En la órbita de esta época renovadora
abanderada por la Institución Libre de Enseñanza
escribe Ortega su ensayo, intentando ofrecer una concepción
de universidad que representara, a imagen de lo que en otras naciones
había sucedido, un modelo válido de educación.
Sin embargo, como ya hemos apuntado, sus tesis se sitúan en
el polo opuesto a la tradición idealista alemana. Incluso expresa
juicios de una inesperada contundencia:
La universidad alemana es, como institución,
una cosa más bien deplorable. Si la ciencia alemana tuviese
que nacer puramente de las virtudes institucionales de la Universidad,
seria bien poca cosa. Por fortuna, el aire libre que orea al alma
alemana está cargado de incitación y de dotes para la
ciencia y suple defectos garrafales de su Universidad (5).
Frente a lo que denomina «la beatería idealista
del siglo pasado» (6), Ortega
opone un proyecto de universidad que responda realmente a su propia
esencia y misión: la transmisión de la cultura y la
enseñanza de las profesiones intelectuales.
III. El profesor universitario
en el modelo orteguiano de universidad
Ortega realiza un cambio radical de enfoque sobre
el idealismo alemán y plantea un modelo de universidad concebido
y construido no desde la excelencia o cualidad del profesor, sino
desde la auténtica realidad del estudiante; no desde la utopía
de la gran ciencia, la investigación y la creatividad, sino
desde la modestia de lo que una institución como la universidad
puede ofrecer; no desde el ideal de lo que debería enseñarse,
sino desde el minimum que puede ser aprendido.
En la organización de la enseñanza
superior, en la construcción de la Universidad, hay que
partir del estudiante, no del saber ni del profesor. La Universidad
tiene que ser la proyección institucional del estudiante,
cuyas dos dimensiones esenciales son: una, lo que él es: escasez
de su facultad adquisitiva de saber; otra, lo que él necesita
saber para vivir (7).
Hay que partir del estudiante medio
y considerar como núcleo de la institución universitaria,
como su torso o figura primaria, exclusivamente aquel cuerpo de enseñanzas
que se le pueden con absoluto rigor exigir, o lo que es igual, aquellas
enseñanzas que un buen estudiante medio puede de verdad aprender.
Eso, repito, deberá ser la Universidad en su sentido primero
y más estricto. Ya veremos cómo la Universidad tiene
que ser además y luego algunas otras cosas no menos importantes.
Pero ahora lo importante es no confundir todo y separar enérgicamente
los distintos órganos y funciones de la gran institución
universitaria (8).
Esa realidad del estudiante perfila
la misión primaria y fundamental que da sentido a la universidad:
transmisión de la cultura y enseñanza de las profesiones
intelectuales. La universidad debe combatir la barbarie del especialismo
que produce hombres alienados de su tiempo y por ello propensos a
despreciar y desvirtuar la tradición cultural y el desarrollo
creador de la vida. Para Ortega, importa mucho que quienes conformarán
las clases dirigentes de la sociedad (siempre universitarios), además
de su especial profesión, «sean capaces de vivir e influir
vitalmente según la altura de los tiempos. Por eso es ineludible
crear, de nuevo, en la Universidad la enseñanza de la cultura
o sistema de las ideas que el tiempo posee. Esta es la tarea
universitaria radical. Eso tiene que ser antes y más que ninguna
otra cosa la Universidad» (9).
Para que la universidad pueda llevar a cabo su misión,
Ortega propone dos mecanismos:
a) En primer lugar, lo que denomina el principio
de economía de enseñanza. En una época en
la que existe una cantidad de información fabulosa, al hombre
medio que es el cliente habitual de la universidad hay que ofrecerle
un saber adecuado no a lo que «según un deseo utópico,
debería enseñarse»; sino «a lo que se puede aprender»(10).
Este principio de economía
debe ser usado primariamente como un hacha para podar inexorablemente
el bosque tropical de las actuales enseñanzas y delimitar perfectamente
el conjunto de conocimientos indispensables que ese hombre medio precisa
para el desarrollo de su profesión; sin perder de vista que
hay que hacer de ese hombre, «ante todo, un hombre culto —situarlo
a la altura de los tiempos» (11).
¿Cómo determinar el conjunto
de enseñanzas que han de constituir el torso o mínimum
de Universidad? Sometiendo la muchedumbre fabulosa de los saberes
a una doble selección.
1º Quedándose sólo con
aquellos que se consideren estrictamente necesarios para la vida del
hombre que hoy es estudiante. La vida efectiva y sus ineludibles urgencias
es el punto de vista que debe dirigir este primer golpe de podadera.
2º Esto que ha quedado por juzgarlo
estrictamente necesario tiene que ser aún reducido a lo que
de hecho puede el estudiante aprender con holgura y plenitud.
No basta que algo sea necesario. A lo
mejor, aunque necesario, supera prácticamente las posibilidades
del estudiante, y sería utópico hacer aspavientos sobre
su carácter de imprescindible. No se debe enseñar sino
lo que se puede de verdad aprender. En este punto hay que ser inexorable
y proceder a rajatabla (12).
b) En segundo lugar, y siendo consciente
de la heterodoxia de su planteamiento, Ortega ataca decididamente
la idea de una Universidad compuesta por investigadores y que pretenda
convertir en científicos a sus estudiantes. Ese ataque viene
justificado a través de dos argumentos. Por un lado, el estudiante
universitario, que responde al perfil del hombre medio, no necesita
primariamente una formación científica:
Porque la ciencia es creación
y la acción pedagógica se propone sólo enseñar
esa creación, transmitirla, inyectarla, digerirla… Pretender
que el estudiante normal sea un científico es una pretensión
ridícula que sólo ha podido abrigar… el vicio del utopismo
característico de las generaciones anteriores a las nuestras
(13).
No se ve razón ninguna densa
para que el hombre medio necesite ni deba ser un hombre científico.
Consecuencia escandalosa: la ciencia, en su sentido propio, esto es,
la investigación científica, no pertenece de una manera
inmediata y constitutiva a las funciones primarias de la Universidad
ni tiene que ver sin más ni más con ellas. En
qué sentido, no obstante, la Universidad es inseparable de
la ciencia y, por tanto, tiene que ser también o además
investigación científica es cosa que más adelante
veremos.
Es lo más probable que sobre
esta opinión heterodoxa caiga el diluvio de tonterías
que sobre cualquier asunto amenaza siempre desde el horizonte, torrencial
como panza de nube gorda. No dudo de que existan objeciones serias
a mi tesis; pero antes de que éstas lleguen se producirá
la habitual erupción en el volcán de lugares comunes
que es todo hombre cuando habla de una cosa sin haber pensado antes
en ella (14).
Por otro lado, lo que sí necesita primariamente
el hombre medio es recibir el sistema de ideas vivas (cultura) y una
buena formación profesional; pero la obsesión por la
investigación científica provoca que sean justamente
ambos aspectos los que resulten perjudicados:
Ha sido desastrosa la tendencia que
ha llevado el predominio de la «investigación» en la Universidad.
Ella ha sido la causa de que se elimine lo principal: la cultura.
Además, ha hecho que no se cultive intensamente el propósito
de educar profesionales ad hoc. En las facultades de Medicina
se aspira a que se enseñe hiperexacta fisiología o química
superferolítica; pero tal vez, en ninguna del mundo, se ocupa
nadie en serio de pensar qué es hoy ser un buen médico,
cuál debe ser el tipo modelo del médico actual. La profesión,
que después de la cultura es lo más urgente, se deja
a la buena de Dios. Pero el daño que esta confusión
acarrea es reciproco. También la ciencia padece de este utópico
acercamiento a las profesiones (15).
Como Lledó ha resaltado (16),
sorprende que en una universidad como la española, en la que
apenas se han desarrollado personalidades científicas de altura,
Ortega dedique algunas de las páginas más brillantes
de su ensayo a combatir el fantasma de la investigación. No
obstante, parece evidente que su intención no es la de cuestionar
su trascendencia ni su presencia en la universidad, sino la de destacar
que no puede constituir el ni el objetivo primario ni el sentido último
de la institución:
En España esta función
creadora de ciencia y promotora de científicos está
aún reducida al mínimum, pero no por defecto de la Universidad,
como tal, no por creer ella que no es su misión, sino por la
notoria falta de vocación científica y de dotes para
la investigación que estigmatiza a nuestra raza. Quiero decir
que si en España se hiciese en abundancia ciencia, se haría
preferentemente en la Universidad, como acontece, más o menos,
en los otros países. Sirva este punto de ejemplo para que no
sea necesario repetir lo mismo a cada paso: el terco retraso de España
en todas las actividades intelectuales trae consigo que aparezca aquí
en estado germinal o de mera tendencia lo que en otras partes vive
ya con pleno desarrollo. Para el planteamiento radical del asunto
universitario, que ahora ensayo, esas diferencias de grado en la evolución
son indiferentes. Me basta con el hecho de que todas las reformas
de los últimos años acusan decididamente el propósito
de acrecer en nuestras Universidades el trabajo de investigación
y la labor educadora de científicos, de orientar la institución
entera en este sentido (17).
Considera Ortega que ha sido un grave
error que la Universidad haya situado en el mismo plano dos objetivos
tan dispares como la enseñanza de las profesiones y la investigación:
La enseñanza superior consiste,
pues, en profesionalismo e investigación…anotemos de paso nuestra
sorpresa al ver juntas y fundidas dos tareas tan dispares. Porque
no hay duda: ser abogado, juez, médico, boticario, profesor
de latín o de historia en un Instituto de Segunda Enseñanza,
son cosas muy diferentes de ser jurista, fisiólogo, bioquímico,
filólogo, etc. Aquéllos son nombres de profesiones prácticas,
éstos son nombres de ejercicios puramente científicos.
Por otra parte, la sociedad necesita muchos médicos, farmacéuticos,
pedagogos; pero sólo necesita un número reducido de
científicos. Si necesitase verdaderamente muchos de éstos
sería catastrófico, porque la vocación para la
ciencia es especialísima e infrecuente. Sorprende, pues, que
aparezcan fundidas la enseñanza profesional, que es para todos,
y la investigación, que es para poquísimos (18).
En consecuencia, considera completamente equivocada
la tendencia a identificar docencia con investigación:
Es preciso separar la enseñanza
profesional de la investigación científica y que ni
en los profesores ni en los muchachos se confunda lo uno con lo otro,
so pena de que, como ahora, lo uno dañe a lo otro. Sin duda
el aprendizaje profesional incluye muy principalmente la recepción
del contenido sistemático de no pocas ciencias Pero se trata
del contenido, no de la investigación, que en él
termina. En tesis general, el estudiante o aprendiz normal no es un
aprendiz de científico. El médico tiene que aprender
a curar, y en cuanto médico, no tiene que aprender más:
para ello necesita conocer el sistema de la fisiología clásico
en su tiempo; pero ni necesita ser ni hay que soñar en que
sea, hablando en serio, un fisiólogo. ¿Por qué empeñarse
en lo imposible? No comprendo (19).
Al hilo de su contundente diatriba contra la preponderancia
adquirida por la investigación en la Universidad, Ortega ofrece
las dos notas esenciales que constituyen el perfil de profesor universitario
que contempla.
La primera de esas notas deriva de
la necesidad de distinguir entre docencia e investigación:
la investigación no es un rasgo esencial del buen profesor
univeristario. En efecto, si Ortega considera un grave error confundir
ambas tareas; le resulta todavía más erróneo
confundir al buen docente con un investigador; es decir, considerar
que el profesor universitario debe ser, por principio, un científico.
En este sentido sus palabras son tremendamente incisivas:
Tal vez convenga —ya veremos con qué
reservas— que el hombre encargado de enseñar una ciencia sea
por su persona un científico. Pero en puro rigor no es necesario,
y de hecho ha habido y hay formidables maestros de ciencias que no
son investigadores, es decir, científicos. Basta con que sepan
su ciencia. Pero saber no es investigar. Investigar es descubrir una
verdad o su inverso: demostrar un error. Saber es simplemente enterarse
bien de esa verdad, poseerla una vez hecha, lograda (20).
Porque uno de los males traídos
por la confusión de ciencia y Universidad ha sido entregar
las cátedras, según la manía del tiempo, a los
investigadores, los cuales son casi siempre pésimos profesores
que sienten la enseñanza como un robo de horas hecho a su labor
de laboratorio o de archivo...(21).
Contra la utópica imagen del científico
genial y creador, elevado a paradigma en la Universidad, proyecta
Ortega los más afilados dardos de su retórica:
La ciencia es una de las cosas más
altas, pero no la única. Hay otras pares a su lado, y no hay
razón para que aquélla llene a la humanidad, desalojando
éstas. Y, sobre todo, la ciencia es de lo más alto:
la ciencia, pero no el científico. El hombre de ciencia
es un modo de existencia humana tan limitado como otro cualquiera,
y aun más que algunos imaginables y posibles. Yo no puedo ni
quiero extenderme ahora en el análisis de lo que es ser hombre
de ciencia. La ocasión no es oportuna, y algo de lo que dijese
podría parecer nocivo. Resumo sólo lo urgente haciendo
notar que con notoria frecuencia el verdadero científico
ha sido, hasta ahora al menos, como hombre, un monstruo, un maniático,
cuando no un demente. Lo valioso, lo maravilloso, es lo que ese hombre
limitadísimo segrega: la perla, no la ostra perlera. No vale
«idealizar» y presentarnos como ideal que todos los hombres fuesen
de ciencia, sin hacerse bien cargo de todas las condiciones —prodigiosas
unas, semimorbosas otras— que hacen posible normalmente al científico
(22).
Si la figura del científico no es precisamente
idealizable en la mayoría de los casos, tampoco para Ortega
lo son sus aportaciones al modelo organizativo de la Universidad y,
quizá todavía menos, su contribución a la docencia
(probablemente no conocen siquiera toda la materia) y a la transmisión
de la cultura (probablemente son un producto de la barbarie del especialismo):
La pedantería y la falta de
reflexión han sido grandes agentes de este vicio de «científicismo»
que la Universidad padece. En España comienzan ambas potencias
deplorables a representar un gravísimo estorbo. Cualquier pelafustán
que ha estado seis meses en un laboratorio o seminario alemán
o norteamericano, cualquier sinsonte que ha hecho un descubrimiento
científico, se repatría convertido en un «nuevo rico»
de la ciencia, en un parvenu de la investigación. Y
sin pensar un cuarto de hora en la misión de la Universidad,
propone las reformas más ridículas y pedantes. En cambio,
es incapaz de enseñar su «asignatura», porque ni siquiera conoce
íntegra la disciplina.
Hay, pues, que sacudir bien de ciencia
el árbol de las profesiones, a fin de que quede de ella lo
estrictamente necesario y pueda atenderse a las profesiones mismas,
cuya enseñanza se halla hoy completamente silvestre.
En este punto todo está por iniciar (23).
La segunda de las notas esenciales
que componen el paradigma orteguiano de profesor universitario es
la posesión de un «talento integrador»; es decir, la capacidad
de sintetizar y sistematizar con la mayor perfección el cúmulo
de conocimientos que sobre una materia existen, para poder discernir
los esenciales y ofrecerlos de manera coherente a los estudiantes:
Ha llegado a ser un asunto urgentísimo
e inexcusable de la humanidad inventar una técnica para habérselas
adecuadamente con la acumulación de saber que hoy posee...
La necesidad de crear vigorosas síntesis y sistematizaciones
del saber… irá fomentando un género de talento científico
que hasta ahora sólo se ha producido por azar: el talento integrador...
aquí el hombre se especializa en la construcción de
una totalidad... Hombres dotados de este genuino talento andan más
cerca de ser buenos profesores que los sumergidos en la habitual investigación…
los estudios profesionales serán ofrecidos en forma pedagógicamente
racionalizada —sintética, sistemática, completa—, no
en la forma que la ciencia abandonada a sí misma preferiría:
problemas especiales, «trozos» de ciencia, ensayos de investigación…
No decidirá en la elección del profesorado el rango
que como investigador posea el candidato, sino su talento sintético
y sus dotes de profesor...(24).
IV. Universidad, maestros y científicos
El ensayo de Ortega, como ya habíamos apuntado,
no pretende desalojar la investigación científica de
la institución universitaria; al contrario, reconoce que de
ella se nutren las profesiones y que sin ella su enseñanza
degeneraría en un «sarmentoso escolasticismo»; pero, en su
concepción, el lugar que corresponde a la ciencia dentro de
la universidad no es esencial, se limita a ser un «además»
(«la Universidad es distinta pero inseparable de la ciencia…
es, además, ciencia») (25).
Ciertamente no se trata de un además cualquiera; no es
una especie de yuxtaposición, sino algo mucho más profundo:
«la universidad tiene que ser antes que universidad ciencia…
la ciencia es la dignidad de la universidad… el alma…,
el principio mismo que la nutre de vida e impide que sea sólo
un vil mecanismo»(26).
Por ello, aunque subordinada a la categoría
de además, la investigación científica debe seguir
siendo el fermento que vitaliza la enseñanza de las profesiones:
Si la cultura y las profesiones quedaran
aisladas en la Universidad, sin contacto con la incesante fermentación
de la ciencia, de la investigación, se anquilosarían
muy pronto en sarmentoso escolasticismo. Es preciso que en torno a
la Universidad mínima establezcan sus campamentos las ciencias
laboratorios, seminarios, centros de discusión. Ellas han de
constituir el humus donde la enseñanza superior tenga hincadas
sus raíces voraces. Ha de estar, pues, abierta a los laboratorios
de todo género, y a la vez reobrar sobre ellos. Todos los estudiantes
superiores al tipo medio irán y vendrán de esos campamentos
a la Universidad, y viceversa. Allí se darán cursos
desde un punto de vista exclusivamente científico sobre
todo lo humano y lo divino... Lo que no es admisible es que se confunda
el centro de la Universidad con esa zona circular de las investigaciones
que debe rodearla. Son ambas cosas Universidad y laboratorio dos órganos
distintos y correlativos en una fisiología completa. Sólo
que el carácter institucional compete propiamente a la Universidad.
La ciencia es una actividad demasiado sublime y exquisita para que
se pueda hacer de ella una institución. La ciencia es incoercible
e irreglamentable. Por eso se dañan mutuamente la enseñanza
superior y la investigación cuando se pretende fundirlas, en
vez de dejar la una a la vera de la otra, en canje de influjos muy
intenso, pero muy libre; constante, pero espontáneo (27).
En ese flujo mutuo entre enseñanza e investigación
introduce Ortega una distinción entre quienes dotados de una
mayor capacidad o talento, pueden ser a la vez investigadores
y quienes sólo son docentes: «De los profesores, unos, más
ampliamente dotados de capacidad, serán a la vez investigadores,
y los otros, los que sólo sean "maestros", vivirán
excitados y vigilados por la ciencia, siempre en ácido fermento»(28).
Llama poderosamente la atención que Ortega
reserve la palabra maestros para denominar a quienes no son
investigadores. No es algo aleatorio. En su pensamiento magisterio
está intrínsecamente ligado a síntesis, a integración
de conocimientos, a sistematización. Desde esos parámetros,
el investigador por lo general difícilmente ejercita un magisterio.
En este punto vuelve a mostrarse Ortega tremendamente crítico
con la universidad alemana:
Así me ha acontecido durante
mis años de estudio en Alemania; he convivido con muchos de
los hombres de ciencia más altos de la época, pero no
he topado con un solo buen maestro (lo cual no es decir que no los
haya, pero sí que no los hay con la mínima frecuencia
exigible). ¡Para que venga nadie a contarme que la Universidad Alemana
es, como institución, un modelo! (29).
Ortega considera el magisterio como un movimiento
que se orienta en sentido inverso a la investigación:
El movimiento que lleva a la investigación
a disociarse indefinidamente en problemas particulares, a pulverizarse,
exige una regulación compensatoria –como sobreviene en todo
organismo saludable– mediante un movimiento de dirección inversa
que contraiga y retenga en un rigoroso sistema la ciencia centrífuga30.
El verdadero maestro es quien extrae continuamente
de la ciencia sus avances y es capaz de sintetizarlos y sistematizarlos
suscitando frente a ellos un alto grado de admiración en quien
les escucha y despertando en el estudiante un ansia de mayor conocimiento.
Aunque Ortega no se ha detenido a precisar más
el tipo de relación que debería existir entre el maestro
y la ciencia —ya anotamos a esta misma ausencia en el pensamiento
alemán—, no parece exacto considerar que esté proponiendo
como modelo al profesor que escribe un manual. Parece más coherente
con su discurso pensar que la enseñanza universitaria del verdadero
maestro nunca puede ser ajena a la investigación, porque por
investigación no hay que entender sólo el trabajo experimental
de un laboratorio, sino que debe entenderse como una actitud crítica,
que maneja el saber como algo vivo del que continuamente brotan nuevos
conocimientos, muy lejos por tanto, de encerrarlo en fórmulas
estereotipadas y dogmáticas con las que transmitirlo mecánicamente.
Efectivamente, no es necesario haber realizado un
gran hallazgo en filosofía griega para enseñar griego
en una facultad, pero la manera de apoderarse de esos conocimientos
y transmitirlos debe ser científica; es decir, habiéndolos
pensado, elaborado, sintetizado, asumido y asimilado con un enfoque
propio. No se necesita ser en el futuro un investigador en fisiología
para ser un buen profesor de medicina, pero no será nunca una
cosa u otra quien en su relación con ese saber, en el nivel
que sea, no ha tenido una actitud crítica, orgánica,
científica.
La ciencia, lo científico, no es sólo
un resultado, sino una actitud. Puede haber maestros que no
sean científicos, pero en absoluto plantea Ortega su tarea
como unos simples impartidores de asignaturas bien sintetizadas y
estructuradas. Carece de sentido la figura del verdadero profesor
sin esa actitud de cientificidad, porque la ciencia es la manera de
abordar los conocimientos como algo que emerge de una búsqueda
de la verdad, de una pasión por el saber, pasión de
la que tiene que ser maestra la Universidad a través de los
maestros que son sus heraldos.
Considero imprescindible recuperar en la Universidad
la figura del auténtico maestro. El modelo que ha estado
vigente en estos últimos años, asumiendo la herencia
del pensamiento alemán y mirando hacia el paradigma americano,
se ha fundamentado exclusivamente sobre la dimensión investigadora
del profesorado. La reforma que se avecina, en lo relativo a los procedimientos
de selección del profesorado, tampoco pretende cambiar el panorama.
Ciertamente, se propone el establecimiento de una tercera prueba en
los concursos relativa a la exposición de un tema del programa,
no obstante, su valor se presume claramente residual, ya que la orientación
general del proyecto sigue pivotando sobre la investigación
como orientación fundamental de la institución universitaria.
A la vuelta de 70 años, todavía no
hemos sido capaces de entender la potencialidad que encierra la concepción
orteguiana de la Universidad y mucho menos nos hemos atrevido a ponerla
en práctica. En todo caso, conforme avanzan los años
y se suceden las reformas universitarias, este legado se adquiere
mayor vigencia y lucidez.
Notas al pie
(1) E. Lledó, «La "Misión
de la Universidad" de Ortega, entre la reformas alemanas y nuestra
universidad», Sistema, 59, 1984, págs. 5-6.
(2) H. Steffens, Die Idee der deutshcen
Universität, citado por E. Lledó, op. cit.,
pág. 7.
(3) G. de Humboldt, PAW, vol. XIII,
Berlín 1920, citado por E. Lledó, ibídem.
(4) E. Lledó, op. cit.,
pág. 8.
(5) José Ortega y Gasset, «Misión
de la Universidad», en Obras Completas, t. IV, ed. Revista
de Occidente, Madrid 1966, pág. 316.
(6) Ibídem, pág.
315.
(7) Ibídem, pág.
332.
(8) Ibídem, pág.
333.
(9) No vamos a detenernos aquí
en el trascendental papel que concede Ortega a la transmisión
de la cultura y que desarrolla ampliamente en su ensayo, puesto que
es objeto de la otra comunicación que presentamos.
(10) Ibídem, pág.
333.
(11) Ibídem, pág.
321.
(12) Ibídem, pág.
333.
(13) Ibídem, pág.
337.
(14) Ibídem, pág.
335.
(15) Ibídem, pág.
338.
(16) E. Lledó, op. cit.,
pág. 14.
(17) Ibídem, pág.
319.
(18) Ibídem, págs.
319-320.
(19) Ibídem, pág.
338.
(20) Ibídem, pág.
336.
(21) Ibídem, pág.
346.
(22) Ibídem, pág.
337.
(23) Ibídem, pág.
339.
(24) Ibídem, pág.
348.
(25) Ibídem, pág.
351
(26) Ibídem, págs.
351-352.
(27) Ibídem.
(28) Ibídem.
(29) Ibídem, pág.
348.
(30) Ibídem.
