José María Laso Prieto

«El Marxismo y la obra de Kafka»

Revista Nuestra Bandera (Revista teórica y política del PCE) nº 120. (pág. 81-83),
septiembre-octubre1983; Madrid

Texto preparado para su edición electrónica por Carlos Glz. Penalva


Portada del nº 120 de  la revista Nuestra Bandera. Revista Teórica y Política del Partido Comunista de EspañaEl 9 de julio se ha conmemorado el centenario del gran escritor checo Franz Kafka (1883-1924). En un año en que también celebramos el centenario de otros destacados escritores (Marx, Stenghal, Washington Irving, Turquniev, Lutero, Alarcón, Mestrovié), ¿por qué dedicar particular atención a Kafka? Consideramos que para ello existen sólidas razones. Desde el final de la segunda guerra mundial, la figura de Kafka ha adquirido particular relieve. Además de la edición de sus obras completas, se han sucedido innumerables ediciones de sus novelas, cuentos, cartas, diario, etc. No menos numerosos han sido los estudios críticos sobre su obra. A ello contribuye la gran calidad intrínseca de los textos de Kafka, a quien -muy acertadamente- Lukács califica de "la figura más grande de la literatura vanguardista actual". Pero existe otra razón no menos poderosa: cualquiera que sea la interpretación ideológica que se haga de la obra de Kafka, casi todos sus críticos coinciden en que refleja, con una lucidez casi profética, el drama humano que se desarrolló en las décadas que sucedieron a su prematura desaparición. La angustia y el absurdo de los grandes procesos políticos totalitarios, el horror del universo concentracionario, el genocidio nazi y todas las formas de opresión y alienación contemporáneas se prefiguran en la obra de Kafka. Aunque, por sus formas vanguardistas, no sea un escritor popular -pero sí muy apreciado en amplios medios literarios- su apellido ha logrado adjetivarse en el lenguaje cotidiano de los sectores cultos. Cuando se califica a algo de "kafkiano", o se habla de una "atmósfera kafkiana", inmediatamente nos remitimos a un ambiente absurdo, angustioso, fantasmagórico, opresivo y alienante.

Para comprender mejor a Kafka, antes de detenernos en algunas de las interpretaciones ideológicas y estéticas que se han hecho de su obra, conviene precisar algunos datos biográficos. Nacido en Praga, cuando todavía la actual Checoslovaquia no se había independizado del Imperio austro-húngaro, se encontró inmediatamente sumido en las contradicciones y conflictos que originaba la confrontación de diversas etnias, lenguas y culturas. Hijo de un hombre de negocios judío, vinculado a la burguesía media, tuvo la oportunidad de doctorarse en Derecho a los veintitrés años. Tras un año de práctica jurídica se colocó en una compañía de seguros y en 1908 obtuvo una colocación mejor en una institución destinada al pago de pensiones a los trabajadores. En tal cargo permaneció hasta el año 1918, año en que lo abandonó para tratarse de una tuberculosis contraída como consecuencia de las penurias que el bloqueo aliado había impuesto a la población de los Imperios centrales. Como empleado, Kafka fue siempre muy estricto en el desempeño de sus funciones, si bien su vocación se centraba en la literatura. En su formación inicial influyó la lectura de Nietzsche, Darwin y Haeckel, aunque posteriormente -como escritor- fue influido por Flaubert, Thomas Mann, Pascal, Kierkegaard y Freud, así como por sus amigos Franz Werfel y Max Brod. En 1913 publicó su libro inicial, "Consideración"; en 1915 el famoso relato "La metamorfosis", en el que describe, con todas las consecuencias, la súbita transformación de un hombre en repugnante insecto. La maestría literaria que en tal relato alcanza Kafka es subrayada por Jorge Luis Borges: "La más indiscutible virtud de Kafka es la invención de situaciones intolerables. Para el grabado perdurable le bastan unos pocos renglones... El argumento y el ambiente son lo esencial; no las evoluciones de la fábula ni la penetración psicológica. De ahí la primacía de sus cuentos sobre novelas" (1 ).

En 1916 Kafka publica "La condena" y en 1919 los catorce cuentos fantásticos o catorce lacónicas pesadillas que componen "Un médico rural". Su situación de judío de lengua alemana, que vivía en tierra checa bajo la dominación austro-húngara, exasperó en él el sentimiento de soledad y de desarraigo. Sentimiento natural si se tiene en cuenta las contradicciones que en él convergían y que han sido así descritas: "Estaba separado de la población checa por la lengua alemana. Y, sin embargo, se sentía en la lengua alemana como un invitado. Se sentía extranjero en Praga, su ciudad natal. Como judío estaba aislado de la población de habla alemana. Hijo de un acaudalado comerciante, se encontraba fuera del pueblo. El 'ghetto' judío de Praga ha sido destruido, pero el 'ghetto' moral subsiste. (...) No asimilado socialmente, moralmente solitario, Kafka se siente exterior a toda comunidad histórica" (2). En tal situación no puede sorprender que Kafka tratase de huir de la realidad refugiándose en él cultivo de su vocación literaria. Esa interiorización evasiva y su actitud hacia la comunidad judía provocan fuertes tensiones familiares que han quedado bien reflejadas en su célebre "Carta al padre" (3). Tres veces se enamora y otras tantas retrocede ante el matrimonio por temor de que éste le impida satisfacer las exigencias de su vocación literaria.

De todo ello nos ha quedado elocuente testimonio en su Diario y en las "Cartas a Milena".

La enfermedad, que no obstante su tratamiento en diversos sanatorios avanzaba sin cesar; el trabajo monótono, los amores desgraciados, la tirantez de relaciones con su padre se conjuntaron para exasperar y debilitar a Kafka hasta acabar con su vida el 3 de junio de 1924. Sus obras conocieron también un destino inseguro y extraño. Durante su vida se publicaron pocas y no precisamente las más significativas. Además, en su testamento dejó instrucciones para su destrucción. Empero, incumpliendo esa voluntad, su amigo y albacea Max Brod las fue publicando gradualmente: En 1925, "El proceso" (4), que había sido iniciado en 1914. En 1926, "El castillo" (5), iniciado y abandonado en 1922. En 1927, "América", y en 1931, "La construcción de la muralla china" (6). La edición de sus obras completas se realizó por primera vez en Berlín (1935) y Praga (1937). Con la eclosión kafkiana de posguerra han sido reeditadas en Nueva York (1946) y Francfort del Main (1950-58).

Interpretaciones del universo kafklano

Reconocida casi universalmente la alta calidad de la obra literaria de Kafka, la labor de los críticos se ha centrado casi exclusivamente en la interpretación de su contenido. De hecho es difícil encontrar otro autor contemporáneo cuya obra haya sufrido tantas y tan variadas interpretaciones. Sin embargo, merece la pena detenerse en ellas ya que, según se opte por una u otras, la obra de Kafka adquiere muy distinto alcance y dimensión. Cronológicamente, es la primera la interpretación religiosa. Es la de Max Brod, en la que también ha insistido recientemente Leopoldo Azancot. Según ella, Kafka tiene fe en un mundo absoluto; lo absoluto existe, pero existe también un eterno malentendido entre el hombre y Dios. Esta interpretación religiosa adquiere en Azancot sentido judaizante, ya que, a su juicio, Kafka y su obra sólo pueden ser entendidos partiendo del fuerte influjo que desde 1911 ejercieron sobre él la cábala teosófica y el jassidismo. Es decir, la teosofía judía y la interpretación oriental del judaísmo (7). Sin embargo, estas interpretaciones religiosas son combatidas por diversos autores. Así, según Adolfo Sánchez Vázquez, "Max Brod cita pocos pasajes en apoyo de su tesis y los pocos que ofrecen exigen ser retorcidos para que podamos desprender de ellos una actitud religiosa kafkiana". Por su parte Lukács, inspirándose en una cita de Walter Beniamin, va todavía más lejos: "Así, pues, lo reconozca o no, Kafka es ateo. Pero ateo según el cuño moderno burgués que no concibe el alejamiento de Dios del mundo de los hombres como una liberación, como lo concebían Epicuro o los ateos de la burguesía revolucionaria, sino como abandono del mundo por Dios, como soberanía del desconsuelo de la vida, de la falta de significado de toda finalidad humana en un mundo semejante (8). A su vez, Garaudi rechaza la interpretación judaizante: "Kafka es profundamente judío, pero al mismo tiempo es un judío que ha roto con la comunidad judía. Su crítica de la religión judía es feroz. El cuento titulado "En nuestra sinagoga" describe la comunidad judía como observador sin comprender las creencias y ritos cuya significación se le escapa. El animal misterioso y angustiante que frecuenta la sinagoga de Trasmühl simboliza la meta incomprensible, indescifrable, hacia la cual se elevan ciegamente las plegarias de los creyentes" (9).

La interpretación existencialista de Kafka tiene una base sólida. Además de su semejanza en ciertos aspectos con Kierkegaard, que Kafka reconoce en su Diario, en la obra de Kafka se prefiguran los temas de la filosofía de la existencia: el tema del ente que se siente "arrojado" en un mundo al que llega por la vía de la contingencia; el tema de la individualidad radical, así como el de la soledad, insuficiencia e impotencia de la condición humana que tiene el inevitable correlato de la desesperación y la angustia. Empero es en la perspectiva de la carencia de sentido o de lo absurdo de la existencia donde Kafka y el existencialismo se identifican más. No es tampoco desdeñable la interpretación psicoanalítica, que basándose en la "Carta al padre" analiza la obra de Kafka desde la perspectiva del complejo de Edipo. A su vez, la Medicina general trató de fundamentar la explicación de "La metamorfosis" y "El proceso" en la tuberculosis que Kafka padeció. Sin embargo, las fechas no concuerdan: tales obras datan de 1913 y 1914 mientras que la tuberculosis de 1917. Por otra parte, si del complejo de Edipo se pretende hacer una clave interpretativa privilegiada, la visión final de la obra de Kafka corre el riesgo de hacerse todavía más opaca. Como bien ha precisado Ricard Torrens en su epílogo a la "Carta al padre", el complejo de Edipo no resuelve todo el caso Kafka. No es, en efecto, la obra lo que hay que explicar, "psicoanalizar", por medio del complejo, sino a la inversa, es el complejo lo que hay que interpretar por medio de la obra y elevarlo al plano de las significaciones suprapersonales en las que la obra se produjo y se sostiene como fenómeno literario. En todo caso, compartimos el criterio de Garaudy al precisar que no se excluye que cada una de estas interpretaciones recoge una de las parcelas de la verdad. Lo que ya constituye un error es hacer de lo que sería una útil hipótesis de trabajo un sistema unilateral de interpretación global.

La interpretación marxista

La interpretación marxista ha sido compleja y contradictoria. Y sin embargo, su necesidad era obvia. No se puede comprender a un escritor como Kafka sólo en función de sus convicciones religiosas, complejos psicológicos, vivencias existenciales, enfermedades, relaciones amorosas y amistosas, etc. Es necesario completar la obra proporcionándole el marco adecuado. Es decir, el contexto histórico-social en que se sitúa la obra y la actuación de Kafka. Tarea nada fácil, pues a los reduccionismos religiosos y psicoanalítico podría unirse el reduccionismo sociológico. Y, de hecho, ese reduccionismo se dio en las interpretaciones marxistas dogmáticas que se contentaron con clasificar a Kafka como "literato decadente que refleja la angustia y la frustración de una burguesía decadente". Tal simplificación -derivada de las tesis dogmáticas que Zhdánov desarrolló en 1948- fue combatida en el Congreso de escritores celebrado en Praga en 1964 con la participación de Sartre, Ernest Fischer, J. Hayek, etc. Se coincidió en condenar el empleo dogmático y mecánico del concepto de decadencia. Así Fisher precisó: "Si los escritores describen la decadencia sin consideración alguna y la denuncian moralmente, eso no es decadencia. No debiéramos abandonar Proust, ni Joyce, ni Beckett y menos aún, Kafka al mundo burgués". Por su parte, E. Goldstucker matizó: "Hay que distinguir los elementos de decadencia en la 'filosofía de la vida', examinarlos críticamente y apreciar, en alto grado, las nuevas técnicas de creación artística que esta visión decadente y pesimista de la vida y del mundo han aportado". A su vez, M. Kundera concretó: "Hemos llegado a una posición verdaderamente dialéctica con respecto a lo que se llama la literatura decadente, y hemos comprendido que la lucha ideológica no reside en el rechazo de los obstáculos, sino en su superación" (10).

No obstante, Lukács, en su obra "Significación actual del realismo crítico" -que constituye una crítica tanto de los excesos dogmáticos de una variedad del "realismo socialista" como de los excesos subjetivistas de la vanguardia artística occidental-, dedica un capítulo a la contraposición entre Kafka y Thomas Mann. El balance es netamente favorable para Mann, como paradigma de un realismo crítico burgués progresista, frente a un Kafka cuya extraordinaria calidad literaria no le libra de una condena más sutil y matizada que la de los zhdanovistas.

Por el contrario, Roger Garaduy, en su "Hacia un realismo sin fronteras" -dedicado a la valoración de Picasso, Saint-John Perse y Kafka-, recupera plenamente a Kafka. Para Garaduy, "la realidad social de la que Kafka es testimonio, víctima y juez, es también fantasmal como en las sociedades mágicas de los primitivos. La alienación en lugar de ser engendrada por la impotencia del hombre ante las fuerzas de la Naturaleza, lo es hoy por el sentimiento de impotencia ante las fuerzas de la sociedad que toman la forma de fuerzas extrañas y hostiles. "Según Garadudy, la grandeza de Kafka consiste en haber sabido crear un mundo mítico que está estrechamente unido con el real. Lo real en arte es una creación que transfigura mediante la presencia humana la realidad cotidiana. Así como en la misma época los pintores cubistas revelaban la poesía inmanente de las cosas más cotidianas por una transposición consciente, Kafka crea un mundo de lo fantástico con los materiales de este mundo recompuesto en base a otras leyes. Por ello, Garaudy finaliza su trabajo sobre Kafka afirmando que la mejor definición de tal autor se obtiene aplicando a su obra el juicio que él realizó sobre la pintura de Picasso. Frente a la afirmación de Janouch, "Picasso es un deformador voluntario", respondió Kafka: "Yo no lo creo. No hace más que afirmar las deformaciones que aún no han entrado en el campo de nuestra conciencia. El arte es un espejo que 'adelanta' como un reloj". Esta concepción de un espejo dinámico, por parte de quien prefiguró muchos de los fenómenos más trágicos de nuestra época, sería sugerente contrastarla con la de Stendhal, para quien el arte era un espejo colocado al borde del camino.

A su vez, Adolfo Sánchez Vázquez, en su trabajo "Un héroe kafkiano: José K.", sitúa definitivamente a Kafka en su adecuada perspectiva: "Kafka ha visto lo negativo sin poder rebasarlo. Pero basta, a la vez, negar esa negación para que se ponga de manifiesto todo lo que hay de positivo y fecundo en la creación kafkiana. Para ello hay que poner la obra de Kafka en relación con lo real. Veremos, entonces, que ese mundo irracional, absurdo e injusto que pinta existe realmente, pero en el marco de unas relaciones humanas determinadas históricamente. Y aunque Kafka no haya señalado las raíces profundas de ese mundo inhumano ni las vías para cancelarlo, es evidente que su obra, al describir ese mundo absurdo e inhumano, entraña una crítica profunda de él. Ver la obra de Kafka en un plano intemporal como una apología de lo absurdo o lo irracional en sí, cortando todos los lazos que la vinculan en su suelo real, es prolongar la abstracción contra la que se rebeló el propio Kafka y es, finalmente, contribuir a cerrar el paso a la solución del problema kafkiano fundamental, que es también el problema cardinal de nuestro tiempo: la integración del individuo en la sociedad, es decir, la unión de la verdadera comunidad y la verdadera individualidad" (11). Así, la interpretación marxista de la obra de Kafka, queda enriquecida, superando las simplificaciones dogmáticas y apresuradas que nunca habrían compartido los clásicos del marxismo.

NOTAS

(1) Prólogo de Jorge Luis Borges a Franz Kafka, "La metamorfosis" y otros relatos. Editorial Losada, Buenos Aires, 1979, págs. 11 y`12.

(2)     Roger Garaudy, "Hacia un realismo sin fronteras: Picasso, Saint-John Perse y Kafka". Editorial Lautaro. Buenos Aires, 1964, pág. 111.

(3)Franz Katka, "Carta al padre". Editorial Bruquera. Barcelona, 1983.

(4)Franz Kafka, "El proceso". Editorial Bruquera. Barcelona, 1983.

(5)Franz Kafka, “ El castillo". EDAF ediciones. Madrid, 1981.

(6)Franz Kafka, “La construcción de la muralla china” en el volumen prologado por J.L. Borges citado.

(7) Prólogo de Leopoldo Azancot a la edición de “El castillo” citada, pág 9 y sigs.

(8)George Lukács, “Significación actual del realismo crítico”. Ediciones ERA. México, 1967, pág. 55.

(9)Roger Garaudy, op. Cit. Pág. 112

(10) Traducción francesa de las diferentes intervenciones en ese congreso en “La Nouvelle Critique”, núms. 156-157, págs. 71-84. París, junio-julio, 1964 (citada por Adolfo Sánchez Vázquez en “Las ideas estéticas de Marx”, pág 31).

(11) Adolfo Sánchez Vázquez, “Las ideas estéticas de Marx”. Ediciones ERA. México, 1967, pág. 151.