José María Laso Prieto

«La época de la IIIª Internacional»

Revista Nuestra Bandera (Revista teórica y política del PCE) nº 123, sección Libros. (pág. 80-82),
Marzo-Abril 1984; Madrid

Texto preparado para su edición electrónica por Carlos Glz. Penalva


Portada del Nº 123 de la Revista Teórica y Política del Partido Comunista de EspañaCon ese mismo título, se ha publicado ya en España el tomo 7 de la monumental "Historia del marxismo" que desde 1979 viene editando la editorial Bruguera [1] . En NUESTRA BANDERA dedicamos ya con anterioridad un trabajo a ese hito relevante de la historiografía del marxismo que supone la obra dirigida por el gran historiador británico Eric J. Hobsbawn [2] . En tal trabajo - una recensión de los seis primeros volúmenes de una obra de 12 - después de contrastarla con otras historias del marxismo publicadas en nuestro país, llegábamos a la conclusión de que dicha obra, elaborada por el equipo dirigido por Hobsbawn, constituye el intento más ambicioso y riguroso de presentar al lector occidental un panorama completo del desarrollo histórico del marxismo. Y ello no en abstracto, siguiendo meramente el desarrollo inmanente de las ideas - aunque también integrándolas, ya que en la obra se recogen tanto las polémicas internas del marxismo como las sostenidas por sus adversarios -, sino en su constante vinculación con el movimiento obrero y en el contexto global del desarrollo histórico internacional. Por otra parte, la diversidad y la calidad de los distintos especialistas que han participado en dicha elaboración logran, sin duda, una conjunción óptima de pensadores marxistas sin precedentes en la realización de semejantes tareas. 

Este juicio global, sobre la mitad de los tomos de la obra, se ve plenamente confirmado por la apreciación que nos merece el volumen 7 editado en 1983. Constituye el primer volumen de los varios que en la obra se van a dedicar a la III Internacional. Es decir, una proporción superior a la dedicada a la II Internacional. Tal mayor dedicación está justificada plenamente, tanto por la mayor extensión del período estudiado como por la complejidad creciente de los problemas que en él se plantearon. Para que el lector pueda hacerse una idea correcta de tal complejidad, conviene consignar los títulos de los capítulos que comprende este volumen 7: 

  1. Octubre de 1917: el debate sobre la revolución en Rusia.
  2. Los bolcheviques desde la guerra mundial hasta Octubre.
  3. Lenin y la revolución.
  4. Lenin y Trotsky.
  5. Trotsky: revolución permanente y revolución del atraso.
  6. Mártov y los mencheviques antes y después de larevolución
  7. La Internacional socialista y el debate sobre la socialización
  8. La socialdemocracia y el austromarxismo
  9. Entre el bolchevismo y la socialdemocracia: Otto Bauer y la cultura política del austromarxismo.
  10. Un instrumento político de nuevo tipo: el partido leninista de vanguardia
  11. Las corrientes constitutivas del movimiento comunista internacional
  12. El comunismo de izquierda
  13. El mundo de la IIIª Internacional: los “estados mayores” 

El debate marxista sobre la revolución en Rusia

En su presentación a este volumen 7 de la "Historia del marxismo", Eric J. Hobsbawn considera que la revolución rusa, con sus consecuencias y sus implicaciones, es el tema dominante de esta tercera parte de la obra. Y así es no sólo por la extensión que se le dedica en los textos sino, fundamentalmente, por su trascendencia teórica e histórica. Las dos primeras partes de esta historia del marxismo estuvieron centradas en el desarrollo de las ideas de Marx y Engels y en su transformación. Es decir, en el marxismo con sus diferentes interpretaciones, pero actuando en el ámbito de una única Internacional, en los debates a que dieron lugar los intentos de aplicar, en la teoría y en la práctica, los análisis de Marx, así como en la formación y el desarrollo de partidos socialistas de la clase obrera en distintos países. La Revolución de Octubre constituye un viraje en esta problemática, ya que plantea, ante todo, el problema de la vía al poder en términos mucho más concretos que en la etapa de la II Internacional. Al producirse, por primera vez, la conquista del poder por la clase obrera en un país - no en la forma efímera de la Comuna de París -, los marxistas revolucionarios se vieron obligados a centrarse (teórica y prácticamente) en cómo lograr un proceso revolucionario similar. A su vez, los marxistas no revolucionarios tuvieron que dedicarse - al menos formalmente - a la búsqueda de vías alternativas al socialismo.

Otro rasgo relevante de la etapa abierta por la Revolución de Octubre, que Hobsbawn subraya es el de que, por primera vez en la Historia, el problema de la construcción de una sociedad socialista deja de ser abstracto. Después de 1917, al convertirse la URSS en el único Estado dirigido por marxistas, la discusión sobre la construcción  del socialismo afectaba preferentemente a ese país o se desarrollaba en torno a él. Además, como también precisa Hobsbawn, "con la Revolución de Octubre, el marxismo dejó de estar contenido o incluso de ser conteniblenible dentro de un único movimiento internacional y de un universo del discurso. Las versiones comunistas del marxismo se diferenciaron desde entonces de las socialdemócratas por una recíproca hostilidad, hasta el punto de que la polémica de cada parte identificó al adversario con el equivalente laico del diablo: el fascismo" [3] . Empero ninguno de los dos campos fue homogéneo en su interior, aunque hasta 1956 el movimiento comunista internacional, hegemonizado por el partido soviético, impuso una gran homogenidad a los partidos que lo constituían. 

No menos relevante es el otro rasgo que subraya Hobsbawn; a partir de 1917 el movimiento marxista se hizo mundial. Ya no es posible limitar su historia al ámbito occidental: desde Octubre una historia del marxismo debe dedicar espacio a China, India, Japón, Medio Oriente, América Latina, Africa, etc., incluyendo los problemas del mundo colonial y semicolonial. No se puede desconocer que los movimientos marxistas difundidos en esas áreas se crearon por influjo - directo o indirecto - de la revolución soviética. De ahí el peso que, en esta parte de la "Historia del marxismo", tiene su variante bolchevique.

En el primer capítulo de este volumen, "Octubre de 1917: el debate marxista sobre la revolución en Rusia", de Israel Getzler, se logra una buena síntesis de la compleja y prolongada discusión en torno a la Revolución socialista de Octubre. De hecho, constituía una continuación del debate sobre el poder que en los diversos medios marxistas había suscitado la revolución rusa de 1905. Empero tenía raíces anteriores: ya los fundadores del marxismo ruso, Plejánov, Axeirod y Zasulich, habían rechazado en su día la solución maximalista del grupo terrorista Narodnaya Volya, que haciendo de la necesidad del retraso ruso una virtud socialista, propugnaban una toma revolucionaria del poder que desembocase inmediatamente en el socialismo. Para Plejánov, la revolución rusa sólo podía ser "burguesa" y tendría como función el logro de un desarrollo democrático-burgués que, al impulsar el auge del capitalismo, crease las condiciones para una revolución "proletaria" que iniciase la vía al socialismo. 

Esta concepción de la revolución en dos etapas -"burguesa" y "proletaria"- dominó en el marxismo ruso hasta la revolución de 1905. Al pasar con ella a un primer plano el tema del poder, Lenin elaboró las tesis que después desarrolló en "Panorama del Gobierno provisional revolucionario" y "Dos tácticas de la socialdemocracia en la revolución democrática" [4] . En síntesis, para Lenin, en contraposición a las tesis de Plejánov, la revolución democrático-burguesa ya no podía ser dirigida por la burguesía pues, por temor al proletariado, tendería a aliarse con la nobleza. Sólo la dirección de la clase obrera podía llevar esa revolución hasta su culminación plena. En consecuencia, los socialdemócratas tenían el deber de asumir el poder y participar en un Gobierno revolucionario. Se trataría de un Gobierno democrático, apoyado por la "inmensa mayoría de la población", cuya base social estaría constituida por la clase obrera, por los campesinos y por los pobres de la ciudad y del campo que tenían intereses vitales en la completa victoria de la revolución y la realización del programa social y democrático "mínimo" de la socialdemocracia. Utilizando la terminología científica marxista, Lenin definía a ese nuevo poder como "una dictadura revolucionaria democrática del proletariado y de los campesinos" que, políticamente, tenía su expresión en un Gobierno de coalición de socialdemócratas y socialrevolucionarios. Estos últimos, como representantes de esos "naturales aliados del proletariado que constituían los campesinos".

En el debate sobre táctica y estrategia revolucionaria que la posición de Lenin suscitó desempeñaron una función importante las concepciones de Mártov y Trotsky. De ahí que sean muy útiles las caracterizaciones de su personalidad e ideas que se hacen en los capítulos III. "Lenin y la revolución", de Monty Johnstone; IV. "Lenin y Trotsky", de Vittorio Strada, y VI. "Mártov y los mencheviques antes y después de la revolución", de Israel Getzler. Para completar la confrontación de las tesis que, en el debate sobre las estrategias revolucionarias se enfrentaron, resulta también una buena fuente el capítulo V. "Trotsky: revolución permanente y revolución del atraso", de Baruch Knei-Paz. La teoría de la "revolución permanente", de Parvus y Trotsky, que en muchos trabajos se ha contrapuesto a la teoría de Stalin sobre "El socialismo en un solo país" [5] , es caracterizada por Knei-Paz como la "revolución del atraso". Es decir, como una teoría revolucionaria específicamente aplicable a las sociedades atrasadas. Sin embargo, la expresión "revolución del atraso" no se halla en la obra de Trotsky. Tampoco le pertenece a él, sino a Parvus, la expresión "revolución permanente". Tal denominación, que parece referirse a una revolución sin fin, era más bien extraña al pensamiento de Trotsky, que pensaba en una revolución ininterrumpida y así lo expresó en sus primeros escritos sobre el tema.

En todo caso, Trotsky acabó asumiendo la expresión "revolución permanente" y, en forma de teoría más o menos sistemática, la defendió pertinazmente. Knei-Paz la sintetiza precisando que el punto central de la teoría del atraso de Trotsky estriba en que el desarrollo social es distinto en las diferentes sociedades; por lo tanto, la noción de que todo desarrollo histórico tiene que culminar necesariamente en una repetición de la experiencia europea constituye una aplicación mecánica de la teoría marxista. La clave para comprender el carácter de la revolución rusa radicaba no sólo en que la historia de Rusia era distinta de la de los países de Occidente, sino en que, por su pasado diferente, también el futuro de Rusia sería distinto. Existía un carácter particular de la economía rusa derivado de que la industrialización no había sido realizada por la burguesía - sino por el Estado - ni existía una clase media creada por la industrialización. Por esa misma debilidad de la burguesía, el proletariado ruso, de dimensiones limitadas y dotado de escasos recursos, estaba en condiciones de conquistar el poder si obtenía el apoyo de los campesinos; pero incluso con tal apoyo, habiendo conquistado el poder, descubriría en seguida la imposibilidad de resolver los problemas del país si éste no se organizaba en formas colectivistas. Así, la "revolución del atraso" en el siglo XX debía asumir la forma de una revolución combinada en la que actuasen las fuerzas resultantes de dos eras distintas pero unidas ahora en el tiempo: la de la revolución agraria burguesa y la de la revolución industrial socialista.

Aunque se ha pretendido que, para elaborar sus decisivas "Tesis de abril", Lenin se inspiró en la teoría de la "revolución permanente", tal tesis no resulta convincente. Dos años antes, caracterizando a tal teoría, Lenin escribía: "La teoría original de Trotsky toma de los bolcheviques el llamamiento a la lucha resuelta, revolucionaria, del proletariado; y toma de los mencheviques la negación de la función de los campesinos (...). En realidad, Trotsky se aproxima a los dirigentes obreros liberales de Rusia, que por 'negación' de la función de los campesinos entienden la falta de voluntad de alzar a los campesinos por la revolución". (de "Contra la corriente", de Lenin, página 296 de la edición alemana.) Sobre estos problemas teóricos e históricos arrojan mucha luz los distintos trabajos incluidos en el volumen que reseñamos. Ello es tanto más necesario cuanto que, como pudimos comprobar con ocasión de una conferencia que sobre esta temática desarrollamos recientemente en la sede madrileña de la FIM, incluso en quienes se interesan por el marxismo existe desconocimiento sobre esta problemática. Lo mismo sucede con la interesante temática del austromarxismo, a la que dedican dos esclarecedores trabajos Pérez Merhav y Giacomo Marramao. Hay que agradecer al equipo de historiadores dirigidos por Hobsbawn, y en España a la Editorial Bruguera, esta nueva valiosa contribución a su "Historia del marxismo".



[1] "La época de la III Internacional" (1). Volumen 7 de la Historia del Marxismo, dirigida por Eric J. Hobsbawn. Editorial Bruguera. Madrid, 1983.

[2] José María Laso Prieto, "El marxismo y su historia". NUESTRA BANDERA, número 116. Enero-febrero 1983, pág. 54 y sig.

[3] Op. cit., pág. 13.

[4] V. I. Lenin: "Dos tácticas de la socialdemocracia en la revolución democrática". Akal Editor. Madrid, 1975.

[5] León Trotsky, Nicolai Bujarin, Grigori Zinóviev: "El gran debate (1924-1926)". Selección y presentación de Giuliano Procacci. Volumen 1: "La revolución permanente". Ediciones Siglo XXI. Madrid, 1976. Volumen II: José Stalin, Griqori Zinóviev: "El socialismo en un solo país". Ediciones Siglo XXI. Madrid, 1976.