José María Laso Prieto

«Los congresos de teoría y metodología de la ciencias»

 

Revista Nuestra Bandera (Revista teórica y política del PCE) nº 133. (pág. 59-62), 1986; Madrid

Texto preparado para su edición electrónica por Carlos Glz. Penalva


Portada del Nº 133 de la Revsta Teórica y Política del Partido Comunista de EspañaDel 23 al 28 de septiembre pasado, se celebró en Gijón el III Congreso de Teoría y Metodología de las Ciencias, con la partici­pación de científicos y filósofos extranjeros tan destacados como René Thom, Karl Otto-Appel, Abraham Moles, Kenneth L. Pike y Janos Kelemen. Si a ello se une la intervención muy activa de figuras nacionales del relieve intelectual de Gustavo Bueno, Alberto Dou, Ricardo Sánchez Ortíz de Urbina, Javier de Lorenzo, Mariano Hormigón, etc. pocas dudas pueden suscitarse acerca de la trascendencia de este cónclave científico-filosófico. Sin embargo, como consecuencia del centralismo que, a pesar del Estado de las Autonomías, sigue caracterizando a la vida cultural del país, tal acontecimiento apenas encontró eco en los medios de comunicación nacionales. Tenía razón, el profesor Gustavo Bueno, al preguntarse -en una reciente entrevista televisiva- cuál habría sido la valoración del citado Congreso por esos mismos medios de haberse realizado éste en Madrid. Empero, con independencia de la repercusión que hayan podido tener en los diferentes medios informativos, conviene plantearse la finalidad de tales congresos y hasta qué punto se ha alcanzado.

El objetivo propuesto

Del 12 al 16 de abril de 1982 se celebró en Oviedo el I Congreso de Teoría y Metodología de las Ciencias. Su organización estuvo a cargo de la Sociedad Asturiana de Filosofía (SAF), contando también con la valiosa colaboración de diversas entidades públicas y privadas. Ya desde su fase de preparación, la SAF se propuso clarificar que tal Congreso no se concebía como una reunión filosófica para filósofos, sino como un intercambio de información y planteamientos entre especialistas de ciencias positivas y estudiosos de los métodos, estructura y validez de las ciencias. Tales reuniones siguen siendo útiles para otras finalidades que varían según su temática específica. En realidad, con una u otra denominación, éstas se celebran regularmente en el ámbito nacional de diversos países y también con carácter internacional.

Ahora bien, otra era la finalidad de los Congresos organizados por la SAF. En ellos no se trataba de debatir distintos temas filosóficos previamente abstraídos, o cortados, de sus conexiones con diversas disciplinas. Por el contrario, la perspectiva en que se situaban era la de abordar, interdisciplinariamente, la relación recíproca entre filosofía y ciencias positivas.

Con muy buen criterio, los organizadores del I Congreso no concebían éste ni como una reunión unilateral de científicos ni como un cónclave gremial de filósofos. Tampoco, simplemente, como una reunión interdisciplinar, en la que se yuxtapusiesen mecánicamente distintas disciplinas. Sin desdeñar las ventajas de la interdisciplinariedad, sobre la compartimentación tradicional de muchas actividades académicas, en este caso se trataba de algo más. Nada menos que de reunir durante toda una semana a científicos y cultivadores de tres disciplinas (Física, Geografía y Psicología) junto con filósofos y metodólogos de la ciencia. Aunque ya la mera reunión de tal conjunto de investigadores y pensadores podía, porsí misma constituir una «masa crítica» que originase una reacción creativa en cadena de relevantes consecuencias, no se consideró suficiente para los objetivos propuestos. Además se estructuró un apretado programa en el que aparecían tres ponencias definitorias de una concepción general de la ciencia - las de Mario Bunge, Carlos París y Gustavo Bueno - seguidas de otras ponencias y comunicaciones en las que se proporcionaba el material, de una determinada ciencia positiva, para su análisis y discusión desde las distintas perspectivas epistemológicas presentes. Con ello se podían aunar en una armónica, o conflictiva, conjunción los elementos de reflexión, más o menos asistemáticos, que todo investigador formula sobre su propia actividad, y las sistemáticas generalizaciones globales propias de filósofos y metodólogos de la ciencia. Así se produjo -mediante el análisis, la abstracción y la síntesis dialéctica- un enriquecimiento mutuo del nivel cognoscitivo de las ciencias positivas objeto del debate y la filosofía que generaliza los resultados concretos que éstas van alcanzando en sus distintas etapas de desarrollo. Quienes estén interesados concretamente por esos resultados pueden obtenerlos directamente de las Actas de este I Congreso editadas en un amplio volumen por Ediciones Pentalfa [1] .

Los Congresos posteriores

El II Congreso de Teoría y Metodología de las Ciencias se celebró en Oviedo del 4 al 9 de abril de 1983. Centrado en los temas de Historia y Biología, en él estaban programadas la lectura y discusión de 13 ponencias y 95 comunicaciones. Entre los ponentes figuraban historiadores del prestigio de Miguel Artola, Julio Mangas y David Ruiz. Entre los biólogos destacaban Faustino Cordón, Francisco J. Ayala, Osvaldo A. Reig, Ramón Margalef, Manuel Alvarez Uría y Santiago Gascón, El II Congreso fue muy útil para avanzar en una más correcta aplicación de los métodos del materialismo histórico - y de la teoría del cierre categorial - al campo de la Historia. También se pudo comprobar la operatividad de la teoría del cierre categorial en el campo de la biología.

La trascendencia filosófico-ideológica de estos debates impulsó una maniobra contra la continuidad de los congresos: el profesor J. L. Martínez López Muñiz - vinculado al «Opus Dei» - lanzó en un artículo titulado Congreso monocorde [2] un virulento ataque contra el Congreso, destinado a cegar sus fuentes de financiación regionales. Su tesis era la de que el III Congreso había sido organizado por el Partido Comunista de España para su propio autobombo. Tan insidiosa como peregrina tesis fue debidamente refutada por el autor de este trabajo [3] .

El III Congreso se inauguró con la ponencia La causalidad en el lenguaje de las ciencias, del profesor René Thom. Su primera parte la dedicó a mostrar porqué han fracasado los positivistas al pretender eliminar las causas -un residuo metafísico- en beneficio de la única noción de ley. Para Thom, desde una perspectiva pragmática, la noción de causa es irremplazable: si se quiere producir o impedir un fenómeno, es necesario conocer sus causas. Basándose en que tenemos implícitamente la idea (sugerida por el empleo del lenguaje) de que ciertos efectos se derivan ineludiblemente de ciertas situaciones consideradas como portadoras de un material que no puede dejar de revelarse -la chispa ha hecho explotar la pólvora, etc.-, los positivistas trataron de sustituir este nexo temporal obligatorio por una «ley específica». Según Thom, ello conduce a una complicación sofisticada de inutilidad patente. De ahí la necesidad de rehabilitarlas causas, y con ellas, a Aristóteles ante la ciencia moderna.

Se ha pretendido identificar a René Thom con los postulados de la ideología posmodernista, es decir, con la noción de que estamos viviendo en la era de la discontinuidad y que lo social, lo político y lo cultural, incluso lo histórico, no obedecen ya a las viejas leyes de la causalidad; que estamos en el fin del proyecto ilustrado, del orden lineal, del progreso continuo. Esta posición ideológica trata de explicar elmundo a través de los fenómenos aleatorios por la incertidumbre, el indeterminismo, el desorden y las irregularidades. Tal noción ha querido sintetizarse en la expresión el orden por el ruido. A juicio de Thom, tal escuela se ha constituido por una interpretación falsa de la situación científica. Porque en todas las situaciones de desorden lo que crea el orden no es el ruido, sino una consideración global que, desde el punto de vista formal, está perfectamente predeterminada. Los que hablan de orden por el ruido lo hacen porque el ruido produce de repente una pequeña fluctuación o catástrofe que va a precipitar al sistema en un nuevo estado ordenado. La ciencia, por principio, busca instaurar el orden y restaurar la identidad a través de la multiplicidad, y reencontrar la continuidad de los fenómenos a través de los desórdenes aparentes. También a través de las discontinuidades aparentes. En ese sentido, la teoría de las catástrofes tiende a expicar la discontinuidad, aparentemente aleatoria, por medio de una continuidad oculta, subyacente. Este principio sería aplicable no sólo a las ciencias naturales, sino, asimismo, a las ciencias humanas. En realidad, el objetivo fundamental de la teoría de las catástrofes es describir y explicar el proceso de los fenómenos discontinuos, la morfonogénesis o surgimiento de formas de equilibrio estable.

Catástrofe o crisis

Precisando las diferencias entre su teoría y la con­cepción kuhniana de ciencia, Thom señala: Khun distingue entre la ciencia normal y la ciencia en crisis. La ciencia normal es la explotación de un paradigma, su fase de dominio; por contra, los períodos de crisis son transiciones relativamente rápidas de un paradigma a otro. Visto con la terminología de la teoría de las catástrofes, la crisis en este caso es la catástrofe. Empero en la mayor parte de los casos esa noción de crisis no coincide con la de catástrofe porque la noción de cri­sis implica un sujeto consciente, o al menos semiin­consciente, que se siente amenazado en su existencia por esa crisis. Y esta componente subjetiva, que es fundamental en la noción de crisis, no existe en la noción de catástrofe, que es puramente morfológica o fenomenológica.

Concebido el contenido de este III Congreso para analizar la relación entre las ciencias del lenguaje y el lenguaje de las ciencias, han desempeñado en él una función importante los problemas de las ciencias matemáticas y los de la formalización del lenguaje científico. Por limitaciones de espacio no podemos desarrollar debidamente la riqueza de algunas de las aportaciones realizadas. Empero sí queremos dejar constancia de títulos y autores de algunas de las más relevantes: Alberto Dou, El lenguaje de la Física teórica clásica; Ricardo Sánchez Ortiz de Urbina, Algunos aspectos del lenguaje de la Matemática griega; Javier de Lorenzo, La matemática, ¿mero lenguaje?; Mariano Hormigón, Las matemáticas: un forzoso matrimonio de contenidos y notaciones. En el mismo campo se situó la ponencia de Gustavo Bueno Lenguaje geométrico y Física en Newton. A su vez, de las relaciones entre comunicación y lenguaje se ocupó una mesa redonda en la que participaron: Juan Cueto, Karl Otto-Apel, Kenneth L. Pike, Abraham Moles, Janos Kelemen y Alberto Cardín.

En un plano filosófico más general, Janos Kelemen desarrolló el tema Georgy Lukács y la problemática de la lengua, poniendo de relieve la gran trascendencia que desde una perspectiva marxista pueden adquirir los problemas del lenguaje.

Por su parte, Abraham Moles desarrolló el tema El lenguaje de las ciencias sociales: un tratamiento riguroso de fenómenos imprecisos. Destacado psicólogo social, Abraham Moles está considerado como un pionero de la incidencia de las nuevas técnicas sobre el arte y de la cibernética sobre la sociedad. De hecho, Moles se anticipa a los teóricos de la posmodernidad en su reflexión sobre las consecuencias sociales de tal incidencia.

Otro ponente destacado fue Kenneth L. Pike, formulados de la distinción entre emic y etic, que tan opera­tiva ha resultado en los campos de la etnología y la antropología. Su ponencia tuvo por título La relación del lenguaje con la cosmovisión. A Karl Otto-Apel, introduc­tor en Alemania del pensamiento analítico y colaborador de Habermas en el campo de la comunicación, le correspondió desarrollar el tema Significado lingüístico e intencionalidad.

En el campo de las comunicaciones se dio también una nutrida participación. El número de comunicantes ascendió a 97 y algunos lo hicieron con más de una comunicación. Su temática fue muy variada, dentro de las diferentes secciones previstas. A título de ejemplo, de esa variedad, bastará mencionar la titulada La hipótesis ibero-caucásica en la lingüística del autor de esta reseña.

Como balance final, puede concluirse que el III Congreso de Teoría y Metodología de las Ciencias se ha mantenido en la línea de los dos que le precedieron en cuanto a lograr - mediante el análisis, la abstracción y la síntesis dialéctica - un enriquecimiento mutuo del nivel cognoscitivo de las ciencias positivas objeto del debate y de la filosofía que generaliza los resultados concretos que éstas van obteniendo en sus distintas etapas de desarrollo. De todo ello va a haber amplio tes­timonio mediante la regular publicación de las actas que viene realizando la editorial Pentalfa y una revista que la Sociedad Asturiana de Filosofía va a publicar regularmente.



[1] Actas del Congreso de Teoría y Metodología de las cien­cias. Ediciones Pentalfa. Apartado 360. Oviedo, abril 1982.

[2] J. L. Martínez López-Muñiz, Congreso monocorde. Diario La Nueva España de Oviedo, del 6 de abril de 1983.

[3] José María Laso Prieto, Una interpretación inquisitorial del Congreso de las Ciencias. Diario La Nueva España de Oviedo, 8 de abril de 1983. Pág. 8