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José María Laso Prieto

«El papel de Israel en Oriente Medio»

Revista Nuestra Bandera (Revista teórica y política del PCE) nº 148. (pág. 44-49), I Trimestre 1991; Madrid. Tambiém en vv.aa : Tercer Mundo, Europa y NOEI. Madrid: PCE, 1991 pp. 159-172 (Colección Debate, nº 6)

Texto preparado para su edición electrónica por Carlos Glz. Penalva


Portada del número 148 de la Revista Teórica y Política del Partido Comunista de EspañaUn factor que no se puede desconocer, en cualquier análisis riguroso del conflicto que ha desencadenado la guerra del Golfo Pérsico, es el constituido por la función distorsionante que el Estado de Israel ejerce sobre la situación política en el Oriente Medio. En consecuencia, no puede sorprender que pocos días después de la ocupación de Kuwait, por tropas iraquíes, Sadam Husein vinculase su retirada a la de una operación similar por parte de las fuerzas israelíes de los territorios árabes ocupados ilegalmente desde 1967. Concretamente, el 12-8-90 el presidente de Irak propuso un plan de paz global para el Oriente Medio que ligaba la retirada del ejército iraquí de Kuwait a la sustitución de las tropas norteamericanas situadas en la zona (Arabia Saudita y los emiratos del Golfo) por una fuerza árabe que no incluyese tropas egipcias, así como al fin de la ocupación de Cisjordania, Gaza, sur del Líbano y alturas del Golán, y a la salida del ejército sirio del territorio libanés. Es evidente que, cualquiera que fuese la intención de Sadam Husein al formular este plan, podía haber servido de base para una negociación que no se limitase al retorno a la situación anterior. No es menos obvio que, de haberse aceptado tan justas y racionales reivindicaciones árabes, el ejército iraquí se habría visto obligado a retirarse de Kuwait. Sin embargo, el Gobierno de EE.UU., siempre propicio a efectuar el «linkage» (de «to link»: conexionar, enlazar, etcétera) de problemas internacionales, en este caso rechazó rígidamente toda vinculación entre el conflicto del Golfo y las actuaciones del Estado de Israel. Rechazo vano, por otra parte, y no sólo por razones históricas, ya que Sadam Husein está cumpliendo su amenaza de considerar a Israel beligerante en la agresión que desde el 17 de enero está sufriendo Irak. En todo caso, cualquiera que pueda ser la reacción definitiva de Israel, ante los misiles que regularmente las tropas iraquíes lanzan contra su territorio, nadie puede seriamente negar el condicionamiento negativo que la actuación del Estado de Israel ejerce sobre la situación general en el Oriente Medio. Condicionamiento que tiene ya su origen en el desarrollo del movimiento sionista, antes incluso de la fundación del Estado de Israel en 1948. 

Sionismo y antisemitismo 

En su obra «El sionismo, una forma del imperialismo», Joaquín Bollo Muro precisa bien los orígenes del sionismo religioso y del sionismo político, así como su íntima relación con el antisemitismo. Así, según puntualiza Bollo, «la Tierra Santa, poder alcanzar Sión, simbolizaba las esperanzas espirituales de los judíos creyentes diseminados por el mundo y era, por así decirlo, su único lazo de unión. Todas sus plegarias iban encaminadas a la reconstrucción del Templo de Jerusalén. En este sentido religioso se puede decir que el sionismo, esto es, llegar a Sión, ha constituido una aspiración básica de su religión, al igual que conquistar el paraíso lo ha sido para la cristiana. Sin embargo, a finales del siglo XIX este sionismo religioso tomó un aspecto político como consecuencia de la oleada de antisemitismo que padeció Europa y que acompañó el auge del moderno imperialismo. El sionismo político se planteó, desde su iniciación, la creación y la existencia de un Estado judío» [1] .

Ahora bien, en sentido riguroso, los judíos no han constituido nunca una nación. Históricamente lo único que ha existido son comunidades judías insertadas en diversos Estados y cuyo fundamental rasgo diferenciador era la práctica de ritos religiosos diferentes de los de la mayoría de la nación de la que formaban parte. En ese sentido, ser judío constituye, esencialmente, una categoría religiosa y no política ni cultural. Inicialmente se daba el nombre de «judíos» a los miembros de la tribu de Judá, que se establecieron en la zona sur de la actual Palestina, dos milenios antes de nuestra era, y que vivieron allí hasta la conquista de su territorio por el Imperio romano. En el año 70 de nuestra era, el emperador Tito destruyó su capital, Jerusalén, y 130 años después el emperador Adriano les expulsa de Judea y comienza la Diáspora que les ha dispersado por diversos países. Durante todo ese amplio período, los judíos sólo gozaron de autogobierno unos 150 años y el resto formaron parte de otros Estados. En la diáspora el único elemento aglutinante fue de nuevo la religión, pues era imposible establecer una identidad biológica determinada. Sectores relevantes de las comunidades judías no son étnicamente semitas, así, por ejemplo, los askenazis de Europa oriental o los judíos procedentes de Etiopía. Otros sectores se integraron totalmente en las poblaciones donde se insertaron. En ese sentido, como ya señaló Marx, el judaísmo ha sobrevivido «no ya a pesar de la historia, sino durante la historia y a través de la historia».

En esa supervivencia, además del ya citado factor religioso, ha pesado otro derivado de la discriminación que sufrieron a consecuencia del ejercicio de sus creencias religiosas. Por no ser cristianos se les prohibió el desarrollo de las actividades profesionales nobles. A su vez, la prohibición por la Iglesia, a sus fieles, del préstamo con interés - que era considerado usura - hizo de los judíos los representantes de una economía monetaria en un contexto económico en que predominaba una economía natural. Ese factor de supervivencia fue también de aislamiento. Así lo describe Bollo Muro en su perspicaz descripción de los orígenes del sionismo: «Lo que aisló a los judíos fue que significaban la economía de mercado dentro de la economía natural. Ese carácter de mercaderes que tuvieron la mayoría de los judíos fue lo que hizo que al pasar la Europa cristiana del feudalismo al capitalismo, pasara en cierto modo a ser judía, esto es a judaizarse, en cuanto a que los judíos constituían la representación humana visible de un nuevo sistema económico. Para Marx, el judaísmo no era sino un reflejo de la forma de pensar burguesa y, por eso, su ideal no era la igualdad de judíos y gentiles en una sociedad capitalista cuya forma de vida se basaba en las actividades que, originalmente, habían desempeñado los judíos de manera fundamental, actividades que, por otra parte, desarrollaron debido a los prejuicios religiosos que les impidieron desempeñar otras (...). Y el modo de vida burgués lo representaban más que nadie los judíos. Esta es la razón de la importancia que empiezan a cobrar, como poseedores de los recursos financieros, para los monarcas europeos empeñados en doblegar el poder de la nobleza y crear así las nacionalidades modernas (...). Probablemente si el antisemitismo, derivado de factores religiosos y de los económicos señalados, no hubiera tenido unas raíces tan profundas en la civilización cristiano-europea, las. comunidades judías habrían sido asimiladas. Uno de los factores que ha dado vida una y otra vez al judaísmo ha sido la hostilidad del medio ambiente» [2] . 

El tránsito del sionismo religioso al sionismo político se produce como consecuencia del auge del antisemitismo. Este se recrudeció mucho en Alemania en 1880. El mismo año tuvieron lugar en Rusia distintos «progroms» antijudíos. Bajo su impacto se celebró en Katowice (noviembre de 1884) la primera conferencia sionista. En ella se aprobaron los principios de una organización que acabaría distorsionando toda la situación del Oriente Medio. Ya entre 1870 y 1896, Moses Montefiori y el barón de Rothschild se dedicaron a fundar colonias judías en Palestina. Asimismo, las pasiones suscitadas por el «affaire» Dreyffus hicieron de un periodista vienés, instalado en París, Teodoro Herzl (1860-1904), un apasionado defensor de la causa sionista. En 1879, Herzl presidió en Basilea el primer congreso sionista. Nace así el sionismo político que halla su expresión teórica en los libros «Autoemancipación» (1882) de León Pinsker y «El Estado judío» (1896) de Theodor Herzl. Según su primera definición congresual, «el objetivo del sionismo es crear para el pueblo judío una patria en Eretz Israel reconocida por el Derecho Internacional». Para Herzl y muchos de sus seguidores, la ubicación geográfica de ese Estado judío no tenía importancia. Consideraba igualmente aceptables Argentina que Palestina y trató de que fuera aceptado un ofrecimiento británico para que se estableciera en Uganda. Empero, para otros sionistas, principalmente de Europa oriental, un Estado judío sólo podía existir en Palestina. Así, para David Ben Gurión, la base del Estado judío en Palestina «se encuentra en la idea mesiánica de la redención del pueblo judío y de toda la humanidad». Ello «constituye el alma de las profecías judías, en todas sus formas y metamorfosis hasta la actualidad y constituye el secreto de la devoción del judaísmo mundial hacia el Estado de Israel». (Discurso en el XXV Congreso Sionista Mundial de 25-XII-1960.) 

El sionismo no constituye sólo una ideología, sino que es también un movimiento organizado a escala mundial. Así, en su XXIII Congreso, celebrado después del nacimiento del Estado de Israel, se definió su objetivo: «La tarea del sionismo consiste en la consolidación del Estado de Israel, el reagrupamiento de los exiliados en Eretz Israel y el fortalecimiento de la unidad del pueblo judío». De ahí que pueda considerarse a Israel como la madre patria de todos los judíos, a la que debe volver «la totalidad de la nación judía del mundo, diseminada por la diáspora». Empero nunca todos los judíos han sido, o son, sionistas. Ese fue el caso de Marx, que en su trabajo juvenil «La cuestión judía» («Zur Judenfrage») negó la necesidad de una emancipación específicamente judía. Marx afirmó rotundamente que el problema de la liberación de los judíos carecía de una solución independiente, pues todos los esfuerzos debían dirigirse a emancipar al conjunto de la sociedad del capitalismo. Una vez destruido el poder capitalista, todos los componentes de la sociedad, incluidos los judíos, disfrutarían de los mismos derechos políticos y sociales. Ese es también el caso del gran biógrafo de Trotsky, Isaac Deutscher, quien finaliza así su ensayo «El judío no sionista»: «Espero que, junto con otras naciones, los judíos se den cuenta de lo inadecuado que es el concepto de la nación-estado y sean capaces de captar la herencia moral y política de los judíos que han ido más allá del judaísmo: el mensaje de una emancipación humana universal» [3] . Es igualmente el caso de muchos luchadores judíos antifascistas, intelectuales, etcétera, y el del ex canciller austríaco Bruno Kreisky, decidido defensor de la causa del pueblo palestino.

La fundación del Estado de Israel

No obstante, la colonización judía financiada por Rotschild, la población de Palestina estaba compuesta en 1918 por 599.000 árabes y 67.000 judíos. Respecto a la propiedad de la tierra, sobre 2.632.302 hectáreas disponibles, 65.000 pertenecían a los judíos [4] . Durante el mandato británico sobre Palestina (1918-48), la población judía pasó del 11 al 31 por 100. Como en otros casos de descolonización, la explicación del fenómeno radica en el doble juego británico. Durante la Primera Guerra Mundial (1914-18), Gran Bretaña trató de obtener el apoyo de árabes y judíos en su lucha contra los imperios centrales y su aliado turco. Las promesas de independencia formuladas a los árabes por el coronel Lawrence fueron doblemente traicionadas por los acuerdos secretos Sykes-Picot (1916) y la Declaración Balfour (1917). En aplicación de los acuerdos, franceses y británicos se repartieron Siria, Líbano, Palestina, Iraq y Transjordania, bien en forma de mandato de la Sociedad de Naciones o de monarquías dependientes. Mediante la Declaración Balfour, el Gobierno británico se comprometía a apoyar «un hogar nacional judío en Palestina», reconociendo la existencia de una nacionalidad judía, distinta de la árabe, en la región. Bajo el mandato británico se produce una masiva emigración judía hacia Palestina, especialmente al finalizar la Segunda Guerra Mundial. Esta última emigración, apoyada por la simpatía general suscitada por los supervivientes del holocausto nazi. Naturalmente, también con la oposición de los palestinos que eran gradualmente despojados de las mejores tierras por la superioridad financiera de los sionistas. En los últimos años de su mandato, el Gobierno británico restringió fuertemente la emigración judía a Palestina e intentó dilatar la creación de un Estado judío independiente. Como consecuencia, el terrorismo sionista - que ya venía actuando contra la población palestina - atacó sistemáticamente a las tropas británicas hasta culminar en la voladura del Hotel Rey David (Cuartel General británico en Palestina) causando centenares de víctimas. En 1947, los británicos decidieron poner fin a su mandato, bajo el pretexto de que la situación existente en el territorio les impedía ejercerlo. Su representante en la ONU se abstuvo de votar la resolución de 29-11-1947, que establecía la partición de Palestina en un Estado judío y otro árabe. La esperanza británica radicaba en que la partición resultase imposible a causa del antagonismo entre judíos y árabes. Ante el caos que ello produciría, no sería difícil que la ONU decidiese prolongar su mandato. Para Joaquín Bollo, tras la actitud británica se ocultaba un enfrentamiento entre británicos y norteamericanos por el control del petróleo de la región. Así se explica que fuera Gran Bretaña la que impulsara a los Estados árabes a atacar a Israel, cuando éste se proclamó Estado independiente el 14 de mayo de 1948. No se debe olvidar que entonces tales Estados árabes estaban controlados por los británicos y sus ejércitos comandados por oficiales del Imperio.

Por otra parte, el terrorismo sionista se agudizó a comienzos de 1948, ante la perspectiva de que el plan de partición de la ONU diese lugar a la fundación de un Estado árabe palestino. Como ello suponía un obstáculo para la realización del proyecto sionista del «Gran Israel» - de dimensiones muy superiores al propuesto por la ONU-, ningún medio dejó de utilizarse para sabotear la formación de ese Estado árabe. El terrorismo alcanzó su máximo nivel mediante la actuación de organizaciones sionistas especializadas en el ejercicio del terror: «Haganá», «Irgun Tz-vai Leumi», «Stern», «Palmah», etcétera. Sólo entre diciembre de 1947 y febrero de 1948 estos grupos terroristas cometieron más de dos mil agresiones armadas contra civiles árabes, para obligarles a abandonar sus hogares. En la noche del 10 de abril de 1948, los grupos terroristas «Stern» e «Irgun» asaltaron el poblado árabe de Deir Yassin y exterminaron a sangre fría a todos sus habitantes, comprendidos ancianos y niños. En total, 254 personas. El terrorista Menahem Beguin - posterior primer ministro de Israel - justificó la matanza en estos términos: «Esta hecatombe estaba más que justificada. Sin la victoria de Deir Yashin no habría habido Estado de Israel». Con la creación, por tales métodos, del Estado de Israel se originó un conflicto en el Oriente Medio que todavía dura y que ha convertido en apátridas a casi un millón de palestinos. Más del 70 por 100 de la población palestina quedó sin hogar. Así surgió el problema de los refugiados palestinos - y en un plano más amplio -, el problema del pueblo palestino. Pueblo privado de los derechos más elementales y, ante todo, del de vivir sobre su tierra ancestral. 

El Estado de Israel nació como consecuencia de la resolución n.° 181 (II), aprobada el 29-11-1947 en la Asamblea General de la ONU por 33 votos a favor, trece en contra y nueve abstenciones [5] . La reacción armada de los Estados árabes fue derrotada por la superioridad técnica que las fuerzas israelíes consiguieron gracias a la ayuda de los EE.UU. Los armisticios firmados en Rodas, en 1949, pusieron fin a esta primera fase de la contienda. Desde el punto de vista político, el tipo de Estado previsto por la resolución 181/II de la ONU nada tenía que ver con el establecido por el sionismo, destinado exclusivamente a los judíos, sin tener en cuenta la existencia de la población árabe. Por el contrario, los representantes del pueblo palestino propugnaron siempre un Estado democrático y laico donde judíos y árabes pudiesen convivir pacíficamente. Según el departamento de Información de la OLP, «los palestinos, después de haberles impedido erigir su propio Estado en 1948, se dividieron en dos grupos: el primero comprende los palestinos que viven sobre la tierra palestina. Representan la mayoría de la población de Galilea en Israel (60 por 100 actualmente) y del sector de Gaza administrado por las autoridades egipcias al principio y luego en colaboración con una Asamblea Legislativa de la zona. Esta administración ha funcionado hasta la ocupación del sector por las fuerzas israelíes en 1967. Este primer grupo comprende también los palestinos instalados en Cisjordania que fueron totalmente sometidos a la administración hachemita. El segundo grupo, comprende los refugiados o los emigrados; los que se han dispersado en los países árabes vecinos: Jordania, Siria, Egipto y Líbano. Un cierto número de estos refugiados, después reemigraron a otros países árabes en busca de trabajo» [6] .

La función estratégica de Israel 

La relevancia estratégica del Oriente Medio tiene una tradición milenaria. Sus tierras sufrieron las grandes emigraciones de pueblos y fueron el objetivo de los más destacados conquistadores. Y no sólo por la riqueza natural del denominado «creciente fértil», sino también por constituir la encrucijada donde confluyen Europa, Asia y África. Hasta la Segunda Guerra Mundial, los británicos priorizaron su control por la relevancia que tenía para las comunicaciones de su Imperio. El proceso descolonizador de postguerra, y su debilidad económica, les obligó a retirarse. Y ello en el momento en que a su relevancia estratégica se había sumado en el Oriente Medio la eclosión de su riqueza petrolífera. Al pasar a ser EE.UU.. la potencia hegemónica del campo imperialista, ya no era posible controlar el Oriente Medio por los métodos colonialistas tradicionales. Necesitaba un gendarme, o gendarmes, situado en la región. El Irán del Sha desempeñó, en parte, esa misión en las décadas del 60 y 70. Israel permanentemente, desde su fundación en 1948. Esa función la refleja muy bien Joaquín Bollo en su obra sobre el sionismo: «Israel nació como un dardo clavado en el centro de los países productores de petróleo, con la misión de actuar de gendarme del imperialismo norteamericano frente a los mismos. Esa función se ha visto coronada por la paz egipcio-israelí, consagrada en los acuerdos de Camp David, y que no son sino un intento desesperado de iniciar una nueva etapa en la forma de controlar el petróleo árabe. Israel nació, ha existido y existirá sólo en cuanto represente y sirva fielmente los intereses del imperialismo» [7] . Á la misma conclusión llega Abu-El Ezz, delegado de la OLP para España, en su trabajo «El problema palestino», al precisar que «el imperialismo británico pudo implantar el odio antes de retirarse de la India. En el mundo árabe implantó el Estado llamado Israel y a consecuencia de ello dispersó al pueblo palestino y separó la parte este del oeste del mundo árabe. Convirtió a Israel en el ejecutor de la política colonialista en la zona, de la forma más tremenda que contempla la humanidad a través de la historia» [8] . 

Al caracterizar la función de Israel en el Oriento Medio, no pretendemos situar a todos los israelíes al servicio del imperialismo. No se puede desconocer que en el Estado de Israel existen una serie de organizaciones y grupos que se oponen a la política imperialista del sionismo. Entre ellos destaca el «Ha'olam Haza-Koah Hadash», la Unión de la Izquierda Socialista, el Siah (Nueva Izquierda Israelí), el Movimiento por la Paz y la Seguridad, que incluye varios grupos y personalidades. Además, numerosos representantes de la vida universitaria, intelectual y profesional israelí se han manifestado en diversas ocasiones contra la política expansionista de los Gobiernos de Israel. También ha habido manifestaciones públicas de israelíes contra la represión de la Intifada y diversos jóvenes se han negado a prestar su servicio militar en los territorios ocupados a los árabes. En todas estas actividades anti-imperialistas ha estado presente el Partido Comunista de Israel que, por otra parte, es el único partido político israelí que cuenta con el apoyo de parte de la población árabe de Israel, hasta el extremo de que el porcentaje de votos árabes que obtiene en las elecciones oscila, por término medio, entre el 30 y el 40 por 100. Crece también en los medios intelectuales de Israel el sector partidario de negociar con la OLP el mutuo reconocimiento del derecho a la existencia del Estado de Israel y de un Estado palestino árabe. Aunque los contactos entre intelectuales israelíes y palestinos han sido reprimidos por el Gobierno de Israel, no por ello han cesado. Los repetidos intentos israelíes por destruir, o aislar, a la OLP han fracasado, a pesar de haber adoptado formas tan variadas como la concertación de los acuerdos de Camp David o la invasión del Líbano. En general, los dirigentes sionistas de Israel han tratado de basar la seguridad de su país en una política de agresivo expansionismo en relación con los pueblos árabes, que ha colocado a Israel junto a las fuerzas del imperialismo de manera especialmente directa en el Oriente Medio, donde la participación israelí en apoyo de las fuerzas más reaccionarias de los países árabes ha sido constante. Sin embargo, esta política ha acabado mellándose ante la resistencia del pueblo palestino. Resistencia que ha revestido formas heroicas en la Intifada, contribuyendo a acentuar el viraje de la opinión pública a favor de la causa palestina. 

El conflicto del Golfo Pérsico ha contribuido a concienciar a esa opinión pública hacia la comprensión de que no pueden resolverse los problemas del Oriente Medio sin satisfacer las justas reivindicaciones del pueblo palestino.

Para lograrlo, se requiere la celebración de una Conferencia internacional en la que participen todas las partes afectadas. Incluyendo, por supuesto,a Israel y a la OLP, única organización que representa legítimamente al pueblo palestino. La resistencia de los Gobiernos de Israel y los EE.UU. a la celebración de esa Conferencia, no podrá mantenerse indefinidamente frente a la creciente presión de la opinión pública mundial. El estallido bélico en el Golfo no va a modificar esta situación, cualquiera que sea su desarrollo. Tampoco la explotación demagógica que el Gobierno israelí pretende realizar de su contención frente al impacto de los misiles Scud. No cabe siquiera invocar el derecho a la legítima defensa. La actuación de Israel en los territorios ocupados de Cisjordania y Gaza constituye ya una agresión general permanente contra toda la nación árabe. El bombardeo israelí de la planta de refinado de material nuclear de Iraq - en situación no bélica - constituyó una agresión específica contra el pueblo iraquí. En todo caso, al final de las hostilidades actuales habrá que resolver el problema palestino sobre la base del recíproco reconocimiento del derecho a la existencia del Estado de Israel y de un Estado palestino.

 



[1] Joaquín Bollo Muro: «El sionismo, una forma del imperialismo». Akal, editor. Madrid 1982, pág. 18
[2] Op. cit. pág. 14 y sig.
[3] Isaac Deutscher: «El judío no sionista». Editorial Ayuso. Madrid 1971, pág. 67.
[4] Lorand Gaspar: «Historia de Palestina». Miguel Castellote, editor. Madrid 1976, pág. 119.
[5] Domingo Amuchástegui y otros: «Problemas actuales del mundo árabe». Editorial de Ciencias Sociales. La Habana 1988, pág. 4.
[6] OLP, departamento de Información: «El pueblo palestino y su derecho a regir su Estado independiente». Madrid 1977, págs. 28 y 29.
[7] Joaquín Bollo Muro, op. cit. pág. 169
[8] Luis Sanz: «Guerra y Revolución en Palestina». Editorial Zero. Bilbao 1976, pág. 135.


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