José María Laso Prieto

«La crisis de la Perestroika y sus consecuencias»

Revista Nuestra Bandera nº 148 (Revista teórica y política del PCE). (pág. 14-24), IVTrimestre 1991; Madrid

Texto preparado para su edición electrónica por Carlos Glz. Penalva


En la ponencia titulada Los objetivos emancipatorios -que hemos desarrollado este verano en las Escuelas Regionales del PCE- abordamos los temas de la crisis de la política de perestroika y la eventualidad de un golpe de estado en la URSS. Concretamente, decíamos entonces: "Durante el otoño e invierno de 1990-91 se ha agudizado la compleja crisis-política, económica, social, cultural y moral- que sufre la URSS. Las múltiples refonnas que ha impulsado la política de Perestroika han hecho avanzar el proceso hasta un punto crítico, que va a determinar el éxito o el fracaso definitivo del viraje impulsado por Gorbachov. El retraso en resolver el problema de las formas que adoptará la unión -federación, confederación, etc.- entre las diversas naciones y nacionalidades que integraban la URSS, ha tenido una fuerte repercusión en la situación política general y ha afectado gravemente al área económica y a los abastecimientos de la población". Seguidamente, tras citar un artículo de Boris Guidaspov, secretario del Comité Regional de Leningrado del PLUS, en el que se propugnaba un viraje a la política de perestroika, decíamos: "Entre tales virajes, podría incluirse también la frecuente especulación sobre la posibilidad de un golpe militar en la URSS. Los rumores que en ese sentido han circulado son repetidas veces desmentidos tanto por el Gobierno como por los portavoces militares. Teniendo en cuenta el origen, composición política, tradición histórica, etc. del Ejército soviético, cualquier posibilidad de intervención militar,no dimanada de órdenes del Gobierno de la URSS, debe descartarse, a menos que se llegase a una situación en que corriese un riesgo gravísimo de desintegración la propia URSS. Como conclusión, nunca definitiva por la propia fluidez de la situación, puede considerarse que la política de perestroika ha alcanzado el punto crítico en el que se va a decidir su futuro. Se ha producido una conjunción de riesgos diversos que ponen en peligro no sólo el régimen soviético, sino la propia existencia de la URSS. No obstante tampoco parece tener alternativa la política de perestroika".

Todo induce a suponer que la etiología del golpe de Estado, dirigido por el Comité de Emergencia, ha sido muy diversa: preocupación por el riesgo de que la política de Perestroika instaure en la URSS un sistema de capitalismo salvaje, temor a la pérdida de los privilegios que continuaba ostentando la "nomenklatura", riesgo de desintegración de la URSS, etc. Sin embargo, la proximidad de la fecha del golpe con la del día fijado para la firma del nuevo tratado entre las repúblicas que iban a constituir la confederación estatal soviética, induce también a suponer que el móvil fundamental que impulsó a los golpistas era el evitar que con el nuevo tratado se legalizase la segregación de la URSS de seis de sus repúblicas constitutivas. En todo caso, el instrumento utilizado para impedirlo no ha podido ser más negativo. Al romper con la legalidad constitucional soviética propiciaron una reacción de signo opuesto no menos peligrosa. Por otra parte, de haber triunfado el golpe, tampoco hubiese podido realizar una política alternativa a la de Perestroika que ya es irreversible. De una u otra forma, el poder golpista se habría visto obligado a continuar la reforma política y económica, aunque fuese a un ritmo más lento y con un mayor control central.

Es prematuro pronunciarse sobre los objetivos concretos que perseguían los olpistas y el grado de decisión que iban a poner en el intento. Se produce la impresión de que en las fuerzas que apoyaban el Comité de Emergencia no existía suficiente homogeneidad política ni resolución para llevar al golpe hasta sus últimas consecuencias. Ello lo condenaba al fracaso, pues un golpe de esas características no puede triunfar de no realizarse rápida y contundentemente. De ahí que, desde el punto de vista técnico, haya adolecido de los errores y deficiencias contra las que - a través del análisis de otras experiencia similares- previnieron Curcio Malaparte, en su obra "Técnica del golpe de Estado", y Aldo Rizzo, en su libro "La alternativa en uniforme". Desde el punto de vista político, en la creación de las condiciones que propiciaron el golpe, no está exento de responsabilidad Gorbachov. A él le corresponde, sin duda, el mérito de haber iniciado con coraje y decisión el viraje inevitable que constituye la política de "perestroika". Sin embargo, no es menos evidente que no planificó adecuadamente su desarrollo y que, en el periodo más reciente, un exceso de tacticismo le llevó, contradictoriamente, a dilatar excesivamente el proceso de reformas y a realizar concesiones excesivas en uno u otro sentido. Todo ello explica, pero no justifica, un golpe involucionista sin perspectivas de consolidación. Sólo por procedimientos democráticos, y con la activa participación de las masas populares, se podrían mantener y desarrollar las conquistas sociales que en la URSS se lograron como consecuencia de la Revolución de Octubre.

El segundo golpe

Fracasado el golpe del Comité de Emergencia, en pocas horas se hizo evidente que la URSS estaba sufriendo los efectos de un segundo golpe de Estado. El golpe anticonstitucional promovido por Boris Yeltsin. Y esta tesis no la sostenemos subjetivamente. Un diario tan poco sospechoso de prosovietismo como "The Baltimore Sun", la argumentaba así: "Sería simplemente exagerado hablar de un segundo golpe de Estado en la semana, pero los poderes extraconstitucionales que Boris Yeltsin se ha atribuido se acercan mucho a tal consideración. Igual que la reaccionaria banda de los ocho desoyera la Constitución, Yeltsin ha sacado partido de la confusa situación para convertirse en mucho más que aquello para lo cual los electores eligieron al presidente de la Federación Rusa. Yeltsin lleva muy arraigadas las aspiraciones democráticas de su país, pero no podemos dejar de contemplar su acumulación de poderes extraordinarios como algo perturbador". Sin desconocer el apoyo popular que Yeltsin obtuvo en su elección presidencial, ni la entereza con que encabezó la reacción cívica frente al golpe inicial, en su personalidad se dan otros rasgos que configuran en él a un futuro dictador. Por su demagogia, chovinismo gran-ruso, vinculaciones con el clero ortodoxo, actitudes autoritarias, apología entusiasta del capitalismo, visceralidad, etc., Yeltsin se parece cada vez más a Lech Walesa. Ardiente partidario de una economía de mercado puro -es decir, de un capitalismo duro-, Yeltsin puede convertirse en el personaje autoritario necesario para imponer al pueblo soviético los treinta millones de parados que son previsibles para que en la URSS pueda funcionar eficazmente el capitalismo. Capitalismo que integraría a los pueblos soviéticos no en el centro,sino en la Periferia del Sistema, provocando, en consecuencia, su brutal tercermundización. Es este un riesgo muy real del proceso histórico que se desarrolla en la URSS y que, generalmente, se trata de ocultar en Occidente. Sin embargo, ha sido percibido por algunas de las mentes soviéticas más lúcidas. Así, el profesor soviético Serguey Kara Murza, en un artículo publicado en el n°-145 de Nuestra Bandera, decía hace un año: "El paso radical a la economía de mercado, sin crear previamente todo un sistema de estructuras accesorias, producirá un colapso social. La primera medida absolutamente lógica de las empresas será expulsar a la calle unos 20-30 millones de obreros. La experiencia de la conversión de las empresas en cooperativas demuestra que el primer paso es la reducción de la plantilla en un 30%. Dado que la economía de la URSS en este momento carece de la diversidad necesaria para amortiguar las fluctuaciones de la mano de obra, el desempleo crecerá en forma de alud. Parece que ello está previsto en el modelo "mercantilista", pues un grupo de personas reconocidas se prestó a explicar la necesidad del paro como premisa para dar vida a la economía. Es cuestionable la ética con que se hace esta propaganda (no por casualidad estos artículos impregnados de darwinismo social no se publican en la prensa occidental, sería un escándalo). Pero lo más importante es, a mi juicio, el serio error metodológico que se comete. Se hace la extrapolación incorrecta del efecto que produce el paro en Occidente a una situación socio-cultural completamente diferente. El hombre criado y educado en la economía de mercado está acostumbrado a ciertas reglas de juego, según las cuales él puede ganar en el mercado de mano de obra, pero puede también perder. Eso le da competitividad y a la vez hace a los vencidos asumir con bastante resignación su desgracia personal. No será así la reacción del hombre educado en las estructuras sociales que le aseguraban durante varias generaciones no sólo el trabajo ("De cada cual según sus capacidades..."), sino también un nivel de vida bastante cercano al nivel de vida de los demás. Este hombre, al encontrarse de repente en la calle (y sin ningún tipo de ayuda social, cuyo sistema llevará tiempo crear), tomará este hecho como un crimen cometido contra él por la sociedad. Lo que dará lugar a las tensiones sociales y a la violencia que harán imposible la transición racional a ningún modelo por más bello y democrático que sea. El peligro de volver a un régimen totalitario, no importa de qué corte, será en este caso muy real. Los pro pagandistas del desempleo dan a entender que ésta será una leve enfermedad de la que no es difícil reponerse. En el mejor de los casos, y es un error de los que viajan mucho al Occidente y ya están socializados en su cultura. En ellos no produce gran emoción el espectáculo de los viejos que duermen en invierno en las calles de Roma o Chicago. Pero el 99% de la población soviética no ha tenido oportunidad para adaptarse a este espectáculo, y al verlo bajo sus propias ventanas experimentarán un choque que afectará seriamente el bienestar espiritual de todo el mundo. Y no sólo eso. Será muy difícil evitar la aparición de una nueva izquierda radical en aquella parte de la juventud que no podrá adaptarse a tal espectáculo, y en un país con tantas tradiciones de violencia; la aparición de nuevas "brigadas rojas" producirá una crisis muy dolorosa. Al unirse en algunas regiones con las causas nacionalistas, esta crisis puede hacerse insoportable". (1)

La caracterización que realizamos de Yeltsin comienza ya a evidenciarse en sus actuaciones. El trato vejatorio a que sometió a Gorbachov, en la sesión plenaria del Parlamento ruso, revela también un talante neofascista que se ha manifestado abiertamente con su prohibición del PCUS en el territorio de la república rusa, y la clausura de varios periódicos, así como en toda una serie de detenciones arbitrarias de ciudadanos no implicados en la intentona golpista. No es éste el mejor método para imposibilitar nuevos intentos golpistas ni para profundizar en el proceso democrático que se estaba desarrollando. Esas medidas, tal y como se han desarrollado al margen de procesos judiciales regulares, violan la vigente Constitución de la URSS y los derechos de muchos ciudadanos inocentes de cualquier colaboración o complicidad con los golpistas. En ese sentido, es significativo que el historiador Roy A. Medvedev, expulsado del PCUS en la década del 70 por su disidencia y rehabilitado por la política de "perestroika", se haya visto obligado a alzar de nuevo su voz, pero esta vez contra la histeria anticomunista y la "caza de brujas" que actualmente tiene lugar en la URSS. Este clima represivo era bien caracterizado por el enviado especial del diario "El Independiente", Andrés M. Kramer, en un reportaje titulado "El Gobierno ruso desata la caza de brujas contra los comunistas". Su testimonio comenzaba señalando "Del totalitarismo comunista se está pasando al autoritarismo anticomunista. No es un juego de palabras, es simplemente que los mismos que antes practicaban la represión en nombre de la ideología dominante, ahora hacen otro tanto invocando razones democráticas. Los mismos métodos, las mismas personas, sólo los argumentos han cambiado. La ira anticomunista, a veces, es fomentada desde arriba.

Hay quien se pregunta si la gente que rodea al nuevo hombre fuerte de la situación, Boris Yeltsin, no está demasiado marcada por el viejo régimen y es incapaz de distinguir el límite que separa la lucha política de la represión... "y terminaba "Otro ejemplo de los vientos que corren es la aprobación por el Parlamento ruso de una especie de `Ley de fugas'. Según este texto, la policía puede disparar contra cualquier detenido que pretenda huir. En las circunstancias actuales, esta norma puede aplicarse a la inversa, es decir, primero se dispara y luego se atribuye al muerto el deseo de huir". (2)

Por su parte, el ex ministro de Asuntos Exteriores de la URSS, Alexandre Besmértnij, a quien se acusó de haberse plegado al golpe del Comité de Emergencia hasta que pudo probarse su oposición a las instrucciones del mismo, llegó a decir "Esto es una repetición del año 37", en clara referencia a la represión stalinista de la década del 30. Además, aunque los miembros del Comité de Emérgencia fuesen militantes del PCUS, el partido como tal no participó en la ejecución del golpe. Así lo reconoció finalmente la fiscalía de la URSS, al rehusar proceder judicialmente contra su organización. Esa era también la opinión de Gorbachov, al ser liberado de su secuestro. Su decisión posterior de disolver el PCUS sólo puede explicarse por las fuertes presiones a que ha sido sometido. En un régimen democrático, los partidos políticos sólo se pueden disolver por decisión soberana de sus militantes, mediante el correspondiente Congreso, o por sentencia judicial firme, de probarse su participación, como tal organización, en actividades delictivas. Independientemente de sus errores -y de su responsabilidad política en las deformaciones que bajo su dirección sufrieron las instituciones soviéticas-, el PCUS agrupa a millones de comunistas honestos. Así lo reconoció el propio Gorbachov a su regreso de Crimea. A esos comunistas les corresponde el derecho de decidir sobre el futuro de su organización y de la forma concreta en que ésta pueda aportar desde ahora su contribución al progreso social. Los comunistas españoles que, desde hace décadas, tanto hemos discrepado de la línea política y actuaciones del PCUS, debemos apoyarles en el ejercicio de ese derecho. También suscita preocupación las restricciones que en los países bálticos, Moldavia, Georgia, etc - e, incluso en la República Federativa Rusa- se pretenden imponer a los derechos y libertades de las minorías eslavas, adjasias, osetias, tártaras, etc. En ese sentido, al igual que se hizo en el pasado respecto a otras minorías étnicas, deberá apoyarse su derecho a sus lenguas y culturas específicas, así como todos los demás derechos y libertades reconocidos por la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

¿Un golpe constitucional?

En función del rápido desarrollo de los acontecimientos que se han venido produciendo en la URSS después del fracaso del Comité de Emergencia, todavía se puede hablar de un tercer golpe de Estado que complementaría al segundo.

El contraste entre estas tesis iniciales de Gorbachov, sobre los objetivos que pretendían alcanzar la política de perestroika, y la situación actual de la URSS no puede ser más brutal. Sin duda, en ello ha influido la propia dinámica interna del proceso reformista, la gravedad de la crisis producida por la política de estancamiento brezhneziana, el retraso de las reformas, la complejidad del estado Soviético, lo brusco y radical del viraje, etc.Es el que en los círculos políticos soviéticos -y en muchos medios de comunicación- ha sido denominado golpe constitucional. Constitucional en el sentido utilizado por Mitterrand, en su célebre obra "El golpe de estado constitucional", en la que se analizaba la distorsión de las instituciones de la V República Francesa realizada por De Gaulle sin violar formalmente la legalidad constitucional. En ese sentido, cabe explicar la misma concepción al proceso de autoliquidación que se ha producido en el Soviet Supremo de la URSS y en el Congreso de Diputados Populares. De hecho, mediante múltiples presiones, coacciones y chantajes ejercidos sobre los diputados -restringiendo incluso gravemente su libertad de expresión- se ha conseguido la autodisolución de ambas Cámaras en las que radicaba el poder legislativo soviético. Es significativo que para su disolución se hayan utilizado los mismos argumentos con los que se pretendió justificar la disolución de la Asamblea Constituyente de los Pueblos de Rusia, el 6 de enero de 1918. O sea, el supuesto desfase entre el estado de opinión en el momento de su elección y el originado por el rápido desarrollo de los acontecimientos. Sin embargo, si hoy hay casi total unanimidad en considerar errónea la disolución de 1918, no es difícil que la historia tampoco justifique la liquidación del poder legislativo actual. En la práctica, el poder legislativo y ejecutivo actual han quedado restringidos en tomo a un núcleo constituido por los presidentes de las repúblicas soberanas que van a integrar la futura confederación. Por otra parte, este núcleo de poder provisional -su forma definitiva deberá configurarla una próxima reforma constitucional- está decidiendo por la vía autoritaria del decreto. Así, por ejemplo, el reconocimiento apresurado de la independencia de las repúblicas bálticas -sin atenerse al previsto procedimiento legal para resolver los problemas económicos que de ello se derivarían y el debido respeto a los derechos de las minorías étnicas- la aceleración de la reforma económica en un sentido abiertamente restauracionista del capitalismo, etc. Con ello se ha abierto la caja de Pandora de los nacionalismos exacerbados con consecuencias que pueden ser muy graves, a medio y largo plazo, no sólo para la URSS, sino también para la mayoría de los países europeos. Todos estos nuevos factores, unidos al clima macarthista y de "caza de brujas" impulsado por la histeria anticomunista desencadenada, el creciente riesgo de desintegración total de la URSS, la previsible expansión del desempleo y la miseria, suscitan el peligro de que se pueda producir un nuevo golpe involucionista, mucho más duro y contundente que el anterior, e incluso el riesgo de una guerra civil. Si son muchos los soviéticos seducidos por los oropeles y señuelos de la sociedad de consumo, no son menos los que temen, y se oponen, a la instauración en la URSS de un capitalismo salvaje. Ello hace imprevisible predecir a medios plazos el futuro de la Unión Soviética, ya que en la configuración de este van a intervenir muchos factores. En todo caso, la situación actual de la URSS no puede estar más lejos de los objetivos que Gorbachov expuso al fonnular inicialmente la política de "perestroika". Así, en su célebre libro "Perestroika: mi mensaje al mundo", Gorbachov decía en una parte del texto, titulada "El regreso a Lenin, una fuente ideológica de la Perestroika": "El ímpetu vivificador de nuestra Revolución era demasiado poderoso para que el pueblo y el Partido pudieran reconciliarse con fenómenos que amenazaban con destruir nuestros mayores logros. Las obras de Lenin y sus ideales socialistas seguían siendo para nosotros una fuente inagotable de creativo pensamiento dialéctico,de riqueza teórica y de sagacidad política. Su misma imagen es un ejemplo inmortal de elevada fuerza moral, cultura espiritual en todos los aspectos y devoción altruista a la causa del pueblo y del socialismo. Lenin sigue vivo en las mentes y los corazones de millones de personas. A medida que en la sociedad se multiplicaban los fenómenos negativos y derribando todos los obstáculos creados por los dogmáticos y escolásticos comenzó a surgir un nuevo interés hacia el legado de Lenin y un deseo de conocer más a fondo su obra original (...) En Occidente suele representarse a Lenin como defensor de los métodos de administración autoritarios. Esto refleja una completa ignorancia de las ideas de Lenin o, como sucede a menudo, una deliberada distorsión de las mismas. En efecto, según Lenin, socialismo y democracia son inseparables. Consiguiendo las libertades democráticas, las masas trabajadoras llegan al poder, y únicamente pueden consolidarlo y aplicarlo cuando se profundiza en la democracia.".

En la misma obra, dedicada a exponer el origen, finalidad y objetivos de la "perestroika", bajo el epígrafe "Más socialismo y más democracia," Gorbachov decía: "La perestroika está estrechamente relacionada al socialismo como sistema. ¿Acaso la perestroika significa que abandonamos el socialismo o algunos de sus fundamentos por lo menos? Los hay que hacen esta pregunta con esperanza, y otros con aprensión. Hay personas en Occidente a las que les gustaría decirnos que el socialismo se halla en una profunda crisis y que ha llevado nuestra sociedad a un callejón sin salida. Así es como interpretan nuestro análisis crítico de la situación al final de los 70 y comienzo de los 80. Según estas personas sólo nos queda una posibilidad: adoptar las estructuras sociales y los métodos de dirección económica propios del capitalismo, dirigimos hacia el capitalismo. Nos aseguran que nada puede salir de la perestroika dentro de los marcos de nuestro sistema. Dicen que debemos cambiar el sistema y beneficiarnos de la experiencia de otro sistema sociopolítico, añadiendo que, si la Unión Soviética toma ese camino y abandona el socialismo, podrá establecer estrechas relaciones con Occidente. Llegan incluso a afirmar que la Revolución de Octubre fue un error que marginó completamente a nuestro país de los progresos sociales del mundo. Para terminar de una vez con todas las especulaciones que circulan por Occidente en este sentido, me gustaría señalar de nuevo que estamos efectuando todas nuestras reformas de acuerdo con la opción socialismo, no fuera de él, la respuesta a todas las preguntas que se nos plantean, juzgamos nuestros éxitos y nuestros fracasos según las normas socialistas. "Quienes albergan la esperanza de que abandonemos los caminos del socialismo van a quedar muy desengañados. Todos los puntos de nuestro programa de perestroika -y el programa en sí, naturalmente- se basan por completo en los principios de más socialismo y más democracia" (lo remarcado es nuestro). Y más adelante, bajo el epígrafe "La perestroika es una revolución", Gorbachov añadía: "La perestroika es un proceso revolucionario, pues se trata de un salto adelante en el desarrollo del socialismo y en la realización de sus características esenciales. Desde el primer momento comprendimos que no había tiempo que perder. Era muy importante no entretenerse en la línea de salida, superar el desfase, salir del atolladero del conservadurismo y vencer la inercia del estancamiento. Y esto no podíamos hacerlo en forma evolutiva insinuando tímidas reformas. (...). Por supuesto no vamos a cambiar el poder soviético ni a abandonar sus principios fundamentales, pero reconocemos la necesidad de introducir cambios que fortalezcan el socialismo y lo vuelvan más dinámico y políticamente significativo. Por eso está justificado considerar nuestros planes para la plena democratización de la sociedad soviética como un programa de cambios en nuestro sistema político.( ... ).Puede parecer, por lo tanto, que nuestra actual perestroika es una revolución desde arriba. Ciertamente, el impulso de la perestroika comenzó por iniciativa del Partido Comunista y es el Partido el que la dirige. El Partido es lo bastante fuerte y lo bastante osado como para emprender una nueva política y ha demostrado su capacidad para lanzar un proceso de renovación de la sociedad y para encabezarlo. El Partido dio comienzo a ese esfuerzo con mejoras en su propio seno. (...). Sin embargo, la perestroika no hubiera sido una empresa verdaderamente revolucionaria, no habría adquirido su actual envergadura, ni tendría firmes posibilidades de éxito si no combinara la iniciativa "desde arriba" con un movimiento de base, si no expresara los intereses fundamentales a largo plazo de toda la clase obrera, si las masas no la hubieran aceptado como un programa propio, una respuesta a sus propias reflexiones y un reconocimiento de sus demandas, en suma, si el pueblo no le hubiera prestado un apoyo tan vehemente y eficaz".(3)

El contraste entre estas tesis iniciales de Gorbachov, sobre los objetivos que pretendían alcanzar la política de perestroika, y la situación actual de la URSS no puede ser más brutal. Sin duda, en ello ha influido la propia dinámica interna del proceso reformista, la gravedad de la crisis producida por la política de estancamiento brezhneziana, el retraso de las reformas, la complejidad del estado Soviético, lo brusco y radical del viraje, etc. Empero, también cabe deducir que ha faltado una adecuada visión estratégica del proceso y ha sobrado espontaneísmo y tacticismo. Como consecuencia de ello -y de la torpeza de los golpistas del Comité de Emergencia- los pueblos de la URSS corren el grave riesgo de sufrir un proceso de tercennundización y de que en las diversas repúblicas que integraban la Unión Soviética se instauren regímenes autoritarios lindantes, por su exacerbación nacionalista, con el fascismo. Premonitorios son en esa dirección los regímenes políticos instaurados en Georgia y Lituania bajo la férula de Zvia Gamsajurdia y Vytautas Landsbergis. Este último incluso rehabilitador de criminales de guerra lituanos que actuaron en los comandos exterminadores nazis de judíos y comunistas.

 

Todavía más grave, por lo que tiene de claudicación ante las presiones yanquis, en contraste con la dignidad y entereza de la posición cubana, ha sido la decisión soviética de retirar unilateralmente de Cuba sus instructores militares y de reducir la relación económica especial existente entre ambos Estados a un mero "intercambio en interés mutuo"Tampoco se ha cumplido la parte programática de la perestroika dedicada a la política internacional, que Gorbachov expuso en su célebre libro. Sin subestimar lo logrado en el plano de la distensión internacional y del desarme sectorial, es evidente que una de las consecuencias de la crisis de la perestroika ha sido la pérdida de la independencia de la política exterior soviética. Actualmente, la mayoría de los analistas de la política internacional concuerdan en reconocer que la política exterior de la URSS ha tenido que plegarse ante los dictados de Bush. En ese sentido, basta con recordar la pasividad soviética ante la absorción acelerada de la RDA por la República Federal Alemana, la cobertura legal que el Gobierno soviético proporcionó a la agresión norteamericana contra Irak, etc. Todavía más grave, por lo que tiene de claudicación ante las presiones yanquis, en contraste con la dignidad y entereza de la posición cubana, ha sido la decisión soviética de retirar unilateralmente de Cuba sus instructores militares y de reducir la relación económica especial existente entre ambos Estados a un mero "intercambio en interés mutuo".


Se mantendrá el ideal y el proyecto comunista

El intento que Lenin realizó para acortar la vía del desarrollo histórico -realizando previamente desde el poder político las tareas pendientes de la revolución democrático-burguesa, antes de madurar las condiciones objetivas para la transición al socialismo- podría haber tenido éxito de haberse ampliado al resto de Europa el proceso revolucionario iniciado en Rusia en Octubre de 1917. Fracasado éste en Alemania, Austria, Hungría, etc., con intervención imperialista extranjera, guerra civil, "comunismo de guerra", "cordón sanitario" antisoviético, considerable atraso cultural, científico y técnico, etc., se hizo cada vez más difícil la construcción de una sociedad socialista genuina. La brutal imposición por Stalin de su tesis de "edificación del socialismo en un solo país" -y los ritmos acelerados de desarrollo que impuso dictatorialmente- acabó deformando gravemente tanto al partido como al Estado soviético. Quedó así inédita la vía autogestionaria de construcción del socialismo que habían concebido los clásicos del marxismo. Vía muy lógica y coherente en su vertiente económico-social, pero con indudables elementos utópicos en el campo político. Quedan también inéditas las posibilidades de reconducción del proceso socialista que Lenin abrió al liquidar el "comunismo de guerra" y al elaborar la Nueva Política Económica (NEP). En el último Lenin -el que se refleja en sus trabajos "sobre la cooperación", "más vale poco pero bueno", cartas y notas caracterizando a Stalin, Trotsky, Bujarin, etc- hay, junto a muy duras críticas al burocratismo, a las deformaciones del poder soviético, al chovinismo gran ruso, etc., muy interesantes elementos autocríticos que rectificaban anteriores posiciones. El comunismo ya no es sólo "el poder soviético más la electrificación de todo el país", sino también "una sociedad de cooperativistas civilizados".

También queda sin despejar la incógnita de cuál habría sido el futuro de la sociedad soviética -y la de los demás países que adoptaron el modelo del "socialismo real"- de haber triunfado las reformas de Jrushov, en el plano político, y del profesor Liberman, en el campo económico. Aunque con un coste económico y humano desproporcionado, la brutal vía autoritaria impuesta por Stalin a la URSS permitió derrotar al nazismo e hizo de la Unión Soviética una de las dos superpotencias mundiales. A pesar de Stalin, el pueblo soviético logró conquistas sociales y culturales que deberían mantenerse e incrementarse ahora, de cumplirse con la concepción inicial de la perestroika. En un balance ya más global, es indudable que la Revolución soviética de 1917, a pesar de sus deformaciones posteriores, se justifica plenamente, no sólo por esas conquistas, sino también por el impulso transformador que imprimió a la situación mundial.

Gracias a ella por su impulso a la lucha de los trabajadores y por el temor que inspiró en las clases dominantes- se pudieron conseguir muchas de las conquistas sociales de que actualmente disfrutan los trabajadores en los países capitalistas. Gracias también a su impulso y solidaridad fue posible el proceso de descolonización del Tercer Mundo y la consolidación de procesos revolucionarios en diversos países.

Si -utilizando de nuevo la metáfora viaria- el atajo preconizado por Lenin, para acortar la transición del capitalismo al socialismo, no resultó viable, por causas externas a su practicabilidad intrínseca, no por ello deja de ser necesaria esa transición. Aunque el capitalismo haya logrado efectos económicos espectaculares en algunos países, en beneficio de sectores minoritarios tanto en el campo internacional como en el nacional, no por ello deja de constituir un sistema irracional e injusto basado en el afán de lucro y en la explotación, la opresión y la alienación de la gran mayoría de la población mundial. El capitalismo ha fracasado en proporcionar un mínimo de bienestar a las tres cuartas partes de la humanidad. Por ello, aún renunciando a atajos en la historia, no es aceptable instalarse en el sistema capitalista y renunciar a intentar descubrir y recorrer nuevas vías que conduzcan a la realización del ideal comunista. Del análisis de las crisis y experiencias de los procesos emancipatorios contemporáneos -tanto en la URSS como en los países de Europa Central y oriental e, incluso, en el resto del mundo- cabe deducir algunas conclusiones que nos permitan precisar más la concepción del socialismo para avanzar hacia una síntesis dialéctica de los procesos emancipatorios. La práctica histórica ha demostrado que el proceso de edificación del socialismo en una sociedad determinada -de no desarrollarse, como previeron los clásicos del marxismo, en una amplia escala internacional- está muy condicionado por los niveles materiales de su base de partida: la infraestructura económica de esa sociedad, comprendiendo su nivel de desarrollo industrial y el alcanzado por su ciencia y tecnología. No menor condicionamiento impone su elemento subjetivo. Es decir el grado de desarrollo de la cultura, la educación y la conciencia social de la población. También el nivel alcanzado por sus instituciones políticas y sociales, pues éste determina la correlación entre su sociedad política y su sociedad civil. En ese sentido, la práctica histórica demuestra lo difícil que resulta utilizar atajos para saltarse las etapas del desarrollo histórico. A menos que ese intento de atajo se inserte posteriormente en un proceso revolucionario internacional más amplio. De fallar esa ampliación; como sucedió tras el fracaso de la revolución en Alemania con la Revolución Soviética, el construir el socialismo en condiciones primitivas o semi-primitivas, conduce casi inevitablemente a la deformación del proceso revolucionario. O, al menos, al sacrificio del democratismo político que le es inherente y a la sustitución del protagonismo de las masas por el dirigismos de minorías burocráticas y autoritarias. Empero, en una sociedad socialista, no sólo son elementos imprescindibles la democracia económica y social sino la democracia política. En ese aspecto sigue siendo válida el lema del simposium Internacional de Dubrovnik de 1989: "Sin democracia política no es posible el socialismo, del mismo modo que sin socialismo no existe plena democracia", otra cuestión es la de las formas concretas que revista esa democracia y que pueden depender de las condiciones históricas de cada país. En todo caso, cualesquiera que sean esas formas, deberán asegurar siempre la más amplia y activa participación popular en la dirección de todas las instituciones de la sociedad y el debido respeto a discrepantes y disidentes.

Desde nuestra ubicación geográfica y cultural específica en la Europa contemporánea, hay que plantearse concretamente el ámbito territorial en la que realizar la transformación social y la vía al socialismo apropiada para su especificidad. El marco territorial ya no puede limitarse al ámbito restringido de nuestro Estado-nación. Con la internacionalización de las fuerzas productivas alcanzada -y que tiende a reforzarse por el actual proceso de mundialización de la economía- el marco para la transformación social abarcará al menos el propio de la Comunidad Europea, y es susceptible de ampliación a los demás países europeos. Ello suscita la necesidad de articular una euroizquierda transformadora. Tema amplio y complejo que requiriría un tratamiento monográfico. Nuestra vía de acceso al socialismo está a su vez condicionada por el marco europeo descrito. En lo fundamental, se basa en la distinción que para la formulación de esa vía, establecía Gramsci entre las sociedades de Oriente y de Occidente. En el caso de la vía occidental, utilizando una doble presión sobre la sociedad política y la sociedad civil hasta lograr no sólo la hegemonía política sino también la hegemonía cultural, intelectual y moral del nuevo bloque histórico emergente que sustituya al hoy dominante. Basándose en el concepto gramsciano de "bloque histórico", se trataría de precisar su contenido y funciones. En todo caso, se fundamentaría en un Bloque Social de Progreso en el que se integrarían no sólo las fuerzas de la izquierda tradicional -alianza obrero-campesina y algunos intelectuales- sino también las fuerzas procedentes de los nuevos movimientos sociales (feminismo, movimientos de liberación sexual, movimientos ecologistas, movimientos pacifistas, organizaciones antirracistas y juveniles, etc.) con un tipo de integración flexible que les permita conservar su necesaria autonomía. Es esa la estrategia, de una vía democrática al socialismo, que el Partido Comunista de España ha ido elaborando gradualmente desde su VIII Congreso (1972) y que ha ido adquiriendo nueva dimensión con la fundación de Izquierda Unida. Como concreción de la denominada "política de convergencia" -de fuerzas políticas y sociales que en su día cons tituirán el Bloque Social de Progreso Europeo- Izquierda Unida constituye nuestra aportación efectiva en la dirección estratégica de una vía democrática europea al socialismo.

Complementariedad del PCE e Izquierda Unida

Como consecuencia de la prohibición del PCUS en la URSS, se ha iniciado en España una ofensiva ideológica para obtener la autodisolución del Partido Comunista de España. Se pretende que con el fracaso del modelo del "socialismo real" no tiene ya sentido la existencia de partidos comunistas. Se confunde así la frustración de una vía histórica excepcional -por sus diversos condicionamientos singulares- con el hecho de que el ideal comunista de una sociedad sin explotación, opresión y alienación, sigue conservando plena vigencia. Quienes, a pesar de su anterior militancia comunista, incurren en tal falacia demuestran ser políticamente miopes. Sólo ven lo inmediato. No perciben que antes de finalizar la actual década, con la introducción masiva de las nuevas tecnologías, se van a producir en los países capitalistas avanzados paros masivos -de una dimensión hasta ahora inusitada- y muy graves convulsiones sociales que reactualizarán el ideal comunista. Además, todo induce a suponer que la desesta- bilización de los países del Este acabará desestabilizando también a los países capitalistas avanzados de Occidente. Como consecuencia del proceso actual, ya no van a existir fronteras seguras ni regímenes sociales estables. A la explosión nacionalista se unirán en pocos años emigraciones masivas y crisis financieras desestabilizadoras. No sólo ha entrado en crisis el modelo de "socialismo real", sino también el modelo socialdemócrata del "Estado del bienestar" y el propio capitalismo como sistema mundial. Todo ello suscitará en pocos años nuevas demandas de las concepciones e ideales comunistas.

Por otra parte, el PCE, ya desde la década del 60, se desvinculó abiertamente del modelo del "socialismo real". No sólo rechazando las intervenciones militares soviéticas en Chescoeslovaquia y Afganistán, así como la represión de disidentes en la URSS y otros países "socialistas", sino elaborando una vía democrática al socialismo en la que la sociedad socialista constituirá la culminación del pleno desarrollo de la democracia. En contraste con los partidos comunistas de los países de Europa central y oriental, desprestigiados en mayor o menor grado por haber actuado dictatorialmente para forzar la edificación del socialismo en contra de las condiciones objetivas existentes, el Partido Comunista de España se beneficia del prestigio derivado de su abnegada lucha contra el franquismo. Hasta sus propios adversarios políticos se ven obligados a reconocer que el PCE fue el partido que más decidida y permanentemente luchó por el restablecimiento de la democracia en España. Casi la misma unanimidad existe en reconocer que el sentido de responsabilidad del PCE contribuyó decisivamente a la transición pacífica a la democracia en España. Existiendo esos fundamentales rasgos diferenciales, y cuando precisamente se han cumplido las previsiones que el PCE hizo sobre los riesgos que suponía el anquilosamiento del modelo de "socialismo real", ¿que sentido tiene exigirle al PCE que siga el ejemplo del PCUS?. Tampoco es homologable la situación del PCE con la del PCI. El Partido Comunista Italiano, no obstante el apoyo social con que contaba, llevaba varias décadas bloqueado por el denominado "factor k". Es decir, por el veto que las fuerzas reaccionarias intemas y externas imponían a su legítima participación en las tareas de gobierno. Ochetto trató de desbloquear esa situación, mediante una audaz maniobra política que suponía también graves riesgos. Entre otros, dilapidar el capital político que el partido de Gramsci, Togliatti, Longo, Berlinguer, la Resistencia antifascista, los partisanos, etc. habían acumulado durante décadas. Ni los resultados electorales, ni la pérdida de militancia, ni el aumento de influencia política, etc. parecen justificar tales riesgos. La solicitud de ingreso en la Internacional Socialista, y la muy probable posibilidad de un inminente proceso de unidad orgánica con el Partido Socialista Italiano, parecen conducir inexorablemente a los ex-comunistas italianos a posiciones socialdemócratas tradicionales. Desde luego no es esa la aspiración de la mayoría de los comunistas españoles.

En la concepción dialéctica que los marxistas tenemos del desarrollo de la sociedad, todas las instituciones, organizaciones y entidades humanas crecen, se desarrollan y, finalmente, desaparecen una vez que han cumplido con su misión histórica. Lógicamente, esta ley inexorable del desarrollo social es también aplicable a la existencia de los partidos comunistas. Por ello, incluso en las etapas más dogmáticas de nuestra organización se sostenía que -por el carácter de vanguardia del partido- el PCE desaparecería una vez de que las masas alcanzasen el nivel de la vanguardia. No obstante, esa desaparición del partido sólo se concebía a muy largo plazo y muy próxima a la sociedad comunista, en la que también se extinguirían el Estado y el Derecho. Como es natural previsiones a tan largo plazo no preocupaban mucho a los comunistas españoles. La perspectiva comenzó a cambiar como consecuencia de la aparición de dos nuevos factores: 1) La crisis del denominado "socialismo real" y, en consecuencia, la de los partidos comunistas que habían impulsado ese modelo. 2) El surgimiento y desarrollo de Izquierda Unida, como organización que debía aglutinar a la totalidad de la izquierda transformadora española.

El intento de homologar al PCE con los partidos comunistas impulsores del modo de socialismo real, falla radicalmente como argumento debido a su carácter genérico. Es decir, por tener en cuenta la especificidad de los problemas que se pretende analogar. Los partidos comunistas de los países del "socialismo real" sufrieron un proceso de grave deformación, como consecuencia de haber tratado de imponer regímenes socialistas en naciones donde las condiciones objetivas para lograrlo eran notoriamente desfavorables. Como consecuencia, son objetivamente responsables de que tales Estados se convirtiesen en una caricatura de lo que debería haber sido una auténtica democracia socialista. Como ya vimos, otro es el caso del PCE prestigiado por su relevante contribución al restablecimiento de la democracia en España.. En consecuencia, falla la especificidad del argumento liquidacionista. Son muchas organizaciones, e instituciones, que, a pesar de haber sufrido deformaciones graves, se han mantenido, renovado y desarrollado. Quizás el ejemplo más elocuente en ese sentido sea el de la Iglesia Católica, que ha sobrevivido a sus deformaciones feudales e inquisistoriales, tanto por su capacidad de adaptación como por responder a una necesidad histórica mientras se mantengan las raíces naturales y sociales de la religión. No es ese exactamente el caso de los partidos comunistas que no constituyen un fin en si mismos sino un instrumento para transformar la sociedad. Sin embargo, su necesidad histórica subsistirá mientras se mantenga el capitalismo. Del mismo modo que Jean Paul Sartre sostenía que el marxismo es la filosofía de nuestro tiempo, debido a que es insustituible mientras permanezca el capitalismo, los partidos comunistas lo son también debido a que cumplen la función de orientadores -potenciales o reales, según los casos- y de organizadores del proceso de transformación social.

Ahora bien, en el caso del PCE, las posiciones "liquidacionistas" -utilizando la terminología que Lenin empleó para denominar a quienes trataban de liquidar en la Rusia Zarista la organización clandestina del partido- sustentan que no pretenden una mera operación de camuflaje político, sino lograr un instrumento más operativo para obtener la transformación social. Al menos, eso pretenden públicamente al sustentar que Izquierda Unida es un instrumento transformador más idóneo que el PCE. Desde luego, no pretendemos restar relevancia a IU, por el contrario la consideramos como una aportación fundamental en nuestra tarea central para aglutinar las fuerzas sociales y políticas destinadas a integrar el Bloque Social de Progreso transformador. Empero, en esa dirección, IU, y el PCE son instrumentos, aunque cualitativamente diferentes. El PCE es un instrumento de primer grado e IU un instrumento de segundo grado. Ello no supone una diferencia cualitativa, sino de funciones. Y no sólo porque el PCE haya sido el fundador de IU sino también debido a que el PCE constituye su intelectual orgánico colectivo y su columna vertebral, al menos durante un período prolongado. Todo ello, sin subestimar las aportaciones que puedan realizar los demás partidos integrantes de IU y los diversos colectivos de independientes. Sin perjuicio de las competencias que IU ha asumido en la elaboración de los programas electorales, en la presentación de candidaturas y en la política de masas, estamos convencidos de que por mucho tiempo nada podrá reemplazar la función de elaboración teórica e ideológica del PCE en el seno de IU y la capacidad organizativa que aporta. Todo ello consecuencia de su condición de partido marxista. Sin esa fundamental aportación del PCE, IU se convertiría en poco tiempo en un ente amorfo y sin capacidad operativa, o en una jaula de grillos.

Se argumenta también que el PCE debe sacrificarse para que Izquierda Unida se convierta en un nuevo partido político; en el que se diluirían el PCE, el PASOC e IR, para integrarse junto a los independientes y los nuevos movimientos sociales. Consideramos que la formación del partido político Izquierda Unida constituiría un grave error, entre otras, por las siguientes razones:

1) No haría más que transferir al nuevo partido los vicios y deformaciones de sus partidos iniciales.

2) Al privar a los nuevos movimientos sociales de su necesaria autonomía cercenaría su desarrollo.

3) Al no ser suficiente el nuevo partido para constituir el indispensable Bloque Social de Progreso, habría que organizar una nueva plataforma unitaria con proyección de masas. Es decir, fundar otra IU . Habrá quien sostenga que con ello se seguiría la estrategia de la mancha de aceite que se extiende sucesivamente. Sin embargo, lo que con tal estrategia se gana en extensión se pierde en consistencia y estructura operativa.

4) Izquierda Unida debe desarrollarse como un movimiento socio-político donde puedan actuar en común un núcleo comunista, un núcleo socialista o socialdemócrata, un núcleo libertario, un núcleo vinculado a los nuevos movimientos sociales. Sin ello no podrá lograrse esa nueva forma de hacer política, como se pretende incluso programáticamente.

5) En IU pueden afiliarse desde quienes aspiramos a una transformación global de la sociedad a quienes sólo aspiran a determinadas reformas concretas. Ello, y la muy diversa procedencia ideológica, hacen imposible que IU adquiera el mínimo de homogeneidad ideológica necesario para la operatividad de un partido político. Hay quienes pretenden que IU adopte programáticamente el marxismo como método de análisis para transformar la realidad. Imponerlo así constituiría un grave error sectario que limitaría las posibilidades de desarrollo de IU.

IU que nació como una coalición electoral coyuntural, tuvo desde el principio el proyecto de transformarse en movimiento socio político, pero nunca de convertirse en un partido político tradicional. Pretender tal transformismo vulnera incluso las propias resoluciones de la II Asamblea Federal de IU donde se definió explícitamente como movimiento socio-político. Como tal, IU tiene una fecunda originalidad que le permitiría penetrar mejor en la sociedad civil y abordar nuevas formas de hacer política que les son mucho más difíciles de realizar a los partidos políticos tradicionales. Por el contrario, una IU como partido político, sería algo parecido al Partido Radical Italiano. Es decir, un partido eficaz para luchar por objetivos puntuales pero incapaz de transformar globalmente la sociedad. Quizás sea eso lo que se pretende por quienes tratan de asumir la función de liquidadores del PCE. En ese sentido es significativo que casi todos los cuadros del PCE que son partidarios de su autodisolución en IU sostienen también la necesidad de que ésta se integre, de una u otra forma, en la Internacional Socialista. También lo es que muchos de estos dirigentes sean a la vez cuadros sindicales. Abandonando su concepción inicial, de que CC 00 no fuese sólo un sindicato tradicional sino un movimiento socio político que coadyuvase a la transformación de la sociedad, muchos de estos sindicalistas han aceptado de hecho el proceso de tradeuniocización que están experimentando los sindicatos de clase españoles. Con resistencias, pues todavía en CCOO y en UGT es relevante el factor reivindicativo. Sin embargo, la presión que en esa dirección reciben de la CES puede ir gradualmente convirtiéndolos en sindicatos de gestión. Sobre todo, si prospera el proyecto de unidad orgánica entre ambas centrales sindicales. Ello sería positivo, desde el principio de la unidad sindical, pero incrementaría el riesgo de tradeunionización. Es posible que algunos cuadros sindicales de origen comunista piensen que con la disolución del PCE sería más fácil lograr incrementar su peso en la CES y el proceso de unidad orgánica. En todo caso, para las clases dominantes españolas constituiría una situación ideal la que se produciría si la izquierda transformadora española evolucionase hacia un partido del tipo del Partido Radical Italiano y los sindicatos de clase hacia el modelo de las Trade Unions británica o del DGB alemán. Para comprenderlo, basta leer el diario ABC y su campaña en pro de la disolución del PCE en IU.

En definitiva, el dilema sólo formalmente es PCE si o PCE no. Lo que realmente se decide es si los comunistas españoles liquidamos el marxismo y todo intento de superar el capitalismo. Para mantener nuestros ideales y objetivos, el PCE e Izquierda Unida no son alternativos sino complementarios. Otra cuestión es la de definir que funciones y contenidos concretos deben tener el PCE e IU. Es algo que deberán decidir soberanamente sus propios afiliados en el XIII Congreso del PCE y en la III Asamblea Federal de IU.

NOTAS

(1) Sergey Kara Murza, "La perestroika y su interpretación occidental: algunas reflexiones". Revista Nuestra Bandera. N°- 145. 2° Trimestre 1990. Páginas 56 y 57.
(2) Andrés M. Kramar, "El Gobierno ruso desata la caza de brujas contra los comunistas". Diario El Independiente. Madrid, 31 de agosto de 1991. Página 2.
(3) Mijail Gorbachov. "Mi mensaje a Rusia y el mundo". Ediciones B. S. A. Barcelona, 1989. Páginas 22 y sig.
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