José María Laso Prieto

«Las dos europas: crisis y unificación»

Revista Nuestra Bandera nº 149 (Revista teórica y política del PCE). (pág. 8-23),II Trimestre 1991; Madrid

Texto preparado para su edición electrónica por Carlos Glz. Penalva


I.- Introducción

Potada del nº 149 de la revista Nuestra Bandera. Revista Teórica y Política del Partido Comunista de EspañaA pesar de constituir Europa el continente menos extenso, si se exceptúa a Australia, ha sido durante más de un milenio el más relevante en los aspectos político, económico y cultural. Europa está situada en el extremo NO del antiguo continente y forma con Asia un conjunto de tierras denominado genéricamente Eurasia. Pese a la imprecisión de los límites entre ambos continentes, razones de historia, población, clima y economía justifican considerar a Europa como entidad geográfica bien definida. Su posición geográfica es muy favorable: situada en el centro del hemisferio continental, toda ella en la zona templada, unida a Asia por una cordillera de escasa altitud (los montes Urales), frente a las costas americanas más pobladas, y separada sólo de Africa por los 14 km. del estrecho de Gibraltar. Por otra parte, al extenderse la URSS por Europa y Asia, hace difícil fijar la extensión exacta del continente europeo, pero se estima en 10.235.436 km2, habitados por casi 600 millones de personas, lo que determina la mayor densidad continental (más de 56 habitantes por km2).

La individualidad, o especificidad, de Europa no siempre ha sido clara para sus habitantes. Como subraya el profesor Grant: «Uno de los rasgos más característicos de nuestro continente ha sido no sólo la influencia de los individuos y de los grupos europeos sobre el mundo exterior, sino su propia y extremada receptividad bajo las influencias extranjeras. Para griegos, romanos, bizantinos, musulmanes, etcétera, no existía división entre Europa, Asia y Africa. El antiguo papel desempeñado por el Mediterráneo como puente, y no como barrera, se encuentra expresado en el mito de Europa transportada de Asia a su nuevo hogar. Y así, actualmente, Europa está siendo trasladada al Nuevo Mundo a través del Atlántico» (1). Por ello, el concepto de Europa, como comunidad humana con rasgos específicos diferenciados, ha requerido todo un proceso de gestación histórica. En ese sentido, un factor decisivo ha estado constituido por la común herencia cultural greco-latina. La racionalidad helénica, y las concepciones políticas y jurídicas romanas, se funden en una cultura común, suficientemente diferenciada de las culturas asiáticas y africanas; que son sus contemporáneas. Algunos historiadores incluso encuentran antecedentes, de esa especificidad europea, en las contiendas bélicas que en la antigüedad enfrentaron a griegos y persas. Se trata también de una lucha ideológica y moral, ya que enfrentaría a los hombres libres de la Hélade con los servidores del despotismo asiático. En todo caso, conviene precisar que esa condición de hombres libres no abarcaría a toda la población griega, pues no puede olvidarse el carácter esclavista de los Estados griegos, incluso de la democracia ateniense (2).

Otro relevante elemento conformador de la especificidad europea es el constituido por el cristianismo. Es sobre todo durante la Edad Media cuando su influencia es mayor. En una sociedad que, como muy bien precisa el historiador Henri Pirenne, ha retrocedido a niveles casi exclusivamente rurales todas las relaciones se estructuran en función de la propiedad de la tierra. Como regla general, la servidumbre es la condición normal de la población agrícola, es decir, de casi todo el pueblo. En el mundo rigurosamente jerárquico que así se estructura, «el lugar más importante y primero pertenece a la Iglesia Católica. Esta posee, a la vez que ascendiente económico, ascendiente moral. Sus innumerables dominios son tan superiores a los de la nobleza por su extensión como ella misma es superior por su instrucción. Además, sólo ella puede disponer, merced a las poblaciones de los fieles y a las limosnas de los peregrinos, de una fortuna monetaria que le permite, en tiempos de hambre, prestar su dinero a los laicos necesitados. En fin, en una sociedad que ha vuelto a caer en la ignorancia general, sólo ella posee aún los dos elementos indispensables para toda cultura: la lectura y la escritura y los príncipes y los reyes deben reclutar forzosamente en el clero a sus cancilleres, a sus secretarios, a sus notarios, en una palabra, a todo el docto personal del que les es imposible prescindir. Del siglo IX al XI, toda la alta administración quedó de hecho entre sus manos. Su espíritu predominó en ella lo mismo que en las artes» (3).

Con el gradual desarrollo de la vida urbana que después se va produciendo en diversas regiones de Europa (Italia, Francia, Países Bajos, Alemania, etcétera), el espíritu renacentista pasa a constituir otro elemento importante de la civilización europea. Sobre todo, en la medida que supone un reforzamiento de la herencia cultural greco-latina a través de un retorno a la antigüedad clásica. Tal fenómeno fue muy bien descrito por Jacob Burckhardt en su célebre obra «La cultura del Renacimiento en Italia»: «La antigüedad despierta en Italia de modo distinto que en el Norte. Tan pronto como la barbarie cesa, surge aquí, en este pueblo, aún semiantiguo, el reconocimiento del propio pasado. Lo ensalza y desea retornar a él. Fuera de Italia se trata de la utilización sabia, reflexiva, de determinados elementos de la antigüedad; en Italia, no sólo los sabios, sino también el pueblo, toman partido por la antigüedad de una manera objetiva, pues en ella hallan el recuerdo de su propia grandeza. La fácil comprensión del latín y la multitud de recursos y de monumentos existentes aún, favorecieron enormemente aquella tendencia (...). Este movimiento de retorno a la antigüedad puede decirse que, en gran escala y de una manera general y decidida, sólo se inicia en los italianos en el siglo XIV Requería un desarrollo de la vida urbana como sólo se decidió en Italia y en aquellos tiempos: convivencia e igualdad efectiva entre nobles y ciudadanos y constitución de una sociedad general que sintiera la necesidad de la cultura y que dispusiera de tiempo y de medios para satisfacerla. Pero la cultura, al pretender liberarse del mundo fantástico de la Edad Media, no podía llevar al súbdito, por simple empirismo, al conocimiento del mundo físico y espiritual. Necesitaba un guía, y como tal se lo ofreció la antigüedad clásica, con su abundancia de verdad objetiva y evidente en todas las esferas del espíritu. De ella se tomó forma y materia, con gratitud y con admiración y ella llegó a constituir, por lo pronto, el contenido principal de la cultura» (4).

Una consecuencia relevante del nuevo humanismo engendrado por el Renacimiento es la reforma protestante. En ella se encuentra otra de las raíces del proceso que ha configurado la actual especificidad europea. Empero, como bien precisa Delio Cantimori, «suele hablarse en general de Renacimiento y Reforma, no de Humanismo y Reforma. Pero el problema, de este modo, está mal planteado: en primer lugar, se puede negar incluso la cuestión, porque no hubo un sólo "Renacimiento" y una sola "Reforma", sino muchos Renacimientos (el italiano, el francés, el inglés, el alemán; o bien el pagano, el cristiano, el artístico, el literario, el filosófico, todos diferentes por la cualidad y las características, y en el tiempo y en el espacio), y, del mismo modo, muchas Reformas (luterana, zuingliana, calvinista, anglicana). (...) Esta complejidad de fenómenos diferentes, que acostumbra a mancomunarse bajo las dos etiquetas de Renacimiento y Reforma, es el motivo por el que todos los tratados que sitúan el uno frente al otro resultan insatisfactorios. Si de hecho se afirma, con Benda, un origen común de los dos movimientos que, más tarde en el decurso de la historia se escinden, puede hablarse realmente de los conceptos de reformatio y de renovatio que surgen juntos del misticismo franciscano y espiritual" de Dante, de Petrarca y de Cola di Rienzo, para quienes la renovación política y cultural es inseparable de la reforma religiosa; pero no debe olvidarse que el verdadero problema surge cuando este motivo originario se divide en dos movimientos alejados en el espacio y en el espíritu informador, como el que tiene sus representantes en Lutero, Melachton, Calvino, Zuinglio y el que tiene a sus principales exponentes en Valla, en Pico de la Mirándola, en Poliziano, en Beato Renato, en Ulrico von Hutten y en Erasmo de Rotterdam. (...) Por el contrario, si hablamos de Humanismo y Reforma, nos acercamos más a la realidad, al mundo de los hombres vivos, concretos, distintos entre sí, y de sus no menos vivas y concretas esperanzas, aspiraciones, sentimientos a menudo contradictorios y de sus pasiones encontradas» (5). En definitiva, mediante ese entrelazamiento del Renacimiento, la Reforma y el Humanismo, Europa se hizo más pluralista no sólo en el campo religioso, sino también en el filosófico e ideológico.

Un nuevo enriquecimiento del pluralismo ideológico europeo es el constituido por ese amplio movimiento renovador que con las denominaciones de Iluminismo, Enciclopedismo e Ilustración, constituye el preámbulo necesario para la gran eclosión democrática que se inicia con la Revolución Francesa (1789-1793) y cuyos principios son extendidos después por todo el continente a través de las guerras napoleónicas. La Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, realizada por la convención revolucionaria francesa, desarrolla en ese sentido los principios de la Declaración de Independencia norteamericana, también de inspiración europea, mediante el movimiento de la Ilustración. A su vez, en las guerras napoleónicas se observa ya el fenómeno de los nacionalismos, que iban a acabar produciendo la primera gran crisis política europea. Nacionalismos que tienen por base económica la necesidad de desarrollar un mercado nacional específico, por las respectivas burguesías europeas y, en el ideológico, el desarrollo del romanticismo nacionalista que impulsa tanto a los revolucionarios como a los reaccionarios en la Europa posnapoleónica.

 

II. La crisis europea.

En la primera década del siglo XX, Europa parecía haber alcanzado el cénit de su plenitud. Con el desarrollo industrial, desigual, pero generalizado, de sus diversos países, se iba elevando el nivel de vida de sus poblaciones y el de educación de sus ciudadanos. Muchos de sus Estados disponían de amplios territorios coloniales que les proporcionaban mercados para sus productos y baratas materias primas. Los grandes beneficios que de ellas se obtenían permitían a sus respectivas burguesías realizar concesiones a sus trabajadores, que mejoraban su nivel de vida. Así se neutralizaba en parte la conflictividad social y se integraba en el sistema a un sector relevante de la clase obrera. El creciente desarrollo de la ciencia y de la técnica parecía asegurar un progreso económico y social ininterrumpido. Es cierto que ese progreso generalizado no alcanzaba en toda Europa la misma homogeneidad. Existían diferencias económicas y sociales entre el norte y el sur de Europa y entre la Europa Occidental y la Oriental. La región sudoriental del continente, constituida por la península balcánica, era con mucho la más atrasada. Era un fenómeno que se explicaba por su tardía incorporación a la especificidad europea, a causa del prolongado dominio otomano que había sufrido durante siglos. Por ello no puede sorprender que en esta etapa se calificase a los Balcanes de «avispero de Europa». En consecuencia, pudo considerarse natural que en una de sus ciudades -la serbia de Sarajevo- se iniciase la ignición de la mecha que iba a hacer detonar los explosivos que se habían ido acumulando en Europa.

El explosivo de las contradicciones económicas, engendradas por el desarrollo desigual de sus países, que impulsaba a algunos de éstos a tratar de obtener por la fuerza un nuevo reparto territorial del mundo.

El reparto realizado en el Congreso de Berlín (1898) había quedado ya obsoleto. El explosivo de las contradicciones políticas nacionalistas, que se había exacerbado por el creciente desarrollo de los chovinismos de gran potencia y de la necesidad de defenderse contra él que tenían las pequeñas naciones y las minorías nacionales. El explosivo de las contradicciones militaristas, desarrolladas mediante una creciente carrera armamentista en la que estaban empeñadas las principales potencias europeas. Esa conjunción detonante explotó en 1914 con el pueril pretexto del atentado de Sarajevo. Se inicia así la contienda bélica, que primero se denominó «guerra europea» -denominación muy significativa-, después, «gran guerra», y, finalmente, primera guerra mundial, una vez que con el estallido de la segunda fue posible tal numeración. De hecho, en esta gran contienda europea radica el comienzo del proceso que acabaría fragmentando a Europa. Lejos de solucionar los problemas pendientes en el continente -como se pretendió por la propaganda de los beligerantes-, la exacerbación de los nacionalismos y de las ambiciones imperialistas hizo imposible que una auténtica paz se iniciase con el final de la fase bélica. Los sugestivos principios plasmados en los «14 puntos» del presidente Wilson quedaron reducidos a papel mojado por las duras condiciones impuestas a los vencidos mediante los tratados de Versalles y Saint-Germain.

En esas duras condiciones encontró el incipiente movimiento nazi el mejor caldo de cultivo para su desarrollo. Con su posterior ascenso al poder en Alemania (1933) y la formación del eje nazi-fascista, Europa se fracciona de hecho entre los que poco después serán los contendientes de la segunda guerra mundial. Utilizando la coacción militar, o la afinidad política con muchos de sus regímenes fascistas o semi-fascistas, la Alemania nazi consiguió que la mayoría de los países de Europa oriental participasen en su «cruzada» anticomunista contra la URSS. Por ello no puede sorprender que, cuando los ejércitos soviéticos, después de vencer a las tropas nazis en las decisivas batallas de Stalingrado y el arco de Kursk, penetran en Europa central y oriental, derroquen a los regímenes pro-nazis instaurados en esos países. Ese es el caso de Rumania, Bulgaria y Hungría. Por el contrario, Polonia y Checoslovaquia disponen de gobiernos en el exilio, que participan en el campo aliado, y Yugoslavia y Albania son liberadas por sus respectivos movimientos guerrilleros. Empero, tales particularidades no modifican el hecho fundamental de que todos esos países de Europa central y oriental fueron integrados en el denominado «bloque socialista», que adoptó el modelo conocido de «socialismo real».

El profesor García de Cortázar, en su «Historia del mundo actual, 1945-8%, describe así el proceso que integró a eso países en el «bloque socialista»: «En el corto espacio de tiempo que media entre 1945 y 1948, en la mayoría de estos países se produjo un fulgurante ascenso de los partidos marxistas, aprovechando bien la presencia del Ejército Rojo o el enorme prestigio de los militantes de los partidos comunistas bien arropados por la aureola de vencedor que exhibía la URSS. Los comunistas, que habían popularizado durante años de lucha los aspectos socialistas de sus programas y habían combatido generosamente al invasor alemán, no iban a desperdiciar la ocasión que les brindaron los convulsos años de posguerra. Eliminando a sus adversarios, en algunos casos, obteniendo victorias electorales en otros, pero siempre marchando delante de los programas de reforma, hicieron posible la constitución de frentes de resistencia nacionales, en los que obtenían la hegemonía suficiente para dominar sus decisiones políticas. La particular posición geopolítica del bloque, formando una barrera natural entre Centroeuropa y la URSS, sería determinante para señalar el futuro inmediato de los regímenes constituidos al terminar la guerra. La versión que admite el famoso reparto de zonas de influencia entre los aliados, durante las Conferencias de Teherán, Yalta y Postdam, indica también la aquiescencia anglonorteamericana a la creación de este cordón ante la Unión Soviética. Los argumentos defendidos por Stalin y su ministro Molotov a favor de impedir un futuro avance alemán hacia la URSS, con esta oposición permanente, encontraron el beneplácito de Roosevelt y Churchill, más preocupados entonces por asegurar la paz que por impedir la penetración comunista en Europa oriental» (6).

Cristaliza así un bloque de países «socialistas» aliados de la URSS, que posteriormente se entrelazarían por la organización militar del Pacto de Varsovia (1955), constituida en respuesta a la fuerza bélica de la OTAN (1949) y por el organismo de cooperación económica denominado LAME. Fueron enormes los obstáculos y dificultades que sus gobiernos y partidos dirigentes tuvieron que afrontar para que tales países iniciasen procesos de transición a un socialismo basado en el modelo soviético. A tal fin, el impulso no provenía de una gran revolución social propia -como la realizada en Rusia en 1917-, sino de un proceso que Adam Schaff calificó de «exportación de la revolución». En ellos, salvo la excepción que constituía Checoslovaquia, no se daban, ni remotamente,las condiciones objetivas y subjetivas necesarias para asegurar el éxito de un proceso de transición al socialismo. Incluso, actualmente, con la perspectiva histórica alcanzada y la documentación disponible; muchos historiadores consideran que el objetivo fundamental que Stalin trataba de alcanzar en Europa central y oriental no era tanto desarrollar un bloque de Estados socialistas como, por razones geoestratégicas, asegurar a la URSS un glacis defensivo frente a eventuales nuevas agresiones procedentes de occidente. En todo caso, a partir de 1948, con el desarrollo abierto de la «guerra fría», Europa quedó dividida en dos mitades más o menos delimitadas por el reparto de zonas de influencia acordado en la Conferencia de Yalta. Desde entonces se ha desarrollado la tendencia a hablar de Europa como si ésta se circunscribiese sólo a los límites propios de su porción occidental. Se trataba de un grave reduccionismo, pues no sólo por razones geográficas e históricas, sino también por razones culturales, Praga, Budapest, Berlín, Varsovia, etcétera, son ciudades tan europeas como puedan serlo Londres, París, Bruselas, Roma, Madrid, etcétera.

III. Las dos Europas.

Durante décadas, antes incluso de la construcción del muro de Berlín, se trató de simbolizar en el denominado «Telón -de Acero» la división de Europa. Se trataba de una frase afortunada del famoso discurso de Winston Churchill en Fulton (Missouri), que en 1946 se consideró como la proclamación oficial de la «guerra fría». Empero no se trataba sólo de un sím-bolo, sino del hecho real de que, como consecuencia del antagonismo entre ambos bloques -simplifica-doramente calificados de «socialista» y «capitalista»-, ambas Europas se situaron espalda contra espalda para desarrollarse en direcciones opuestas.

Aunque la Europa occidental no sufrió, durante la segunda guerra mundial, devastaciones comparables a las que padecieron la URSS y otros países de Europa oriental, no por ello podía considerarse satisfactoria su situación económica al finalizar la contienda bélica. Grandes zonas de Francia, Holanda, Bélgica y Alemania acusaban los efectos de la devastación. Aunque Varsovia era la capital europea más destruida, otras como Berlín no le iban a la zaga. Centros fabriles como Milán o Turín, Lyon, Dusseldorf, Colonia, etcétera, junto a las zonas costeras del norte de Francia presentaban, asimismo, grandes destrucciones. Entre los países occidentales, sería Francia la más perjudicada, al ser el escenario de las peores batallas. En especial, los nudos de comunicación y sobre todo los puentes que la unían a Centroeuropa quedaron inservibles. En total, no menos de 6.000 puentes franceses quedaron volados o inutilizados. Mientras tanto, los principales puertos -Tolón, Calais, Boulogne, Burdeos y Dunkerque- permane-cían bloqueados o gravemente dañados. Los canales franceses, de importancia sustancial para sus comunicaciones internas e internacionales, fueron también inutilizados en su totalidad en la zona norte. Los centros urbanos galos padecieron la destrucción de al menos dos millones de casas. Holanda, por su parte, se había convertido tras la guerra en un país semisumergido, con todas las tierras al sur del Zuiderzee bajo el agua y todos los puentes fluviales que la unían a Bélgica en ruinas. Los canales belgas y holandeses no pudieron ser utilizados antes de seis meses.

Alemania, que sufrió los peores ataques en la fase final del conflicto, parecía un paisaje lunar en el que se mezclaban los cráteres de las bombas, con los hierros retorcidos de casas; ferrocarriles y puentes. En su parte occidental, fueron destruidos 740 de los 958 puentes que mantenían la comunicación con otros países y entre los landers regionales. En general, el impacto sobre los medios de comunicación sería el principal obstáculo para tratar de normalizar la vida europea, mayor incluso que las propias pérdidas humanas o la destrucción de viviendas. En su conjunto, los gastos de reconstrucción superaban las posibilidades financieras de los países europeos. Además, 1947 fue el peor año de la década para la agricultura, cerrándose con la pérdida de la cosecha un período de grandes dificultades. En tales circunstancias, fue inevitable tener que recurrir a la ayuda norteamericana. EE.UU. se había beneficiado de una guerra realizada en su totalidad fuera de su territorio y con grandes ganancias para su industria de armamentos. Por ello, los EE.UU. eran, junto a Canadá y en menor medida algunas naciones sudamericanas, los únicos países con capacidad económica y logística para remediar las necesidades más acuciantes de la empobrecida Europa. De ahí que aunque el organismo encargado de materializar la ayuda, la United Nations Relief and Rehabilition Administration (UNRRA), estaba bajo el control oficial de las Naciones Unidas, fuera de hecho una plataforma propagandística de los EE.UU. Empero, como bien lo precisa el profesor García de Cortázar, la ayuda norteamericana no sólo servía a ese fin, ya que también fue muy útil para la colocación de grandes excedentes agrícolas, procedentes del enorme desarrollo que habían alcanzado las producciones norteamericanas por impulso de la demanda europea. El envío hacia las hambrientas ciudades europeas de esa superproducción impidió el derrumbe de la agricultura americana, que pudo vender al Gobierno sus bienes de salida más difícil.

Ahora bien, no se trataba sólo de que las poblaciones europeas pudiesen subsistir, sino de que reconstruyesen sus economías. Y no sólo por razones económicas, sino también políticas. En una Europa occidental pauperizada y hambrienta podían abrirse paso fuerzas políticas que preconizasen la transformación revolucionaria de sus sociedades. El riesgo que ello suponía para el sistema capitalista impulsó al presidente de EE.UU. a formular el 12 de marzo de 1947 la declaración conocida como «doctrina Truman», que ha justificado el intervencionismo norteamericano en el exterior hasta nuestros días. La doctrina que justifica desde entonces la política exterior de los EE.UU. se adelantaba así en unos meses al Plan Marshall, del que, sin embargo, no puede disociarse y con el que forma las dos caras de una misma moneda política. Así, según el historiador García de Cortázar, «si la doctrina Truman resultaba válida para cualquier lugar del globo y por tiempo indefinido, el plan Marshall era un programa concreto de ayuda a los países europeos hasta que lograran afianzar su reconstrucción económica y social. No obstante, esa intención suponía también el deseo de recomposición política bajo el molde de la homologación. Y ese factor se iba a convertir en elemento de la estrategia internacional USA, incluso por encima de cualquier otra consideración, una vez que desaparecieran los factores desestabilizadores como la pobreza, el desempleo, el hambre, etcétera» (7).

El proyecto, que se pondría en marcha en la primavera de 1948, fue dado a conocer por el general Marshall, secretario de Estado norteamericano, en un discurso en la Universidad de Harvard. En él expresaba la conveniencia de dar un salto cualitativo en la ayuda americana a Europa, no limitándose a la mera ayuda subsidiaria, sino tratando de recomponer la misma estructura económica y financiera de las naciones europeas arruinadas. La justificación del plan descansaba y era tributaria, por tanto, de la pre-cedente doctrina Truman, con la que formaría un bloque ideológico de contención y evitación de «graves problemas económicos, sociales y políticos». Durante los años que, en sentido amplio, pueden considerarse de aplicación del Plan Marshall, entre 1948 y 1961, el importe total de las entregas, préstamos y donaciones superó los 30.000 millones de dólares. Del cuadro estadístico correspondiente se deduce que fueron cuatro países -Gran Bretaña, Francia, Alemania e Italia- los que en mayor medida fueron apoyados por los préstamos USA. Ellos solos recibieron casi 20.400 millones de dólares, lo que supone más del 67 por 100 del total. Para muchos historiadores, esa des-proporción explica de modo contundente las diferencias económicas entre esos cuatro grandes países europeos y el resto de sus vecinos menores y también sus inquebrantables fidelidades hacia los EE.UU. Impulsada por la necesidad de coordinación económica que requería la aplicación del Plan Marshall, pero también como reacción contra el hegemonismo norteamericano que aquél suponía, al finalizar la década del cuarenta comenzó a desarrollarse en Europa occidental el proceso de unificación europea. Sin embargo, no se puede olvidar que sus raíces son muy anteriores. A juicio del profesor García de Cortázar, el movimiento europeísta y el ideario de unidad de los pueblos que componen el viejo continente tiene raíces históricas tan profundas como pueden ser las de un mismo tronco político, cultural, espiritual, cuyo origen habría de remontarnos, cuando menos, a la Edad Media. Sin embargo, este criterio más o menos intelectual y disperso no pudo cuajar en una realidad institucional, hasta que la situación de postguerra y una misma visión de intereses de futuro en común tomaron cuerpo en los dirigentes europeos occidentales. El primer organismo que se puede citar como embrión del Mercado Común Europeo (MEC) es la organización Europea de Cooperación Económica (OECE), constituida en 1948 para encargarse de la formalización del Plan Marshall. Después de la OECE (transformada en 1961 en OCDE), primer órgano de colaboración europea, una idea de unidad limitada a tres socios (Bélgica, Holanda y Luxemburgo) tomaba cuerpo en forma de acuerdos monetarios y aduaneros. Se trataba del Benelux, que en una primera etapa unificaba o suprimía aranceles, para pasar en 1949 a la eliminación de restricciones comerciales y trabas monetarias. Gracias a estas iniciativas, en 1957, cuando se constituye el MEC, el Benelux había conseguido ya un grado considerable de liberalización de intercambios. El ensayo del Benelux pasó así a la historia como precedente y experimento de integración que facilitó el posterior rodaje comunitario. Al firmarse el Tratado de Roma -el 22 de marzo de 1957-, el organismo que así nacía (y que comprendía a Bélgica, Holanda, Luxemburgo, Italia, Francia y Alemania) copiaba las estructuras arancelarias y los pasos dados por los tres pequeños países que se habían adelantado a la futura Europa unida.

En plena consolidación del programa Benelux, nacería otro organismo de capital interés para la venidera integración. La Comunidad Europea del Carbón y del Acero (CECA) fue constituida con carácter sectorial por el tratado de París de 1951, como un ambicioso proyecto que hiciera posible la evitación de conflictos en el área industrial franco-alemana y preparara el camino hacia objetivos ulteriores más importantes. Con la CECA se ponían bajo administración conjunta las principales decisiones sobre producción carbonífera y de fabricación siderúrgica en Alemania y Francia. Robert Schuman, ministro de Asuntos Exteriores francés, apadrinó el proyecto, en su deseo de controlar el potencial industrial germano. La CECA fue propuesta a todos los países europeos del área Marshall, y aunque Gran Bretaña no aceptó participar, contaría con la adhesión de Italia y el Benelux. En 1955, los seis de la CECA encargan a un comité dirigido por Spaak la redacción de un texto definitivo, que servirá de base para la firma del Tratado de Roma. Nacía así la Comunidad Económica Europea (CEE), dentro de un marco ideológico de unificación, pero todavía con ambiciones limitadas en una primera fase a la libre circulación de productos agrícolas e industriales y al establecimiento de un cerco arancelario común frente a terceros.

Tras sufrir duramente los embates de la crisis económica iniciada en 1973, la CEE entró en una nueva fase. El proyecto de unidad de la Europa capitalista, la del Mercado Común, vería, en 1987, sumarse otros dos miembros, España y Portugal, con lo que se completaba la Comunidad de los doce. A pesar de los distintos matices de cada país, el conjunto económico formado por los doce integrantes (CE) se encontraba a finales de la década del ochenta en un ciclo de recuperación económica. Después de traumáticas reconversiones y de duros ajustes socioeconómicos, los indicadores de coyuntura registraban, en 1988, una marcha favorable de la economía. De acuerdo con el informe anual de la Comisión Europea, la economía de la CEE hacía entrada en otro período de auge semejante al de la década del sesenta, con franca recuperación de la demanda y la producción. El crecimiento medio del PIB comunitario se estimaba en un 3,5 por 100, el más alto en diez años, al mismo tiempo que la tasa de inversión, en torno al 7 por 100, representaba la mayor obtenida en las dos últimas décadas. Las tensiones inflacionistas, mayores entre los integrantes mediterráneos, se trataban de contrarrestar con controles salariales y subidas de los tipos de interés, pero no impedían una visión optimista del conjunto capitalista europeo.

En el camino que le había llevado a esta recuperación, la CEE había tratado de resolver algunas controversias, como la de la Europa verde. Los problemas agrícolas dividieron a los miembros de la Comunidad hasta el primer semestre de 1988, en que se aprobó una importante reforma de la política común dirigida a las producciones agrarias. La limitación de la producción y el almacenamiento, la reducción de subvenciones o el control de los precios a la baja, trataban de incentivar una reducción de los excedentes comunitarios en ese sector, aunque amenazaban con crear nuevos desajustes sociales. En el campo de la industria, los planes de reconversión afectaron más a los últimos incorporados y a los que, como España, habían mantenido una mayor tradición proteccionista. Astilleros y grandes siderúrgicas padecieron el choque de la incorporación en los convulsos años ochenta, sufriendo en algunos casos un importante desmantelamiento. El reciclaje tecnológico del sector industrial constituye todavía un reto para los miembros menos desarrollados de la CEE, en una Europa que desde 1992 tratará de presentar un aspecto más homogéneo que hasta ahora. Para esa fecha, la eliminación de barreras comerciales creará un mercado único comunitario, ahorrando más de 100.000 millones de pesetas en aranceles, otros tantos en gestiones fronterizas y no menos de un billón en costos de administración comercial.

La otra Europea, la Europa del Este, al tratar de desarrollarse en un sentido socialista, también pasó por diversas fases a partir del final de la segunda guerra mundial. Las enormes pérdidas que sufrió la URSS como consecuencia de la agresión nazi en 1941 requirieron un gran esfuerzo de reconstrucción. La catástrofe demográfica -más de 20 millones de muertos- fue tan grande que hasta 1954 no logró recuperar la cifra de 195 millones de habitantes que había alcanzado en 1941. De un total de 1,5 billones de dólares estimados como pérdidas globales, la URSS reclamó como reparaciones un 50 por 100, cantidad que fue aceptada por los aliados. Las destrucciones en suelo soviético afectaron a más de 1.700 ciudades, 70.000 pueblos, 32.000 fábricas, 84.000 escuelas... No menos de 65.000 kilómetros de vías de comunicación quedaron inservibles. Mientras la situación de la vivienda era catastrófica, con casi 20 millones de personas sin hogar, la producción agrícola e industrial sólo llegaba al 60 por 100 de la de 1940. Bajo la impresión del desastre que para la URSS había supuesto la segunda guerra mundial, no les fue difícil a los dirigentes soviéticos justificar ante su pueblo la creación de un bloque de países «socialistas», el mantenimiento de un clima de guerra fría o la presión armamentística sobre las inversiones presupuestarias. En tales condiciones, las tareas de reconstrucción y el posterior intento de crear unas mejores condiciones de vida para el pueblo soviético tuvo que afrontar el alto costo de un ejército y una industria militar desproporcionada. En realidad, esta carga ha agravado en todo momento las posibilidades reales del desarrollo soviético, incluso en los mejores años de la recuperación económica.

Para el período de postguerra, la planificación de la economía se realizó a través del IV Plan Quinquenal (1946-50) que tenía como objetivo fundamental alcanzar la producción de anteguerra. El aislamiento financiero a que estuvo sometida la URSS, tras rechazar el plan Marshall, y el conjunto de calamidades y destrucciones, no impidieron la obtención de las metas del IV Plan. En 1950, cuando se consideraba finalizado el período del plan, el índice de la producción industrial había pasado del 100 de 1941 a 171. Se recuperó así con amplitud el bache de postguerra y las producciones de carbón y acero se dispararon en relación a la década anterior. Del mismo modo, la fabricación de maquinaria y material industrial, junto a los productos químicos, se colocaron a la cabeza del desarrollo soviético. Símbolos de la notable recuperación soviética de postguerra fueron la apertura del gigantesco canal Volga-Don (1952) y la puesta en funcionamiento de la primera central nuclear soviética en 1949. En el plano de la tecnología militar, la producción de bombas atómicas desde 1949 y la de hidrógeno desde 1953. Pero, sobre todo, lo que dio relevancia internacional a los avances soviéticos en la década del cincuenta fue el espectacular desarrollo de la investigación espacial que desde 1957, con la colocación en órbita del primer satélite artificial, conocería señalados éxitos.

Los métodos propios de una economía planificada y centralizada al extremo contribuyeron decisivamente al despegue económico soviético -no obstante las difíciles condiciones en que éste hubo de realizarse y a la milagrosa reconstrucción de postguerra. Sin embargo, mediada la década del cincuenta, se requería en la URSS una reforma económica, social y política que posibilitase la necesaria descentralización de la economía y proporcionase mayor estímulo a la participación popular en el proceso productivo. Ese fue el proyecto que encabezó Jrushov a partir del XX Congreso del PLUS (1956), que inició una crítica al «culto a la personalidad» y dio paso a un intento de desestabilización política, económica y cultural. En el campo económico, además de diversas reorganizaciones de los ministerios industriales y de los organismos de planificación, se inició la denominada «reforma Liberman», que pretendía la descentralización de la planificación estatal y la autogestión de las empresas industriales. En octubre de 1964, Jrushov fue destituido de sus cargos por el Comité Central del PLUS. Jrushov fracasó no sólo a causa del arbitrismo de algunas de sus actuaciones, sino también debido a que se coaligaron contra él determinados sectores privilegiados de la burocracia soviética que temían las consecuencias de sus reformas. Gradualmente, el nuevo equipo dirigente soviético, dirigido por Brézhnev, abandonó la vía de las reformas emprendida por Jrushov para caer en la autosatisfacción política y el estancamiento económico. Se perdieron así dos décadas, haciendo más difícil y arduo el proceso de reforma.

Generalmente, se considera la política de «perestroika» como el factor desencadenante de los procesos de cambio que se han producido en los países del Este que habían adoptado el modelo de «socialismo real». Por otra parte, es evidente que la política de perestroika no ha surgido por azar o por el mero arbitrismo de algunos dirigentes soviéticos. Por el contrario, responde a una necesidad histórica ineludible generada por la acumulación, a lo largo de décadas, de una serie de errores y deformaciones políticas tanto en el PCUS como en el Estado soviético. Como consecuencia de tales deformaciones surgió el «mecanismo de freno» -al que alude Gorbachov en su libro sobre la perestroika-, que no sólo originó una grave crisis económica en la URSS, sino también una degradación de las instituciones políticas, económicas y sociales soviéticas. Incluso una crisis en los valores morales propios de una sociedad socialista. Se imponía, en consecuencia, la adopción de enérgicas medidas correctoras que permitiesen superar la crisis general en que se estaba sumiendo gradualmente la URSS. Inicialmente no se captó la magnitud de la tarea que ello suponía, ni las consecuencias que podían derivarse. No obstante, puede suponerse que cuando los dirigentes soviéticos decidieron efectuar el gran viraje corrector que constituye la perestroika, serían conscientes de los riesgos que ello suponía, no sólo para la estabilidad política, social y nacional de la URSS, sino también para la de los demás países integrados en la organización del Pacto de Varsovia.

Sin embargo, tuvieron el valor de afrontar el reto para así poder superar el callejón sin salida al que ineludiblemente conducía la política de estancamiento.

Transcurrido un lustro desde el inicio de la perestroika, se puede efectuar ya un cierto balance de sus resultados. Una primera impresión es la de que ese balance resulta desigual, según los campos concretos de su aplicación. En el campo concreto de la información, la cultura y el respeto de los derechos humanos, es donde estimamos que se han obtenido resultados más satisfactorios. La «glasnot» ha complementado en este campo a la «perestroika», proporcionando una amplia libertad de expresión. Es de valorar también que en el medio cultural y científico hayan desaparecido las prohibiciones de determinados libros, películas, representaciones teatrales o de ciertos temas en los debates culturales, científicos, filosóficos, literarios, etcétera. En el plano de la actividad económica y de los abastecimientos básicos de la población, el balance es mucho menos satisfactorio. No pueden por menos que suscitar preocupación las informaciones sobre la situación caótica creada en la actividad económica industrial, en los servicios, y en la distribución de los abastecimientos necesarios para satisfacer las necesidades fundamentales de la población soviética. Es una situación propia de los procesos de transición, pero que se está prolongando excesivamente. En el campo político deben valorarse las reformas que se han realizado en los poderes legislativo y ejecutivo -en menor grado en el judicial- y el intento de avanzar hacia un Estado de derecho democrático y socialista.

Los resultados más espectaculares de la perestroika se han obtenido en el campo de la política exterior. Gracias a esa nueva política, la URSS ha mantenido la iniciativa en el área de las relaciones exteriores, logrando grandes avances en la distensión, así como la superación, total o parcial, de diversos conflictos regionales -Afganistán, Angola, Namibia, etcétera-. A la política de perestroika se deben también los avances que se han producido en la disminución de la conflictividad en Europa y una gradual aproximación hacia la programada -y por el propio Gorbachov concebida- «Casa Común Europea». Por el contrario, un eventual efecto negativo de la nueva situación internacional creada por la perestroika puede radicar en la práctica desaparición del contrapoder que en el equilibrio internacional había supuesto la potencia militar de la organización del Pacto de Varsovia. Al tener que priorizar ahora la URSS la solución de los problemas internos, se puede crear un vacío de poder en el campo internacional que posibilite el aventurerismo de otras potencias.

Durante el otoño e invierno de 1990-91, se ha agudizado la compleja crisis -política, económica, social, cultural y moral- que sufre la URSS. Las múltiples reformas que ha impulsado la perestroika han hecho avanzar el proceso hasta un punto crítico, que va a determinar el éxito o el fracaso definitivo del viraje impulsado por Gorbachov. El retraso en resolver el problema constitucional de las formas que adoptará la unión -federación, confederación, etcétera- entre las diversas naciones y nacionalidades que integran la URSS, ha tenido una fuerte repercusión en la situación económica y en el problema de los abastecimientos básicos para la población. Mientras dure la incertidumbre sobre las futuras formas de unión -y el reciente referéndum no las ha despejado totalmente- cada república soviética (y, en algunos casos, cada región, comarca y ciudad, etcétera) tiende a reservar las mercancías que produce, destinándolas exclusivamente a su propio uso. También existe una gran incertidumbre sobre el contenido de las reformas económicas, pues la existencia de diversos planes de reformalos de Shatalin, Abalkin, Agambegiam, etcétera-, lo mismo puede conducir a una economía mixta, que conserve la opción socialista, que a la instauración en la URSS de un capitalismo salvaje desprovisto de todo control social.

Si en la URSS el proceso de reforma, impulsado por la perestroika, ha resultado más difícil de lo previsto, se hace todavía más complejo y difícil en los demás países del Este. A diferencia de la URSS, en ellos no tuvo lugar una profunda revolución social. Los regímenes de «democracia popular» que en ellos se implantaron fueron consecuencia de la «exportación de la revolución» que realizaron en 1944-45 los ejércitos soviéticos, y del reparto de zonas de influencia acordado en la Conferencia de Yalta. Por ello, sus regímenes políticos nunca gozaron de tanto arraigo popular como el poder soviético en la URSS y sí de muchas mayores resistencias nacionales y sociales. Esto no significa que no alcanzasen una cierta base social, ni que sean desdeñables sus logros en el campo de la cultura, la educación, la sanidad, el deporte, etcétera. También lograron erradicar los latifundios, desarrollarse industrialmente e instaurar el pleno empleo. No obstante, fracasaron en su intento de lograr un adecuado nivel de consumo para sus poblaciones y regímenes políticos suficientemente participativos para asegurar el pleno apoyo de sus pueblos. Por ello, no puede sorprender que cuando - en aplicación de la política de perestroika- la URSS posibilitó su evolución política natural, se hayan producido en tales países profundos cambios políticos.

La evolución de los países de Europa central y oriental, que formaban parte del bloque del «socialismo real», sigue la línea que era previsible una vez iniciado el proceso de cambio. Salvo la excepción de Rumania y Bulgaria, por un movimiento pendular típico, ha proporcionado la victoria electoral a las fuerzas de centro-derecha. En Rumania y Bulgaria la oposición se negó a aceptar el triunfo electoral de una izquierda, más o menos continuísta, y esta oposición puede alcanzar sus objetivos si sabe aprovechar la crisis económica creciente. En los demás países se puede producir la misma evolución -aunque con signo político contrario-, posibilitando a medio plazo un renacimiento de la izquierda. No es todavía posible predecir con exactitud la evolución futura de estos países. Están siendo fuertes los intentos de integrarlos en el sistema capitalista -como importantes mercados y fuentes de materias primas-, pero el proceso de privatización no va a estar exento de resistencias y dificultades. A pesar de la fascinación inicial que puedan suscitar los señuelos de la sociedad de consumo, sus trabajadores no van a aceptar fácilmente un simple retorno a la explotación capitalista y a un régimen económico caracterizado por la marginación social, el desempleo y la competitividad extrema.

IV La unificación.

En la caída del muro de Berlín se ha simbolizado el fin de la división entre las dos Europas, que fue una de las consecuencias fundamentales de la segunda guerra mundial. Desde una perspectiva histórica de conjunto, era inaceptable que Europa estuviese durante décadas dividida. Y no tanto debido a que sus Estados tuviesen distinto contenido económico, político y social. Tanto la Carta de la ONU como el Derecho Internacional admiten que en la comunidad mundial puedan existir distintos regímenes económico-sociales. En el caso que estudiamos, la división provenía, sobre todo, del reparto de zonas de influencia y de la cristalización por el proceso de «guerra fría» de bloques militares antagónicos. Sin embargo,a pesar de esta división artificial y contraria a la voluntad de sus pueblos, Europa no dejó de constituir una unidad cultural -suma de su pluralidad de culturas- y no se pudieron romper totalmente los lazos que relacionaban a sus naciones. Como muy bien precisó en su día el presidente De Gaulle, Europa se extiende realmente desde el Atlántico a los Urales. En consecuencia, una auténtica unificación europea, que no sea meramente regional, deberá comprender en su día a todos los países integrados en ese espacio geográfico y cultural. Sin embargo, ello requerirá un proceso dilatado, pues son muchos los obstáculos que deberán superarse para lograr tal integración.

Uno de los mayores obstáculos surgirá, sin duda, en el campo económico. La Europa central y oriental no es nada homogénea en el plano económico. Difícilmente pueden homologarse las situaciones económicas actuales en Alemania, Polonia, Checoslovaquia, Hungría, etcétera, y mucho menos con la existente en Rumania, Bulgaria, Yugoslavia y Albania. Incluso subsiste la duda de si el actual proceso de cambios políticos no generará diversos Estados nuevos, bien sea por la fragmentación de Yugoslavia (Eslovenia, Croacia, Serbia, Bosnia-Herzegovina, Montenegro, Macedonia, etcétera), o por la segregación de la URSS de los Estados bálticos (Lituania,Letonia y Estonia). Otra incógnita radica en la eventualidad de que algunos de tales Estados mantengan la opción socialista, mientras otros se integren definitivamente en el sistema capitalista. Despejada tal incógnita, tampoco está claro el futuro de los que se integren en el sistema capitalista. Económicamente, muchos de ellos no podrán integrarse en el centro del sistema -en este caso, en la Comunidad Económica Europea-, sino que permanecerán marginados en la periferia del mismo. Todo ello hace compleja, difícil y dilatada la posibilidad de una integración económica del conjunto de Europa. En el plano militar, los intentos de Polonia y Hungría de ingresar en la OTAN, tampoco parece que vayan a tener éxito. Una vez de extinguida la organización militar del Pacto de Varsovia, lo lógico sería que desapareciese también la OTAN.

En el campo estrictamente político de las instituciones europeas es donde existen más posibilidades de integración. No tanto en las instituciones de la Comunidad Europea (CE) como en las del Consejo de Europa, dotadas para ello de una mayor flexibilidad. En ese sentido, no seria difícil que, a medio plazo, la totalidad de los países de Europa se integren en el Consejo de Europa. A su vez, ofrecen interesantes posibilidades de colaboración intereuropea la celebración regular de Conferencias de Seguridad y Cooperación europeas. De hecho, hasta ahora, el único país europeo ausente de tal foro ha sido Albania. Y no por mucho tiempo, pues su Gobierno ya ha solicitado la incorporación.

Ahora bien, la historia demuestra que para culminar procesos de integración o unificación, las premuras resultan contraproducentes. Esa es la lección que ya se puede deducir de la apresurada unificación alemana. En ese sentido, no puede dejar de suscitar preocupación la forma concreta que ha revestido la unificación alemana, con la práctica absorción de la denominada República Democrática Alemana (RDA) por la República Federal Alemana (RFA): Aunque no se podía negar al pueblo alemán el derecho a la autodeterminación -como a ningún otro pueblo-, el proceso de reunificación de Alemania tenía claras repercusiones en la situación general europea, que deberían haber sido resueltas con menos premura, en el sentido general de la unificación europea. Sin embargo, de hecho, en lugar de la preconizada europeización de Alemania, parece haberse impuesto la alemanización de Europa. Por otra parte, el «Anschluss» de la RDA refuerza las posiciones del gran capital en la Comunidad Europea e incrementa los riesgos de regresividad social para el conjunto de sus miembros integrantes. Tampoco se puede desconocer que dicha anexión ha hecho reaparecer -en mayor o menor grado- los temores tradicionales que en varios países europeos ha suscitado el expansionismo germánico. A pesar de las seguridades que los dirigentes alemanes ofrecen sobre el reconocimiento de las fronteras actuales, la superación de las tendencias revanchistas, la asunción definitiva de la democracia por el pueblo alemán, sus intenciones pacíficas, etcétera, subsisten las dudas que la práctica histórica suscita, ya que seguridades semejantes fuerontambién ofrecidas por los dirigentes de la República de Weimar en las décadas del veinte y del treinta. Además, la gigantesca potencialidad del nuevo Estado alemán unificado tendrá también su propia dinámica. Y no es difícil considerar que, en ese sentido, las tesis científicas sobre las consecuencias que suscita el desarrollo desigual de los Estados capitalistas, al plantear renovados intentos de modificación del reparto territorial del mundo. Igualmente, se pueden suscitar dudas sobre si la Unión Soviética no estaba en condiciones de moderar la excesiva rapidez con que se ha producido la reunificación alemana y las negativas consecuencias que de ello pueden derivarse para la seguridad europea. En la débil reacción soviética, frente al ritmo excesivamente rápido de la reunificación -a pesar de las posibilidades que para moderarla ofrecía la Conferencia «2+4»-, pueden haber influido no sólo por razones económicas -las contrapartidas ofrecidas por el Gobierno de la RFA a la URSS-, sino también la situación geoestratégica creada por el hecho indudable. de que el bloque encabezado por la URSS perdió la «guerra fría».

No han faltado voces autorizadas advirtiendo contra las consecuencias negativas de una reunificación apresurada de Alemania. Así, el prestigioso escritor alemán Günter Grass, en su libro «Alemania: una unificación insensata», decía: «La unificación, entendida como asimilación de la RDA por la República Federal, conllevaría pérdidas irrecuperables: los ciudadanos del otro Estado absorbido perderían por completo toda su dolorosa identidad, conquistada mediante una lucha sin precedentes; su historia sucumbiría frente al sordo precepto de unidad. Nada se habría ganado, excepción hecha de un poder pleno y, en consecuencia, alarmante, hipertrofiado por su apetencia paulatina de mayor poder. A pesar de todas las promesas solemnes, bienintencionadas si se quiere, los alemanes volveríamos a inspirar temor. En efecto, observados por nuestros vecinos con una desconfianza justificada, no tardaría en resurgir el sentimiento de aislamiento y con él esa mentalidad que constituye un peligro público, que por autocompasión se ve a sí misma "rodeada de enemigos". Una Alemania reunificada sería un coloso portador de una carga tan compleja que supondría una lastre para sí mismo y para la unificación europea. Por el contrario, la confederación de los dos Estados alemanes y su renuncia expresa al Estado unitario contribuiría a la unidad europea, al igual que la identidad alemana será una unidad confederal» (8). En el plano económico, ya se reconoce abiertamente el fracaso de la reunificación alemana. Así lo han tenido que admitir el ministro de Finanzas de la RFA, Jürgen Mölle-mann, que lo califica de «fallo de cálculo», y el presidente del Bundesbank, Hans Otto Pöhl, que la considera un «desastre». Y, efectivamente, como desastre puede ser considerado, en el campo económico, un proceso de reunificación que ha dejado sin trabajo a uno de cada tres alemanes orientales. Y las perspectivas de futuro son todavía más negras. Se estima, con fundamento, que en los próximos meses la proporción de desempleo puede llegar a ser del 50 por 100 o superior y, por ahora, nada apunta hacia una chispa de luz al final del túnel. Por ello, los ciudadanos de la ex RDA se consideran estafados por el canciller Kohl, que, en su demagogia electoral, prometió que ningún alemán oriental viviría peor después de la reunificación.De ahí que se hayan reanudado las manifestaciones multitudinarias en Leipzig y otras ciudades orientales alemanas, pero ahora para protestar por el deterioro económico y exigir la dimisión de Kohl.

En un sentido más general, el proceso de unificación europea requiere reformas importantes de los órganos comunitarios. Fundamentalmente, en el sentido de retirar atribuciones al Consejo de la Comunidad y de conceder competencias legislativas auténticas al Parlamento Europeo. La necesidad de tales reformas la refleja muy bien un eurodiputado: el politólogo Maurice Duverger, en un reciente artículo titulado «Una comunidad sin cabeza ni democracia». Según el profesor Duverger, «la Comunidad Europea no tiene cabeza y menos aún democracia. La verdad es que allí no manda nadie. El Gobierno se desparrama entre la Comisión, los comités particulares creados por el Consejo, los representantes permanentes de los ministros y las reuniones del Consejo, cuyos miembros son diferentes a tenor de las cuestiones a tratar: asuntos generales, economía, finanzas, agricultura, industria, transportes, etcétera. (...) Pese a reunir a 12 países de los más democráticos del mundo, la Comunidad está dotada de un sistema autocrático sin parangón en todo Occidente. Y, sin embargo, sus ciudadanos gozan de una doble representación por sufragio universal. El Parlamento Europeo, elegido directamente por los ciudadanos, encarna la voluntad de unión. Formado por los representantes de los Gobiernos investidos por los Parlamentos de los Estados, el Consejo encarna las diversidades nacionales. Las dos legitimidades son iguales y complementarias, pero el Parlamento Europeo no dispone más que de las migajas de un poder legislativo monopolizado casi por completo por el Consejo, y éste adopta sus decisiones a puerta cerrada, lo cual equivale a decir que sus miembros no están controlados por sus respectivos Parlamentos. Los representantes de los pueblos de la Comunidad están en la práctica excluidos para elabo rar directivas, esas leyes federales que se imponen a los Estados miembros. El Parlamento Europeo no tiene la iniciativa de sus proyectos, ya que únicamente puede rechazarlos o enmendarlos, y esto, a su vez, sólo obliga al Consejo a adoptarlos, bien que sea por unanimidad. La batalla a propósito de la sede, Bruselas o Luxemburgo, no es más que una comedia barata, pues lo que en su interior existe es una asamblea teatral que representa obras sin gran influencia fuera de la sala del espectáculo. No es de extrañar que los electores no se tomen muy en serio a sus elegidos, aunque les gustaría ver que cumplen las funciones que corresponden a su mandato» (9).

En su propuesta de democratización de las instituciones europeas, para el profesor Duverger, la clave del problema radica en la transformación del Consejo, órgano fundamental de decisión en el sistema actual. Y esta transformación supone que se distinga la naturaleza de sus prerrogativas y los sectores sobre los que las ejerce. En la CE actual acumula el poder legislativo y el ejecutivo; en el primero dispone de un monopolio casi total, en el segundo la comparte con la Comisión, que dispone de la mayor parte de ese poder. En ese sector, la Comunidad debería estar organizada según el modelo federal de la RFA. El Consejo se parece ahora al Bundesrath de Bonn, esa segunda Cámara formada por los representantes de los Gobiernos de los länder, en la que cada uno dispone de un voto bloqueado y ponderado. Para evitar cualquier confusión con el Consejo europeo, debería llamársele «Consejo de los Estados». Para democratizar la Comunidad habría también que decidir, ante todo, que sus debates y votaciones fueran públicos, con el fin de que los Parlamentos de cada país pudieran controlar las decisiones adoptadas por los ministros de este Consejo. Y, naturalmente, el Parlamento Europeo debería parecerse, por su parte, al Bundestag, compartiendo el poder legislativo con el Consejo mediante codecisiones adoptadas en la proporción 50-50 por 100, en lugar de la 10-90 por 100 actual.

Finalmente, subsisten dos cuestiones que no van a ser resueltas por la entrada en vigor del Acta Unica Europea a partir de 1992. Si no queremos que la Europa unida sea sólo la Europa de los comerciantes o de los monopolios, sino la Europa de los pueblos o de los trabajadores, es preciso que la Carta Social Europea deje de ser meramente programática para ser vinculante y, por tanto, ejecutoria en los Estados miembros de la Comunidad. Empero, tal avance social europeo, desligado de una actitud solidaria hacia las naciones subdesarrolladas, podría adquirir claramente un carácter egoísta y corporativista que, revistiendo nuevas formas, continuase el saqueo de los países del Tercer Mundo. O, por lo menos, que no contribuiría en nada a restaurar la injusticia cometida contra los mismos. En ese sentido, la política agraria comunitaria sigue siendo un verdadero paradigma de actitud egoísta y antisolidaria. De poco serviría construir la denominada «Casa Común Europea», por muy social que fuese su contenido interno, si se erigiese como un castillo o palacio egoísta, insolidario e, incluso, expoliador -en una u otra forma- de las tierras que lo rodean. De ahí la necesidad de una política exterior de la Comunidad Europea que sea realmente solidaria con los pueblos de los países más necesitados de ayuda internacional.

NOTAS

(1) Michael Grant: «Historia de la Cultura Occidental»- Ediciones Guada rrama. Madrid, 1968, pág. 21.

(2) Edgard Sanderson: «Historia de Ia Civilización» (Bosquejos de la historia del mundo)- Editorial Ramón Sopena. Barcelona, 1934., págs. 24 y ss.

(3) Henri Pirenne: «Historia económica y social de la Edad Media»- Editorial del Fondo de Cultura Económica. Méjico, 1970, págs. 16 y 17.

(4) Jacob Burckhardt: «La cultura del Renacimiento en Italia». Colección Biblioteca de la Historia. Editorial Sarpe. Madrid, 1985, págs. 150 y ss.

(5) Delio Cantimori: «Humanismo y religiones en el Renacimiento»- Ediciones Península. Barcelona, 1984, págs. 151-153.

(6) Fernando García de Cortázar y José María Lorenzo Espinosa: «Historia del mundo actual, 1945-1989». Alianza Editorial- Madrid, 1989, pág. 107.

(7) Fernando García de Cortázar: Op. cit., pág.35.

(8) Günter Grass: «Alemania: una unificación insensata»- Ediciones El País, S- A./t, S. A- Madrid, 1990, págs. 11 y 12.

(9) Maurice Duverger: «Una Comunidad sin cabeza ni democracia». Diario El País del 22 de marzo de 1991, pág.13.

BIBLIOGRAFÍA UTILIZADA

- Ramón Tamames: «Formación y desarrollo del Mercado Común Europeo». Ediciones Iber-Amer, S- A- Madrid, 1965-

- Miguel Herrero de Miñón: «España y la Comunidad Económica Europea». Barcelona, 1986.

- Walter Hallstein: «La Europa inacabada»- Editorial Plaza & Janés. Barcelona, 1971.

-Varios autores: «El PCE y los retos europeos». Colección Debate n.° 1 de ediciones del PCE. Madrid, 1990.

- Mihail Gorbachov: «Perestroika: Mi mensaje a Rusia y al mundo»- Ediciones B. del Grupo Z- Barcelona, 1987.

- M. Gorbachov, Yuri Krasin, José María Laso, José Luis Romero: «La perestroika y la perspectiva del socialismo»- Colección Debate n-° 3- Ediciones del PCE. Madrid, 1991-

- Dirección General de Información y Relaciones Públicas del Parlamento Europeo: «Europa a nuestro alcance». Texto de la División de Publicaciones y Comunicados de Prensa, en colaboración con la Dirección General de Estudios L-2929. Luxemburgo, 1988-

-Secretaría General del Parlamento Europeo: «El Parlamento Europeo»-Dirección General de Información y Relaciones Públicas L-2929- Luxemburgo, 1988-

-J. R- Hale: «La Europa del Renacimiento»- Siglo XXI Editores. Madrid, 1978.

- George Rudé: «La Europa Revolucionario». Siglo XXI Editores. Madrid, 1974-

- Arnold J- Toynbee: «La Europa de Hitler»- Editorial Sarpe. Madrid, 1985.

- Charles Wilson: «Los Países Bajos y la cultura europea en el siglo XVII». Ediciones Guadarrama. Madrid, 1968.

- André Amar: «Europa ha hecho el mundo»- Editorial Plaza & Janés. Barcelona-

- Louis Armand y Michel Drancourt: «La apuesta europea»- Plaza & Janés. Barcelona.