José María Laso Prieto

«La explosión de los nacionalismos»

Revista Nuestra Bandera (Revista teórica y política del PCE) nº 152. (pág. 26-33), 1er Trimestre 1992; Madrid

Texto preparado para su edición electrónica por Carlos Glz. Penalva


Una de las consecuencias más negativas de la crisis del denominado "bloque socialista", es la explosión nacionalista que se ha producido en algunos de los países de Europa central y oriental que lo integraban. El fenómeno es muy preocupante, si se examina con la debida perspectiva histórica. A todo lo largo del siglo XIX, el nacionalismo provocó diversos conflictos bélicos en Europa, América y Asia.

Sin embargo, con ello no agota su componente negativo. No debe olvidarse que la radicalización nacionalista-revistiendo ya formas imperialistas-ha sido la causa de dos guerras mundiales y de la subsiguiente división de Europa, y del mundo, en dos bloques de Estados antagónicos. Como es sabido, ambas contiendas bélicas se engendraron en Europa oriental. La primera con el atentado que en Sarajevo llevaron a cabo los nacionalistas servios contra sus dominadores austriacos y, la segunda, a causa de la reivindicación de la ciudad libre de Dantzig por el nacionalismo germánico. En realidad, tanto Sarajevo como Dantzig fueron meros pretextos para justificar que nacionalismos imperialistas se enfrentaran en pro, o en contra, de un nuevo reparto territorial del mundo, ya que el realizado en el Congreso internacional de Berlín (1894) había quedado desfasado. Así resulta evidente que los nacionalismos condujeron a Europa a algunos de sus peores desastres. Incluido el origen y desarrollo del fascismo. La conexión nacionalismo-fascismo es evidente tanto en el caso del fascismo italiano como del nazismo alemán. También en el de otras variantes menores del fascismo. Cuando está a punto de cumplirse el cincuentenario de la derrota del nazismo, resurge de nuevo en Europa el peligro nacionalista. Y no sólo por lo que esta sucediendo en los Estados ex-socialistas, sino también por el auge germánico. Lamentablemente, a pesar de la imagen tranquilizadora con que se ha presentado la unificación alemana, resurge el riesgo de que el nacionalismo teutón derive de nuevo en agresividad imperialista. Alemania está adquiriendo un potencial económico, político y militar que puede desequilibrara Europa e impulsarla de nuevo hacia la conquista del Este, según el lema hitleriano del "drach nach Osten". Aunque es difícil que el expansionismo germánico repita exactamente sus formas anteriores, sus peligros ya empiezan a manifestarse en el intento de incluir en su órbita de dominación-aunque todavía de forma indirecta- a Eslovenia, Croacia y Eslovaquia. De una u otra forma, también se trataría de incluir a Polonia, Hungría, Bohemia y Moravia en el campo de la influencia dominante del IV Reich en gestación. Para completar el cuadro, en la República Federal Alemana los brotes nacionalistas de racismo y revanchismo se acrecientan. 

De nuevo se reactualizan la tesis de Lenin, sobre las consecuencias nacionalistas e imperialistas del desarrollo desigual de la economía de los Estados. EE.UU., Alemania y Japón libran ya fuertes contiendas en los planos económico, comercial y tarifario. Ahora tampoco se descarta ya la posibilidad de que en otros campos se produzcan fuertes choques, incluso bélicos entre Japón, EE.UU. y Alemania por el logro de la hegemonía mundial. En potencial económico y productivo, EE.UU. está ya a la zaga del Japón y Alemania y, a medio plazo, quien pierde la supremacía económica pierde también la militar. Considerados los riesgos que el nuevo expansionismo nipón supone para los EE.UU., dos periodistas norteamericanos han publicado ya un libro sobre la próxima Guerra del Pacífico. Por de pronto, la industria nipona del automóvil ya ha derrotado a su competidora norteamericana obligando al cierre de 21 fabricas de la General Motors y al despido de más de 100.000 trabajadores. 

Lenin distinguía, muy acertadamente, entre el nacionalismo imperialista de las grandes potencias - siempre condenado por los marxistas- y el nacionalismo emancipador de las pequeñas naciones sometidas. En este último caso, habría que apoyar su derecho a la autodeterminación. Lenin incluso sostenía que en el caso de las pequeñas naciones- como en el de la discriminación de la mujer-no basta con restablecer el equilibrio poniéndole fin a la dominación anterior. Durante mucho tiempo, para compensar una dominación y opresión secular, habría que aplicar el principio de la discriminación positiva. Empero, el principio general marxista del derecho de las naciones a la autodeterminación no debe aplicarse en abstracto, sino siempre subordinado al objetivo prioritario de la emancipación social de los trabajadores. Esta distinción es necesaria ya que es preciso diferenciar entre el nacionalismo pequeño burgués - utilizado por las clases dominantes para subordinar a sus intereses a las capas medias de la población de las pequeñas naciones - y el nacionalismo que se vincula a la clase obrera para luchar conjuntamente contra toda forma de opresión y explotación humana. La primera forma de nacionalismo debe ser rechazada y la segunda estimulada. 

El embrollo yugoslavo 

En el caso de Yugoslavia, la aplicación del derecho a la autodeterminación de sus nacionalidades debería haber sido equilibrada con la conveniencia de mantener la unión bien en forma más federal o confederal. La creciente internacionalización de las fuerzas productivas, requiere para su eficacia espacios político-económicos cada vez más amplios. Aunque es cierto que la dinastía de los Karageorgevich, que fundó la Yugoslavia actual, impuso un sistema rígidamente centralizado, no por ello esa es la única forma de unión de los genéricamente conocidos como "eslavos del sur". La forma de unión implantada en Yugoslavia tras la liberación fue ya mucho más federal, al incluir como repúblicas integradas a Servia, Croacia, Eslovenia, Montenegro, Macedonia y Bosnia-Herzegovina, así como la región autónoma albanesa de Kosovo. Es difícil integrar en un Estado unificado a un mosaico de pueblos tan diferenciados étnica, lingüística, religiosa, cultural e históricamente como los que constituyeron Yugoslavia. En su segunda etapa, fue la figura carismática de Josip Broz (Tito) a que sirvió de aglutinante para la constitución de una Yugoslavia que había sabido liberarse tanto de la ocupación nazi como del yugo de la monarquía de los Karageorgevich. Otro factor aglutinante no menos relevante radicó en el hecho de que servios, eslovenos, croatas, bosnios, montenegrinos, macedonios y albaneses lucharon hombro con hombro contra los ocupantes nazis y su sangre se mezcló en el combate por la liberación de la común Yugoslavia. La mayor excepción estuvo constituida por el ala radical del nacionalismo croata. Su brazo armado fascista, constituido por los terribles "ustachis", no sólo colaboró militarmente con los ocupantes nazi-fascistas, sino que llevó a cabo un sangriento genocidio contra el pueblo servio. Se calcula en torno al millón de personas los servios que fueron víctimas de ese genocidio. De su ferocidad puede hacerse idea a través de la escena que Curcio Malaparte describe en su libro-testimonio "Kaputt". Es decir, cuando Ante Pavelich, dirigente del Estado fantoche de Croacia y jefe de los "ustachis", mostró a Malaparte un balde que tenía en su despacho. Inicialmente el escritor italiano supuso que se trataba de ostras, hasta que Pavelich le dijo: "Son ojos de partisanos servios con que me han obsequiado mis fieles "ustachis". El recuerdo de estas atrocidades croatas no es meramente histórico, sino que, en forma de odio visceral vigente, sigue pesando en el actual enfrentamiento servio-croata.

Tampoco los servios están, en ese aspecto, exentos de responsabilidad. El-'ala derecha del nacionalismo servio tuvo inicialmente una reacción patriótica contra la agresión nazi. Sus guerrilleros ("Chetniks") , dirigidos por el general Mijailovich, lucharon al principio contra los ocupantes nazifascistas. Después su feroz anticomunismo visceral les llevó a luchar, conjuntamente con los alemanes, contra los patriotas "partisanos" dirigidos por Tito. Por el contrario, el futuro mariscal Tito, no obstante su origen croata, superando nacionalismos estrechos, logró forjar un común patriotismo yugoslavo. En contraste con la Constitución centralista de 1921, que rigió durante toda la etapa monárquica de Yugoslavia, Tito - como presidente de la República que había surgido de la guerra de liberación contra el ocupante nazi -proclamó la Constitución federal de 1946 que, al menos formalmente, concedía igualdad de derechos a las seis repúblicas integrantes del Estado yugoeslavo. La notable autonomía que ello suponía para cada nacionalidad, se incrementó todavía más después del fallecimiento del mariscal Tito con la instauración, a iniciativa de este, de una presidencia colegiada rotatoria de los representantes de cada república. 

Menos satisfactoria fue la solución proporcionada al problema que suponía la minoría albanesa. No se le permitió adherirse como república integrante del sistema federal y quedó relegada a la región autónoma de Kosovo. Posteriormente tal autonomía fue gradualmente restringida por la presión servía, hasta resultar finalmente abolida. Se inició así el proceso de confrontación entre las nacionalidades que acabaría finalmente desintegrando Yugoslavia. 

La complejidad del problema nacional de Yugoslavia, se deriva también de factores históricos y religiosos. Las nacionalidades que integraron el Estado yugoeslavo estuvieron separadas durante siglos por pertenecer a dos imperios contrapuestos: Por razones históricas, eslovenos y croatas fueron absorbidos por el Imperio Austro-húngaro, mientras que servios, bosnios, montenegrinos, macedonios y albaneses sufrieron la dura dominación del Imperio Otomano. Tal división política engendró una profunda diferenciación cultural, cuyas consecuencias sociales todavía persisten. En el plano religioso, la divisoria es triple: 1) Católicos, en Croacia y Eslovenia. 2) Cristianos ortodoxos en Servia, Montenegro y zonas de Bosnia y Macedonia. 3) Musulmanes, en Bosnia y zonas de Macedonia y Kosovo. En el campo económico, también ha surgido un proceso de diferenciación. Por razones históricas y de posición geográfica, Eslovenia y Croacia alcanzaron un mayor desarrollo económico que las restantes repúblicas. De ahí que croatas y eslovenos considerasen que se estaban sacrificando en beneficio de las demás repúblicas y que obtendrían beneficio económico de la independencia. Concepción errónea e injusta, ya que a su desarrollo económico habían contribuido notablemente las demás repúblicas del Estado yugoslavo. 

Por la incidencia de todos estos factores, la pérdida del factor aglutinante que suponía la personalidad histórica de Tito, los errores cometidos en el desarrollo de su sistema autogestionario, la incidencia de la crisis del modelo de "socialismo real", etc., el Estado yugoslavo no ha resistido a las fuerzas centrífugas desencadenadas para disgregarlo. Las consecuencias, en formas de cruenta guerra civil, viscerales odios nacionalistas, disgregación económica, etc., no pueden ser más negativas. A tal proceso no son ajenos tampoco factores exteriores. Desde el comienzo mismo del proceso disgregador de la federación, ha pesado mucho la posición alemana estimulando y apoyando los independentismos radicales. Todo ello con el evidente objetivo de extender el área de influencia germánica a Eslovenia y Croacia. De hecho, se ha impedido así que la Comunidad Europea ejerciese una efectiva función mediadora en el conflicto. Se ha frustrado también así la posibilidad de una política exterior común de la C.E. ya que la República Federal Alemana la distorsionó mediante el hecho consumado de su reconocimiento unilateral de la independencia de Eslovenia y Croacia. El logro de "altos el fuego' temporales, o parciales, y el envío masivo de "cascos azules" no va a resolver el problema. Todo lo más que puede conseguirse, por esos medios, es un aplazamiento de la eventual solución.

Esta sólo puede lograrse compaginando el derecho a la autodeterminación de las naciones con la necesidad de amplios espacios económicos comunes que impone la creciente internacionalización de las fuerzas productivas. En las condiciones actuales, de intensificación del proceso de mundialización de la economía, el Estado-Nación tradicional tiende a la obsolescencia. Tiene cada vez menos sentido que se pretenda llevar la fragmentación nacional hasta extremos de producir múltiples micro-Estados, como si se abriese sucesivamente una "matrioska". El reconocer la irracionalidad de tales procesos disgregadores no supone optar por el centralismo autoritario. El ejercicio del derecho de autodeterminación de las naciones sigue siendo necesario para que cualquier forma de unión, federación o confederación se asiente sobre la sólida base de la voluntariedad. Empero, tal principio debe aplicarse racionalmente, teniendo en cuenta todos los factores que influyen en los problemas nacionales y los nuevos condicionamientos que impone el desarrollo de la economía mundial. Desde tal perspectiva, muchos de los nuevos Estados independientes se van a mostrar inviables económicamente. De ahí que, a pesar de la actual tendencia hacia la fragmentación nacional, se pueda prever que a medio plazo se impondrán en la ex-Yugoslavia fórmulas de unión económica y monetaria. Y, a la larga, tales uniones económicas tenderán hacia uniones políticas de mayor o menor amplitud. 

El marxismo y la cuestión nacional

Centrados fundamentalmente en resolver los problemas inherentes al proceso de emancipación social de la clase obrera, Marx y Engels no elaboraron de forma sistemática una teoría del nacionalismo [1] . No obstante, ésta se puede deducir tanto de la metodología del materialismo histórico, como de los posicionamientos de los clásicos del marxismo sobre los problemas nacionales de Irlanda, Polonia, Hungría, Italia, Alemania, etc. Preocupados por la actitud de los trabajadores ingleses ante los obreros irlandeses, sintetizaron su actitud hacia la causa nacional irlandesa en el célebre lema: "No puede ser libre un pueblo que oprime a otro". El proceso revolucionario desencadenado en Europa durante 1848, obliga a Marx y Engels a precisar sus posiciones sobre el tema. Sus posiciones..."se alinean, por lo demás, con las de la izquierda europea para la que la revolución hubiera debido promover la liberación v la unificación de las naciones oprimidas y desgarradas, Alemania e Italia, Polonia y Hungría. La izquierda es entonces nacional y ser nacional en Europa occidental y central viene a significar ser de izquierda, en la medida en que realizar la unidad nacional supone que se tiene que romper el sistema surgido del Congreso de Viena y de la Santa Alianza" [2] . 

Según Haupt, Lowy y Weill - destacados especialistas en el tema - el rechazo de la abstracción es lo que caracteriza a la posición de Marx y Engels sobre el problema nacional. Así 

difieren de la concepción liberal del derecho a la autodeterminación. Para tales autores, "Marx y Engels rechazan la erección de tal derecho como principio absoluto, circunscriben su alcance y su puesto entre los objetivos del movimiento obrero. Según los casos, minimizan o acentúan el valor instrumental de un principio percibido siempre a través y por la dinámica revolucionaria. Es antinómico del principio de las nacionalidades -que ignora por completo la gran cuestión del derecho a la existencia nacional de los grandes pueblos históricos de Europa- tal y como lo formulan tanto Napoleón III como Bakunin, para el que toda nación es un hecho natural que debe disponer sin reservas del derecho natural a la independencia de acuerdo con el principio de libertad absoluta." Por el contrario, "para Marx, el derecho de autodeterminación:1) Está circunscrito únicamente a las naciones históricas. 2) Tiene un valor subordinado a la lucha por la emancipación de los trabajadores [3] . 

(Coincidimos con Haupt, etc. en considerar que, para Marx y Engels, la cuestión nacional "no es más que un problema subalterno cuya solución se producirá automáticamente por el desarrollo económico, gracias a las transformaciones sociales; las naciones viables superarán todos los obstáculos, mientras que las "reliquias de pueblos" se verán condenadas a desaparecer. Y es que la perspectiva en la que se sitúan Marx y Engels en esa época, al abordar la cuestión nacional "es la de las transformaciones estructurales que implica el desarrollo del capitalismo: la creación de grandes entidades nacionales, de grandes espacios estatales centralizados, como condición previa para un desarrollo histórico que vaya en el sentido del progreso social. El que la concentración en grandes Estados implique el que, si se da el caso, comprendan una multitud de nacionalidades, es algo que nada cambia en los supuestos" [4] . Sin embargo coincidimos también - ya que se refiere a dos etapas diferenciadas del desarrollo de las concepciones de Marx y Engels sobre la cuestión nacional - en considerar que la importancia estratégica de la cuestión irlandesa, cuya solución les parece a Marx y Engels, durante la década del 60 "la clave de la solución de la cuestión inglesa, y la de la cuestión inglesa la clave de la solución de la cuestión europea", plantea en términos nuevos la relación entre el movimiento nacional y el movimiento obrero. A partir de entonces, la lucha de las naciones oprimidas, "subdesarrolladas", incluso -el caso de Irlanda se aborda también como cuestión colonial- puede servir de detonador para la lucha de la clase obrera, del movimiento obrero de la nación dominante". De ello se ha deducido, para Irlanda e Inglaterra, una inversión de las prioridades de Marx y Engels: ya no será la revolución social la que solventará el problema nacional, sino que la liberación de la nación oprimida constituye un supuesto previo para la emancipación social de la clase obrera. La nueva concepción supone unas relaciones políticas completamente distintas basadas en una alianza estratégica entre el movimiento de liberación nacional y el movimiento obrero. Lucha de clases y lucha nacional se convierten en complementarias y solidarias sin confundirse ni superponerse. Con ello se amplía también la terminología, a través de la nueva problemática abierta por la "cuestión irlandesa". Marx y Engels introducen la distinción capital entre "naciones oprimidas" y "naciones dominantes". 

Ahora bien, el hecho de que los Imperios Austro-Húngaro y Zarista fuesen considerados entonces como verdaderas "cárceles de pueblos" hizo que los marxistas de tales Estados se viesen obligados a profundizar más en la "cuestión nacional". Se desarrollan así las posiciones de los austro-marxistas, de Lenin, Rosa Luxemburgo y Stalin. Los austro-marxistas-Víctor Adler, Otto Bauer, Karl Renner, y R. Springer, profundizan sobre todo en el tema del desarrollo histórico de las formas nacionales y en el discutible tema - suscitado por Engels - de las "naciones con historia" y de las "naciones sin historia". Sus elaboraciones teóricas son rigurosas e interesantes, pero la solución política que proponen para los Estados multinacionales es la autonomía cultural-nacional. Es decir, una solución muy limitada, ya que esa autonomía cultural, en el marco de un Estado multinacional, se expresaría a través de la organización de las nacionalidades en corporaciones jurídicas públicas, con una serie de atribuciones culturales, administrativas y legales [5] . Por el contrario, Lenin se pronuncia abierta y resueltamente por el principio del derecho de las naciones a la autodeterminación. En defensa de ese principio mantiene una fuerte polémica con Rosa Luxemburgo, que se oponía al mismo por considerarlo como contradictorio con el internacionalismo proletario [6] . Siguiendo, por necesidades de síntesis, la argumentación de Haupt, Lowy y Weill, comprobamos que el punto de partida de Lenin es el mismo que el de Rosa Luxemburgo: el internacionalismo proletario. Sin embargo, Lenin comprendió mejor la relación dialéctica entre el internacionalismo y el derecho de autodeterminación nacional. Su tesis puede sintetizarse así: l) Tan sólo la libertad de separación hace posible una libre y voluntaria unión y, a largo plazo, fusión de las naciones. 2) Tan sólo el reconocimiento por parte del movimiento obrero de la nación dominadora, del derecho a la autodeterminación de la nación dominada, permite eliminar el odio y la desconfianza de los oprimidos y unir a los trabajadores de ambas naciones en el combate internacionalista contra la burguesía. 

Lenin había captado también la relación dialéctica entre las luchas nacional-democráticas y la revolución socialista, viendo en las masas populares (no sólo proletarias sino también campesinas y pequeño-burguesas) , de las naciones oprimidas, un aliado del proletariado consciente.

Así, respecto a la cuestión nacional, mientras que la mayoría de los demás autores marxistas no veían más que la dimensión económica, cultural o "psíquica" del problema, Lenin subrayaba abiertamente que la cuestión de la autodeterminación "se remite entera y exclusivamente al terreno de la democracia política". Es decir, al derecho a la separación política, a la constitución de un Estado nacional independiente [7] .

Origen, desarrollo y desintegración de la URSS 

Aunque las causas que han originado la explosión nacionalista en la URSS son muy diversas -algunas de ellas las hemos abordado anteriormente en NUESTRA BANDERA [8] -, su germen se manifestó ya en el origen de la Unión Soviética, como consecuencia de las diferencias de concepción que sobre la cuestión nacional se manifestaron entre Lenin y Stalin. Durante décadas, se oficializó que las tesis de Stalin sobre el problema nacional-recogidas en su célebre obra "El marxismo y la cuestión nacional" [9] y en otros trabajos constituía la quinta-esencia del leninismo. Es cierto que Lenin envió a Stalin a Viena para que escribiera ese trabajo y que en una carta a Gorki (febrero de 1913) alude "al maravilloso georgiano que se ha puesto a escribir un artículo detallado". También es verdad que Lenin nombró a Stalin Comisario del Pueblo para las Nacionalidades, en el primer gobierno soviético, seguramente por su origen nacional y especialización en el tema. Sin embargo, entre ambos dirigentes soviéticos se dieron pronto en ese campo no sólo discrepancias teóricas sino, sobre todo, de aplicación política. Es evidente que en "El marxismo y la cuestión nacional" de Stalin, las tesis centrales eran las del partido bolchevique. Sin embargo, es significativo que Lenin no volvió a citar jamás el luego tan elogiado trabajo teórico de Stalin. Las razones pueden estribar en que: 1) El concepto de "carácter nacional", el de "comunidad de formación psíquica", o "particularidad psicológica de las naciones" que utiliza Stalin, como rasgos para definir el concepto de nación, no son leninistas en absoluto. Se trata de una problemática tomada de Bauer, cuya teoría psicológica critica Lenin explícitamente. 2) Al proclamar perentoriamente que "tan sólo la presencia de todos los rasgos (comunidad de lengua, territorio,-mida económica y "formación psíquica')' proporciona una nación, Stalin infunde a su tesis un carácter dogmático, restrictivo y rígido, que no se encuentra en los textos de Lenin sobre el tema. 3) Stalin rechaza explícitamente la posibilidad de una unión o de asociaciones de grupos nacionales dispersos en un Estado multinacional. Por el contrario Lenin se alza "contra la unión obligatoria de todas las regiones nacionales", pero defiende vigorosamente la libertad de toda asociación, incluyendo la asociación de todas las comunidades que se quiera de cualquier nacionalidad de un Estado dado. 4) Stalin no hace ninguna distinción entre el nacionalismo opresor zarista gran-ruso y el nacionalismo de las naciones oprimidas. Por el contrario, Lenin no sólo consideraba decisiva la división entre el nacionalismo de las naciones opresoras y el nacionalismo de las naciones oprimidas, sino que constantemente atacaba a quienes capitulaban ante el nacionalismo chovinista gran-ruso. No es casual que uno de sus principales blancos en este tema fuesen los marxistas de una nación oprimida, Polonia, los cuales con su posición de "firmeza" contra el nacionalismo polaco, acababan negando a Polonia su derecho a la separación del Imperio zarista' [10] .

Siendo relevantes, estas discrepancias teóricas entre Lenin y Stalin, se mantuvieron latentes hasta que la enfermedad terminal de Lenin le impidió contrarrestar las tendencias al chovinismo gran-ruso que se manifestaron abiertamente en Stalin a partir de 1922. Una vez conocido el denominado "Testamento" de Lenin y el diario de sus secretarias, diversos historiadores han estudiado el frontal enfrentamiento entre ambos dirigentes soviéticos que_ después fue denominado "último combate de Lenin". Del mismo constituye una muy buena síntesis la obra del historiador Moshé Lewin, precisamente titulada "El último combate de Lenin." A través de sus páginas se puede seguir todo el dramatismo de la lucha que un Lenin gravemente enfermo, y aislado por Stalin con el pretexto de contribuir a su restablecimiento, libró en un doble frente contra el burocratismo autoritario del futuro dictador y contra sus brutales actuaciones chovinistas gran-rusas hacia las naciones y nacionalidades menores integradas en el poder soviético. Indignado por la actuación de Stalin, Ordjonikidze y Dzerjinski, en Georgia -donde habían impuesto brutalmente sus posiciones centralistas frente a los bolcheviques georgianos- Lenin intenta reaccionar contra sus actitudes chovinistas gran-rusas. De ello ha quedado reflejo en sus "Notas sobre la cuestión nacional y sobre la autonomización", dictadas a sus secretarias los días 30 y 31 de Diciembre de 1922. Según Moshé Lewin," este texto cuenta entre los más importantes del testamento, y sin duda es el más significativo en cuanto nos permite medir la profundidad de la crisis que Lenin atravesaba en ese período, a la vez que su honestidad intelectual y su audacia política (...)

Las consideraciones sobre la cuestión nacional empiezan con una autocrítica: "Me siento culpable ante los trabajadores de Rusia por no haber intervenido de forma suficientemente áspera y enérgica en este famoso problema de autonomización, el problema de la Unión de Repúblicas Socialistas soviéticas". Sigue una larga justificación personal, especialmente por las circunstancias de la enfermedad, y después la descripción del efecto revelador producido por el informe Dzerjinski: "La violencia de Orjonikidze se desató pues, a tal extremo, que había sido capaz de golpear a un oponente comunista (georgiano) !En que lodazal nos hemos hundido! Al conocer Rusia, su burocracia, apenas barnizada de espíritu soviético, al conocer sobre todo el carácter de este hombre auténticamente ruso, este chovinista gran-ruso, esencialmente dañino y agresivo, que es el típico burócrata ruso." [11]

El historiador Moshe Lewin, acierta plenamente al precisar que "Lenin ha podido darse cuenta de que su régimen no ha hecho lo necesario para defender a las naciones minoritarias contra la invasión de los cabos de vara, de los dzerjimordi rusos". Pero la crítica va más lejos: las filas de los culpables no están formadas únicamente, como habría creído, por los tránsfugas del zarismo; el régimen soviético, los dirigentes superiores del partido, habían seguido un comportamiento auténticamente imperialista, aunque fuese en los detalles. Lenin sabía perfectamente, y no temía decirlo, que una situación así, que descubría con consternación, reducía a la nada el valor de "toda la sinceridad de principio de la lucha contra el imperialismo proclamada por el Partido.(...) Según Lenin, los dirigentes del Partido no han comprendido siquiera el primer principio que debe guiarlos a dar una solución al problema de las nacionalidades dentro de un espíritu internacionalista. El proletariado debía, en su propio interés, conquistar la confianza de los pueblos alógenos. Estos experimentaban una profunda desconfianza respecto a la nación mayoritaria que les había inferido ofensas hirientes y repetidas injusticias; de suerte que si la gran nación se contenta con proclamar una simple igualdad formal, su actitud puede calificarse de burguesa. Para reparar las injusticias cometidas contra las pequeñas naciones, la gran nación de los antiguos opresores está obligada a admitir cierta desigualdad en su propio detrimento, está obligada a practicar una especie de autodiscriminación para compensar la desigualdad de hecho que sigue existiendo en la vida en detrimento de las pequeñas naciones. Es preciso redoblar las atenciones, las concesiones y las medidas prudentes en beneficio de los pueblos pequeños. Esta no era precisamente la política de Stalin, Ordjonikidze y Dzerjinski. Lenin los condena en términos de una tal severidad que no deja duda en cuanto a su profunda hostilidad política hacía sus actuaciones. Stalin es acusado de una precipitación fatal contra el pretendido social-nacionalismo. Dzerjinski ha dado muestras de esa actitud auténticamente rusa que caracteriza a los extranjeros rusificados. Lenin acusa resueltamente a Ordjonikidze y a Stalin de haber actuado como brutales gran rusos, de haber infligido las reglas del internacionalismo proletario y de haber naufragado en una actitud imperialista. Exige así un castigo ejemplar para Ordjonikidze y asimismo una inculpación oficial de Stalin y de Dzerjinski, políticamente responsables. Al mismo tiempo vuelve contra los propios acusadores el calificativo de "desviacionistas". Reconoce que todo el proceso de autonomización "era probablemente injusto en su esencia y prematuro", admite el mantenimiento de la Unión (Soviética), pero siempre que se esté dispuesto a dar marcha atrás, si la experiencia lo muestra necesario, y a dejar subsistir de la Unión sólo la fusión de la política exterior y la de defensa, mientras sería necesario "en todos los otros campos, reconstruir la independencia completa de los antiguos comisariados", es decir, a partir del próximo congreso de los soviets, volver a las relaciones que existían anteriormente. Es legitimo suponer, como lo hace el escritor norteamericano Pipes, que si Lenin no hubiese sufrido un agravamiento de su enfermedad, en Marzo de 1923, "la estructura final de la Unión Soviética habría sido distinta de la que Stalin iba a darle posteriormente" [12] .

Lenin luchó denodadamente, a pesar de la creciente gravedad de su enfermedad terminal, por configurar la URSS como una unión federal de pueblos libres e iguales en derechos. Logró incluso que al constituirse esta, el 30 de Diciembre de 1922, se introdujese el derecho de las repúblicas federativas a separarse de la Unión. Sin embargo, tras el fallecimiento de Lenin, en 1924, Stalin fue vaciando gradualmente de contenido. los derechos nacionales de los distintos pueblos integrantes de la URSS. De hecho, el chovinismo gran-ruso de Stalin -acentuado por su ardor de neófito- adulteró decisivamente la aplicación de la justa política leninista sobre la cuestión nacional. Este ya fue un vicio inicial que se manifestó en el propio origen de la URSS. Vicio que después se agravó con las deportaciones masivas que Stalin ordenó, durante la II Guerra Mundial, de los tártaros de Crimea, los alemanes de la República del Volga, los Chechenoinghuses del Caucaso, etc., y por la anexión coactiva de los Estados bálticos. En ello radica, quizás, la causa principal de la explosión nacionalista que sufrió la URSS al iniciarse la política de "perestroika '. Posteriormente, la gravedad de la crisis económica acentuó todavía más las fuerzas centrífugas hasta producir la final desintegración de la URSS. A este proceso de fragmentación del macro-Estado soviético ha contribuido también destacadamente la ambición de poder y la irresponsabilidad de Boris Yeltsin. Aunque todo induce a suponer que ha actuado como aprendiz de brujo, ya que ahora sufre las consecuencias de su política en forma de nuevos separatismos (Tatarstán, Siberia, Bashkiria, etc.) que pueden fragmentar a Rusia siguiendo el mismo proceso que desintegró a la URSS.

Con la debida perspectiva histórica, se irán apreciando mejor los efectos negativos que va a suponer la desaparición de la URSS, tanto para sus propios ciudadanos, como para el conjunto de los pueblos del mundo. Ahora ya se reconoce que, a pesar de la política chovinista gran-rusa de Stalin, fueron las naciones no rusas de Asia central, el Cáucaso, etc., las más beneficiadas por las conquistas sociales derivadas de la Revolución de Octubre. Por el contrario, hay que reconocer también que casi ocho décadas después de 1917 sigue sin crearse el hombre nuevo que constituía uno de sus principales objetivos. Con tal hombre nuevo no hubiese sido posible la irracionalidad de la explosión nacionalista actual. No puede descartarse que esta, cual si se hubiese abierto una nueva caja de Pandora, extienda sus efectos negativos sobre los diversos continentes. No obstante, sus efectos serán pasajeros, ya que son muchos los factores que actúan objetivamente para que finalmente se logre equilibrar la necesaria autodeterminación de cada nación con las ventajas de amplias uniones o federaciones de pueblos.



[1] George Haupt, Michael Löwy y Claude Weill: Los marxistas v la cuestión nacional. Editorial Fontamara. Barcelona, 1972.

[2] Op. cit. pág. 17

[3] Op. cit. pág. 20

[4] Op. cit. pág. 20

[5] Manuel García Pelayo: El lepra de las nocionalidades. La teoría de la nación en Otto Bauer. Editorial Pablo Iglesias. Madrid 1979. Cfr. con José Stalin El marxismo, la cuestión nacional y la lingüística. Editorial Akal. Madrid 1977. págs. 43 a 56

[6] V.1. Lenin: El derecho de las naciones a la autodeterminación. Editorial Progreso. Moscú. 1979

[7] George Haupt, Michael Lowy y Claudie Weill: "Los marxistas y la cuestión nacional". Editorial Fontamara. Barcelona, 1982. pág. 111

[8] José María Laso Prieto: La crisis de la perestroika v sus consecuencias. Revista Nuestra Bandera. Madrid IV Trimestre dé 1991. pág. 14 y síg

[9] Existen muy diversas ediciones. Entre otras, José Stalin, El marxismo v el problema nacional. Ediciones Cepe. Buenos Aires, 1973

[10] Haupt, kwy y Weíll: Los marxistas y la cuestión nacional. Editorial Fontamara, Barcelona, 1982. pág. 107 y síg.

[11] Moshé Lewin: El último combate de Lenin. Editorial Lumen. Barcelona, 197 págs. 110 y 111.

[12] Ops. cít. págs. 112, 113 y 114. El problema nacional en la URSS y las relaciones entre Rusia soviética y las repúblicas del Cáucaso son tratados en detalle por Richard Pipes,  The formation of the Soviet Union, Cambridge, Massachussestts, Harvard University Press, 1964. capítulos 5 y 6.