José María Laso
Prieto
«¿Hacia
otro Stalingrado?»
En «La Nueva España»,
1/04/2003. .
Texto preparado para su edición digital por
Uriel Bonilla.
En
este artículo, no voy a tratar de la gravísima violación del derecho
internacional que se está cometiendo con la agresión al pueblo iraquí.
Tampoco voy a abordar el tema de las crecientes víctimas civiles,
ni siquiera de las relevantes consecuencias políticas, económicas
y sociales que tal agresión va a tener para todo el Oriente Medio
e, incluso, para el conjunto de la Humanidad. Me voy a centrar exclusivamente
en las operaciones militares en curso. Aunque políticamente soy un
activo pacifista, no por ello me desintereso de los temas militares,
en sus facetas estratégica, táctica, logística y de historia militar.
En mi biblioteca poseo más de un millar de valiosas obras militares,
que impresionaron mucho al coronel Infantes Inglés cuando tuvo oportunidad
de hojearlas. También ha publicado varios trabajos sobre temas bélicos.
De ellos destacaré «El arco de fuego (la batalla del Kursk)», publicado
en La Nueva España en julio de 1.943, y, muy ampliado –a petición
de Gustavo Bueno– en la revista El Basilisco de 2.002. En la
misma revista, científico-filosófica, publiqué asimismo «Franco y
Rojo; dos estrategias en la guerra de España». También he publicado,
en el último número de la revista Ábaco, el trabajo «Guerras
mundiales y globalización».
Ahora me intereso por la próxima batalla de Bagdad
en todas sus facetas. Algunos comentaristas han suscitado el tema
de su eventual comparación con la batalla de Stalingrado. Incluso
el politólogo Jorge Vestrynge aborda el tema genéricamente en su obra
Rebeldes, revolucionarios y refractarios. Ensayo sobre la disidencia,
publicada en la editorial Viejo Topo.
En el subcapítulo titulado «Hacia Stalingrado (el
teorema de Paul Kennedy)», dice: «USA va hacia un Stalingrado porque
se enfrenta a unos enemigos formidables; a los unos seguirán otros,
y luego otros; y luego otros; ése es el destino de los imperios con
aspiración unipolar. Pero incluso antes de Stalingrados militares
pueden llegar perfectamente los económicos. Es conocida la teoría
de Paul Kennedy (en Auge y caída de Imperios, Madrid, 1.998),
según la cual todo Imperio inicia su declive cuando el coste de mantenimiento
de su grado máximo de expansión resulta más gravoso que lo que dicho
mantenimiento le aporta» (Rebeldes, revolucionarios y refractarios,
página 268).
Dado el tiempo transcurrido, conviene recordar lo
que fue la célebre batalla que inició el viraje en el frente germano-soviético.
Es decir, el decisivo en la II Guerra Mundial. En su ofensiva inicial
de 1.941, las fuerzas armadas alemanas tuvieron por objetivo la conquista
de Leningrado, Moscú y Kiev. Sólo consiguieron conquistar Kiev y fracasaron
ante Leningrado y Moscú. En su ofensiva de la primavera, verano de
1.942, los objetivos eran Stalingrado y el petróleo del Caúcaso. Los
alemanes trataban de conseguir en Stalingrado cortar la vital vía
fluvial del Volga y asegurar el flanco izquierdo de su avance hacia
el Caúcaso. El nombre de la ciudad del Volga, que llevaba el nombre
de su gran enemigo Stalin, fascinó a Hitler, y le hizo caer en la
trampa de mantenerse en ella a toda costa. Desde comienzos de agosto
de 1.942, hasta la contraofensiva soviética de noviembre, los alemanes
se vieron obligados a librar una terrible batalla de desgaste –al
coste de enormes pérdidas de hombres y material– en la que tuvieron
que ir avanzando casa por casa y muro tras muro. Finalmente, el 15
de noviembre se inició la contraofensiva soviética que cercó al VI
Ejército alemán y al IV Ejército acorazado. Hitler no permitió la
retirada y, en unas condiciones dantescas, ambos ejércitos tuvieron
que rendirse en febrero de 1.943, siendo hechos prisioneros más de
doscientos mil soldados, un mariscal y veintidós generales.
¿Qué posibilidades hay de que Bagdad se convierta
en un nuevo Stalingrado? Sólo la posibilidad de que la resistencia
de Bagdad sea tan numantina como la de la ciudad de Stalin. Las condiciones
son muy distintas. Stalingrado era una ciudad de altas edificaciones
con muros gruesos –fábricas diversas y grandes viviendas de hormigón
especialmente aptas para combatir– protegidos por sus muros. Por el
contrario, Bagdad se basa en bajas edificaciones, mucho menos defendibles.
Ambas ciudades están atravesadas por un río, Stalingrado por el Volga
y Bagdad por el Tigris. Sin embargo, el Volga protegía a una retaguardia
soviética que permitía el envío continuo de hombres y material, así
como servir de base para la contraofensiva final. Bagdad no dispone
de ninguna de tales ventajas, aunque pueda parangonarse a Stalingrado
por la voluntad de resistencia que están demostrando los iraquíes
y por el dominio que demuestran de las tácticas de lucha urbana.
Otro factor que puede acrecentar la resistencia iraquí
es el de los errores tácticos y estratégicos cometidos por los mandos
norteamericanos. Esos errores tienen dos causas. Una, en la megalomanía
USA de creer de tal forma en su superioridad técnica y material, que
ello les hace subestimar a sus enemigos. Otra, en suponer que una
buena parte del pueblo iraquí les ayudaría para liberarse de la dictadura
de Saddam Hussein. Ello ha supuesto subestimar el patriotismo iraquí,
que ahora se está exacerbando. Por ello, no puede sorprender que muchos
exiliados enemigos de Saddam estén retornando a Irán para defender
a su pueblo contra la invasión extranjera. Stalin no incurrió en tales
errores. En su célebre discurso de julio de 1.941, no sólo llamó a
los comunistas a defender la URSS, sino que apeló al patriotismo del
pueblo ruso citando a los héroes tradicionales como Alexander Nevski
y Dimitri Donskoi, y a los generales zaristas Svorov y Kutusov que
habían combatido eficazmente contra la invasión napoleónica. Finalmente,
denominó a la contienda Gran Guerra Patria de la Unión Soviética.
El Estado Mayor USA, presionado por el ignorante
secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, no ha tenido en cuenta para
elaborar su plan estratégico las lecciones que Liddel Hart –el mejor
teórico militar del siglo XX– expuso en su obra La estrategia de
la aproximación indirecta, que, a su vez, actualiza algunos de
los principios que el tratadista militar chino Sun-Tzu elaboró hace
ya dos milenios. En algunos aspectos, ya las aplicó también Mao-Tsé-Tung
en su obra La guerra de guerrillas para derrotar a los ejércitos
de Chang-Kai-Chek en la forma de defensa estratégica. En tales obras
estratégicas, lo fundamental es una flexibilidad táctica y estratégica
que permita evitar los ataques frontales y acosar al enemigo desestabilizándolo
psicológicamente, mediante aproximaciones no previsibles y obteniendo
el triunfo de la capacidad de maniobra frente a rigideces estratégicas
derivadas de sobrevalorar las fuerzas propias. En la próxima batalla
de Bagdad, vamos a comprobar si las fuerzas iraquíes son capaces de
utilizarla.
