José María Laso Prieto

«El derecho a la autodeterminación
de las naciones y nacionalidades en
su perspectiva marxista y actual»

En Utopias-Nuestra Bandera nº 181/182. Madrid: Partido Comunista de España, Vol III, 1999.

Texto preparado para su edición digital por Carlos Glz. Penalva.


 

I. Introducción.

El desarrollo de los conflictos bélicos en los Balcanes, las tensiones nacionalistas existentes en diversos países europeos, así como su reivindicación por algunas organizaciones nacionalistas que actúan en España, han reactualizado el debate que sobre el derecho a la autodeterminación de naciones, nacionalidades ,pueblos, etc. se realizó en otras etapas históricas.

Recientemente, en un pleno del Comité Federal del Partido Comunista de España, se produjeron intervenciones discrepantes sobre la aplicación de tal derecho. Ello indujo a que, en su resumen del debate plenario, Francisco Frutos, Secretario General del Partido Comunista de España, propusiera llevar a cabo un debate monográfico sobre el principio del derecho de las naciones a la autodeterminación y el de su eventual aplicación a situaciones históricas concretas. La finalidad de este trabajo es la de contribuir a un debate que se ha hecho cada vez más necesario en el P.C.E.

Un tema tan complejo como el derecho a la autodeterminación de los pueblos, que tiene consecuencias políticas tan relevantes para las étnias, culturas, nacionalidades y clases sociales afectados por su aplicación, no debe ser abordado en forma genérica. Por ello lo vamos a estudiar no sólo en la forma en que lo hicieron los clásicos del marxismo, Marx y Engels, sino también tal y como lo abordaron otros destacados marxistas como Rosa Luxemburgo, Lenin, los denominados austromarxistas, Stalin, Tito etc. La mayor parte de sus estudios se centran en Estados, como los imperios austrohúngaro y zarista, de carácter plurinacional conflictivo y que habían sido calificados de «cárceles de pueblos». Otros tuvieron por objeto lograr la convivencia, en un Estado Federal integrador, de los denominados «eslavos del sur». 

De tales problemáticas debe netamente diferenciarse la suscitada por la aplicación del derecho a la autodeterminación de los pueblos, desde el final de la Segunda Guerra Mundial, a los países colonizados situados en el denominado «Tercer Mundo». En ese campo, ha desempeñado una función muy relevante el denominado «Comité de los 22» de la Asamblea General de la ONU. Incluso cabe también la distinción entre el derecho a la autodeterminación de los individuos y el de los colectivos sociales.

 II. La posición de Marx y Engels

            Centrados fundamentalmente en resolver los problemas inherentes al proceso de emancipación de la clase obrera, Marx y Engels no elaboraron de forma sistemática una teoría del nacionalismo [1] . No obstante, tal teoría se puede deducir tanto de la metodología del materialismo histórico, como de las posiciones de los clásicos del marxismo sobre los problemas nacionales de Irlanda, Polonia, Hungría, Italia, Alemania, etc. Preocupados por la actitud de los trabajadores ingleses ante los obreros irlandeses, sintetizaron su posición hacia la causa nacional irlandesa en el célebre lema: «No puede ser libre un pueblo que oprime a otro». Ahora bien, el proceso revolucionario desencadenado en Europa en 1848, obligó a Marx y Engels a precisar sus posiciones sobre el tema:

«Tales posiciones se alinean, por lo demás ,con las de la izquierda europea, para la que la revolución hubiera debido promover la liberación y la unificación de las naciones oprimidas y desgarradas, Alemania e Italia, Polonia y Hungría. La izquierda es entonces nacional y ser nacional, en Europa occidental y central, viene a significar ser de izquierdas, en la medida que realizar la unidad nacional, se supone que tiene que romper el sistema surgido del Congreso de Viena y de la Santa Alianza». [2]

            Según exponen Haupt, Lowy y Weill -- destacados especialistas en el tema — en su didáctica obra Los marxistas y la cuestión nacional:

«El rechazo a la abstracción es lo que caracteriza la posición de Marx y Engels sobre el problema nacional. Así difieren de la concepción liberal, y de Bakunin, sobre el derecho a la autodeterminación»

            Para tales especialistas en la concepción marxista del problema nacional:

«Marx y Engels rechazan la asunción de tal derecho como principio absoluto y circunscriben su alcance y su puesto entre los objetivos del movimiento obrero. Según los casos, minimizan o acentúan el valor instrumental de un principio percibido siempre a través de la dinámica revolucionaria. Es antinómico del principio de las nacionalidades que ignora por completo la gran cuestión del derecho a la existencia nacional de los grandes pueblos históricos de Europa — tal y como la formularon tanto Napoleón III como Bakunin — para quienes toda nación es un hecho natural que debe disponer sin reserva del derecho natural a la independencia de acuerdo con el principio de la libertad absoluta.
Por el contrario, para Marx, el derecho a la autodeterminación debe circunscribirse únicamente a las naciones históricas y debe subordinarse siempre a la prioridad de la lucha por la emancipación de los trabajadores» [3]

            Coincidimos con George Haupt, Michael Löwy y Claude Weill, en considerar que:

«[…] para Marx y Engels, la cuestión nacional no es más que un problema subalterno cuya solución se producirá automáticamente por el desarrollo económico y gracias a las transformaciones sociales las naciones viables superarán todos los obstáculos, mientras que las que constituyen meras "reliquias de pueblos" se verán condenadas a desaparecer»

            Y es que la perspectiva en que se sitúan Marx y Engels en esa época, al abordar la denominada cuestión nacional:

« [...] es la de las transformaciones estructurales que implica el desarrollo del capitalismo: la creación de grandes entidades nacionales, de grandes espacios estatales centralizados, como condición previa para un gran desarrollo histórico que vaya en el sentido del progreso social. El que la concentración en grandes Estados implique que ,si se da el caso, comprendan una multitud de nacionalidades, es algo que nada cambia en los supuestos» [4]

            Sin embargo, coincidimos también con los autores citados – ya que se refieren a dos etapas diferenciadas de Marx y Engels en su enfoque de la cuestión nacional – en considerar:

 «[…]que la importancia estratégica de la “cuestión irlandesa”, cuya solución les parece a Marx y Engels, durante la década del 60 del siglo XIX, la clave para la solución de la “cuestión inglesa”, y la cuestión inglesa la clave para la solución de la “cuestión europea", planteaba en términos nuevos la cuestión de la relación entre el movimiento nacional y el movimiento obrero. A partir de entonces, la lucha de las naciones oprimidas ,"subdesarrolladas",incluso – el caso de Irlanda se aborda también como cuestión colonial — puede servir de detonador para la lucha de la clase obrera, del movimiento obrero de las naciones dominantes». [5]

            De ello, algunos autores, han deducido, para Irlanda e Inglaterra, las prioridades de Marx y Engels: ya no será la revolución social la que solventará el problema nacional, sino que la liberación de la nación oprimida constituye un supuesto previo para la emancipación social de la clase obrera. La nueva concepción supone unas relaciones políticas completamente distintas, basadas en una alianza estratégica entre el movimiento de liberación nacional y el movimiento obrero. Lucha de clases y lucha nacional se convierten en complementarias y solidarias sin confundirse ni sobreponerse. Con ello se amplia también la terminología, a través de la nueva problemática abierta por la "cuestión irlandesa". Marx y Engels introducen la distinción capital entre "naciones oprimidas" y "naciones dominantes".

            De entre los diversos textos de Marx y Engels que podrían citarse para explicar su nueva posición sobre las cuestiones nacionales – que ha sido calificado de «viraje» de 1867 – por razones de espacio vamos a limitarnos a dos extraídas de su correspondencia: La primera, es un pasaje de una carta de Engels a Marx (de 24-X-1869) en la que Engels dice:

«La historia irlandesa le muestra a uno lo desastroso que es para una nación el haber subyugado a otra nación. Todas las abominaciones de los ingleses se originan en el Pale irlandés (se denominaba Pale a la parte de Irlanda en que fueron impuestos el lenguaje, las leyes, etc. ingleses, antes de completarse la conquista de todo el país. Viene a coincidir con el actual territorio del Ulster). Todavía tengo que estudiar el periodo cronweliano, pero lo que me parece seguro es que las cosas hubieran tomado otro giro en Inglaterra si no hubiese sido por la necesidad de la dominación militar de Irlanda y la creación, en ella, de una nueva aristocracia»

          La segunda, es una carta de Marx a Kugelman (de 29-XI-1869) en la que Marx dice:

«Estoy cada vez más convencido – y la única cuestión es llevar esta convicción a la clase obrera inglesa – de que ésta no podrá hacer nada decisivo en Inglaterra mientras no separe definitivamente su política respecto a Irlanda de la política de las clases dominantes; mientras no haga causa común con los irlandeses, mientras no tome la iniciativa de disolver la Unión establecida en 1801, remplazándola por una libre relación federal. Y esto debe hacerse, no por simpatía hacia Irlanda, sino como exigencia en interés del proletariado inglés. De lo contrario, el pueblo inglés permanecerá atado a las riendas de las clases dirigentes, pues tendrá que unirse con ellas en un frente común contra Irlanda. Cada uno de sus movimientos en Inglaterra misma es mutilado por la desunión con los irlandeses, quienes constituyen un sector muy importante de la clase obrera de Inglaterra. La primera condición de la emancipación en Inglaterra – el derrocamiento de la oligarquía terrateniente inglesa — sigue siendo imposible debido a que la posición de ésta no puede ser atacada mientras mantenga sus puestos de avanzada en Irlanda, sólidamente fortificados. Pero una vez que las cosas estén allí en manos del propio pueblo irlandés, una vez que éste se convierta en su propio legislador y amo, una vez que logre su autonomía, la abolición de la aristocracia terrateniente (en gran medida las mismas personas que los terratenientes ingleses) será infinitamente más fácil que aquí, puesto que en Irlanda no se trata de un simple problema económico, sino, al mismo tiempo, de un asunto nacional, desde que los terratenientes de allá no son, como los de Inglaterra, los tradicionales dignatarios y representantes de la nación, sino sus opresores mortalmente odiados. Y no sólo el movimiento social interno de Inglaterra permanece lisiado debido a sus relaciones actuales con Irlanda; su politica exterior, en especial su política respecto a Rusia y Norteamérica, sufren el mismo destino.
Pero como la clase obrera inglesa arroja sin duda el peso decisivo en la balanza de la emancipación social en general, es aquí donde hay que aplicar la palanca. En rigor, la república inglesa bajo Cronwell naufragó en Irlanda. "Non bis in idem"»

            Los textos de ambas cartas se incluyen en el volumen de Marx y Engels Sobre el sistema colonial del imperialismo [6] , y en sus escritos sobre Irlanda.

            Debe considerarse como un gran acierto de Marx y Engels el haber captado con lucidez la estrecha trabazón que existía en Gran Bretaña entre la lucha por la emancipación social del proletariado británico y la cuestión nacional irlandesa. Sin embargo, ello no modificó sustancialmente el hecho de que Marx y Engels eran partidarios de la prioridad de las grandes naciones históricas dotadas de un gran desarrollo cultural y de amplios territorios que permitiesen obtener las ventajas de lo que actualmente se denominan «economías de escala». Apoyaron la independencia de Irlanda – aunque a veces hablaban de autonomía – por las razones expuestas, y de la de Polonia porque socavaría el poder del gran baluarte de la reacción europea que constituía el Imperio Zarista. Es decir, rechazaban generalizar o absolutizar el principio general del derecho de los pueblos a la autodeterminación, ya que su aplicación podía resultar, según las situaciones concretas, progresista o reaccionaria. Marx utiliza más frecuentemente los términos «naciones revolucionarias», «naciones contrarrevolucionarias», mientras que Engels emplea preferentemente la terminología hegeliana «naciones históricas» – «naciones sin historia» (geschichtslose), término este ultimo con el que designa:

«pueblos que en el pasado no han sido capaces de constituir Estados y que no tienen ya la fuerza suficiente para conquistar en el futuro su independencia nacional, nacionalidades enjuiciadas como contrarrevolucionarias en tanto que formaciones naturales, agrarias.»

           Desde esta perspectiva, Engels negaba contundenmente, en unos artículos publicados en el Neue Rheinische Zeitung, el derecho a la autodeterminación de las diferentes nacionalidades que constituían los denominados «eslavos del sur», es decir de la: que integraron Yugoslavia.

           Román Rodolsky, en su trabajo Engels y los pueblos sin historia, resume muy bien la idea desarrollada y defendida por Engels en el diario alemán citado:

«El sólo hecho de una opresión nacional no impone en absoluto a la democracia tomar partido por la nacionalidad oprimida; ese deber no aparece más que cuando las actividades políticas de esa nacionalidad revisten un carácter revolucionario y sirven, de ese modo, los intereses particulares de la democracia; de no ser así el sedicente movimiento nacional no tendría derecho a apoyo»

III. La Posición de Rosa Luxemburgo.

            Contrariamente al caso de otros teóricos marxistas, que admitían la posibilidad de aplicar el derecho de las naciones a la autodeterminación a situaciones concretas en que no entrase en contradicción con el interés prioritario de la lucha por la emancipación del proletariado, Rosa Luxemburgo rechazaba rotundamente tal derecho Sus escritos sobre la cuestión nacional fueron publicados como artículos en 1908 bajo el título de Cuestión nacional y autonomia, en el órgano del Partido Socialdemócrata Polaco. Sus tesis principales son: 

a) El derecho a la autodeterminación es un derecho abstracto y metafísico, igual que el pretendido «derecho al trabajo» de los utópicos del siglo XIX o el ridículo «derecho de cada hombre a comer en platos de oro» proclamado por el novelista Chernichevski.
b) Sostener el derecho a la separación de toda nación significa, en realidad, sostener el nacionalismo burgués. La nación, como un todo uniforme y homogéneo no existe: cada clase tiene, en la nación intereses y "derechos " contrapuestos.
c) La independencia de las pequeñas naciones en general, y de Polonia en particular, es una utopía desde el punto de vista económico, condenada por las leyes de la historia.

            Para Rosa Luxemburgo no existía más que una excepción a esta regla. Los pueblos balcánicos del Imperio turco: griegos, serbios, búlgaros, armenios, etc. Estas naciones habían alcanzado un grado de desarrollo económico, social y cultural superior al de Turquía, imperio decadente que las aplastaba con su peso muerto.

            Empero, quizás resulte más expresivo todavía citar directamente a Rosa Luxemburgo. En un pasaje del primer capitulo de su obra La cuestión nacional –titulado El derecho de las naciones a la autodeterminación – dice literalmente:

«Los elementos de un programa político se formulan pensando en objetivos concretos: dar soluciones directas, prácticas y factibles a los problemas más candentes de la vida social y política, que tienen que ver con la lucha de clases del proletariado; servirse de líneas orientativas para la política cotidiana y sus necesidades; iniciar la acción política del partido obrero en la dirección correcta; y, finalmente, separar la política revolucionaria del proletariado de la política de los partidos burgueses y pequeñoburgueses. Es evidente que la consigna del «derecho de las naciones a la autodeterminación» no posee este carácter. No ofrece ninguna orientación práctica para la política del día al día del proletariado, ni ninguna solución práctica para los problemas nacionales. Por ejemplo, no indica al proletariado ruso como abordar y resolver el problema nacional polaco, finlandés, caucásico, judío, etc. Sólo ofrece una ilimitada autorización a todas las «naciones» interesadas para que resuelvan los problemas nacionales como más les plazca. La única conclusión práctica que podríamos extraer de esta fórmula, para la política cotidiana de la clase trabajadora, es la indicación de que su deber de clase es luchar contra todas las manifestaciones de la opresión nacional. Si reconocemos el derecho de cada nación a determinarse a si misma, la conclusión más evidente y lógica es que debemos condenar todo intento de dominio de una nación por otra, o del uso de la fuerza para imponer a otra nación una forma determinada de existencia nacional. Pero el deber del partido de la clase obrera de protestar y luchar contra la opresión nacional no surge de un "derecho de las naciones" especial, como tampoco su lucha por la igualdad social y política entre los sexos emana de ningún «derecho de la mujer» innato, como sugiere el movimiento de las feministas burguesas, sino que surge exclusivamente de la oposición general de la estructura de clase y toda forma de desigualdad y de dominación social; en una palabra, surge de la propia posición básica del socialismo. El deber de resistirse a toda forma de opresión nacional no incluye ninguna indicación sobre que condiciones y formas políticas debe propiciar hoy el proletariado consciente de Rusia para solucionar el problema nacional polaco, letón, judío, etc. ni sobre que programa debe presentar para oponerse a los programas de los partidos burgueses, nacionalistas y seudosocialistas en la actual lucha de clases. En otras palabras, la fórmula del "derecho de las naciones a la autodeterminación" no es en esencia una consigna ni una guia política o programática para abordar la cuestión de las nacionalidades sino tan solo un medio para eludir la cuestión. Además el carácter general y esterotipiado del punto 9 del programa del POSDR demuestra que esta forma de resolver la cuestión es ajena a la posición del socialismo marxiano. Un «derecho de las naciones» válido para todos los países y todos los tiempos no es más que un cliché metafísico similar a los «derechos del hombre» y los «derechos del ciudadano». El materialismo dialéctico, que es la base del socialismo científico, ha desterrado definitivamente de su vocabulario este tipo de fórmulas «eternas». Porque la dialéctica histórica ha demostrado que no existen verdades ni derechos «eternos». En palabras de Engels «lo que es bueno aquí y ahora, es malo en otro sitio y viceversa», es decir, lo que es justo y razonable en determinadas circunstancias se convierte en injusto y absurdo en otras. El materialismo dialéctico nos ha enseñado que el contenido real de esas verdades, fórmulas y derechos "eternos" viene determinado sólo por las condiciones sociales materiales en una época dada» [7]

 

IV. La posición de Lenin.

            La posición de Lenin, sobre el derecho a la autodeterminación de las naciones, es antitética a la de Rosa Luxemburgo y ello suscitó entre ambos teóricos marxistas la correspondiente polémica. Polémica de la cual sólo se ha conocido en España la posición de Lenin muy bien expresada en su famoso trabajo El derecho de las naciones a la autodeterminación. Realizando un balance del citado trabajo, Lenin precisa:

«Desde el punto de vista de la teoría del marxismo en general, el problema del derecho a la autodeterminación no presenta dificultades. En serio no se puede ni hablar de poner en duda el acuerdo de Londres de 1896, ni de que por autodeterminación se entiende únicamente el derecho a la separación, ni que la formación de Estados nacionales independientes es una tendencia de todas las revoluciones democráticas burguesas(...). Por ello la tendencia de todo movimiento nacional es formar Estados nacionales, que son los que mejor cumplen las exigencias del capitalismo contemporáneo. Impulsan a ello factores económicos de los más profundos, y para toda Europa Occidental, es más, para todo el mundo civilizado, el Estado nacional es por ello lo típico, lo normal en el periodo capitalista.» [8]

            En su exposición del tema, Lenin trata también de situarlo metodológicamente. Así, en su capitulo titulado Planteamiento histórico concreto de la cuestión, precisa:

«La teoría marxista exige de un modo absoluto que, para analizar cualquier problema social, se le encuadre en un marco histórico determinado, y después, si se trata de un sólo país por ejemplo, de un programa nacional para un país determinado, que se tengan en cuenta las particularidades concretas que distinguen a ese país de los otros en una misma época histórica.»

            Por ello, frente a quienes — como Rosa Luxemburgo – califican de «separatistas» a quienes defienden el derecho de las naciones a la autodeterminación, Lenin precisaba:

«Acusar a los partidarios de la libertad de autodeterminación, es decir de la libertad de separación, de que fomentan el separatismo es tan necio e hipócrita como acusar a los partidarios de la libertad de divorcio de que fomentan el desmoronamiento de los vínculos familiares. Del mismo modo que en la sociedad burguesa impugnan la libertad de divorcio los defensores de los privilegios y de la venalidad en los que se funda el matrimonio burgués, negar en el Estado capitalista la libertad de autodeterminación, es decir, de separación de las naciones no significa otra cosa que defender los privilegios de la nación dominante y los procedimientos policíacos de administración en detrimento de los democráticos»

            Sin embargo, Lenin complementa estos planteamientos genéricamente democráticos con otros que tienen una clara perspectiva de clase. Así Lenin matiza:

«Prosigamos. En el problema de la autodeterminación de las naciones, lo mismo que en cualquier otro, nos interesa ante todo y sobre todo, la autodeterminación del proletariado en el seno de las naciones: Rosa Luxemburgo ha dejado modestamente de lado este problema, comprendiendo cuan desagradable resulta para su «teoría» examinarlo en el aducido ejemplo de Noruega.»

            Prosiguiendo su profundización del tema, ante unas observaciones criticas de Marx a algunas posiciones chovinistas de Lafargue, Lenin precisaba:

«La deducción que resulta de todas estas observaciones criticas de Marx es clara: “la clase obrera es la que menos puede hacer un fetiche del problema nacional, porque el desarrollo del capitalismo no despierta necesariamente a todas las naciones a una vida independiente. Pero, una vez surgidos los movimientos nacionales de masas, desentenderse de ellos, negarse a apoyar lo que en ellos hay de progresivo, significa caer, en realidad, bajo la influencia de prejuicios nacionalistas, es decir, considerar a “su propia” nación como "nación ejemplar" (o, añadiremos nosotros, como nación dotada del privilegio exclusivo de organizarse en Estado)»

            Por otra parte, sin entrar en la amplia crítica que sobre el tema Lenin realiza de las tesis de Rosa Luxemburgo – que rebasaría mucho nuestras disponibilidades espaciales – si vamos a incluir alguna de ellas. Así Lenin precisa:

 «Rosa Luxemburgo sustituye el problema de la autodeterminación política de las naciones en la sociedad burguesa, de su independencia estatal, con el de su autodeterminación e independencia económica. Esto es tan inteligente como exponer una persona, al tratar de la reivindicación programática que exige la supremacía del parlamento, es decir de la asamblea de representantes populares, en el Estado burgués, su convicción, plenamente justa, de que, en un país burgués, el gran capital tiene la supremacía bajo cualquier régimen.»

            Entre sus diversas críticas a la posición de Rosa Luxemburgo, sobre la cuestión nacional, Lenin le reprocha su inconsecuencia al señalar que

«Llevada de la lucha contra el nacionalismo en Polonia, Rosa Luxemburgo ha olvidado el nacionalismo de los rusos, aunque precisamente este nacionalismo es ahora el más temible; es precisamente el nacionalismo menos burgués, pero más feudal; es precisamente el mayor freno para la democracia y la lucha proletaria. En todo nacionalismo burgués de una nación oprimida hay un contenido democrático general contra toda opresión, y a este contenido le prestamos un apoyo incondicional, apartando rigurosamente la tendencia al exclusivismo nacional, luchando contra la tendencia del burgués polaco a oprimir al hebreo, etc. etc.» [9]

            En su didáctica obra Los marxistas y la cuestión nacional, Haupt, Lówy y Weill sitúan muy bien las discrepancias entre Lenin y R. Luxemburgo sobre el tema al precisar que:

«La diferencia entre Lenin y Rosa Luxemburgo, es pues,en cierta medida(al menos en referencia a Polonia) una consecuencia de la diferencia de óptica entre internacionalistas rusos(que luchan contra el chovinismo gran ruso) e internacionalistas polacos (que combaten al socialpatriotismo polaco). Lenin parece admitir, por momentos, una “cierta división del trabajo" entre los marxistas de Rusia y de Polonia en torno al tema. Dicho esto, su principal critica a Rosa Luxemburgo era que pretendía generalizar partiendo de una situación especifica (Polonia en un determinado momento histórico) y, de este modo, negar no sólo la independencia polaca, sino también el de todas las pequeñas naciones dominadas.» [10]

            De todos los autores marxistas que estudiaron el tema del derecho de las naciones a la autodeterminación, sin duda es Lenin el que más profundizó en él y el que con más energía lo defendió tanto polémicamente como aplicándolo – después del triunfo de la Revolución de Octubre – a los casos de Polonia y Finlandia. A Lenin le preocupaba sobre todo el chovinismo gran ruso y de ahí la dura crítica que realizó a la actuación de Stalin, Orjonikidze y Djershzinski en Transcucasia. Sin embargo Lenin no absolutizó nunca el derecho a la autodeterminación sino que siempre lo condicionó al análisis concreto de una situación concreta (principio metodológico que para Lenin constituía el alma del marxismo) y a los intereses supremos de la lucha por la emancipación del proletariado (principio de la perspectiva de clase).

 

V. La posición de Stalin.

            Sin duda una de las posiciones marxistas más conocidas sobre la cuestión nacional ha sido la de Stalin. Y no sólo por la difusión y popularidad que alcanzó su famoso libro titulado El marxismo y la cuestión nacional sino también por la posición privilegiada que alcanzó su autor – para la difusión de sus obras teóricas – al hacerse con el control del poder en la URSS. También pudo influir, en tal popularidad, el hecho de que Stalin fue el primer marxista que, bajo la dirección e impulso de Lenin, se atrevió a definir los rasgos que caracterizan a la nación. Según Stalin:

«Nación es una comunidad humana estable, históricamente formada y surgida sobre la base de la comunidad de idioma, de territorio, de vida económica y de psicología, manifestada ésta en la comunidad de cultura» [11]

            Sobre el tema concreto del derecho de las naciones a la autodeterminación, de entre los distintos planteamientos de Stalin quizás el más clarificador es el utilizó en 1925 en su discurso en la Comisión Yugoslava del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista y que en sus Obras Completas figura con el titulo de En torno a la cuestión nacional en Yugoslavia. Al final de su intervención decía Stalin:

«Además, el programa nacional debe incluir sin falta un punto especial acerca del derecho de las naciones a la autodeterminación, llegando incluso a la separación para formar su propio Estado. Ya he indicado por que, en las actuales circunstancias nacionales e internacionales, no podemos prescindir de este punto. Por último, en el programa debe figurar asimismo un punto especial sobre la autonomía nacional territorial para las nacionalidades de Yugoslavia que no estimen necesario separarse. No tienen razón quienes piensan que tal combinación debe considerarse excluida. Esto es erróneo. En determinadas condiciones, como resultado del triunfo de la revolución soviética en Yugoslavia, es bien posible que ciertas nacionalidades, como ha ocurrido aquí, en Rusia, no deseen separarse. Se comprende que, en previsión de tales casos, es preciso tener en el programa un punto referente a la autonomía, con vistas a la transformación del Estado yugoslavo en una Federación de Estados nacionales autónomos sobre la base del régimen soviético. Así pues, derecho a la separación para las nacionalidades que quieran separarse y derecho a la autonomía para las nacionalidades que quieran permanecer dentro del Estado yugoslavo. Para evitar equívocos debo decir que el derecho a la separación no debe interpretarse como el deber, como la obligación de separarse. Una nación puede ejercer el derecho a la separación, pero puede también no ejercerlo, si lo desea asi; eso es cosa suya y debe ser tomado en consideración. Algunos camaradas convierten el derecho a la separación en una obligación exigiendo, por ejemplo, que los croatas se separen a toda costa. Esa posición es errónea y debe ser desechada. No se debe confundir un derecho con una obligación.» [12]

            No obstante en el caso de Stalin, como señaló Adam Schaff, que reconocía la calidad teórica de sus escritos, se dio con frecuencia una disociación entre la teoría y la práctica. Así, aunque Stalin – bajo presión de Lenin – se vio obligado a introducir en la Constitución fundacional de la URSS el derecho de las repúblicas federadas a separase de la Unión, nunca desarrolló el Reglamento necesario para hacer efectivo tal derecho.

 

VI. La posición de Trotsky.

            Mucho menos conocida que la posición de Stalin lo ha sido la de Trosky. Quizás debido a que es anterior a 1917 y a partir de esa fecha – en que se incorporó al Partido Bolchevique – se adhirió a la posición de Lenin sobre el derecho de las naciones a la autodeterminación. Los escritos de Trotsky sobre el tema fueron calificados de «eclécticos» (este es el término que Lenin empleó para criticarlos) y se sitúan a mitad de camino entre Rosa Luxemburgo y Lenin.

            Otros dos autores marxistas con posiciones interesantes sobre el problema nacional fueron Pannekoek y Strasser. El trabajo de Pannekoek Lucha de clases y nación y el de Strasser Obrero y nación se publicaron ambos en 1912 en Reichemberg (Bohemia), como una respuesta internacionalista a las tesis del austromarxista Otto Bauer. La idea central común a ambos autores es la superioridad del interés de clase respecto al interés nacional: su conclusión práctica, la unidad del partido socialdemócrata austriaco y el rechazo a su división en secciones nacionales separadas o autónomas. Ambos comparan el nacionalismo con la religión, como una ideología destinada a desaparecer en el socialismo, y rechazan ,como ahistóricas, idealistas y nacionalistas las tesis de Otto Bauer sobre la cuestión nacional. Según Pannekoek:

«El hecho nacional es un hecho ideológico burgués. Pensar que tal ideología puede ser una fuerza independiente es, en Otto Bauer, el signo característico de un método kantiano y no materialista» [13]

 

VII. La posición de Kautsky.

            No disponiendo de la obra de Karl Kaustky más que de sus libros La cuestión Agraria y Ética y concepción materialista de la historia, nos vemos obligados a recurrir a fuentes indirectas para situar la posición de Kaustky sobre el tema. Para ello contamos con la aportación que Lenin realiza acerca de la posición de Kaustky comprendida en su polémica con Rosa Luxemburgo. Decía entonces Lenin:

«Después veremos otras razones por las que seria erróneo entender por derecho a la autodeterminación todo lo que no sea el derecho a una existencia estatal independiente. Pero ahora debemos detenernos a analizar como ha intentado Rosa Luxemburgo "deshacerse" de la inevitable conclusión sobre las profundas bases económicas en que descansan las tendencias a la formación de Estados nacionales. Rosa Luxemburgo conoce perfectamente el folleto de Kautsky Nacionalidad e internacionaldad (suplemento de "Neue Zeit" núm.1 1907-1908) Sabe que Kaustky, después de examinar detalladamente en el apartado 4 del folleto El problema del Estado nacional, llegó a la conclusión de que Otto Bauer subestima la fuerza de la tendencia a la creación de un Estado nacional (página 23 del folleto citado). La propia Rosa Luxemburgo cita las palabras de Kaustky: "El Estado nacional es la forma de Estado que mejor corresponde a las condiciones modernas (es decir, a las condiciones capitalistas civilizadas, progresivas en el aspecto económico, a diferencia de las condiciones medievales, precapitalistas, etc.). Es la forma en que el Estado puede cumplir con mayor facilidad sus tareas" (es decir,las tareas de un desarrollo más libre,más amplio y más rápido del capitalismo). A esto hay que añadir, además la observación final de Kaustky, más exactamente aun los Estados de composición nacional heterogénea (los llamados Estados multinacionales a diferencia de los Estados nacionales) son "siempre Estados cuya estructura interna es, por tales o cuales razones, anormal o subdesarrollada (atrasada). De suyo se entiende que Kausky habla de anormalidad exclusivamente en el sentido de no corresponder a lo que está más adecuado a las exigencias del capitalismo en desarrollo" [14]

 

VIII. El austromarxismo.

            En la terminología de la Segunda Internacional, se denominó "austromarxistas" a un grupo de teóricos marxistas socialdemócratas que actuaron políticamente en Austria durante las tres primeras décadas del siglo XX y que, como “teóricos", realizaron interesantes aportaciones a cuestiones que se debatían entonces en el marxismo, especialmente respecto a la cuestión nacional. Según Haupt, Lowy y Weil:

 «La principal idea de la corriente austromarxista, fue la autonomía cultural en el marco del Estado multinacional, a través de la organización de las nacionalidades en corporaciones jurídicas públicas, con una serie de atribuciones culturales, administrativas y legales. En relación a la cuestión nacional, así como en relación a todas las cuestiones politicas, su doctrina se caracteriza por el "centrismo", a mitad de camino entre reforma y revolución, el nacionalismo y el internacionalismo, y pretende reconocer los derechos de las minorías nacionales y a la vez mantener la unidad del Estado austrohúngaro. Sus dos principales figuras fueron Karl Renner (R. Springer) y Otto Bauer.
Karl Renner, futuro canciller de Austria (1918-1920) publicó, antes de 1917, varios trabajos sobre la cuestión nacional, el primero de los cuales – y más conocido – se tituló El Estado y la nación (1899). Su método es profundamente jurídico, constitucionalista. Su concepción del Estado tiene mucho más que ver con el lassalleanismo que con el marxismo. Es a la luz de ese "socialestatismo" que se debe comprender la doctrina de Renner sobre la cuestión nacional, la cual tiene por fin esencial impedir "el hundimiento del Imperio y 1, disolución de Austria", es decir, salvar el Estado austriaco históricamente dado. Renner trata de conservar el marco de ese Estado gracias a un cierto número de reformas democráticas y de concesiones (culturales,legales,erc).
La gran obra de Otto Bauer,La cuestión nacional y la socialdemocracia(1907) tiene un peso teórico y una influencia considerablemente superiores a los trabajos de Renner.  Sin embargo, comparte con éste la premisa fundamental del austromarxismo: el mantenimiento del Estado multinacional. La solución para el problema nacional la concibe Bauer en términos reformistas («evolucionismo nacional» es el término que emplea para calificar su estrategia) de acondicionamiento progresivo a las instituciones del Estado austrohúngaro.
Su fórmula de solución es la de la denominada «autonomía nacional-cultural» que sustituye al derecho a la autodeterminación. Polemizando con Otto Bauer, Stalin precisó, en su obra El marxismo y la cuestión nacional el significado de tal autonomía. Así, al contestar a la pregunta ¿Cual es el programa nacional de los socialdemócratas austriacos? Este programa se expresa en dos palabras: autonomía cultural-nacional. Ello significa, en primer lugar, que la autonomía no se concede, supongamos, a Bohemia o a Polonia, habitadas principalmente por checos y polacos, sino a los checos y polacos en general, independientemente del territorio y sea cual fuere la región de Austria en que habiten. Esta es la razón de que tal autonomía se denomine nacional y no territorial. Así Austria no seria una unión de regiones autónomas, sino una unión de nacionalidades autónomas, constituidas independientemente del territorio. Ello significa que las instituciones nacionales de tipo general que han de ser creadas con estos fines para los polacos, los checos, etc. no entenderán en los asuntos políticos sino solamente en los culturales. Las cuestiones específicamente políticas se concentrarán en el Parlamento (Reichsrat) de toda Austria» [15]

 

IX. La posición de Tito.

            Aunque Tito no realizó, a lo largo de su dilatada vida política, aportaciones teóricas al derecho de las naciones a la autodeterminación si lo hizo, en la práctica, al proporcionar una adecuada solución federal a la complejidad que revestía la integración en un sólo Estado de las nacionalidades que constituyeron la segunda Yugoslavia (1943-1991). El antecedente se dio ya en la lucha común de tales nacionalidades contra el invasor alemán e italiano. Serbios, croatas, eslovenos, bosnios, macedonios y montenegrinos lucharon hombro con hombro frente al invasor extranjero. Por ello, no puede sorprender que una de las razones del éxito del Ejército de Liberación Nacional dirigido por Tito contra los ocupantes nazifascistas, y sus aliados y colaboradores internos, fuese el nítido planteamiento federalista de la Yugoslavia liberada. Tal posición federalista suponía la plena igualdad y equiparación de todas las nacionalidades integrantes del futuro Estado Federal yugoslavo. Esta concepción logró su expresión jurídica en la Constitución promulgada el 31 de Enero de 1946. Como bien precisa el profesor Emilio de Diego, en dicha Constitución federal quedaba reconocida la diversidad y pluralidad de nacionalidades, cuyos miembros coincidían en un concepto de pertenencia superior, el de ciudadano. Por consiguiente, todos los habitantes eran yugoslavos, pero simultáneamente se les reconocía el hecho diferencial de ser croatas, serbios, eslovenos, bosnios, macedonios, montenegrinos, pues la Yugoslavia confederal se articulaba sobre las seis repúblicas correspondientes a tales nacionalidades. Hasta la variada procedencia de los dirigentes del Estado que se creaba: Tito (croata), Kardelj (esloveno), Rankovijc (serbio) parecía ratificar su carácter plurinacional. Quedaba el problema de las minorías no eslavas: húngaros de Voivodina y albaneses de Kosovo. Por ello, a estos dos territorios se les otorgó la condición de provincias autónomas unidas a Serbia (...). La Constitución federal de 1946 trataba de garantizar las condiciones suficientes para armonizar la convivencia de los yugoslavos. Todos los pueblos tenían los mismos derechos y, no sólo políticos, sino también culturales. Cada uno de ellos podría utilizar y enseñar oficialmente su propia lengua, incluso los macedonios que empezaron a desarrollarla a partir de entonces sobre los dialectos locales. En algunos casos, el resultado fue cuando menos llamativo, como en Voivodina donde podían emplearse seis lenguas: húngaro, ucraniano, eslovaco, rumano y las dos variantes escritas del serbocroata. En su afán de evitar cualquier fisura entre Serbia y Croacia no podía mencionarse, oficialmente, el término lengua serbia o lengua croata, sino lengua serbocroata como algo único. [16]

 

X. El derecho de las naciones a la autodeterminación y la descolonización.

            Tanto la idea como el concepto de la existencia de un derecho de las naciones a la autodeterminación, surgieron inicialmente para resolver situaciones como las que se daban en los imperios austrohúngaro y zarista, estados de carácter multinacional que estaban entonces consideradas como verdaderas «cárceles de pueblos». Como tal idea y concepto, debe diferenciarse de su aplicación a posteriores situaciones muy distintas. Una de las más relevantes ha sido la aplicación de tal derecho a las naciones y pueblos colonizados en territorios que fueron denominados como integrantes de un Tercer Mundo. El proceso de descolonización de tales territorios, es una de las consecuencias principales de la II Guerra Mundial. Como consecuencia de la misma, Imperios como el británico, el holandés, el belga, etc. y, posteriormente, el portugués, quedaron muy debilitados y se les hizo difícil resistir a la justa aspiración independentista de los pueblos que habían sometido. Por otra parte, la existencia de un campo o bloque socialista posibilitó que este apoyase sus aspiraciones libertadoras. Además, la existencia de una organización internacional como la de las Naciones Unidas (ONU) proporcionó al proceso de descolonización cobertura legal. Tal cobertura se apoyó, sobre todo, en el principio de la existencia de un derecho a la autodeterminación de los pueblos colonizados. En el seno de la propia ONU se creó un denominado «Comité de los 22» que tenía por finalidad la exigencia de su aplicación mediante una revisión anual de la situación en los territorios por descolonizar. Así se ha ido reduciendo a un mínimo los territorios por descolonizar ( Timor oriental, Sahara Occidental, Palestina, etc ) Actualmente es difícil poner en duda que está plenamente justificado aplicar ,sin ninguna restricción, el derecho a la autodeterminación a tales pueblos colonizados.

            Un problema mucho más difícil de resolver, es el que suscita la aplicación del derecho de las nacionalidades a la autodeterminación a Estados constituidos en un largo proceso temporal sobre la base de una nación predominante y de minorías que conservan restos de una cultura diferenciada y mantienen, aunque con carácter minoritario, sentimientos de identidad también diferenciados. Es el caso de Gran Bretaña, Francia, España, Italia, etc. En tales casos, se hace difícil la aplicación de tal derecho a la autodeterminación ya que es discutible el marco territorial en que se debería aplicar la correspondiente consulta y quienes deberían ser los ciudadanos consultados. Parecida situación se da en Canadá, respecto a los separatistas de la provincia francófona de Quebec que ya en dos referéndum han estado a punto de obtener un 50% de votos afirmativos para la independencia. Sin embargo, un reciente fallo del Tribunal Constitucional del Canadá pone en duda que baste superar tal 50%,ya que la separación de Quebec del Estado canadiense afectaría gravemente al conjunto de sus ciudadanos.

            Un problema todavía más grave es el que suscita la utilización que del derecho a la autodeterminación de las nacionalidades están realizando algunos grandes Estados para desintegrar a otros Estados o fragmentarlos en micro-estados. Este fenómeno se dio con claridad en la responsabilidad que Alemania y el Vaticano tuvieron en la desintegración de Yugoslavia. EE.UU. se ha sumado después a tal política al impulsar, mediante la utilización de la OTAN, la desintegración de la Yugoslavia actual que constituyen Serbia y Montenegro. La preocupación que ello suscita en mentes lúcidas, la expresó muy bien el sociólogo norteamericano James Petras, colaborador habitual de Noam Chomski, en su articulo La autodeterminación, una gran decepción. Después de valorar el significado progresista que hace unas décadas tenia el derecho a la autodeterminación, Petras dice:

«Últimamente, sin embargo, han surgido buenas razones para que reflexionemos sobre nuestra respuesta automática de apoyo a llamamientos a la autodeterminación que podrían resultar falsos y engañosos. En los últimos 10 años algunos países viables y pacíficos, como Yugoslavia, se han desmembrado con un saldo de centenares de miles de muertos, personas desplazadas y vidas rotas. Los movimientos separatistas se han convertido en las garras de las grandes potencias que intentan por la fuerza establecer para sí nuevos ámbitos de influencia empleando la conocida estrategia de dividir y conquistar (...) El prefijo “auto” del término autodeterminación es una cortina detrás de la cual se oculta una serie de actores sociales y políticos, muchos con una agenda de sometimiento social, cultural y político. (...) Algunos progresistas podrían argumentar que el apoyo selectivo a la autodeterminación de ciertos países, por parte de las potencias imperiales de Occidente no comprometen el principio en sí, que sigue siendo un pilar de la política democrática. Estos mismos progresistas también podrían argumentar qu las violaciones de los derechos de las minorías cometidos por pueblos y naciones anteriormente oprimidos no ponen en duda el principio de la autodeterminación, sólo indican que se debe ampliar y profundizar. Contra estos argumentos, yo sostengo que la lógica de la autodeterminación conduce a la proliferación de miniestados, cada vez más susceptibles de ser absorbidos por las multinacionales y los poderes hegemónicos. Yo sugiero que no se maneje el principio de la autodeterminación como dogma universal aplicable en todos los lugares y en cualquier época. Debe considerarse en un sentido más pragmático y flexible, examinándose su aplicación en relación con otros valores democráticos y en el contexto del bienestar de la sociedad.» [17]

            Es insuficientemente conocido como Alemania utilizó el derecho a la autoderminación de croatas, eslovenos y bosnios para desintegrar Yugoslavia. Sin embargo , es precicisado muy bien en el libro ¡Ojo con los media! del periodista belga Michell Collon. En un capitulo titulado Alemania, ese fantasma. Collon escribe:

«Ningún media ha explicado que Alemania, una vez sometidas las burguesías eslovena y croata en los años setenta, ha llevado a cabo una política a largo plazo para conseguir que Yugoslavia acabase estallando. Un «Estado contra natura» – se decía en Bonn – sólo porque reunía diferentes nacionalidades. O sea, un Estado intolerable para quien no admite más que los Estados «puros». Que Yugoslavia «molesta» a Alemania no es algo nuevo. Tanto durante la Primera como durante la Segunda Guerra Mundial, la burguesía alemana ha realizado grandes operaciones en los Balcanes con el fin de crear un pasillo desde Hamburgo a Bagdad. El acceso al Mediterráneo, y de ahí el acceso a las materias primas, entre ellas el petróleo del Oriente Medio, ha sido siempre una cuestión «vital» para el imperialismo alemán. Su actual reconquista del Este, les permite ejercer un firme control sobre el centro de Europa. En este contexto, Yugoslavia vuelve a ser víctima de la vieja estrategia de balcanización: la de trocear y dividir a un país en una serie de miniestados, inviables económicamente y políticamente débiles y dependientes.¿Pasiva Europa?. En realidad, la conducta de Alemania ha sido con mucho uno de las causas más importantes del desencadenamiento de la guerra y de su exacerbación posterior. Empujando a Croacia y a Eslovenia a dejar una federación yugoslava en la que las nacionalidades estaban absolutamente mezcladas, en donde las heridas del pasado apenas habían cicatrizado, se estaba empujando fatalmente a la guerra civil y a la purificación étnica por parte de ambos chovinismos. Alemania, arrastrando consigo a Europa, decretó que el 19,6% de los croatas tenían derecho a separarse de Yugoslavia, bajo el pretexto de que un 36,2 de los serbios tenían un papel dominante. También los serbios de Croacia invocaron a ese «derecho a la autodeterminación», pero Europa se lo rechazó. Esa fue la primera chispa para la guerra civil. Acto seguido, Europa impulsó la creación de una Bosnia «independiente». Después calificó de «criminal» el que un 31,4% de los serbios quisiesen separarse de una Bosnia en la que el 43,7% de los musulmanes tenían el papel dominante ¿Donde está la lógica? Y así se creó un segundo motivo para la guerra civil.» [18]

            Para cerrar este amplio recorrido por distintas posiciones acerca del principio del derecho de las naciones a la autodeterminación  quizás sea lo más apropiado citar un pasaje de la obra de Haupt, Löwy y Weill en la que, a nuestro juicio, se sintetiza muy bien la posición de Lenin:

 «El derecho a la autodeterminación no es una consigna abstracta, y Lenin precisa las condiciones para su ejercicio. Introduce una restricción de envergadura: el principio no se confunde con la oportunidad de su aplicación efectiva en una nación determinada. Lo bien fundado de la secesión debe juzgarse siempre a través de las exigencias del desarrollo social, a través de los intereses de clase del proletariado. El mantenimiento de grandes unidades, las tendencias a la asimilación corresponden a los intereses del proletariado.

            Proclamar el derecho a la autodeterminación se manifiesta, paradójicamente, como el medio de apresurar la extinción progresiva de la conciencia nacional; la formación de Estados nacionales representa una etapa en la vía de la constitución de los grandes «Estados centralizados» exigida por el progreso social y que desemboca en la extinción de las naciones» [19]



[1] José María Laso, La explosión de los nacionalismos. Revista Nuestra Bandera, nº 152, 1992, pp 26-33. También en Archivo Digital José María Laso, de la Asociación Cultural Wenceslao Roces.

[2] George Haupt, Michael Löwy y Claude Weill, Los marxistas y la cuestión nacional, Editorial Fontamara, Barcelona, 1982. pp 16-17

[3] Op. Cit. Pp 19-20

[4] Carlos Marx y Federico Engels, Sobre el sistema colonial de capitalismo, Ed. Cártago, Bueno Aires, 1964 pp 355-356.

[5] Op. Cit. Haup, Löwy y Weill, pag 93

[6] Carlos Marx y Federico Engels, Sobre el sistema colonial de capitalismo, Ed. Cártago, Bueno Aires, 1964 pp 355-356

[7] Rosa Luxemburgo, La cuestión nacional, Ed Viejo Topo, Barcelona, 1998, pp 18-21

[8] V.I Lenin, El derecho de las naciones a la autodeterminación, Obras escogidas 12t, Ed.Progreso, Moscú, 1976. pp 97 y sig

[9] ibidem

[10] Op. Cit. Haup, Löwy y Weill, pag 97

[11] José Stalin, La cuestión nacional, Obras Escogidas t III, Emiliano Escolar, editor. Madrid 1977 p 38

[12] Op. Cit. Pp 99-100

[13] Op. Cit. Haup, Löwy y Weill, pag 98 ss

[14] Lenin, op. Cit. pp 99 ss

[15] Op. Cit de Haupt, Löwy y Weill  pp 102 ss. Puede también consultarse la obra de Manuel García Pelayo, El tema de las nacionalidades. La teoría de la nación en Otto Bauer. Fundación Pablo Iglesias. Madrid, 1979

[16] Para más información sobre la cuestión: José María Laso, La tragedia Yugoseslava, en Revista El Basilisco nº 15 (segunda época; pp. 82-95); Pentalfa, Oviedo; invierno de 1993.

[17] James Petras, La Autodeterminación, una gran decepción, en el diario El Mundo, 15-10-98

[18] Michel Collon, ¡Ojo con los media!, Editorial Arguilletxe Hiru S.L. Hondarribia, 1996. pp 311 y sig.

[19] Op. Cit. Haup, Löwy y Weill, pag 78.