José María Laso Prieto

Intervención en el simposium internacional de Moscú, octubre de 1990

en M. Gorbachov, Y. Krasin, J. Laso y J. Romero: La Perestroika y la perspectiva del socialismo. Madrid: PCE, 1990, pp. 7-23 (Colección Debate, nº3).

Texto preparado para su edición digital por Uriel Bonilla.


El proceso de cambios políticos, económicos y sociales que se está desarrollando en los países de Europa Central y Oriental, donde imperaban los regímenes del denominado «socialismo real», han suscitado en España un gran interés no sólo en los círculos políticos activos, sino también del conjunto de la población. Lógicamente, ese interés ha sido todavía mayor en organizaciones, como el Partido Comunista de España, que nacieron bajo el impulso renovador de la Revolución Soviética de Octubre de 1917. Como consecuencia de ese interés tanto su senario político, «Mundo Obrero», como su órgano teórico, «Nuestra Bandera», han publicado durante el último lustro diversos artículos, análisis y reportajes sobre los procesos históricos que se desarrollan en el área geográfica que abarcaba el Pacto de Varsovia. A su vez, la Fundación de Investigaciones Marxistas, vinculada al Comité Central del PCE, en un simpósium internacional celebrado en Marbella (Málaga), durante el mes de febrero de 1989, bajo el título de «El papel de la izquierda transformadora en los países avanzados en el cambio de siglo», dedicó también en sus análisis y debates una gran atención a los procesos políticos que examinamos. A su vez, la Comisión de Formación Política y Teórica del Comité Central del Partido Comunista de España organizó en febrero de 1990 unas jornadas de debate sobre el tema de «El PCE y los retos europeos». De las cuatro ponencias que sirvieron de base para el debate, dos estaban dedicadas a analizar el desarrollo de los actuales procesos históricos en los países del denominado «socialismo real». Concretamente fueron: 1) La ponencia elaborada por el Area de Planificación Económica del PCE, titulada «La crisis del sistema económico de los países del Este». 2) Y la que al título de «Política y democracia» acompañaba el subtítulo de «Características históricas fundamentales de la conformación de los Estados socialistas y de los partidos comunistas como resultado de la Segunda Guerra Mundial». Esta última fue elaborada por el autor de la presente intervención. Asimismo, la Escuela de Verano del Partido Comunista de España dedicó una de sus lecciones al tema que estamos considerando. Tenía por subtítulo complementario, «Situación política, social y económica de los países del Este. Análisis global de los procesos en curso». Tal lección –que dio lugar a interesantes debates en las distintas variantes regionales de la actuación de la Escuela del Verano del PCE– corrió también a nuestro cargo. 

Si ya es de por sí significativo que los órganos de difusión, análisis y formación del Partido Comunista de España hayan dedicado tanta atención al tema que constituye la materia de este simpósium, el fenómeno no reviste menor relevancia entre los militantes del PCE. Y ello no es sorprendente. Sobre la clase obrera española ejerció un gran impacto la Revolución Socialista de Octubre, Bajo su inspiración nació el Partido Comunista de España, una vez que el PSOE y la CNT, que inicialmente se habían adherido a la Internacional Comunista, se alejaron del surco abierto por la revolución soviética. Como con elocuencia expresó repetidas veces la dirigente obrera Dolores Ibárruri, los comunistas españoles, aunque hundimos nuestras raíces en el añoso tronco del árbol del socialismo español, nos consideramos hijos de la Revolución de Octubre y discípulos no sólo de los fundadores del socialismo científico, sino también de Lenin. En consecuencia, durante décadas, la URSS fue el faro que iluminaba la senda ardua que recorrían los comunistas españoles, su modelo de realización social y el ejemplo de cómo un país atrasado puede convertirse en un Estado que marche a la vanguardia del progreso mundial. Además, la relevante ayuda que la URSS prestó a la causa del pueblo español durante la Guerra Civil –en realidad una lucha contra la agresión del nazi-fascismo internacional– creó, no sólo entre los comunistas españoles, sino también entre todos los sectores progresistas del país, fuertes lazos sentimentales hacia el país soviético. Lazos que se incrementaron por la admiración que en España suscitó la heroica lucha del pueblo soviético contra la agresión nazi en la fase decisiva de la Segunda Guerra Mundial. Los hombres y mujeres de izquierda españoles vibramos con la defensa de Leningrado y Moscú, así como las grandes victorias que el Ejército soviético obtuvo en Stalingrado, arco de Kursk y Berlín. También admiramos el gran esfuerzo que el pueblo soviético realizó, mediante los planes quinquenales de posguerra, para la reconstrucción del país. Y en no menor grado su ayuda internacionalista a otras revoluciones políticas y sociales y al proceso de descolonización y de emancipación social del denominado Tercer Mundo. Igualmente, las realizaciones soviéticas en el campo de la cultura, de la ciencia, de la técnica, la educación, la sanidad, etcétera, y sus espectaculares éxitos en la conquista del espacio cósmico entusiasmaron a los comunistas españoles. No todo era positivo, en este fenómeno de admiración general sobre las realizaciones soviéticas existentes entre los comunistas y hombres y mujeres de izquierda españoles. En muchos casos se incurría en posiciones fideístas, alejadas por su irracionalidad de las auténticas actitudes marxistas. El mismo fenómeno se dio entre los comunistas españoles respecto a las transformaciones sociales y políticas, que, como consecuencia de la Segunda Guerra Mundial y de los acuerdos de Teherán, Yalta y Postdam, tuvieron lugar en los países de Europa Central y Oriental que después constituyeron el denominado «bloque socialista». Se valoró más la radicalidad de dichas transformaciones que el costo económico-social y humano que supusieron. Tampoco se tuvo debidamente en cuenta el carácter de «exportación de la revolución» que revistieron dichos procesos, ni como así se violaban las leyes objetivas del desarrollo social que el marxismo había descubierto. Las críticas que sobre los procesos de edificación del socialismo aparecían en los medios de comunicación occidentales eran estimadas por los comunistas españoles como formando parte de una maniobra reaccionaria destinada a desfigurar las grandes realizaciones sociales del bloque socialista. 

Gradualmente, a medida que el Partido Comunista de España, no obstante las duras exigencias impuestas por la clandestinidad y la lucha contra el franquismo, pudo comenzar a analizar rigurosamente –aplicando la metodología marxista– los procesos políticos, económicos, sociales y culturales que tenían lugar en los países del denominado «socialismo realmente existente», comenzó a gestarse un enfoque crítico de tales procesos. Producto de ese enfoque crítico fueron las condenas de las intervenciones militares de las tropas del Pacto de Varsovia en la Checoslovaquia de 1968, y de las tropas soviéticas en el Afganistán de 1979, realizadas oportunamente por el Partido Comunista de España. En el mismo sentido, debe situarse la asunción por el PCE de la posición policentrista sobre el movimiento comunista internacional que Togliatti propugnó en su «Memorial de Yalta» en 1964, y las críticas formuladas por el PCE por la represión realizada en la URSS de intelectuales disidentes. Esta posición crítica del PCE sobre los fenómenos negativos que comenzaban a conocerse en los países del «socialismo real», evolucionó paralelamente a su elaboración de una vía democrática al socialismo, a partir del VIII Congreso del Partido Comunista de España, y que se ha mantenido a través de los congresos posteriores y de la preparación del próximo XIII Congreso. Hace ya décadas que los comunistas españoles consideramos que no puede existir un auténtico régimen socialista sin que sus ciudadanos sean genuinos participantes en sus decisiones. Ello suscita el tema de la relación –en la teoría y en la práctica– entre los conceptos de democracia y socialismo. Sobre tal tema precisamente asistimos, en estas mismas fechas de 1989, a un simpósium celebrado en Cavtat-Dubrovnik (Yugoslavia). En el documento-base elaborado por los organizadores del simpósium, se sostenía que no puede existir socialismo sin democracia, lo mismo que no puede existir democracia plena sin socialismo. En ese sentido, el término «socialismo» significaría lo mismo que «democracia industrial» o «democracia social». 

Ahora bien, detrás de ese debate conceptual se encuentran realidades políticas y sociales concretas derivadas, en distinto grado, de las correlaciones de clase existentes en cada país. Para quienes en el análisis social y político utilizamos la metodología eficaz del materialismo histórico –propia del socialismo científico–, es evidente que mientras exista el Estado no puede existir plena democracia, en el sentido absoluto del término. Como consecuencia, los grados de democracia que se pueden obtener en cada país sólo constituyen aproximaciones relativas a ese objetivo de la democracia plena. Por eso, actualmente, a escala mundial, la democracia es más la excepción que la regla. 

Y ello sin olvidar que países como los EE.UU. y Gran Bretaña, donde rigen instituciones formalmente democráticas, mantienen en sus relaciones con otros pueblos una actuación claramente antidemocrática. Al tratar de concretar en la práctica política el concepto genérico de «democracia» deben, a nuestro juicio, evitarse dos riesgos muy frecuentes: 1) Menospreciar, desde una perspectiva dogmática, la relevancia de las formas democráticas de gobierno. Es la típica posición dogmática que considera la denominada «democracia burguesa» como meramente formal o apariencial, carente de todo contenido real. Esta posición no tiene en cuenta que, como en su día demostró Togliatti, la «democracia burguesa», en lo que tiene de positivo –como logro del ejercicio de determinados derechos y libertades–, ha sido una conquista del movimiento obrero. o, más precisamente en el campo político, una conquista de socialistas y comunistas. 2) Caer en la tentación de importar el modelo de democracia burguesa. Modelo muy discutible, ya que lo que tiene de democrático se debe a las concesiones que la burguesía tuvo que realizar en la lucha de clases y no a las supuestas posiciones democráticas de esa clase explotadora. Esta concepción crítica, de las ilusiones que suscita el término «democracia», no debe conducir a desdeñar las posibilidades de realización concreta de la democracia en el sistema capitalista, aunque el contenido de ésta esté limitado por el carácter esencialmente represivo del Estado del capitalismo monopolista. De hecho, en la mayoría de los países capitalistas, la clase obrera –y sus aliados naturales– ha ido obteniendo, a través de la lucha de clases, toda una serie de conquistas democráticas, ahora garantizadas constitucionalmente. En ese sentido, la democracia denominada «formal» no es sólo formal, pues asume muchos de esos avances democráticos reales. De ahí que la burguesía pueda pasar de la promulgación de la célebre Ley Le Chapelier –que prohibió el asociacionismo obrero en la fase aguda de la revolución francesa– a la legalización del derecho de huelga y del de sindicación. Como bien insistía Togliatti, conviene tener en cuenta que la democracia burguesa era originariamente una democracia limitada, censitaria, y que fue la presión de las masas populares la que obligó a las clases dominantes a conceder las libertades y derechos democráticos actualmente vigentes, 

La política de «Perestroika» 

Desde esta perspectiva, hace ya tiempo que los procesos políticos en curso, tanto en Oriente como en Occidente, y al igual en el Norte como en el Sur de nuestro planeta, hacían necesario que se avanzase hacia el ideal de la democracia plena, tanto en los países capitalistas como en los socialistas, sin perder de vista el contenido de clase de sus instituciones políticas respectivas. (De ahí que, cuando Mijail Gorbachov inició la exposición y desarrollo del nuevo pensamiento político que se concreta con el término de «Perestroika», los hombres y mujeres de izquierda españoles, en general, y los comunistas españoles, en particular, la viesen con esperanza y satisfacción. Considerábamos que la política de «Perestroika» no había surgido por azar o por el mero arbitrismo de algunos dirigentes soviéticos. Estimábamos que respondía a una necesidad histórica ineludible a causa de la acumulación, a lo largo de décadas, de una serie de errores y deformaciones tanto en el PCUS como en el Estado soviético. Como consecuencia surgió el mecanismo de freno, tan bien descrito por Gorbachov –en su célebre libro sobre «Perestroika»–, que no sólo originó una grave crisis económica en la URSS, sino también una degradación de las instituciones políticas y sociales soviéticas. Incluso una crisis en los valores morales propios de una sociedad socialista. Suponíamos que cuando los dirigentes soviéticos decidieron realizar el gran viraje corrector, que constituye la política de «Perestroika», eran conscientes de los riesgos que ello suponía no sólo para la estabilidad política, social y nacional de la URSS, sino igualmente para los demás Estados del bloque socialista. Por consiguiente, admirábamos que hubiesen tenido el valor de afrontar tan tremendo reto para así poder superar el callejón sin salida al que había conducido la política de estancamiento brejneziana y contribuir a crear las condiciones para un retorno a la función democrática original del poder soviético y a las genuinas concepciones leninistas sobre la democracia socialista. 

El fenómeno stalinista

En muchos de los análisis realizados durante el lustro transcurrido desde la formulación inicial de la política de «Perestroika» se incurre en la superficialidad de explicar la situación actual de la URSS y demás países del «socialismo real», exclusivamente en función del «estancamiento brejneziano» y del stalinismo. Sin embargo, nosotros estimamos que atribuir exclusivamente al stalinismo los fenómenos de deformación de los Estados socialistas no constituye una explicación convincente. Constituiría un «culto a la personalidad» invertido y soslayaría el hecho de que el propio stalinismo, inicialmente, más que una causa fue un efecto de las condiciones especialmente difíciles en que el joven poder soviético hubo de afrontar la construcción del socialismo. Como es sabido, Marx y Engels consideraban que el socialismo se edificaría primero en los países industriales más avanzados y sobre la base de un alto desarrollo cultural, científico y técnico. Empero, con la explosión de las contradicciones imperialistas que generó la Primera Guerra Mundial, se dieron en el imperio zarista las condiciones objetivas y subjetivas para la conquista del poder por la clase obrera, posibilitando la «ruptura del eslabón más débil de la cadena imperialista» en la forma que Lenin había teorizado previamente. Para Lenin, era una oportunidad histórica que no se volvería a suscitar y que, de no aprovecharse, no conduciría a Rusia a una democracia de tipo occidental, sino al caos y la anarquía. No obstante, Lenin advirtió también que antes de iniciarse la construcción del socialismo habría que realizar desde el poder muchas de las tareas propias de una revolución democrático-burguesa. La posterior construcción del socialismo dependería mucho de que la revolución socialista triunfase también en los países avanzados de Occidente y, especialmente, en Alemania. Desgraciadamente no fue así y en ello tiene, asimismo, una gran responsabilidad la socialdemocracia europea o, al menos, algunos de sus más caracterizados dirigentes. Violando las resoluciones del Congreso de Basilea de la Segunda Internacional (1912), los partidos socialdemócratas votaron en 1914 los créditos de guerra y se unieron a sus burguesías respectivas para incrementar la carnicería bélica. En Alemania, incluso llegaron a más, hundido el imperio del kaiser, cuando las masas proletarias se lanzaron al asalto del poder, los dirigentes socialdemócratas Ebert, Scheidemann y Noske se aliaron con los «junkers» militares prusianos para aplastar la revolución. Ellos fueron incluso los inductores del asesinato de los dirigentes comunistas Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht. Con la perspectiva histórica y el cumplimiento de muchas de sus predicciones, se ha engrandecido la figura de esa gran teórica marxista y firme defensora de mantener el carácter democrático de los procesos de construcción del socialismo que fue Rosa Luxemburgo. Sus críticas a algunas posiciones de Lenin y Trotsky, sobre el desarrollo de la democracia socialista, han resultado confirmadas por el desarrollo histórico. Asimismo, lo han sido sus concepciones sobre el necesario pluralismo de la democracia socialista –incluido el respeto por los disidentes– y sus críticas a la disolución de la Asamblea Constituyente de los pueblos de Rusia. Es de justicia señalarlo aquí, cuando tanto se criticaron sus errores sobre la acumulación capitalista y su posición contraria al ejercicio del derecho de las nacionalidades a la autodeterminación. 

Aplastada la república húngara de los Consejos y los procesos revolucionarios en Alemania y Austria, la joven república soviética tuvo que afrontar no sólo la guerra civil, impuesta por los guardias blancos, sino también la intervención armada de 14 países imperialistas. A todas esas tropas derrotó el ejército rojo, aunque a costa de grandes pérdidas y sacrificios. La gran capacidad autocrítica de Lenin le hizo consciente de la difícil etapa que con ello se abría. Para superarla, propuso y logró la superación del denominado «comunismo de guerra» y la implantación de la Nueva Política Económica (NEP), que suponía el establecimiento de una economía mixta basada en la propiedad pública y privada. Los comunistas españoles valoramos hoy que, aunque gravemente enfermo, Lenin advirtiese al pueblo soviético y al partido bolchevique sobre las deformaciones que entonces ya se daban en el poder soviético y pidiese la destitución de Stalin del cargo de secretario general del partido. También valoramos que en algunos de sus últimos escritos, «Sobre la cooperación», «Más vale poco pero bueno», «¿Se mantendrán los bolcheviques en el poder?», etcétera., Lenin rechazase la colectivización forzada de la agricultura, defendiese el cooperativismo voluntario y expresase su temor de que la por él denominada «barbarie semiasiática de Rusia» acabase deformando el proceso revolucionario soviético. Consideraba, con razón, clave de la nueva situación política internacional –que incidía fuertemente sobre el poder soviético– el fracaso de la revolución en Alemania. Los comunistas españoles consideramos que, desgraciadamente, los hechos le dieron la razón a Lenin tanto en su auto­crítica referente a la deformación del poder soviético como en sus pesimistas predicciones. Fallecido Lenin en 1924, Stalin impuso coactivamente su teoría de «Edificación del socialismo en un solo país», al derrotar políticamente al Trotsky, que defendía la tesis de la «revolución permanente». Actualmente se puede comprender bien que edificar el socialismo en un solo país, aislado por el cerco capitalista de un «cordón sanitario», con una base cultural, técnica y científica atrasada, requería –en aquel marco internacional– llevar a cabo en poco más de una década una acumulación acelerada del capital que en otros países había requerido siglos. Tan ingente tarea sólo se podía realizar mediante métodos rígidamente burocráticos y autoritarios. Es decir, mediante la mano de hierro de un dirigente despótico. Para esa misión parecía especialmente destinado el autoritario Stalin (I. V. Djugashvili), que había precisamente adoptado el nombre de «hombre de acero» y se identificaba anímicamente con Iván el Terrible y Pedro el Grande. Es decir, con los zares a los que se atribuía haber introducido el progreso en Rusia utilizando métodos bábaros. Así, a un costo humano y económico enorme, la URSS se industrializó y colectivizó su agricultura. Sin duda, así se creo la base técnica e industrial soviética necesaria para derro­tar al nazismo y después reconstruir la URSS convirtiéndola en una superpotencia. 

A nuestro juicio, en el costo político y humano que supuso el subjetivismo y voluntarismo estalinista, deben incluirse: 1) Graves deformaciones burocráticas del partido y del Estado. 2) Práctica fusión deformadora del partido y del Estado. 3) Pérdida del doble carácter democrático del sistema de soviets. 4) Endurecimiento de la represión política y social hasta llegar al extremo trágico de los tristemente célebres «procesos de Moscú». 5) Asfixia de la libertad intelectual, artística y de investigación científica. 6) Divorcio entre la teoría y la práctica, así como entre las palabras y los hechos. 

A nuestro juicio, los métodos propios de una economía planificada y centralizada al extremo contribuyeron decisivamente al despegue económico soviético. Sin embargo, con ello agotaron también su eficacia. Mediada la década del 50, se requería una reforma económica y política que posibilitase la descentralización administrativa y económica y una activa participación voluntaria del pueblo en el proceso productivo. Es lo que intentó Jrushov, a partir del XX Congreso del PCUS (1956), con la desestalinización política y económica. En 1964 fracasó, y no sólo a causa de su arbitrismo y subjetivismo, sino también debido a que se coaligaron contra él determinados sectores privilegiados de la burocracia soviética, nucleados en torno a la denominada «nomenklatura». En ese momento, el Partido Comunista de España expresó públicamente su preocupación por los métodos, oscuros y poco democráticos, que se habían utilizado para lograr la destitución de Jrushov. Más grave todavía fue el hecho de que el nuevo equipo dirigente soviético, encabezado por Brehzjnev, abandonase la senda de las reformas económicas y políticas para caer en la autosatisfacción y el estancamiento. Se perdieron así dos décadas haciendo más difícil y arduo el proceso de reforma actual. 

Balance de un lustro de «Perestroika» 

En los debates celebrados en los organismos de formación y análisis teórico de los comunistas españoles, hemos sostenido que el balance de un lustro de aplicación de la política de «Perestroika» resulta desigual, según los campos concretos de su aplicación. En el campo de la información, la cultura y el respeto a los derechos humanos es donde estimamos que se han obtenido resultados más satisfactorios. Consideramos que la «glasnost» (transparencia) ha complementado en ese campo a la «Perestroika», posibilitando que los medios de comunicación soviéticos produzcan la impresión de una total libertad de expresión. Valoramos también que en el medio cultural y científico hayan desaparecido las prohibiciones de determinados libros, películas, representaciones teatrales, o de ciertos temas en los debates culturales, científicos, filosóficos, literarios, etcétera. Consideramos muy satisfactorio que el nivel de respeto a los derechos humanos en la URSS no suscite ya las críticas de los organismos internacionales competentes en la materia. 

En el plano de la actividad económica y de los abastecimientos básicos de la población, el resultado nos parece mucho menos satisfactorio. Entre los comunistas españoles suscita gran preocupación las informaciones que continuamente recibimos sobre la situación caótica que parece haberse creado en la actividad económica productiva, en los servicios y en la distribución de los abastecimientos básicos necesarios para satisfacer las necesidades fundamentales de la población soviética. Aun reconociendo que se está en una fase de transición, en que todavía subsisten en buena parte los viejos métodos de «ordeno y mando» y no acaban de imponerse los nuevos métodos de regulación a través del mercado y la racionalidad económica, nos resulta difícil comprender que todavía no se haya resuelto asegurar al pueblo soviético la satisfacción de necesidades materiales que son mínimamente exigibles en cualquier Estado organizado. Nos preocupa también el carácter abiertamente contradictorio de los planes de reforma económica que defienden distintos dirigentes soviéticos. Comprendemos que ello es un reflejo de la existencia de diversos intereses sociales e ideológicos que tratan de imponer sus respectivas posiciones partidistas. Sin embargo, todo ello produce una impresión caótica y una gran inseguridad acerca de cuál va a ser el destino definitivo de la reforma iniciada por el nuevo pensamiento político que representa la «perestroika». Se produce también la impresión de que la reforma económica en curso de realización, lejos de conducir a una economía mixta –sobre la base de la propiedad colectiva e individual– que condujese a una sociedad socialista democrática y equilibrada, puede impulsar a la URSS hacia el restablecimiento de un capitalismo salvaje que pueda suponer un costo social tremendo para los pueblos soviéticos. Tenemos la impresión de que en la URSS importantes sectores de la población están idealizando la propiedad privada y la economía de mercado. Quienes vivimos en el sistema capitalista, y padecemos sus consecuencias sociales, somos conscientes de que las funciones reguladoras que el mercado ejerce en la actividad económica son necesarias en determinadas etapas del desarrollo económico y social. Empero también percibimos, como la historia lo ha demostrado fehacientemente, que ese mercado debe ser controlado socialmente si se quiere evitar la depauperización de amplios sectores de la población. En el campo político, valoramos las reformas que se han realizado de los poderes legislativo y ejecutivo –en menor grado en el judicial– y el intento de avanzar hacia un Estado de derecho democrático y socialista. También consideramos positiva la reforma constitucional que ha suprimido el artículo 6 de la Constitución soviética vigente, que consagraba la supremacía constitucional del PCUS. Estimamos que la hegemonía del PCUS en la sociedad soviética no debe provenir de una norma impuesta, sino de su capacidad política para aglutinar a los sectores de vanguardia del pueblo soviético y de dirigir al conjunto de la sociedad mediante métodos democráticos. Una de las mayores preocupaciones de los comunistas españoles es la que suscitan los graves conflictos étnicos y de las nacionalidades de la URSS. Comprendemos que es un problema que le ha sido impuesto a los actuales dirigentes soviéticos por la deformación que Stalin imprimió a la política leninista sobre el derecho de las naciones a la autodeterminación. No obstante, es difícilmente comprensible la ligereza con la que se producen declaraciones de independencia, o de asunción de soberanía, por parte de las repúblicas soviéticas -incluida la de la propia Rusia- sin que los correspondientes órganos federales logren controlar el proceso hacia una solución federal o confederal que evite la disgregación de la URSS.

Los comunistas españoles valoramos los relevantes resultados que la política de «Perestroika» ha obtenido en el campo de la política exterior. Gracias a ella, la URSS ha mantenido permanentemente la iniciativa y obtenido la práctica liquidación de la «guerra fría» y la superación de varios conflictos regionales –Afganistán, Angola, Namibia, etcétera–, y un avance relevante en el proceso de desarme internacional. Estimamos que a la política de «Perestroika» se deben también los avances que se han producido en la disminución de la conflictividad en Europa y la gradual aproximación hacia la programada «Casa común europea». Empero suscita nuestra preocupación la forma concreta en que se ha producido la unificación alemana con la práctica absorción de la RDA en la RFA. Sin negar al pueblo alemán su derecho a la autodeterminación, la unificación alemana tiene claras repercusiones en la situación general europea que deberían haber sido resueltas, con menos premura, en el sentido general del proceso de unificación europea. Sin embargo, de hecho, en lugar de europeizar Alemania se ha impuesto la alemanización de Europa. A pesar de las seguridades que los actuales dirigentes alemanes ofrecen sobre el reconocimiento de fronteras, la superación del revanchismo germánico, sus intenciones pacíficas, etcétera, subsiste la duda que la práctica histórica suscita, ya que seguridades semejantes fueron también ofrecidas por los dirigentes de la República de Weimar en las décadas del 20 y del 30. La gigantesca potencialidad económica del nuevo Estado alemán unificado tendrá también su propia dinámica y no es difícil que, en ese sentido, sigan vigentes las tesis de Lenin sobre las consecuencias que suscita el desarrollo desigual de los países capitalistas, planteando renovados intentos de modificación del reparto territorial del mundo. Igualmente, se pueden suscitar dudas sobre si la URSS no estaba en condiciones de moderar la excesiva rapidez con que se ha producido el proceso de reunificación alemana y las negativas consecuencias que de ello pueden derivarse. 

Otro eventual efecto negativo de esta nueva situación internacional puede radicar en la práctica desaparición del contrapoder que en el equilibrio internacional había supuesto la potencia militar del campo socialista. Al tener que dedicarse ahora prioritariamente la URSS a resolver sus problemas internos, se crea un vacío de poder en el campo internacional que puede incrementar el aventurismo agresivo del imperialismo norteamericano. Ejemplo elocuente de ese riesgo nos lo proporciona la agresión contra Panamá y el papel de gendarme mundial que unilateralmente ha asumido EE.UU. en el conflicto del Golfo Pérsico. Aun reconociendo la función moderadora que la URSS ha desempeñado en este conflicto, apoyando sólo las soluciones internacionales aprobadas por el Consejo de Seguridad de la ONU, se suscita igualmente la impresión de que el Gobierno soviético se está identificando excesivamente con las posiciones de EE.UU. frente al Tercer Mundo. A esa impresión han contribuido, sin duda, determinadas lecturas de las resoluciones de la entrevista Bush-Gorbachov y el discurso de Shevarnadze en la Asamblea General de la ONU. De materializarse permanentemente un viraje tan radical de la política exterior soviética, podría renacerle al Estado soviético las simpatías de importantes sectores de la población mundial. Y ello se puede comprender perfectamente si no se olvida que una consecuencia relevante de la disminución de la confrontación Este-Oeste va a ser el incremento de las tensiones Norte-Sur. No se trata sólo del problema derivado de la deuda externa de los países del Tercer Mundo –con ser muy grave–, sino también de que el orden económico internacional vigente acentúa constantemente el subdesarrollo de los 2/3 de la humanidad. De ahí que la necesidad de un nuevo orden económico internacional (NOEI), justo y racional, se haya convertido en la más importante reivindicación de la mayoría de los países de la comunidad internacional. La URSS no debe correr el riesgo de que la concepción de la «Casa común europea» la vuelque de tal forma hacia Occidente que desequilibre su proyección solidaria anterior hacia los países del Tercer Mundo.

Sintetizando nuestra opinión sobre el balance de un lustro de «Perestroika», nos identificamos con algunas de las opiniones que Boris Guidaspov, primer secretario de los comités urbano y regional de Leningrado, expresa en su artículo «Por los ideales socialistas de la Perestroika», publicado en el «Leningraskaya Pravda»: «Es hora de dejar de complacerse diciendo que el PCUS lanzó la idea de la Perestroika, cumpliendo un imperativo de la época. Es cierto que lo hizo. Pero ya han transcurrido cinco años. En realidad, después de dar un vigoroso impulso a las transformaciones revolucionarias y trazar las vertientes generales de su desarrollo, el partido demoró en arrancar. Al levantar a los hombres de las trincheras del estancamiento, no los armó adecuadamente y no pudo convertirse en el Estado Mayor que debería haber sido. Más aún, parte de los comunistas (inclusive en el escalón superior de la dirección del partido) están observando impasiblemente cómo se opera el proceso de intenso y consecuente desmoronamiento de los ideales socialistas, como nos inunda la interpretación unilateral de la historia ardua, dramática, pero también heroica de nuestra patria. Creo que no decir nada, guardar silencio o fingir sobre ese particular es, al menos, inmoral. Todo tiene su límite. Decimos: "¡Comunistas, alcemos la cabeza y apiñemos nuestras filas en nombre del socialismo!". Rompemos decididamente con la ideología del estalinismo y el estancamiento. Pero estamos seguros de que nuestra bandera seguirá siendo roja y llevando inscrito Lenin, Octubre, socialismo. Dejaremos de ser nosotros si traicionamos nuestros valores socialistas y permitimos a los pseudodemócratas furibundos embaucar a la gente con dulces cuentos sobre el ''capitalismo popular'', sobre democracia ilimitada y sobre glasnost sin partido. Hoy en día en las columnas de varias publicaciones el balón entra solo en una portería, bien determinada. La porra pseudodemocrática apalea a cuantos se atreven manifestarse disconformes. Se machaca la idea de que es incurable nuestra sociedad. ¿Qué decir al respecto? No conocemos médico que pueda sanar al enfermo hablándole sin cesar de sus achaques. Por lo visto, es hora de que todos nosotros, en vez de tanta verborrea sobre nuestras llagas sociales, nos ocupemos juntos de encontrar caminos para remediarlas. La Perestroika no tiene alternativa. Lo decimos con firmeza, claridad y de manera unívoca. El asunto radica en que distintas personas le quisieran dar distintos virajes».