José María Laso Prieto

«Gramsci y la vía al socialismo en occidente»

En vv.aa: Gramsci y la izquierda europea. Actas de las Jornadas realizadas por la Fundación de Investigaciones Marxistas con motivo del centenario del nacimiento de Antonio Grmasci. Ediciones de la F.I.M. Madrid 1992.

Texto preparado para su edición digital por Carlos Glz. Penalva.


I. LA RENOVADA ACTUALIDAD DE GRAMSCI 

El 22 de Enero de 1991 se ha cumplido el centenario del nacimiento de Antonio Gramsci, una de las más relentes figuras de la cultura y de la política italianas del siglo XX. Por su prematuro fallecimiento - en 1937- casi han coincido las conmemoraciones del cincuentenario de su muerte y del centenario de su nacimiento. Con motivo de la primera efemérides, se publicaron en diversos países libros y artículos conmemorativos en los que se argumentaba la vigencia de su pensamiento. Sin embargo, en los cuatro años transcurridos desde 1987 se han producido acontecimientos históricos que han proporcionado más fuerza a la vigencia y actualidad de las elaboraciones y concepciones políticas de Gramsci. Concretamente, tal es la tesis del filósofo polaco Adam Schaff, al sostener que el fracaso del modelo del denominado “socialismo real”, en los países de Europa central y oriental, constituye la mejor confirmación de su certera previsión sobre la imposibilidad de construir una sociedad socialista sin haber logrado previamente el consenso ampliamente mayoritario de la población. Consenso que sólo puede lograrse actuando previamente en el campo de la cultura, para conseguir implantar la hegemonía intelectual y moral del nuevo bloque histórico emergente. 

La aportación específica de Gramsci en el campo de la previsión científica de las condiciones para la transformación social, las sitúa muy bien Adam Schaff, al precisar que: 

"Mientras que Marx subrayaba la importancia de las condiciones objetivas de la revolución, Gramsci desarrolló en un período posterior, aprovechando la experiencia de la revolución soviética, la teoría del consenso, como teoría subjetiva de la revolución socialista. Sin el acuerdo de la sociedad no se puede realizar con éxito la revolución, ni mucho menos verificar el dominio de la clase obrera como hegemonía política y moral (y no como imposición violenta). Este consenso debe lograrse mediante el trabajo ideológico. De ahí el importantísimo papel que Gramsci atribuye a la intelectualidad en su teoría de la revolución socialista" [1] .  

Y, precisando todavía más esta valoración, Adam Schaff sostiene: 

"Por consiguiente, en ambos casos se entienden cosas distintas bajo los mismos términos. Pensemos en la definición engelsiana de la dictadura del proletariado como república democrática y en la fórmula leniniana de un poder no limitado por ningún principio jurídico; pensemos también en la distinción de Gramsci entre dictadura del proletariado como coerción administrativa y como hegemonía política y moral" [2] .

II. EL DOBLE VALOR DE LA APORTACION TEÓRICA DE GRAMSCI 

Ahora bien, si las aportaciones teóricas de Gramsci a la concepción marxista de las transformaciones sociales se han revalorizado, a la luz de su verificación por los cambios históricos en la crisis del modelo de "socialismo real", hay que reflexionar también sobre la posibilidad de deducir de esas aportaciones conceptos y categorías teóricas que puedan ser útiles para la transformación superadora de las sociedades del capitalismo maduro. Previamente, en estos momentos de confusionismo teórico y político, hay que plantearse si sigue teniendo vigencia el ideal comunista de lucha por una sociedad superadora de la explotación, la opresión y la alienación humanas. De mantenerse la vigencia de ese ideal emancipador, habría que suscitarse también cómo alcanzar sus objetivos en las sociedades concretas que tomásemos como referencia. En nuestra área geográfico-cultural, de ello se deduce la necesidad de estudiar una eventual vía al socialismo específicamente adaptada a las condiciones existentes en los países capitalistas avanzados de Occidente. El intento que Lenin realizó de atajar la vía del desarrollo histórico -realizando previamente desde el poder político las tareas pendientes de la revolución democrático-burguesa, antes de madurar las condiciones objetivas para la transición al socialismo- podría haber tenido éxito de haberse ampliado al resto de Europa el proceso revolucionario iniciado en Rusia en 1917. Fracasado éste -fundamentalmente a causa de la posición de la mayoría de los dirigentes socialdemócratas-, en Alemania, Austria, Hungría, Francia, Gran Bretaña, etc, y con la posterior guerra civil en Rusia - entre rojos y blancos-, la intervención de catorce países imperialistas contra el joven poder soviético, la implantación del denominado "comunismo de guerra", la creación del "cordón sanitario" contra la URSS, etc -unido al considerable atraso cultural, científico y técnico de Rusia y sus territorios de Asia central- hizo cada vez más difícil la construcción de una sociedad socialista genuina en los territorios que habían integrado el Imperio Zarista. 

Ahora bien, la concepción de Marx y Engels sobre el carácter no mercantil del socialismo, está íntimamente ligada a su concepción política del régimen socialista. Ambos aspiraban a una sociedad autorregulada en la que todos los ciudadanos participasen directamente en las tareas de gobierno. Por otra parte, los cambios en la naturaleza del poder del Estado, y en su carácter clasista, realizados por la revolución socialista, no eliminan la función estatal de organizar el desarrollo económico como un todo único. Por el contrario, la revolución liberaría a esta función de sus - rasgos explotadores y aumentaría considerablemente la fuerza conjunta de los trabajadores libres de explotación. Sin embargo, en sentido contrario, la propiedad estatal de los medios de producción crea un nuevo nivel de centralización de la sociedad al mismo tiempo que por primera vez ofrece la posibilidad ¡de pasar a la autogestión social. La propia autogestión, si no quiere caer en la anarquía, requiere también nuevas formas de organización social. Ya en su magna obra, El capital, Marx abordaba este tema al precisar que:

"Todo trabajo directamente social, o colectivo en gran escala, requiere en mayor o menor medida una diversificación que establezca un enlace armónico entre las diversas actividades individuales y ejecute las funciones generales que brotan de los movimientos del organismo productivo total, a diferencia del que realizan los órganos individuales. Un violinista sólo se dirige él mismo pero una orquesta necesita un director".

Basándose en sus análisis de la experiencia de la "Commune" de París, Marx y Engels llegaban a la conclusión de que habría una etapa de transición desde la conquista revolucionaria del poder hasta el pleno logro del autocontrol social. Al Estado de esa etapa de transición - hegemonizado por la clase obrera - lo denominaron dictadura del proletariado. Partían de la concepción de que ya en la primera fase de la sociedad comunista no habría clases ni política. De que el Estado, en tanto que organización de la sociedad, sería ya un semiestado, medio de la autogestión social apolítica. Para Marx, la Comuna de París había convertido en realidad el tópico de todas las revoluciones burguesas, que es "un gobierno barato", al destruir las dos fuentes fundamentales de gasto: el Ejército permanente y la burocracia del Estado" [3] . En ese sentido, Marx subrayaba también que la Comuna de París eliminó por completo la jerarquía estatal y se presentó como el pueblo actuando por sí mismo. Desde esa perspectiva se comprende que Engels, en carta dirigida a Augusto Bebel, llegase a la conclusión de que:

"habría que abandonar toda charlatanería acerca del Estado, sobre todo después de la Comuna, que no era ya un Estado en el pleno sentido de la palabra".  

Ello incluso le permite sustentar coherentemente que:

"Cuando el Estado se convierte finalmente en representante efectivo de toda la sociedad, será por sí mismo superfluo... El primer acto en que el Estado se convierte finalmente en representante efectivo de toda la sociedad, la toma de posesión de los medios de producción en nombre de la sociedad, es a la par su último acto independiente como Estado" [4] .

Por su parte, Lenin trató de aplicar a un proceso revolucionario en marcha las concepciones de Marx y Engels sobre el carácter del Estado en la transición del capitalismo al socialismo. En ese sentido Lenin no adoptaba una rígida posición dogmática sino que fue adaptando los principios de los clásicos del marxismo a las variables condiciones que la realidad impuso. Para esa adaptación partía de la presunción del carácter no plenamente desarrollado del marxismo. Así, en su trabajo "Nuestro Programa", decía: 

"No enfocamos, en absoluto, la teoría de Marx como algo acabado e intangible; estamos convencidos, por el contrario, de que colocó sólo las piedras angulares de la ciencia que los socialistas deben impulsar en todas las direcciones, si no quieren quedar rezagados en la vida" [5] .  

Desde esta premisa, en el VII Congreso del partido bolchevique, Lenin sostuvo que los marxistas todavía no sabían con certeza como se construiría exactamente el socialismo, porque no disponían de materiales suficientes para caracterizarlo. En su práctica política, Lenin partía de las concepciones de Marx y Engels sobre el nuevo régimen sin clases, autogestionado y no mercantil. En su célebre trabajo El Estado y la Revolución -escrito poco antes de la Revolución de Octubre- argumentó convincentemente la posibilidad de alcanzar una sociedad autogestionaria en la que el Estado finalizaría extinguiéndose. Sin embargo, en la fase inicial del proceso revolucionario, Lenin consideraba al Estado como una organización necesaria para aplastar a los explotadores y lograr la superación de las clases. Empero las funciones de ese Estado deberían ser asumidas por el pueblo trabajador. Es decir, se trataría de un Estado de obreros armados y no de funcionarios. Según las propias palabras de Lenin: 

"Todos los ciudadanos se convierten en empleados y obreros de un sólo "consorcio" del Estado, de todo el pueblo" [6] .

El primer intento de lograr una sociedad socialista autogestionaria - la "Commune" de París - fue aplastado por los versalleses de Thiers con ayuda de los invasores prusianos. El segundo intento -posibilitado por la Revolución Soviética de Octubre de 1917- se hizo también imposible por la intervención extranjera. En este segundo intentó, por la intervención armada imperialista encabezada por Gran Bretaña, Francia y los EE.UU. Ello imposibilitó limitarse a un Estado de obreros y campesinos armados -en forma de Guardia Roja- y fue necesario crear el Ejército Rojo. La misma necesidad de defensa, frente a la intervención y agresión exterior, hizo que el Estado lejos de debilitarse se reforzase. De hecho, con el denominado "comunismo de guerra" -impuesto por las condiciones bélicas- se inició un proceso de creciente restricción de la democracia socialista que acabaría vaciándola de contenido. Sin embargo, el problema de construir una sociedad socialista en Rusia era todavía mucho más amplio y complejo. Aunque incurrieron varias veces en el subjetivismo, en su interpretación de los procesos revolucionarios, Marx y Engels siempre consideraron que el socialismo se realizaría primero en los países industriales avanzados y con un alto grado de desarrollo de la cultura, la ciencia y la tecnología. Por otra parte, el carácter internacional del capitalismo inducía a suponer que los procesos revolucionarios necesarios para iniciar la edificación del socialismo requerirían un ámbito internacional. No se concebía la edificación del socialismo en un sólo país -aunque se tratase de un Estado extenso, muy poblado y generosamente dotado de recursos naturales- ya que, por su origen y finalidades, se trataría de una amplia revolución internacional.

Fracasada la revolución en Occidente -y en ello tiene buena parte de responsabilidad la socialdemocracia europea - Lenin trató de adaptar el proceso revolucionario soviético a la fase de reflujo que se hacía evidente tanto en el plana internacional como interno. De ahí el inteligente repliegue que suponía la Nueva Política Económica (N.E.P.) tanto para consolidar la alianza obrero - campesina como para posibilitar salvar económicamente tal etapa de reflujo hasta que se reanudase el proceso revolucionario en los países capitalistas avanzados. 

La enfermedad y muerte de Lenin, y el ascenso al poder de Stalin, frustraron tal posibilidad. La brutal imposición por Stalin de su tesis de "edificación del socialismo en un solo país" -y los ritmos acelerados de desarrollo industrial que impuso dictatorialmente- acabó deformado gravemente tanto al Partido Bolchevique como al Estado soviético. Quedó así inédita la vía autogestionaria de construcción del socialismo que habían concebido los clásicos del marxismo y trató de iniciar Lenin. Vía muy lógica y coherente en su vertiente económico-social, pero con indudables elementos utópicos en el campo político. Quedaron también inéditas las posibilidades de reconducción del proceso socialista que Lenin abrió al liquidar el "comunismo de guerra" y elaborar y aplicar la N.E.P. También quedó sin despejar la incógnita de cual habría sido el futuro de la sociedad soviética -y el de los países que en Europa central, y oriental adoptaron el modelo del denominado "socialismo real" sin que en ellos se diesen las condiciones objetivas y subjetivas necesarias para su implantaciónde haber triunfado las reformas de Jrushov, en el plazo político, y del profesor Liberman, en el campo económico. 

Sí - utilizando de nuevo la metáfora viaria - el atajo preconizado por Lenin, para acortar la transición del Capitalismo al Socialismo fracasó por causas externas a su practicabilidad intrínseca, no por ello deja de ser necesaria esa transición. Aunque el Capitalismo haya logrado efectos espectaculares en algunos países, en beneficio de sectores minoritarios tanto en el plano internacional como en el nacional, no por ello deja de constituir un sistema irracional e injusto, basado en la explotación, la opresión y la alienación de la gran mayoría de la población mundial. El Capitalismo ha fracasado en proporcionar un mínimo de bienestar a las cuatro quintas partes de la Humanidad. Por ello, aún renunciando a realizar atajos en la historia, no es aceptable instalarse en el sistema capitalista y renunciar a intentar descubrir y recorrer nuevas vías que conduzcan a la realización del ideal socialista. Del análisis de la crisis y experiencias de los procesos emancipatorios contemporáneos tanto de la URSS como de los países del  Este e, incluso, en el resto del mundo- y de las aportaciones teóricas y conceptuales de Gramsci, se pueden deducir conclusiones que nos permitan precisar mejor otras vías de acceso al socialismo. 

La práctica histórica ha demostrado que el proceso de edificación del socialismo en una sociedad determinada - de no desarrollarse como previnieron los clásicos del marxismo en una amplia escala internacional - está muy condicionado por los presupuestos materiales de su base de partida: la infraestructura económica de esa sociedad, comprendiendo su nivel de desarrollo industrial y el alcanzado por su ciencia y tecnología. No menor condicionamiento impone su elemento subjetivo. Es decir, el grado de desarrollo de la cultura, la educación y la conciencia social de la población. También el nivel alcanzado por sus instituciones políticas y sociales, pues éste determina la correlación entre su sociedad política y su sociedad civil. Por ello, de no darse un proceso revolucionario a escala internacional que permita abordar la construcción del socialismo en amplia escala, el tratar de edificarlo en condiciones primitivas, o semi-primitivas, conduce así inevitablemente a la deformación del proceso revolucionario. O. al menos, al sacrificio del democratismo político que le es inherente y a la sustitución del protagonismo de las masas por el dirigismo de minorías burocráticas y autoritarias.

Desde nuestra ubicación geográfica y cultural específica en la Europa contemporánea, hay también que plantearse concretamente el ámbito territorial en el que realizar la transformación social y la vía al socialismo apropiada por su especificidad. El marco territorial ya no puede limitarse al ámbito restringido del Estado-nación. Con la internacionalización de las fuerzas productivas alcanzada - y que tiende a reforzarse a causa del actual proceso de mundialización de la economía- el marco para la transformación social debería abarcar, al menos, el propio de la Comunidad Europea. En consecuencia, nuestra vía de acceso al socialismo está a su vez condicionada por el marco europeo descrito. En lo fundamental, se basa en la aplicación la distinción que Gramsci establecía entre las vías al socialismo de las sociedades de Oriente y de Occidente. En el caso de la vía occidental al socialismo, utilizando una doble presión sobre la sociedad política y la sociedad civil, hasta lograr no sólo la hegemonía política del bloque social emergente, sino también la hegemonía cultural, intelectual y moral del nuevo bloque histórico emergente que sustituya al hoy dominante. En ese sentido puede considerarse el doble valor teórico de las aportaciones de Gramsci: tanto para poder comprender mejor las causas del fracaso del modelo del "socialismo real", como para trazar mejor, utilizando sus análisis, conceptos y categorías, una vía específica al socialismo adaptada a las condiciones culturales, económicas, políticas y sociales imperantes en Occidente.

III LA FORMULACIÓN GRAMSCIANA DE UNA VÍA AL SOCIALISMO EN OCCIDENTE 

En la fase inicial de la vida política de Gramsci, que constituye su etapa periodística juvenil, había compartido plenamente la estrategia bolchevique de Lenin que culmina con la Revolución Soviética. Su posición quedó muy bien reflejada en su célebre artículo La revolución contra El Capital. Título paradójico, pero sumamente aleccionador. Gramsci reaccionaba en él, en palabras de Togliatti:   

"contra las consecuencias negativas de una concepción, pedante, mecanicista, del marxismo muy arraigada entre los mencheviques rusos y que iba a encontrar en Kaustky su máxima expresión teórica. En dicha posición faltaba la concepción del desarrollo histórico, que no puede ser entendida sólo como una evolución objetiva de las relaciones económicas, mediante las transformaciones de la técnica y del desarrollo de las fuerzas productivas. Lo que le faltaba era la noción misma de las modificaciones y del vuelco de las relaciones de poder en la sociedad, de la necesidad de la ruptura del bloque histórico dominante y de la creación revolucionaria de un nuevo bloque. Para Togliatti, "fue esta la noción que Gramsci puso como base para todo su pensamiento y de toda acción futura. Esa fue la conquista más grande por él realizada" [7] .

Cuando, con su detención y condena, Gramsci se vio obligado a permanecer aislado, tuvo también oportunidad de reflexionar sobre los procesos revolucionarios que habían fracasado en Occidente, en contraste con el éxito que habían alcanzado los bolcheviques, al lograr la implantación del poder soviético. En ese sentido, se planteaba la relación de distinción-continuidad que se había dado entre Gramsci y Lenin en la elaboración del concepto de hegemonía. Como es sabido, Gramsci toma explícitamente de Lenin el concepto de hegemonía e, incluso -por la relación íntima entre política y filosofía - Gramsci concedía valor filosófico a esa aportación conceptual de Lenin. Tratando de precisar las diferentes articulaciones del concepto de hegemonía, Gramsci repetía a menudo la tesis de Lenin de que: "los partidos son las nomenclaturas de las clases sociales". Empero, para Gramsci, las relaciones entre partidos y clases sociales no tienen nada de automáticas. Por ejemplo, no es suficiente pertenecer a la clase obrera para ser comunista. La complejidad de tal relación remite precisamente al concepto de hegemonía. En un bloque histórico -basado en la relación clases dominantes-clases subalternas- la clase social en el poder dirige al mismo tiempo que domina, gana para las soluciones que propone masas suficientes para constituir la base del propio poder, aunque los intereses reales de estas masas estén en oposición con sus soluciones. Todo ello se realiza mediante la política, el "savoir faire" político de la clase dirigente. Empero el factor político no basta, también tiene que intervenir la ideología. Esa ideología que la clase dominante hace penetrar en las masas populares mediante los diversos aparatos ideológicos, públicos o privados. Pues es precisamente la ideología la que permite a la clase dominante soldar en torno suyo un bloque de fuerzas sociales diferentes. Así el bloque histórico es un conjunto de fuerzas contradictorias cuyos antagonismos, que de otro modo estallarían, son mantenidos juntos, tanto por la ideología (dirección) como por la dominación y por la política (dirección + dominación). En este contexto Gramsci utiliza el término hegemonía política para reflejar la impronta de la sociedad civil sobre la sociedad política en tales situaciones. Se hace preciso distinguir entonces la hegemonía que expresa la primacia ideológica de una clase y se refuerza por su implantación en la sociedad civil. Por el contrario, Gramsci utiliza los términos dictadura o dominación para definir la situación de un grupo social (o clase) no. hegemónico que domina la sociedad exclusivamente por medio de la coerción, debido a que detenta los aparatos del Estado. Ese grupo no tiene -o ha dejado de tener si ya la tuvo- la dirección ideológica.

Según Hugues Portelli, estas situaciones de crisis del bloque histórico son, para Gramsci, situaciones intermedias en espera de la construcción, o reconstrucción, de un sistema hegemónico:

 ". . . el período de primacía de la sociedad política, o dictadura, es un período de transición entre dos períodos hegemónicos, aunque no por eso debe ser subestimado, ya que la clase que lo detenta puede aprovechar la ocasión para diezmar la sociedad civil de sus adversarios. Es lo que hizo la burguesía italiana durante la etapa fascista decapitando los cuadros liberales y revolucionarios de los partidos políticos adversarios. Así aunque la hegemonía y la dictadura pueden estar combinadas, su carácter aparee sin embargo bien delimitado:- frente a la hegemonía, donde domina la sociedad civil, la dictadura representa la utilización de la sociedad política" [8] .

Desde la perspectiva que proporciona su profundización en la problemática de la hegemonía ideológica, Gramsci profundiza más que Lenin en valorar la importancia del consenso de las masas explotadas y, en, consecuencia, matiza más que Lenin la función social del Estado, sin limitarla a constituir un mero instrumento represivo y "Consejo de Administración" de la clase dominante. De ahí - también que Gramsci comprenda mejor que Lenin - aunque en éste se dio una interesante autocrítica por la impronta "excesivamente rusa" de que se había impregnado la Internacional Comunista- la necesidad de una estrategia revolucionaria específica para las naciones desarrolladas de Occidente, que permita romper el amplísimo consenso que en la sociedad civil ha obtenido la burguesía. 

Después de haber reflexionado profundamente acerca del fracaso de los movimientos revolucionarios en Occidente, durante la década de los 20, Gramsci se planteo, ante todo, la tarea de contribuir a resolver el problema suscitado por la necesidad de que el proletariado italiano afrontase seriamente la conquista del poder político. Y no sólo del poder político, entendido como expresión directa de la sociedad política, sino también de la captación del consenso ¡popular preciso para hacerse con la hegemonía de la sociedad civil. Así trataba Gramsci de eludir los graves errores tácticos y estrátégicos, cometidos en Alemania, Austria, Hungría, etc. mediante la aplicación mecánica de las experiencias de la Revolución Soviética a países donde se daban condiciones muy distintas a las que sé dieron en los territorios sometidos a la autocracia zarista. Sin embargo, el análisis realizado en su extraordinariamente lúcido trabajo titulado "guerra de movimientos y guerra de posiciones" transcendía el marco concreto italiano y pasaba a ser paradigmático de todas las sociedades industrializadas. 

Para Gramsci, ya no se trataba sólo de que en Octubre de 1917 se hubiese producido -según la célebre formulación de Lenin- la ruptura del eslabón más débil de la cadena imperialista, a consecuencia de las contradicciones engendradas por la Primera Guerra Mundial. Ese fue un factor coadyuvante, como detonador, de un proceso explosivo propiciado por que "en la vieja Rusia el Estado lo era todo y la sociedad civil resultaba primitiva y gelatinosa". Pero en las condiciones de las sociedades desarrolladas de Occidente la situación es muy distinta. En ellas la burguesía realizó su revolución u obtuvo, por uno u otro medio, el dominio de los aparatos del Estado. Después -antes, ó simultáneamente, según los casos- tuvo lugar un amplio proceso de sedimentación histórica en que ese dominio coercitivo se complementó con la dirección intelectual y moral de las clases subalternas. Es decir, con la imposición de la hegemonía ideológica, que aseguró el consenso popular en una medida jamás obtenida en etapas anteriores de la explotación del hombre por el hombre. Con ello el elemento represivo, propio de la sociedad política, se mantiene generalmente en estado potencial y sólo en forma excepcional, en los momentos de ruptura en que se producen las "crisis orgánicas", requiere ser utilizado por la clase hegemónica. De ahí la potencia inusitada que adquieren las superestructuras propias de este tipo de sociedades y que les permiten dominar crisis tan espectaculares como el Mayo francés. En tales condiciones no cabe Plantearse únicamente, como en el Octubre soviético, el ataque frontal contra la trinchera estatal. Gramsci considera que en Occidente esa trinchera posee también una serie de fortines y bunkers, escalonados a diversas profundidades, que constituyen los puntos neurálgicos de una sociedad civil sumamente desarrollada. Manteniendo la expresiva metáfora bélica gramsciana, cabe considerar a los intelectuales orgánicos, del bloque dominante, como los ingenieros que han construido esas líneas complementarias de defensa y, asimismo, como los oficiales militares que las mantienen. Pero no se trata de francotiradores aislados, como sería propio del concepto del concepto tradicional de intelectual, sino de cuadros militares organizados como fuerza coherente. Y cada clase social hegemónica, o que aspira a serlo, debe creerse sus propios cuadros intelectuales. Tales cuadros se vinculan, orgánicamente, a su clase de origen, o de adopción, y la homogeneizan ideológicamente.

En consecuencia la clase obrera de cada país, si aspira seriamente a asumir la función hegemónica que le corresponde en el desarrollo social, debe afrontar con decisión la creación de sus propios intelectuales orgánicos y la captación de los intelectuales tradicionales que han quedado desvinculados de su clase originaria. Estos "funcionarios de la superestructura", como los calificaba Gramsci, asumen la función de promotores del ejercicio de la hegemonía. Si se trata de los intelectuales orgánicos del nuevo bloque emergente, abordan la elaboración de la ideología de la clase en torno al cual se ha aglutinado el bloque, le proporcionan conciencia de su papel y acaban transformando esa ideología en concepción del mundo que se irá difundiendo por todo el cuerpo social. Para la mayor eficiencia de su labor, esos intelectuales orgánicos del bloque histórico emergente deben asumir con rigor la función de críticos de la cultura dominante. Ello ofrece grandes posibilidades en cuanto a proporcionar la contribución precisa para producir el debilitamiento del consenso anterior y simultánea concienciación de la clase emergente. Con el desempeño de esas funciones, los intelectuales orgánicos antes citados abordan la tarea de establecer los necesarios nexos orgánicos entre estructura y superestructura, que dan lugar al fenómeno del bloque histórico concebido no mecánicamente, sino también como unidad orgánica entre estructura y superestructura.

IV. ORIENTE Y OCCIDENTE 

La conocida distinción entre Oriente y Occidente - en la que Gramsci fundamentó una estrategia revolucionaria específica para los países del capitalismo avanzado no corresponde tanto al mayor o menor desarrollo económico (sociedades agrícolas-sociedades industriales)- de ambas áreas territoriales, cuanto al papel del Estado en sentido estricto sobre la sociedad civil. Para comprenderlo, basta remitirse al texto original en el que Gramsci expuso por primera vez su tesis:

"En Oriente el Estado lo era todo, la sociedad civil era primitiva y gelatinosa; en Occidente, entre el Estado y la sociedad civil había una justa relación y en el entramado del Estado se advertía de inmediato una robusta estructura de la sociedad civil. El Estado era sólo una trinchera avanzada, tras la que se despliega una sólida cadena de fortalezas y fortines, más o menos de Estado a Estado, se entiende, pero esto requeriría un cuidadoso reconocimiento de carácter nacional" [9] .

A partir de esta formulación surge en Gramsci la teoría de una estrategia revolucionaria diferenciada para Occidente, designada como guerra de posiciones (necesaria para conquistar gradualmente los fortines que constituyen las instituciones de la sociedad civil) en contraposición a la guerra de maniobra o de movimientos, como la que permitió en Rusia la conquista de la trinchera estatal. Todo ello según la expresiva terminología adoptada por Gramsci con fines políticos descriptivos. Sin embargo, como bien precisa el profesor Rodríguez-Aguilera de Prat: 

"Por una parte, Gramsci era plenamente consciente de que las nociones de Oriente y Occidente no representan más que una construcción convencional, histórico-cultural, si bien las realidades estructurales de ambas esferas geográficas son diferentes. Por otra, tuvo ciertas prevenciones en la utilización de la terminología específicamente militar aplicada a la ciencia política ya que, en la lucha política, existen formas no reductibles a los dos tipos anteriormente mencionados" [10] .

Es insuficientemente conocido que también Lenin era consciente de la necesidad de estrategias revolucionarias diferenciadas según las diferentes áreas geográfico-culturales. En ese sentido son significativas sus autocríticas por la impronta excesivamente rusa que se había imprimido a la Internacional comunista, y que hacían a sus textos difícilmente comprensibles a los militantes de los partidos comunistas extranjeros o, de comprenderlos, de difícil o imposible aplicación a otras situaciones nacionales diferenciadas. En tales autocríticas, Lenin precisaba que cada pueblo llegaría al socialismo por diferentes vías, según las condiciones específicas de cada país. El único rasgo común exigible sería que todas esas vías revolucionarias al socialismo requerían la hegemonía de la clase obrera en el proceso de transición. Por otra parte, en un discurso pronunciado el 29 de Abril de 1918, ante el Ejecutivo Panruso de los Soviets, Lenin establecía también tal diferencia entre Rusia (Oriente) y los países avanzados de Occidente. Según Lenin, realizar la revolución en Rusia había sido tan fácil ¡cómo levantar una pluma!, lo difícil sería consolidarla; por el contrario en los países avanzados de Occidente lo dificil sería realizar la revolución - a causa del fuerte grado de implantación que sus burguesías habían logrado en tales sociedades -, pero lo fácil sería consolidarla, a causa de su alto nivel industrial, cultural y científico. 

Cesáreo Rodríguez-Aguilera de Prat, estudia exhaustivamente, en su libro "Gramsci y la vía nacional al socialismo" la estrategia revolucionaria para Occidente que Gramsci dejó esbozada en sus Cuadernos de Cárcel: A su juicio, la estrategia de la guerra de posiciones en Gramsci es fundamentalmente un notable desarrollo de la táctica del Frente Único Obrero. Tras constatar -ya en el período del Ordine Nuevo - que todas las revoluciones en dos tiempos han fracasado fuera de Rusia, Gramsci elaboró una vía de avance más matizada que tiene en cuenta los obstáculos específicos que en Occidente bloquean la revolución. Se trata de valorar en toda su complejidad la poderosa función de la sociedad civil en los regímenes de capitalismo desarrollado y deducir las necesarias consecuencias políticas. Los orígenes de esta línea se sitúan en la recepción gramsciana de la táctica del Frente Único, contrapuesta a la teoría de la ofensiva de la izquierda de la Internacional Comunista que había conducido a la derrota de la revolución proletaria en Europa Central. Dado que la repetición de la táctica puramente insurreccional volvería a resultar infructuosa, se trataba de profundizar en el propio concepto de Frente Único, apenas esbozado por Lenin, para ganar el apoyo de la inmensa mayoría de la masa trabajadora y disgregar el consenso social hacia el Estado en Occidente. Hasta entonces, todos los errores de los revolucionarios se derivaban de la incomprensión cabal de la tesis leninista sobre la contemporaneidad de la revolución, como principio general, confundiéndola con la coyuntura concreta y provocando así serias derrotas.

Desde tal concepción, se evidenciaba que tras un período de guerra de movimientos intensificada se entraba en una fase histórica diferente que exigía adoptar medidas de guerra de posiciones para socavar las fuerzas del adversario y desgastarlo profundamente antes de lanzarse directamente al asalto del poder. En esa perspectiva, el profesor Rodríguez-Aguilera de Prat, precisa que la guerra de posiciones no es un conflicto inmóvil y permanente de trincheras, puesto que no consiste sólo en un repliegue defensivo coyuntural para acumular fuerzas y ganar el consenso de las masas, sino que representa una estrategia permanente de larga duración. La guerra de maniobra subsiste hasta que se trata de conquistar posiciones no decisivas y no son movilizables todos los recursos hegemónicos del Estado. Cuando esas posiciones pierden valor, según Gramsci:

"se pasa entonces a la guerra de asedio (...) en la que se exigen cualidades excepcionales de paciencia y de espíritu de inventiva. En la política, el asedio es recíproco, no obstante todas las apariencias" [11] .

Esta estrategia exige el desarrollo de un proceso continuo de rupturas en la segunda línea de defensa del Estado burgués para disgregar su base social de apoyo antes de abatirlo directamente, lo que resultaría imposible sin conquistar la hegemonía, dada la solidez de los aparatos "privados" y sus reservas de todo tipo. Esto significa que sólo es posible tomar el poder cuando el proletariado ya no considere el orden político y social burgués como el auténticamente legal, pues, de lo contrario, un socialismo minoritario defendido en exclusiva por una aguerrida vanguardia revolucionaria, precisa Gramsci proféticamente:

"se extinguiría en repetidos y desesperados intentos para suscitar autoritariamente las condiciones económicas para su permanencia y refuerzos" [12] .

Surge así de nuevo el doble valor teórico que sigue conservando el pensamiento de Gramsci. En las condiciones actuales de España y de su entorno en la C. E., toda vía democrática al socialismo tiene que inspirarse en la esbozada por Gramsci. Basándose en el concepto gramsciano de bloque histórico se trataría de precisar su contenido y funciones. En todo caso, se trataría de un Bloque Social de Progreso en el que se integrarían no sólo las fuerzas de la izquierda tradicional -alianza obrero-campesina y algunas capas de intelectuales- sino también las fuerzas procedentes de los nuevos movimientos sociales (feminismo, pacifismo, ecologismo, movimientos de liberación sexual, organizaciones juveniles y antirracistas, etc.) con un tipo de integración flexible que les permita conservar su necesaria autonomía.



[1] - Antonio Gramsci, Los intelectuales y la organización de la cultura. Ediciones Nueva Visión. Buenos Aires, 1972.

- Adam Schaff, El comunismo en la encrucijada. Crítica. Grupo Editorial Grijalbo. Barcelona, 1983, pág. 182

[2] Adam Schaff, op. cit. pág. 151 

[3] Carlos Marx, La guerra civil en Francia. En Obras Completas. Editorial Progreso. Moscú Tomo XVII, pág. 345

[4] Federico Engels, Carta a Bebel. Carlos Marx y Federico Engels, Obras Completas. Tomo XIX, pág. 5 y tomo XX, pág. 292

[5] V. I. Lenin, Nuestro Programa. En Obras Completas. Editorial Progreso. Moscú. Tomo IV, pág. 196

[6] V. 1. Lenin, El estado y la Revolución. Ediciones en Lenguas Extranjeras. Moscú, 1977. Tomo XXXIII, pág. 103

[7] Palmiro Togliatti, Gramsci y el leninismo, en el libro de autores varios Gramsci y el marxismo. Editorial Proteo. Buenos Aires, 1965, pág. 191

[8] Hugues Portelli, Gramsci y el bloque histórico. Buenos Aires, 1973. Ediciones Siglo XXI, págs. 74 y siguientes

[9] Antonio Gramsci, Q. C. tomo 11, pág. 866

[10] C. Rodríguez-Aguilera de Prat, Gramsci y la vía nacional al socialismo. Ediciones AKAL-Universitaria. Madrid, 1984, pág. 93

[11] Antonio Gramsci, Q. C, tomo II, pág. 802.

[12] Antonio Gramsci, due rivoluzioni. Ordine Nuovo, pág. 137