Aunque en sus «Conversaciones con Abendroth», Lukács manifestó:«Por
desgracia, soy filósofo y no político» es evidente que lo
largo de su dilatada vida tuvo fases de intensa actividad
política directa y otras de muy fuerte incidencia teórica
sobre la actividad política. Para comprenderlo, basta recordar
sus dos etapas ministeriales –como Comisario de Cultura
Popular en la República Socialista Húngara de los Consejos
(1919) y como Ministro de Educación durante los acontecimientos
de 1956– así como su actuación como comisario político de
la Vª División y su actividad en la clandestinidad durante
la dictadura del almirante Horty en 1919 y 1929. También
su pugna, desde la fracción de Landler, con el núcleo dirigente
del Partido, que encabezaba Bela Kun, y que encuentra su
culminación en las denominadas «Tesis de Blum».
Las etapas de Lukács
En el espacio disponible, es muy difícil sintetizar toda
la riqueza de matices que las posiciones de Lukács alcanzan
durante su amplia vida política. Por ello, es conveniente
centrarse en las tres etapas que se distinguen en su trayectoria
política: 1) El joven Lukács. 2) El Lukács de la madurez.
3) El viejo Lukács o el último Lukács.
El joven Lukács:
Siguiendo su célebre esbozo autobiográfico «Mi camino hacia
Marx»,y aplicando su tesis de que la relación con Marx constituye
la verdadera piedra de toque de todo intelectual que se
toma en serio el esclarecimiento de su propia concepción
del mundo, es muy útil seguir la propia trayectoria política
de Lukács hacia Marx.
Su primer contacto con Marx, a través de la lectura del
Manifiesto Comunista, lo tiene ya en sus años de
bachillerato y le produce una gran impresión. Como universitario,
lee diversos ensayos de Marx y Engels –El 18 Brumario
de Luis Bonaparte, El origen de familia, de la propiedad
privada y del Estado ,etc.– y el primer tomo de El
capital, que estudia a fondo. Empero, como era habitual
en un intelectual burgués, limitó su interés a las aportaciones
de Marx en economía y sociología. Y es que Lukács consideraba
superada –desde la perspectiva de la Teoría del conocimiento–
la filosofía materialista. No obstante, a Lukács le impresionaron
del marxismo: 1) La teoría de la plusvalía. 2) La concepción
de la historia como historia de la lucha de clases. 3) La
profundización en el conocimiento de que la sociedad está
dividida en clases antagónicas.
Conviene precisar que la posición filosófica inicial de
Lukács es neokantiana. «La teoría neokantiana de la inmanencia
de la conciencia se ajustaba a mi posición de clase y a
mi concepción del mundo de aquella época», reconoce Lukács[1]. Tras sufrir
la influencia de Windelband, Rickert, Simmel y Dilthey,
es Simmel el que le proporciona la posibilidad de asimilar
en tal concepción del mundo lo que por entonces se había
apropiado de Marx. La «Filosofía del dinero» de Simmel y
los escritos sobre el protestantismo de Max Weber constituían
sus modelos de una sociología de la literatura, en la que
los elementos recogidos de Marx quedaban aguados y empalidecidos.
Lukács seguía considerando a Marx como el economista y sociólogo
más competente, pero ambas disciplinas desempeñaban un papel
insignificante en sus actividades.
En consecuencia, fueron más factores objetivos que subjetivos
los que culminaron la trayectoria de Lukács hacia Marx a
través de la correspondiente crisis. Inicialmente, la crisis
se manifestó como un simple tránsito del idealismo subjetivo
al objetivo, tal y como se refleja en su Teoría de la
novela (1914-15). Con este tránsito, Hegel –y en especial
su Fenomenología del espíritu– adquiere para Lukács
una importancia creciente. Otros factores que contribuyeron
al proceso de decantación de Lukács hacia el marxismo fueron:
1) Su comprensión del carácter imperialista de la 1ª Guerra
Mundial coincide con su proceso de profundización en el
pensamiento de Hegel y Feuerbach. 2) Los escritos de juventud
de Marx pasan a ocupar un primer plano en el interés de
Lukács. 3) También estudia la Contribución a la crítica
de la economía política de Marx. Ahora no se trataba
ya de un Marx visto a contraluz de Simmel, sino a través
de lo que el propio Lukács calificaba de «anteojeras hegelianas».
Por consiguiente, Lukács no ve ya en Marx sólo a un gran
sociólogo o economista sino al gran pensador omnicomprensivo,
al gran dialéctico. Sin embargo, todavía no había clarificado
Lukács el significado que podía tener el materialismo para
concretar y unificar los campos del conocimiento y para
ser consecuentes con el problema de la dialéctica. A lo
que más alcanza Lukács, en aquella época, es a postular,
hegelianamente, la prioridad del contenido sobre la forma
y a tratar de sintetizar a Hegel y Marx en una filosofía
de la historia.
Aunque durante la 1ª Guerra Mundial, Lukács lee los escritos
de preguerra de Rosa Luxemburgo, no logra tomar contacto
con los de Lenin. No obstante, en este periodo Lukács se
hallaba sumido en un proceso de aguda fermentación ideológica.
En el curso de este proceso, le sorprenden los acontecimientos
revolucionarios de 1917 y 1918. Como consecuencia de ello,
en diciembre de 1918 ingresa en el Partido Comunista de
Hungría. Es entonces cuando profundiza más en los escritos
económicos, filosóficos y sociológicos de Marx. Estos forcejeos
de Lukács, por hacerse dueño de una concepción total y real
de la dialéctica marxista, se prolongaron mucho tiempo.
Un elemento distorsionador en ese sentido se deriva de las
propias vivencias de Lukács. La experiencia de la revolución
húngara de los Consejos mostró claramente la impotencia
de toda teoría emancipatoria exclusivamente sindicalista,
pero Lukács admite que, como consecuencia de ella, en él
pervivió a lo largo de muchos años un subjetivismo ultraizquierdista.
Según Lukács, todo ello le impedía comprender el componente
materialista de la dialéctica de un modo justo y efectivo
así como captar todo su significado filosófico.
Historia
y conciencia de clase
A juicio de Lukács, su célebre y discutida obra Historia
y conciencia de clase muestra claramente la fase de
transición filosófico-ideológica por la que atravesaba en
el momento de su elaboración. Así, en un enfoque autocrítico
posterior, Lukács trata de sintetizar las insuficiencias
de esta etapa de su desarrollo político: 1) A pesar del
intento –ya muy consciente– de superar a Hegel en nombre
de Marx, y de conservarlo a la vez, problemas decisivos
de la dialéctica los resolvió de forma idealista. De tales
enfoques idealistas, Lukács destaca especialmente la forma
en que abordó la dialéctica de la naturaleza y la teoría
del reflejo. Es decir, dos problemas que iban a ser centrales
tanto en la concepción oficial de la Internacional comunista
como en la del Estado soviético. 2) La teoría de la acumulación
capitalista que había tomado directamente de Rosa Luxemburgo
–y a la que aún se atenía– se combinaba muy inorgánicamente
con un activismo subjetivista ultraizquierdizante. Empero,
precisamente, según el Lukács posterior, el método dialéctico
encuentra su campo de ejercicio en la realidad histórico-social
y la transformación revolucionaria de esta realidad constituye
su problema central. Según Lukács, para comprender la realidad,
como devenir social, es preciso apartar el velo de las categorías
engendradas por la ideología dominante. Lukács denomina
a este fenómeno «formas fetichistas de la objetividad».
Lukács reconoce un parentesco profundo entre el materialismo
histórico y la filosofía de Hegel. Hegel ya había concebido
que la teoría es el conocimiento de la realidad por sí misma.
De ello deduce Lukács su tesis de que la posibilidad de
un conocimiento verídico del proceso histórico es inseparable
de la conciencia de sí del proletariado Es decir, de su
conciencia histórica. Sin embargo, en una sociedad dividida
en clases antagónicas, las distintas clases no pueden llegar
al mismo nivel de conciencia. En el capitalismo, las clases
intermedias –pequeña burguesía, campesinos medios, etc.–
no tienen una perspectiva global de la evolución social
y oscilan entre las «clases puras»:la burguesía y el proletariado.
La burguesía no puede alcanzar una conciencia clara de la
totalidad social e histórica, porque al ser su dominio necesariamente
el de una minoría se negaría a sí misma. Para Lukács, sólo
el proletariado toma conciencia de la sociedad de un modo
coherente y global. Empero, en la realidad de esa conciencia,
existe una separación que puede llegar a la contradicción
entre lucha económica y lucha política, entre el objetivo
parcial y el objetivo final.
Tratando de profundizar más en el problema de la conciencia
de clase, Lukács se plantea el tema de la «cosificación»
y le concede una gran importancia por lo que representa
de deshumanización resultante del reinado social de la mercancía.
Para superar la cosificación que el proletariado sufre –como
consecuencia de la distorsión que la burguesía impone a
las relaciones humanas– es esencial una actitud práctica.
En la lucha revolucionaria la conciencia de clase del proletariado,
forjándose, accede a una apreciación justa de la totalidad
social e histórica que transforma. En definitiva, para el
Lukács de Historia y conciencia de clase[2], existe una
identidad absoluta entre la conciencia del proletariado,
llegada a su más alto nivel en el Partido, y el conocimiento
auténtico de lo real. Conocimiento que, de hecho, no se
distingue de la práctica revolucionaria. Lukács reconoció
después que, con esta concepción abría unas perspectivas
políticas –evidentemente erróneas en 1923–: las de una revolución
mundial inminente y exclusivamente proletaria. En este sentido,
es interesante comprobar la existencia de indudables coincidencias
entre el voluntarismo subjetivista de Lukács y algunas de
las tesis de Trotsky y Parvus en su Teoría de la revolución
permanente[3]. Sin
que tales coincidencias fuesen óbice para el rechazo global
que de las posiciones políticas de Trotsky mantuvo Lukács
a lo largo de toda su trayectoria política.
Siendo muy amplias y diversificadas las criticas a las posiciones
de Lukács en Historia y conciencia de clase, no disponemos
de espacio suficiente para poder proporcionar una síntesis
suficientemente argumentada de las mismas. Para tener una
mínima idea de esa diversificación, bastará mencionar que,
entre ellas, descuellan: 1) La de Kautsky, en 1924. 2) La
de Deborin, también en 1924. 3) Las de Bujarin y Zinoviev,
en el V Congreso de la Internacional Comunista (junio-julio
de 1924). De los análisis posteriores, nos parece muy útil
el que realiza István Mészáros en su obra El pensamiento
y la obra de Georg Lukács[4]. Según Mészáros, «El Lukács de Historia y conciencia
de clase muestra en su línea una cierta dualidad: 1)
Un enfoque “mesiánico” izquierdista y un enfoque más bien
sectario de los problemas de la revolución mundial. No debe
olvidarse que Lukács es el teórico de la aventurada “Acción
de marzo” de 1921. 2) Al mismo tiempo, Lukács realizaba
una valoración muy realista y nada sectaria de las perspectivas
del desarrollo del socialismo en Hungría.
Para percibir mejor la fase de transición –en el desarrollo
del pensamiento político-filosófico de Lukács– que supone
la elaboración de Historia y conciencia de clase,
hay que tener presente la propia opinión de Lukács. Así,
en su célebre autocrítica de tan discutida obra, Lukács
precisa: «Historia y conciencia de clase representa
objetivamente –y contra las intenciones de su autor– una
orientación contraria a la ontología del marxismo: la tendencia
a entender el marxismo exclusivamente como doctrina de la
sociedad, como filosofía social, rechazando la actitud que
contiene respecto a la naturaleza. Mi libro adopta una actitud
resuelta en esta cuestión: la naturaleza es una categoría
social y la concepción general del libro tiende a afirmar
que sólo el conocimiento (general) de la sociedad y de los
hombres que viven en ella tiene importancia filosófica.
Empero la concepción materialista de la naturaleza determina
precisamente la verdadera ruptura radical de la concepción
socialista del mundo con la burguesía, de modo que rehuir
ese complejo de problemas debilita la lucha filosófica,
impidiendo una elaboración clara del concepto marxista de
práctica. La aparente elevación metodológica de las categorías
sociales, tiene consecuencias desfavorables para sus auténticas
funciones cognoscitivas. También se debilita así su específica
peculiaridad marxista y se anula inconscientemente el rebasamiento
real del pensamiento burgués ...»[5].
El
contacto con Lenin
En su autobiografía intelectual Mi camino hacia Marx,
Lukács dice: «Sólo con la madurez adquirida después de años
de contacto con el movimiento obrero revolucionario, sólo
con la posibilidad que tuve de estudiar las obras de Lenin
y, poco a poco, conocer su significado fundamental, pude
iniciar el tercer periodo de mi contacto con Marx: así se
me hizo claro, de un modo concreto, el carácter abarcante
de la dialéctica materialista. El materialismo dialéctico,
la doctrina de Marx, hay que apropiársela día a día, y elaborarlo
dejándose guiar de la mano de la práctica. La profundización
progresiva-aunque contradictoria y no en línea recta-en
los escritos de Marx se ha venido a convertir en la historia
de mi desarrollo intelectual, en la medida en que esta significa
algo para la sociedad. En la época que ha seguido a la de
Marx, el careo con él debe constituir el problema central
de todo pensador que se toma en serio. Y el grado de apropiación
del método y de los resultados a que ha llegado Marx definen
su lugar en la evolución de la Humanidad. Esa evolución
está determinada por la situación de clase. Pero esa determinación
no es rígida sino dialéctica: nuestra posición en la lucha
de clases determina en gran medida la forma y el grado de
nuestra apropiación del marxismo. Empero, toda profundización
en esta apropiación reactiva nuestra adhesión a la vida
y práctica del proletariado y, a su vez, estimula, por contragolpe,
el ahondamiento de nuestra relación con la doctrina de Marx»[6].
En efecto, este tercer periodo de su contacto con Marx es
decisivo para la formación filosófico-política de Lukács.
A ello contribuyó, sin duda, la activa participación de
Lukács en el proceso revolucionario del que fue protagonista
la clase obrera húngara. Así pudo conocer directamente al
sujeto revolucionario en acción y adquirir, mediante la
praxis revolucionaria, una concepción más precisa de los
procesos sociales que la obtenida a través de las categorías
neokantianas y hegelianas o de una lectura exclusivamente
teórica del marxismo. Esta inmersión en la práctica social,
después de haber explorado tanto tiempo los campos de la
teoría, permitió a Lukács entrar en contacto con la obra
de Lenin desde una perspectiva adecuada: la de la relación
entre teoría y praxis. Es, fundamentalmente, entre 1918
y 1924 el periodo en que Lukács profundiza en el conocimiento
de la ingente obra de Lenin. Y sorprende que en tan breve
periodo lograse el dominio del leninismo que muestra en
la obra «Lenin: la coherencia de su pensamiento»[7] escrita inmediatamente después de la muerte del dirigente
soviético. Ya entonces Lukács estaba convencido de que Lenin
era el pensador más grande que desde Marx había producido
el movimiento revolucionario. Y así lo expresa al comienzo
de tal obra, después de haber precisado que la grandeza
de un pensador proletario, de un representante del materialismo
histórico, se mide por la amplitud y profundidad de su penetración
en los problemas suscitados por los procesos de emancipación
de la clase obrera.
Frente a quienes tratan de limitar a Lenin a la condición
de un gran revolucionario ruso carente de visión mundial,
Lukács considera que Lenin ha conseguido respecto a nuestro
tiempo, lo que Marx llegó a conseguir respecto a la evolución
general del capitalismo. A juicio de Lukács,«En los problemas
de la evolución de la Rusia moderna –desde los problemas
del surgimiento del capitalismo en el marco de un absolutismo
semifeudal hasta los de la realización del socialismo en
un país rural atrasado– ha vislumbrado Lenin en todo momento
los problemas de la época entera: la entrada en la última
fase del capitalismo y la posibilidad de orientar la lucha
decisiva, convertida ya en inevitable, entre burguesía y
proletariado a favor de éste, para la salvación de la humanidad»
Para Lukács, el pensamiento fundamental de Lenin se condensa
en el tema de la actualidad de la revolución. Ése es el
punto que de forma decisiva vincula Lenin a Marx. Y es que
el materialismo histórico, en tanto que expresión conceptual
de la lucha del proletariado por su emancipación, no podía
ser captado teóricamente –y formulado– sino en el momento
histórico en que por su actuación práctica había accedido
al primer plano de la historia. A juicio de Lukács, en ese
aspecto se revela el genio de Lenin pues para los ojos de
un marxista vulgar los fundamentos de la sociedad burguesa
son inamovibles, ya que aún en los momentos de su conmoción
más evidente no desea otra cosa que el regreso a la situación
«normal», no viendo en sus crisis sino episodios pasajeros
y considerando la lucha, incluso en tales periodos, como
la nada razonable rebelión de unos cuantos irresponsables
contra el, a pesar de todo, invencible capitalismo.
Desde esta perspectiva, para Lukács, la aportación de Lenin
al desarrollo del marxismo, y del movimiento revolucionario
del proletariado, podría sintetizarse así: 1) Lenin ha restaurado
la pureza de la teoría marxista en cuanto al hecho de que
en el materialismo histórico figura –ya en la teoría– la
actualidad histórico-universal de la revolución proletaria.
En ese sentido, considera que no es que Lenin haya intentado,
de un modo u otro, corregir a Marx. Se ha limitado a introducir
en la teoría –a raíz de la muerte de Marx– la marcha viva
del proceso histórico. Ello significaba que la revolución
proletaria no era ya únicamente un horizonte histórico-universal,
tendido sobre la clase obrera que trata de emanciparse,
sino que la revolución se había convertido en el problema
crucial del movimiento obrero. Concorde con ello, la actualidad
de la revolución determina el tono fundamental de toda una
época. Tan sólo la relación de las acciones aisladas en
este punto central, que únicamente puede ser localizado
mediante el análisis exacto del conjunto histórico-social,
hace que las acciones aisladas sean revolucionarias o contrarrevolucionarias.
2) Al situar todos y cada uno de los problemas particulares
del momento, en su concreta relación con la totalidad histórico-social,
Lenin lleva a cabo un enriquecimiento del marxismo que permite
vincular las consecuencias de las acciones individuales
al destino global revolucionario de la clase obrera. 3)
Lenin supo convertir la perspectiva de la inminencia de
la revolución en el hilo conductor de todos los problemas
del día, tanto de los políticos como de los económicos,
de los teóricos como de los tácticos, de los concernientes
a la agitación como de los relacionados con la organización.
Según Lukács, Lenin fue el único dirigente marxista en consumar
este paso hacia la concretización del marxismo, un marxismo
convertido en algo eminentemente práctico. De ahí que –en
el plano histórico-mundial– haya sido Lenin el único teórico
comparable a Marx que hasta entonces había producido la
lucha del proletariado por su emancipación.
Otra aportación de Lenin al desarrollo del marxismo que
a Lukács le parece relevante, es la que llevó a cabo en
la teoría del Estado. En contraste no sólo con los oportunistas
–en ese sentido Berstein y Kautsky no se diferencian en
nada– sino con el ala izquierda de la Segunda Internacional,
Lenin fue coherente con la concepción del Estado que formularon
Marx y Engels. Mientras que los oportunistas aceptaban sin
más el Estado de la sociedad burguesa, el ala izquierda
de la socialdemocracia se mostraba incapaz de plantearse
científicamente el problema del Estado. Alcanzaba a veces
el problema de la revolución, el problema de la lucha contra
el Estado, pero sin llegar a plantear el problema de forma
concreta –aunque sólo fuera a nivel teórico– ni mucho menos
dilucidar las consecuencias concretas en la realidad histórica.
Para Lukács, también en este campo ha sido Lenin el único
en alcanzar la altura teórica de la concepción marxista,
la pureza de la toma de posición revolucionaria frente al
problema del Estado. Empero tal recuperación leninista de
la teoría marxista del Estado no debe ser considerada como
una reconstrucción filológica de la teoría originaria o
una sistematización filosófica de sus principios, sino como
una realización concreta de la misma, como su concretización
en lo práctico-actual. Lenin concibió y situó el problema
como un tema en el orden del día del proletariado combativo.
Hasta entonces los discípulos de Marx se habían limitado
a plantearse el problema del Estado de manera muy general,
como explicación histórica, económica, filosófica, etc.
de la esencia del Estado. Con ello, no se lograba vincular
orgánicamente este problema medular a los problemas que
de manera inmediata iban presentándose en la lucha cotidiana
de la clase obrera. El problema adquiría así el carácter
de un «objetivo final» cuya decisión quedaba relegada al
remoto futuro. Según Lukács, sólo gracias a Lenin fue convertido
ese «futuro» –también en el ámbito de la teoría– en un presente.
Y únicamente cuando el problema del Estado acaba siendo
situado en el centro mismo de la problemática actual le
resulta a la clase obrera posible dejar de considerar de
manera concreta al Estado capitalista como su entorno natural
inamovible y único orden social posible en su presente existencia.
A juicio de Lukács, el análisis leninista del Estado, como
arma de la lucha de clases, concreta el problema todavía
más acabadamente. No se limita a poner de relieve las inmediatas
consecuencias prácticas(tácticas, ideológicas, etc.) del
adecuado conocimiento histórico del Estado burgués, sino
que consigue que los rasgos concretos del Estado proletario
resulten evidentes en su orgánica vinculación con los restantes
medios de lucha de la clase obrera. La tradicional división
operativa del movimiento obrero(partido, sindicato, cooperativa)
se revelaba como insuficiente para la lucha revolucionaria
del proletariado. De ahí la necesidad de crear órganos capaces
de reunir al proletariado entero e incluso a todos los explotados
(campesinos, soldados, etc.), en masas considerables, para
así dirigir su lucha. Respondiendo a esa necesidad se crearon
los soviets como órganos del proletariado
que se organiza en clase. Con ello la revolución entra en
el orden del día inmediato.
Otra faceta de la aportación de Lenin al marxismo destacada
por Lukács, es la de su realismo. Empero, contrariamente
al realismo de la socialdemocracia que al ocuparse de los
problemas cotidianos no es capaz de relacionarlos con los
problemas últimos de la lucha de clases, Lenin efectúa constantemente
esa ligazón. Y es que todo intento de llegar a un conocimiento
del socialismo por otro camino que el de su interrelación
dialéctica con los problemas cotidianos de la lucha de clases,
no haría de él sino una metafísica, una utopía, algo puramente
contemplativo. En ese sentido, el realismo de Lenin, su
Realpolitik, no es sino la definitiva liquidación
de todo utopismo, la realización concreta del contenido
del programa de Marx; una teoría -en suma-convertida en
práctica, una teoría de la praxis. Según esta perspectiva
lukacsiana de Lenin, éste hizo con el socialismo lo mismo
que había hecho con el problema del Estado: lo arrancó de
su aislamiento metafísico y del aburguesamiento en que estaba
sumido y lo introdujo en el contexto global de los problemas
de la lucha de clases. Tradujo a experiencia práctica las
geniales indicaciones realizadas por Marx en su «Critica
al programa de Gotha» y en otros puntos de su obra confrontándolas
con el proceso histórico y dándoles vida y concreción en
la realidad histórica con una plenitud muy superior a la
que hubiera sido posible en la época de Marx e incluso para
un genio como Marx.
Con la perspectiva que proporciona el transcurrir de cuatro
décadas, Lukács situó en 1967 la concepción que en la década
del 20 se había formado del leninismo. En ese sentido, considera
su obra «Lenin: la coherencia de su pensamiento» como un
producto típico de la mitad de los años veinte. Por nuestra
parte, lo consideramos también como un buen reflejo de la
fase de desarrollo filosófico-político que entonces había
alcanzado Lukács. Y así lo reconoce el propio Lukács, cuando
escribe :«De todos modos, no hay que perder de vista que
el curso de sus (mis) pensamientos estaba mucho más profundamente
determinado por los puntos de vista de aquellos días –incluyendo
ilusiones y exageraciones– que por la propia obra teórica
de Lenin»[8]. Precisamente por ello, Lukács no pretende ya –transcurrido
casi medio siglo– efectuar una autocrítica de aquel subjetivismo
revolucionario. Considera, acertadamente, que hay que enfocarlo
con visión histórica. Es decir, como un período pasado y
clausurado del movimiento obrero revolucionario. Únicamente
pretende reivindicar aquellos pasajes de la obra que ahora
pueden considerarse como momentos de oposición a un stalinismo
incipiente. Particularmente al subrayar el carácter negativo
de la separación mecánica entre lo político y lo organizativo
basándose en la cita de Lenin: «De ahí que todo dogmatismo
en la teoría y toda rigidez en la organización sean funestos
para el partido». El mismo sentido tiene su clarificación
del realismo atribuido a Lenin tantas veces parangonado
con el pragmatismo de Stalin. Para Lukács, la denominada
«política realista» de Lenin, jamás fue la de un mero empirista,
sino la culminación práctica de su conducta esencialmente
teórica. De ahí que «el análisis concreto de la situación
concreta» no implique para Lenin la menor contraposición
a la teoría «pura»,sino todo lo contrario: el punto en el
que –precisamente por eso– se ha transformado en praxis.
El Lukács de la madurez
Corresponde a la época de su exilio en Alemania y en la
URSS en que Lukács pasa a ser colaborador del Instituto
Marx-Engels y de la Academia de Ciencias de la URSS. Es
también la etapa de su dedicación a magnas obras filosóficas
–como El joven Hegel y los orígenes del capitalismo,
¿Marxismo o existencialismo? El asalto a la razón,
etc.– y de numerosos ensayos sobre literatura, arte, etc.
También es la fase en que va elaborando los fundamentos
de su Estética, de su Ontología y de su Ética. Es indudable
que detenerse en el análisis de esta etapa del desarrollo
filosófico de Lukács desbordaría ampliamente los limites
del espacio disponible. Sin embargo, no se puede dejar de
observar que, aunque en esta etapa la obra de Lukács no
tiene una finalidad directamente política, sus efectos indirectos
en el campo de la lucha ideológica son considerables. Obras
como ¿Marxismo o existencialismo?, La crisis de
la filosofía burguesa y El asalto a la razón
se plantean resolver en el plano teórico problemas que –a
través de diversas mediaciones ideológicas– van a tener
posteriormente una fuerte incidencia en las diversas facetas
de la lucha de clases. En muchos países sirvieron también
para que numerosos jóvenes tomasen contacto con un pensamiento
marxista contemporáneo de un nivel cualitativamente muy
superior al de los manuales tradicionales. Incluso sus ensayos
específicamente literarios –sobre Goethe, el realismo en
la novela, el realismo crítico, etc.– o sobre temas de estética,
ética, etc. han aportado igualmente una contribución en
ese sentido al proporcionar un acceso gratificante al método
propio del materialismo histórico, a la cosmovisión marxista,
a su terminología, etc. Además en condiciones represivas
del marxismo –como las que se dieron en España durante el
franquismo– tales obras salvaban la censura como no podían
hacerlo las de los clásicos del marxismo. En ese sentido,
tanto Lukács como Gramsci sirvieron eficazmente de introductores
al marxismo para varias promociones de universitarios españoles.
El último Lukács:
Por su carácter de síntesis omnicomprensiva de la globalidad
de su pensamiento en esta etapa, la obra Conversaciones
con Lukács[9] es la que mejor se presta para obtener conocimiento
de la evolución de su pensamiento filosófico-político. Así,
en una de sus respuestas, Lukács pone en la base de su filosofía
el principio marxista según el cual existe sólo una ciencia
unitaria de la historia que va de la astronomía a la denominada
sociología. La realidad es, en efecto proceso, desarrollo,
en cada una de sus tres formas fundamentales –inorgánica,
orgánica y social–, en la conexión de estas formas y en
cada uno de los múltiples conjuntos parciales que las constituyen.
Esta ciencia única es una ontología porque se plantea la
tarea de indagar el ente en relación con su ser y de encontrar
en su interior los diversos grados y las diversas conexiones
y, por consiguiente, rehúsa dividir la realidad en sectores
atribuyendo luego cada uno a una ciencia especial dada,
desarrollando, en cambio, el conocimiento de un conjunto
dado sobre el fondo de los demás. Para la ontología, la
relación entre las diferentes formas del ser y de los diversos
procesos parciales es el hecho primario. En consecuencia,
puede deducirse que la cohesión interna del pensamiento
de Lukács surge de su ontología, de la misma forma que el
fundamento de la abstracción surge de las experiencias de
la vida cotidiana.
En la tercera conversación, titulada «Ideas básicas para
una política científicamente fundamentada», Lukács sintetiza
su concepción de los rasgos que caracterizan políticamente
al último tercio del siglo XX: 1) Retroceso de la conciencia
de la clase trabajadora en el mundo entero. Esa decadencia
del factor subjetivo encuentra su expresión más fiel en
la socialdemocracia. 2) Sin embargo, la idea de que la clase
obrera ha dejado de ser un vehículo de lucha contra las
formas capitalistas de explotación es falsa. A lo sumo hemos
venido a parar a una especie de seno de ola de esta conciencia,
pero estas situaciones siempre cambian. 3) Antes las luchas
emancipatorias perseguían tan sólo la consecución de una
jornada laboral que permitiese al trabajador una vida en
cierto modo humana. Hoy han pasado a un primer plano –en
el capitalismo maduro– los problemas del ocio y de su empleo.
Empero el capitalismo tardío manipula estos problemas y
no sólo por razones ideológicas sino por el hecho de que
la venta manipulada que se practica en la industria de bienes
de consumo, está necesariamente ligadas una ideología conformista
del placer. 4) Las formas de la lucha de clases se configuran
actualmente no en torno a la apropiación de la plusvalía
absoluta sino de la plusvalía relativa. Ello hace más difícil
el desarrollo de la conciencia de los trabajadores y facilita
su integración en la sociedad de consumo.
Empero Lukács no se limita a analizar los nuevos rasgos
que presenta el capitalismo tardío, sino que se plantea
también la resolución del problema de como combatirlo eficazmente.
A su juicio, la tarea primordial es suscitar una conciencia
estratégica, basada en el análisis marxista, y en aceptar
como aliados a las fuerzas que se rebelan contra la manipulación.
Por otra parte, la manipulación es universal y sus rasgos
generales son comunes a todos los países. En consecuencia,
el ámbito de la lucha contra la manipulación es amplísimo
y ello puede facilitar en el desarrollo de un potente bloque
o movimiento antimanipulador, la aglutinación de muy diversas
fuerzas. En ese sentido, les corresponde a los intelectuales
desempeñar una importante función en el origen y desarrollo
del bloque antimanipulador. Históricamente, es excepcional
el surgimiento de figuras de la talla de Marx, Engels y
Lenin. Es decir, de figuras que combinan equilibradamente
las condiciones de grandes teóricos y la de dirigentes políticos
dotados de gran capacidad operativa. Desaparecidas esas
grandes figuras, no ha sido posible sustituirlas por la
supervalorización que –durante toda una etapa histórica–
se ha hecho, como teóricos, de los secretarios generales
de los partidos comunistas.
No siendo frecuente que en el dirigente político –incluso
en los grandes– se dé también la dimensión teórica, se requiere
una solución dualista. Ésta podría concretarse en la formación
de un brain trust (equipo de cerebros) en torno a
los partidos obreros que contribuyesen a proporcionar a
éstos dimensión teórica. Con ello, no sólo se contribuiría
a resolver el problema de la falta de comunicación entre
el movimiento obrero, al estilo antiguo, y todos los estados
de ánimo antimanipulatorios de los intelectuales o afines
sino también a preparar el terreno para una salida global
de la actual situación tan rígidamente bloqueada. En las
propias palabras de Lukács, «Porque este movimiento intelectual
puede ser, por una parte, el punto a través del cual se
insufle desde fuera al movimiento obrero el nuevo movimiento
revolucionario, y, por otra, puede preparar a un amplio
grupo de los mencionados “brain trust” (...) Por esa razón
empleo el término “brain trust” (equipo de cerebros) sin
pretender supervalorar la terminología. Con ello quiero
decir tan sólo que ha surgido un nuevo principio organizador,
a saber: una dualidad y una interacción entre teoría y práctica,
que ya no se reúne en una sola persona –o lo hace a lo sumo
una vez– y que hoy, por el sólo hecho de la extraordinaria
amplitud de las tareas a realizar, únicamente puede resolverse
de esta manera dualista»[10].
Otro problema al que Lukács presta una gran atención, en
esta etapa, es el del contenido y las formas de la democracia.
Para ello, parte del problema de la lucha antimanipulatoria
en el cual no sólo entra la manipulación del consumo sino
también la manipulación de la política. Una de las más tradicionales,
en este aspecto, es la que pretende ligar ineludiblemente
la democracia con el capitalismo. Crítico, en su día, de
las limitaciones que el principio de la democracia socialista
sufrió durante la etapa del denominado «culto a la personalidad»,
Lukács se siente con autoridad moral para denunciar la degradación
que la democracia sufre en los EE.UU., la República Federal
Alemana, etc., hasta convertirla en mera democracia sobre
el papel. Lukács reacciona contra tal degradación, preconizando
unas formas de actuación que no sólo tendrían unas consecuencias
inmediatas sino que podrían abrir nuevas perspectivas de
futuro. Cedámosle la palabra: «Pienso que no debemos restringir
la lucha contra la manipulación a los meros problemas del
empleo de los ratos de ocio, en sentido estricto, ni a las
manipulaciones en el plano de los negocios, sino más bien
a ver cómo esta técnica de la manipulación, que en cierta
medida es herencia de tiempos anteriores, ha sido transformada
para que cruce la vía entera de cada ser humano; de ahí
el problema de que podemos contar con determinados sentimientos
de desazón, de desagrado, en capas mucho más amplias, es
decir que abarcaremos a esas capas inmediatamente».
Y continúa, precisando:«Insistimos en este aspecto de principio,
a saber: que se trata de una lucha por la democracia de
facto y no por la democracia sobre el papel, porque una
democracia tal, una democracia sobre el papel, existe hoy,
por así decir, en todo el mundo». Asintiendo al aserto de
Abendroth, de que «esta lucha por transformar la democracia
sobre el papel –que la sociedad burguesa concede en apariencia–
en democracia real que dé vida a los derechos democráticos
para una amplia masa y emancipe a las masas incluso culturalmente,
tornándolas así capaces de autogestión, esta lucha no es
otra cosa que la lucha por la transformación de las formas
sociales del capitalismo tardío actual en condiciones de
vida socialistas», Lukács precisa: «Claro que sí, y en ello
justamente estriba el interesante problema a cuyo esclarecimiento
tanto puede contribuir la sociología. Pues a mi entender,
la gran Revolución francesa planteó la oposición entre sociedad
capitalista liberal y sociedad democrática, oposición que
antes sólo se intuía (...) Con el desarrollo de la sociología
moderna se torna posible de mil diversas maneras una manipulación
técnica de la ideología burguesa y, sobre la base de la
manipulación, una reconciliación del liberalismo y de la
democracia. Tal reconciliación cesa en el momento en que
la democracia deja de ser democracia manipulada»[11]. Y, en ese sentido, un paso importante para lograrlo,
sería despertar entre los intelectuales y la gran masa una
conciencia histórica, pues la manipulación impulsa una y
otra vez a considerar las circunstancias como una forma
última de existencia ontológica, en tanto que la verdadera
forma de existencia ontológica es el proceso. De ahí la
necesidad de hacer comprender a los hombres que deben vivir
su propia vida como proceso histórico.
Conclusión
Este periplo por el desarrollo del pensamiento político-filosófico
de Lukács –forzosamente esquemático por razones de espacio–
requiere necesariamente un cierto balance de sus resultados.
En ese sentido, una primera impresión inevitable es la de
la valoración del enorme esfuerzo intelectual que Lukács
realizó, desde sus iniciales posiciones neokantianas, hasta
culminar en su intento final tendente a desarrollar una
ontología, una estética y una ética desde posiciones genuinamente
marxistas. Esfuerzo que se simultánea constantemente con
su activa participación política, ideológica o cultural,
en todos los acontecimientos que se van produciendo a lo
largo de su dilatada vida. De ahí la magnitud de su diversificada
obra teórica y crítica en los campos filosófico, político,
sociológico, estético, literario, etc. En ella, no de una
forma rectilínea, sino con las curvas y virajes propios
de quien participa apasionadamente en los acontecimientos
históricos de su época, Lukács se mantiene firmemente en
la opción marxista que adoptó en su etapa juvenil.
Resultado de esta coherente trayectoria político-filosófica
es el haber aportado una contribución relevante –con rasgos
específicos propios– al desarrollo del marxismo en campos
del conocimiento de la realidad en que éste todavía mantenía
un nivel insuficiente. No menor fue su contribución a la
importante faceta de la lucha de clases que constituye la
lucha ideológica. Combate que lleva a cabo no sólo defendiendo
al marxismo de los ataques de sus adversarios sino también
mediante una constante crítica de todas las formas de ideología
reaccionaria. En ese sentido, su discutida obra El asalto
a la razón[12] constituye un hito relevante en la critica del irracionalismo
filosófico que culmina en el nazismo. De ella se deduce
que, aún no siendo siempre conscientes los filósofos de
las consecuencias sociales de sus elaboraciones, no puede
hablarse con rigor de una filosofía «inocente». Por innumerables
que fuesen las mediaciones entre los grandes formuladores
del irracionalismo –Schelling, Schopenhauer, Kierkegaard,
Nietzsche, Spengler, Scheler, Heidegger, Jaspers, etc.–
y un Alfred Rosemberg, es posible establecer la línea del
nexo causal que los une. Admitiendo también que, entre ellos,
se dan innumerables matices diferenciadores y el constante
descenso, del nivel filosófico, que se produce entre los
grandes pensadores irracionalistas y su epígono nazi Rosemberg.
El mismo fenómeno se da en el irracionalismo post-nazi.
Este tema del irracionalismo está de nuevo de actualidad.
Y no sólo porque estemos celebrando ahora el centenario
del nacimiento de Lukács. También porque asistimos a escala
mundial a un proceso que –salvadas las naturales diferencias
históricas y de nivel de elaboración– Lukács podría haber
calificado de «nuevo asalto a la razón». Proliferan por
doquier tenaces intentos de difusión de un nuevo irracionalismo
que, bien en forma de pseudociencia –como la parapsicología–
o de triviales pero enfáticas supersticiones tratan de infundir
en las masas la creencia en «un retorno de los brujos»,en
prácticas espiritistas o en apocalipsis milenarias. Todo
ello, al servicio de muy concretos intereses crematísticos,
o, lo que todavía es más grave, de propósitos ideológicos
que tratan de contrarrestar el prestigio alcanzado por la
ciencia en un proceso secular. Se trata así de interiorizar,
en la conciencia de amplios sectores populares, la concepción
de que es la ciencia la responsable de la crisis de civilización
en que se halla sumida la sociedad capitalista a escala
mundial. En todo caso, con aciertos y errores, que él mismo
rectifica después, Lukács ha constituido una de las conciencias
más criticas de nuestra época frente a toda forma de irracionalismo
o alienación. De ahí su vigencia en este momento de contraofensiva
ideológica reaccionaria. No es menos de apreciar su preocupación
por el fenómeno de la reificación, o cosificación, capitalista.
Es decir, por el proceso que transforma los seres y las
cosas en res, ontológica, humana y prácticamente
vacías de toda esencia, de todo sentido vivificante. Lo
que Hegel previó como porvenir de la alienación, y que Marx
analizó como fenómeno de la alienación y como fetichismo
de la mercancía, se convierte en Lukács en reificación que
cosifica la esencia humana.
Lukács es también quien formuló la concepción de «apologética
indirecta del capitalismo» que tan operativa ha resultado
para situar sociológica y políticamente a determinadas posiciones
que ocultaban, tras una fachada radical, vanguardista
o nihilista, la defensa del sistema social imperante. A
él se debe también la elaboración de las categorías de totalidad
concreta y mediación que tanto han enriquecido
la dialéctica materialista en su aplicación a los más diversos
campos del conocimiento.
Lukács ha sido también objeto de numerosas criticas. Y no
sólo por sus adversarios de clase sino asimismo desde el
propio campo marxista. En ese sentido, basta recordar las
que en 1924 le formularon Bujarin, Deborin y Zinoviev, o
las que algunos académicos soviéticos le formularon en 1958
«por haberse tomado en serio la “autocrítica del stalinismo”».
Empero, para Manuel Sacristán –a quien se debe la ironía
sobre tal autocrítica– «lo que está ocurriendo en el marxismo
desde el doble y discorde aldabonazo de 1968 tiene, por
debajo de las apariencias, mucho más que ver con el marxismo
del método y de la subjetividad de Lukács que con el marxismo
del teorema y de la objetividad de Althusser, por ejemplo,
o de los dellavolpianos, sin que, desde luego, se haya de
incurrir hoy en el desprecio del conocimiento empírico objetivo
que caracteriza al idealismo de la “ortodoxia” marxista
del Lukács de 1923»[13]. En todo caso, de lo que no se puede dudar es de la
permanente voluntad revolucionaria de Lukács. Por ello,
suscribimos la opinión final de Jacobo Muñoz sobre Lukács,
cuando precisa que «En ocasiones conviene recordar, en efecto
–y quizás ello sea, aquí y ahora el mejor homenaje póstumo
a Lukács– que a propósito de ciertas cosas lo importante
no es, en último extremo, “saber” sino “querer”»[14]. Sobre todo, cuando a ese «querer» se une una decidida
voluntad de trabajo y una lucidez para encauzarla a largo
plazo. Estos últimos rasgos de Lukács los ha descrito Sacristán
perfectamente: «Pero el rasgo es esencial al personaje.
Lukács ha realizado más que el mismo Aristóteles la divisa
de ser como arqueros que tienden a un blanco. Ha sido una
vida planificada, y su moral, la moral del plan. (...) Una
de las reacciones más características de Lukács fue aquella
con la que replicó a lo que consideró su incapacidad como
político dirigente a fines de los años 20 (el fracaso de
las “tesis de Blum”,es decir, de Lukács –“Blum” era su nombre
conspirativo– destinadas a modificar la política del Partido
Comunista de Hungría). Lukács ha contado que, puesto que
él llevaba razón y no consiguió convencer a su partido,
tuvo que inferir que era un político incapaz. En menos de
diez líneas expone así su elección, desde entonces, de una
vida de teórico político, pero no de dirigente político
directo, a partir de los comienzos de su madurez».
Según precisa, en el mismo texto, Sacristán: «El plan que
entonces se propone es preparar a los hombres para el futuro,
para su reforma, entre otras cosas mediante la recuperación
de valores creados por el pasado y que él estima potencialmente
comunistas (...)Durante más de 40 años Lukács realiza pacientemente
ese plan... Pero lo que más impone es que la coherencia
de la realización de ese plan vital no parece haber tenido
nunca nada de crispación de la voluntad. Estaba más bien
basada, a pesar de todos los pesares, en la convicción precisa
del curso de los hechos conocidos. Este Aristóteles marxista,
que ha sido también él un polihístor, ha tendido
no simplemente a un blanco cualquiera, sino al de adecuarse
al sentido en el que él veía discurrir las cosas a escala
histórico-universal, por usar de un adjetivo que le es querido.
Este es probablemente el secreto de su serenidad inverosímil,
de la alegre fuerza nestoriana del último Lukács»[15]