(1879-1953):
lossif Vissarionovich Djugachvili, conocido históricamente
por Stalin (hombre de acero), nacido en Gori
(Georgia). Tras una etapa de varios años de lucha clandestina
contra el zarismo, Stalin alcanza, tras la revolución de octubre,
los más altos cargos del partido y del estado soviético. En
fuerte pugna con Trotsky logra que prevalezca su tesis del
«socialismo en un solo país» frente a la concepción trotskista
de la «revolución permanente». Su compleja personalidad constituye
la fuente de una inagotable polémica en cuanto a las aportaciones,
positivas y negativas que la acción de Stalin ha supuesto
para la historia mundial contemporánea.
En
la esfera filosófica la actividad de Stalin reviste el mismo
carácter contradictorio. No obstante su formación autodidacta,
Stalin adquirió una apreciable preparación filosófica y así
pudo abordar con rigor algunos de los problemas de la filosofía
marxista. En su obra juvenil Anarquismo y socialismo expuso inicialmente –en un contexto político–
temas filosóficos. Al analizar las afinidades y contrastes
entre evolución y revolución, Stalin incurrió en la simplificación
de equiparar todo cambio cualitativo a la revolución mientras
que reducía la evolución a cambios paulatinos, meramente cuantitativos,
y sin poner de relieve que ambas son partes del desarrollo
indisolublemente concatenadas entre sí. Stalin sostenía también
que «tanto la naturaleza como la sociedad existían en dos
formas distintas, la material y la ideal, y que no es
posible imaginárselas disociadas, pues ambas existen y se
desarrollan juntas»
[2]
. Quedaba así corroborado,
para Stalin, el monismo propio del materialismo filosófico.
A
partir de 1930 Stalin intervino constantemente en los debates
filosóficos. Apoyó la lucha contra el mecanicismo cientificista
y criticó, simultáneamente, las posiciones de A. M. Deborin
sustituyendo el concepto de «desviación formalista» que se
le atribuía por la de «idealismo menchevizante».
En 1935 Stalin publicó su obra Sobre
el materialismo dialéctico y el materialismo histórico.
Se trataba de un compendio muy didáctico, por su claridad
expositiva, de las bases del materialismo histórico. A pesar de un
fuerte esquematismo, resultó útil desde el punto de vista
divulgador. Empero, en las condiciones, ya por entonces muy
agudas, del denominado «culto a la personalidad» fue glorificado
como «una obra maestra» y constituyó el arranque de todo un
período de dogmatismo. Stalin reaccionó también, en su trabajo,
contra un presunto riesgo de «escolasticismo hegeliano» eliminando
de su exposición la ley dialéctica de la negación de la negación.
Subrayando el papel de la lucha de los contrarios, Stalin
descuidó el de su unidad... así como el de algunas categorías
de la dialéctica
como «esencia y fenómeno», «singular y universal», «azar y
necesidad», etc. Por ello, en los Ensayos
histórico-filosóficos, se critica a Stalin por «haber
reducido la dialéctica a algunos elementos: nexo general de
los fenómenos de la naturaleza, su desarrollo, su carácter
discontinuo y contradictorio... En una atmósfera de autoridad
y subjetivismo en que se producía la ruptura de la teoría
y la práctica»
[3]
.
El
dogmatismo de esta etapa se sustentaba también en la discutible
tesis de Stalin sobre la «agudización de la lucha de clases
a medida que se edificase el socialismo». Este subjetivismo
de clase condujo a la tesis barroca de la existencia de «dos
ciencias»: la «ciencia burguesa» y la «ciencia proletaria».
Ante los perjuicios que ello ocasionó para la ciencia y la
cultura soviética, le correspondió sin embargo a Stalin –al
menos parcialmente– el mérito de haber sido quien originase
el viraje corrector. En 1950 interviene en un debate sobre
la lingüística
y sienta el principio de que «sin el enfrentamiento de opiniones
y la libertad de crítica la ciencia .y la filosofía no pueden
desarrollarse». Stalin consideraba errónea la interpretación
del filólogo N. Y. Marr, y de sus
discípulos, que establecían una determinación clasista del
lenguaje y lo integraban así como un elemento de la superestructura.
Su crítica se extendió también a otros formalistas y «proletcultistas»
que pretendían que las leyes y formas del pensamiento, estudiadas
en la lógica formal, tenían igualmente un contenido
clasista al constituir un elemento de la superestructura.
A juicio de Stalin se incurría en una interpretación vulgar
del principio de la posición «partidista» (partijnost)
en la ciencia, que trataba con el mismo patrón a las ciencias
teóricas de la sociedad –ciencias sociales como la economía
política, la sociología, etc. –, que por su naturaleza están ligadas a una clase
social, y las ciencias que no están conectadas a una clase
determinada: la lingüística. la lógica formal, etc. Para Stalin
estas últimas, al igual que las ciencias naturales, son utilizadas
por diferentes clases sociales, pues no pertenecen a la superestructura
sino que representan fenómenos sociales ligados directamente
–sin mediación de la base– con la producción.
JOSÉ.
M. LASO