José María Laso Prieto

«La posmodernidad en España»

en La Voz de Asturias, 24 de mayo de 1985, p. 3 (Sección Opinión).

Texto preparado para su edición digital por Carlos Glz. Penalva.


Prescindiendo de sus antecedentes en el campo arquitectónico, la eclosión de las corrientes posmodernistas ha sido tardía en España. Su primera manifestación pública fue la realización, en marzo de 1984, de un coloquio sobre «narrativa de la posmodernidad». Se presentaron dos manifiestos en pro de la posmodernidad, pero sin lograr una definición rigurosa del término. Tampoco lo pretendían ya que, según sus autores, su razón básica es «porque sucede, simplemente, que vivimos en la posmodernidad y que hay autores que son más sensibles a este hecho». No obstante, se adujeron a Cervantes y Lope de Vega como precedentes de la posmodernidad y, en la misma condición, se incluyó a Gómez de la Serna, Eugenio D'Ors y Bergamin. Cronológicamente, si bien se rechazan las décadas del 50 y 60 del siglo, se sintoniza plenamente con la del 30. En el estilo literario, se preconizó una nueva literatura cargada de pasión, aventura y desenfado. De hecho, el núcleo fundamental de las corrientes artísticas posmodernistas se aglutina en torno a la revista de vanguardia «La Luna de Madrid». Esta pretende ser la expresión de un nuevo movimiento urbano en el que conviven diversas formas estéticas y un afán por nuevas formas de creación.

En un plano más concreto, se ha pretendido que la novela «Larva» —del escritor madrileño Julián Ríos—constituye un paradigma de la literatura posmoderna. Según Julio Ortega, catedrático de literatura de la Universidad de Tejas, «Larva» es un texto posmoderno porque no está basada en otros saberes e incluso pone en entredicho a nuestros sabios». Ese carácter posmodernista de «Larva» estriba, según Ortega, en que «siendo una novela excesiva —va a constar de cinco volúmenes— recoge en sí misma su propia demasía a base de conseguir exteriorizar todas las funciones del lenguaje, utilizando todos los idiomas existentes sin dejar ni una palabra quieta». En el campo musical, se está intentando insertar diversas obras vanguardistas, y de innovación formal, en el ámbito de la posmodernidad. En todo caso, se trata de una taxonomía dudosa ya que, por el especial nivel de abstracción de la composición musical, el porcentaje de subjetivismo en esa interpretación estética es muy elevado. Lo mismo sucede cuando se utilizan técnicas fronterizas entre uno u otro género artístico. Así el estreno de una versión de la opera «Otelo» fue calificada de posmodernista debido a que hay un paralelismo entre los personajes protagonistas y algunos típicos de la cinematografía norteamericana. También porque se utilizaron muchos recursos de iluminación, proyección de películas de 16mm. y diapositivas para intentar proporcionar al espectador la impresión de una sucesión de planos como los que se utilizan en el cine.

Las expresiones de la posmodernidad se han circunscrito casi exclusivamente a Madrid. Por eso, en la crítica de la posmodernidad, se suele distinguir entre el sentido fuerte del término —fundamentalmente en sus intentos de teorización— y sus expresiones menores de índole vanguardista. Así, para Alfonso Sastre, la posmodernidad —en su uso cultural matritense— no parece indicar otra cosa que cierta irónica aceptación de todas y cada una de las tendencias, formas o posibilidades culturales: la pacífica coexistencia de lo plural y cierto horror por las actitudes serias. Entendiendo por serio, aquel discurso que pretende alcanzar una cierta coherencia. Como es lógico, ello comporta un riesgo de fetichización de lo lúdico.