Por una cuestión
de honestidad intelectual, a la hora de hacer balance el
autor tiene que consignar un dato fundamental, que no comparte
la ideología del biografiado aunque, eso sí, a veces se
sienta “compañero de viaje” de la cosmovisión marxista de
Roces (por lo demás, un viaje que no llega hasta el límite
que le marcaba el católico Bergamín: “con los comunistas
hasta la muerte, pero ni un paso más”). Es importante dejar
esa constancia pues cuando se narran las peripecias vitales
de alguien (¡la controvertida cuestión de las ciencias sociales!)
tan malo es sentirse demasiado próximo como demasiado ajeno.
Evidentemente, no pretendo ninguna objetividad angelical
pero tampoco quisiera juzgar constantemente a quien ya no
puede, y tal vez no quisiera, defenderse. He de decir que
aunque no comparta sus ideas ni la corrección de alguna
de sus actuaciones, se mire desde donde se mire, la valoración
de la vida y obra de Wenceslao Roces sólo puede ser tremendamente
positiva. Impresiona su constante trabajo, su lealtad a
una causa noble y, sobre todo, aun cuando haya quien la
critique, impresiona su integridad. En cuanto a su obra,
no puede soslayarse la trascendencia que le corresponde.
Me gustaría ahora
intentar una sistematización del periplo intelectual de
Roces, así como de su producción. Creo que sin ningún tipo
de duda cabe distinguir dos etapas en la vida de Wenceslao
Roces: la de España y la del exilio.
A) En la etapa española de Roces, que incluye también
sus estancias en Alemania y la Unión Soviética, habría que
distinguir entre varias disciplinas y dedicaciones. Incluso
entre varios períodos, pues hay dos fases claramente marcadas
en su evolución: la de la dictadura y la de la República
o, si se quiere, la de los veinte y la de los treinta; académica
la primera, claramente militante la segunda. En cualquier
caso, su dedicación fue -creo- la siguiente: 1. El
Derecho Romano, disciplina de la que sería catedrático en
la Universidad de Salamanca, tras su formación en Alemania.
A esta rama del Derecho no sólo dedicaría el trabajo docente
y algunos artículos, sino que, con la traducción de escogidas
obras, contribuyó a su afianzamiento en nuestro suelo. 2.
La filosofía del Derecho, a la que otorgó gran importancia
para la formación de los juristas. En este terreno, durante
los años veinte se declararía neokantiano, seguidor de Stammler,
de quien traduciría los más fundamentales libros. Posteriormente,
ya en los treinta, su giro filosófico le llevaría del idealismo
al materialismo. 3. Otras ramas jurídicas, pues Roces
se interesó por el estudio de todo el Derecho, lo que queda
claro a la vista de su labor en la Revista de Derecho
Privado y la Revista General de Legislación y Jurisprudencia.
4. El marxismo, entendido tanto como metodología
como cosmovisión y opción política. En este sentido, Roces
se dedicó al proyecto más ambicioso que hasta entonces había
existido en España para verter a Marx y a Engels al castellano,
proyecto que la guerra civil sólo suspendió. 5. La
traducción, pues ésta no se redujo a Stammler y a Marx sino
que abarcó a muy diversos autores y distintas ciencias sociales,
también con orientaciones diversas; incluso la literatura.
6. No puede dejar de referirse como un capítulo con
cierta autonomía su dedicación a la actividad política,
tomando parte destacada en la organización formada alrededor
del Partido Comunista, así como en la revolución asturiana
de octubre del 34 y la guerra civil.
B) La etapa del exilio mexicano, la más dilatada en el
tiempo, duró desde 1.939 hasta su muerte, en 1.992. Durante
este período cabe resaltar una orientación y dos labores.
1. La dirección que Roces ya había adoptado en España,
y que no abandonará a lo largo de toda su vida, estuvo marcada
por el marxismo. De esta manera, no sólo fue un militante
que ocupó relevantes cargos en el Partido Comunista, sino
que continuó con la empresa que había dado comienzo en su
patria, la de presentar en lengua española lo fundamental
de la obra de Marx y la literatura marxista, ahora en el
Fondo de Cultura Económica y en Grijalbo.
2. Las dos labores a las que se entregó en el exilio
fueron la docente y la traductora. En cuanto a esta última,
téngase en cuenta que no sólo tradujo a Marx sino a muy
diversos autores, siendo de resaltar a otro neokantinao,
Cassirer, y su opción por la historia de Grecia y Roma,
materia sobre la que también tradujo libros fundamentales.
En cualquier caso,
entre quienes conocieron a Roces o se ocuparon con su figura
persiste un interrogante al que ya no podrá darse respuesta:
¿por qué Wenceslao Roces no tiene una obra propia más amplia?
La única explicación que me parece convincente es la que
dice que nunca pretendió figurar, ocupar puestos relevantes
o conseguir honores o fama. Sin duda sus inmensos conocimientos
le hubieran podido dar mayor prestigio, mas optó por un
trabajo menos agradecido pero -pensaría- de mayor necesidad.
En realidad ese interrogante -a mi juicio- carece de sentido.
Creo que las explicaciones psicológicas no tienen interés,
cuando la relevancia de su labor traductora es tal que hizo
avanzar la cultura española de forma asombrosa. Toda su
inmensa obra se dirigió a engrandecer una cultura empequeñecida,
la española, y a hacer partícipe de ella a su pueblo. Ignorar
la grandeza de su figura no sólo es una muestra más del
estado de nuestro pensamiento, sino de cierto sectarismo
soterrado que, con uno u otro signo, aún pervive en nuestra
patria.
Es la misma opinión
de Adolfo Sánchez Vázquez: "Ello puede explicarse,
a nuestro modo de ver, como un sacrificio impuesto por
la honestidad intelectual y política que lo llevó, en
diferentes períodos, a poner en primer plano, a costa
de la obra propia, sus compromisos prácticos, políticos,
así como sus compromisos teóricos en la promoción y
difusión del saber, y particularmente de los clásicos
del marxismo, lo que se convertía -como ya hemos señalado-
en una necesidad, dada la situación de orfandad teórica
en que se encontraba el marxismo tanto en España como
en América Latina"; en "En homenaje a un español
ejemplar", cit, p. 155.