Asociación Cultural Wenceslao Roces

 

 

Filosofía y exilio
(Entrevista con Wenceslao Roces)


Por Gabriel Vargas Lozano [1]

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«Filosofía y exilio (entrevista con Wenceslao Roces) en Dialéctica, nº 14-15. Puebla (México): Universidad Autónoma de Puebla, 1984. En breve tiempo será incluida en el libro de Gabriel Vargas Lozano: ¿Qué hacer con la filosofía en América Latina? actualmente en prensa.

Texto cedido para su publicación en el Archivo Digital Wenceslao Roces por el autor, Gabriel Vargas Lozano a quien damos públicamente las gracias.

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NOTA INTRODUCTORIA

WENCESLAO ROCES ES UNA de las personalidades más respetadas y queridas de la izquierda mexicana e iberoamericana. Este sentimiento no sólo proviene de su significación como traductor de clásicos entre los que tienen un lugar particular los del marxismo (a su dedicada labor le debemos traducciones de Schelling, Dilthey, Hegel, Jaeger y, por supuesto Marx, Engels, Lukács, etc.), sino también a su invariable actitud de revolucionario. A Roces no lo han vencido las crisis y aun las conmociones históricas de las cuáles le ha tocado ser partícipe o testigo privilegiado; por el contrario, éstas le han dado más fuerza y vitalidad para enfrentarlas. Esa fuerza y esa vitalidad, a la que se agrega la extraordinaria lucidez de sus 87 años, se perciben en el ritmo de su conversación, que conserva ciertos signos del orador vehemente que fue. Yo lo recuerdo en la explanada de Ciudad Universitaria, en junio de 1975, cuando propuso, en plena huelga por el reconocimiento del Sindicato de Personal Académico de la UNAM, la creación de sindicatos estudiantiles; y lo recuerdo también redactando, con la responsabilidad del militante, los boletines de información diarios que hacíamos en el comité de prensa de la Facultad de Filosofía y Letras para dar cuenta del movimiento. Y como esas anécdotas se podrían contar muchas. 

La entrevista se celebra en su casa de la colonia Condesa en la ciudad de México. Unos días antes nos habíamos visto en el Fondo de Cultura Económica y habíamos hablado tanto de la entrevista como del acto de conmemoración del centenario de la muerte de Marx, llevado a cabo en el Palacio de las Bellas Artes y del cual Dialéctica había sido promotor junto a una serie de instituciones, partidos y personalidades. En aquella oportunidad, el 14 de marzo del año pasado, invitamos a Roces para que dirigiera unas palabras a una inesperada e impresionante multitud que colmó todos los asientos, niveles y pasillos del teatro. Me recibe en su estudio con gran afabilidad. El calor humano contrasta con lo helado y lluvioso de esta ciudad bajo el impacto del desastre ecológico que es México. Se le ve lleno de recuerdos y proyectos. Me dice: «este cuestionario es bastante ambicioso. Se parece al que nos está haciendo la Universidad (la UNAM) para ver lo que hay que hacer para engrandecerla. Yo les decía que todas las preguntas podían contestarse con una sola: ¡trabajar!». Y eso es lo que hicimos. Durante varias horas no sólo respondió generosamente a nuestras preguntas sino que agregó otras y modificó algunas más. Roces nos narró, a grandes rasgos, la historia de su desarrollo intelectual y la historia de su vida en los momentos fundamentales, enlazándola, relacionándola dialécticamente con las condiciones sociales, con el suelo real en que se enclavó y las circunstancias que la hicieron posible. El relato se fue desgranando en forma cronológica y nos fue haciendo saber de su trato con Unamuno; de la estadía en la URSS; de la Guerra Civil; del destierro o del transtierro; de la solución a que había llegado ante el conflicto de nacionalidades («soy mexicano sin dejar de ser español, mi españolismo reafirma y fortalece mi carácter de mexicano»); de las traducciones; de sus opiniones sobre el socialismo y del marxismo; de su militancia en el movimiento universitario mexicano; de su vuelta a España, etc. Pero no sólo hablamos de todo lo que he transcrito en lo que sigue con toda la fidelidad y previsión que me ha sido posible, sino que fuera de la entrevista Roces me habló de otras cosas, entre ellas de su gran afecto por su maestro Unamuno, de su ruptura con él y de su muerte. Roces se lamenta de sus arrebatos juveniles cuando una noche, dando una vuelta en la plaza de Salamanca, Unamuno le había dicho violentamente que Marx había sido un hombre sin ideas. Ése fue el punto final de sus relaciones. «Bueno –me dice Roces– se podía estar en contra de Marx por una razón o por otra, pero eso de decir que no tenía ideas y en aquella situación...». Luego Roces recuerda con sentimiento de culpa aquella vez en que Unamuno antifascista le tendió la mano y él lo desairó. Pero luego habla del Unamuno bajo arresto domiciliario y finalmente de su muerte dulce y súbita en 1936, pocos años antes de la crisis final de la República.

Podemos o no estar de acuerdo con algunas de sus apreciaciones de la historia española o del movimiento comunista internacional, pero lo que sí creemos es que Roces se pinta aquí de cuerpo entero, con sus pasiones, su sencillez de hombre grande, sus afectos, su humor castizo y su optimismo.

En su libro, Los problemas de la Universidad, publicado por el entonces Sindicato del Personal Académico de la UNAM (hoy STAUNAM), Roces hace un alegato ciceroneano en defensa propia y en donde se define a sí mismo. Primero –nos dice–, los problemas que afectan a la Universidad son como los de las ideas. No tienen frontera. No caben extranjerías. Segundo, Universidad quiere decir universalidad y yo, como universitario, me siento en mi propia casa. Tercero, cualquiera que sea el color de mis papeles yo soy mexicano sin dejar de ser español. Cuarto, es «que yo no soy un español cualquiera –y todos me parecen respetables–, sino un español refugiado, ante quien las puertas de México se abrieron, creo yo, por una conducta, por una trayectoria y por la natural suposición –sin compromiso alguno, pues nadie ni yo, y esto es lo hermoso, hemos jurado voto alguno al venir, ni firmado ningún libro de capitulaciones– de que, bajo el cielo de la nueva patria, no seríamos desleales a nuestro linaje. Y lo menos que, como español renacido mexicano sin perder la primigenia condición, puede uno hacer por la patria de adopción, sin sentirse en modo alguno huérfano de la nacencia y conciencia, es compartir sus luchas, problemas y sus afanes».

Sirva esta entrevista como un homenaje que Dialéctica quiere rendir al maestro Wenceslao Roces por su vida y su enseñanza.

A MI VIDA LE TOCÓ DESARROLLARSE
EN UNO DE LOS MOMENTOS MÁS AGUDOS DE LA HISTORIA
 

A lo largo de su vida, usted ha sido testigo y partícipe de acontecimientos históricos de gran importancia y significado, ¿cuáles considera usted que sean los momentos más señalados?

No cabe duda que, por un concurso de circunstancias, a mi vida le tocó desarrollarse en uno de los momentos o periodos realmente álgidos, agudos de la historia. Yo llegué a Berlín pensionado por la «Junta de ampliación de estudios de España» para continuar mi desarrollo intelectual y profesional, exactamente en el año 22. Hacía aproximadamente dos años que se había producido el asesinato incalificable de dos grandes figuras de la revolución mundial: Rosa Luxemburgo y Carlos Liebnecht, hijo del famoso Guillermo Liebnecht, compañero de luchas de Marx. En esa situación llegué a Berlín. Yo iba orientado hacia los estudios de Derecho romano, pero claro está que en aquella situación del mundo, de la realidad circundante, los problemas del Derecho romano quedaban un poco en último término. Ya en Alemania me oriento, sin abandonar el terreno jurídico (que era el contenido de mi carrera), fundamentalmente a los problemas de la Filosofía del Derecho y tuve la ocasión de conocer una serie de personajes de diverso signo, entre ellos a Rudolf Stammler, el filósofo del Derecho de que nos habla Lenin; a toda una serie de personalidades que realmente reflejaban ya, por sus problemas y por sus posiciones, aspectos realmente agudos de la situación político-social en la ideología. De Alemania, al terminar dos años de estancia, me trasladé a España. Hice las oposiciones a la cátedra de Derecho romano de Salamanca, que obtuve, y llegué a Salamanca al que sería el centro de mis actividades en la enseñanza durante siete años. Llegué exactamente en 1923, coincidiendo con la salida de don Miguel de Unamuno para su destierro. De este modo, paso ya a contestar sobre la marcha sin atenerme de una manera mecánica al cuestionario.

EN AQUEL MOMENTO PUEDE
DECIRSE QUE ERA UN UNAMUNISTA
 

 Sí, es solamente una guía para desarrollar la entrevista...

Este hecho, realmente tremendo, del destierro de don Miguel de Unamuno, era una de las manifestaciones brutales de la reacción implantada por Primo de Rivera al imponerse en España la dictadura militar. Yo era entonces un muchacho joven, bastante inexperto y candoroso, y me sorprendió tremendamente el hecho de que en torno a la figura de don Miguel de Unamuno no se produjera en Salamanca, y en general en España, una gran agitación. No fue así. La única persona que acompañó a don Miguel de Unamuno de Salamanca a Madrid para que no se fuera solo, fui yo. La Universidad en general estaba formada por un conjunto de profesores viejos y reaccionarios, verdad. Mantuve con don Miguel relaciones muy estrechas. Él me escribía a casa semanalmente desde el destierro, desde Fuerte Ventura. Yo le contestaba y bien. En aquel momento, puede decirse que yo era un unamunista muy decidido y así me mantuve durante un tiempo hasta que el propio don Miguel de Unamuno, con su proceso de revolución, de estancamiento y de marcha hacia atrás en su modo de apreciar los problemas de España, me ayudó también a soltar aquella andadera.

«Atraviesa la sociedad española honda crisis: hay también en su seno reajustes íntimos, vivaz trasiego de elementos, hervor de descomposiciones y recombinaciones, y por de fuera un desesperante marasmo». (Miguel de Unamuno, En torno al casticismo: «Sobre el marasmo actual de España», Salamanca, 1916, Espasa-Calpe, Col. Austral, Madrid, 1943, p. 127.)

Hay que decir, objetivamente, que don Miguel ejerció una influencia profunda y muy elevada sobre la juventud española, principalmente sobre la juventud estudiantil. La trayectoria de Unamuno es, como todo en él, complicada y contradictoria. Y hay que tener un buen tino dialéctico para poder situar el problema de don Miguel de Unamuno. Yo no sé si sabe que en su primera época, si conoce sus estudios de primera época, principalmente los llamados Ensayos en torno al casticismo y su polémica con Ángel Ganivet en su primera juventud, se habrá usted podido dar cuenta de que don Miguel tenía entonces una orientación marxista bastante clara y una identificación viva y constante con el movimiento obrero. Por ejemplo, es poco conocido el hecho de que durante su estancia en Salamanca, en donde realmente pasó toda su vida de profesor y de escritor, don Miguel, en la polémica contra Ganivet y en sus estudios en torno al casticismo, se manifestaba de una manera bastante clara en pro de la concepción materialista de la Historia, posición que fue cambiando después de una manera distinta de ver los problemas que yo pienso que no lo llevaron a la realidad, sino que lo desviaron de ella. Esto es lo que nos explica, entre otras cosas, por qué en el momento de implantarse en España la dictadura de Franco, momento realmente decisivo en la Historia y que acusaba, creo yo, bastante claridad histórica en cuanto a su trascendencia y significación, don Miguel al principio tuvo ciertos atisbos de franquismo y escribió bastantes artículos condenando el movimiento de España y exaltando y elogiando el franquismo o fascismo, lo cual fue un error, del cual él mismo tuvo que sobreponerse después, limpiando en cierto modo de una manera muy clarividente en su etapa final aquel primer error de la orientación hacia el nazismo, hacia el falangismo español en que había incurrido al principio.

Realmente la muerte de Unamuno, en contraste con aquella, digamos, «debilidad» de la primera obra, la muerte de Unamuno y las condiciones en que se produjo y sus pronunciamientos en torno a la situación, son verdaderamente admirables. No sé si Ud. conoce, creo que sí –es una cosa conocida de todo mundo–, como él se enfrentó abiertamente desde la tribuna de la Universidad de Salamanca al representante de la dictadura de Franco, a Millán Astray, y pronunció aquellas palabras que son inmortales, y que a pesar de todo tienen que reconciliarle a uno con el Unamuno auténtico, el Unamuno identificado con el pueblo español y con la gran cultura de España.

«Me gustaría evocar también a Unamuno, el filósofo catedrático de Salamanca. También él, al igual que Eugenio d'Ors, iba a visitarnos a menudo a Madrid, donde ocurrían tantas cosas. Fue confinado en las Canarias por Primo de Rivera. Después lo encontré exiliado en París. Era un hombre célebre, muy serio, bastante pedante y sin pizca de humor». (Luis Buñuel, Mi último suspiro, Plaza & Janés Editores, México, 1982, p. 72.)

 

EL MOVIMIENTO DEL MARXISMO ERA
MUY FALTO DE FUNDAMENTOS FILOSÓFICOS

¿Distinto de Ortega, no? Muy distinto...

Son dos cosas muy diferentes, porque don Miguel tuvo siempre un gran impulso por la lucha política, siempre dio mítines y conferencias y durante una larga época de su vida se mantuvo, como yo decía antes, identificado con los obreros desde la Casa del Pueblo de Salamanca. Pocos conocen que Unamuno fue presidente de la Casa del Pueblo, es decir, de la organización obrera entonces marxista de la ciudad en que vivía. Ortega, por el contrario, es un hombre más metido en su torre de marfil. Un filósofo cuya obra es muy estimable, sobre todo en el sentido de popularizar en España una serie de corrientes filosóficas centrales entonces en Alemania, en Europa, y que quedaban muy al margen de la vida cultural española. Hay que decir a este propósito algo que yo creo que es muy importante y que se tiene poco en cuenta. En España, en su primera etapa, es decir en vida de Marx y Engels, hasta la muerte de Engels en 1895 y algunos años después y hasta estos últimos tiempos, el movimiento militante del marxismo siempre fue muy pobre y muy falto de fundamentos ideológicos, de fundamentos filosóficos. La filosofía marxista, y en general la filosofía hegeliana, no tenía en España ningún arraigo, apenas se tenía conocimiento.

Algo muy diferente de lo que ocurrió en Italia, donde usted sabe que la influencia del hegelianismo fue muy profunda, sobre todo a través de Croce, aunque después cambiara su orientación. Esto hizo que en Italia hubiera figuras de la filosofía marxista de primer plano, para citar por ejemplo una sola, la de Antonio Labriola; mientras que las corrientes ascendentes del marxismo en España fueron puramente prácticas y obreristas a través de figuras muy respetables, pero ideológicamente muy débiles, como Pablo Iglesias, fundador del Partido Socialista. Esto es una desgracia de España, verdad, ese aislamiento con respecto a la trayectoria filosófica de Europa y prácticamente, en aquella época, de Alemania, porque España fue a recoger en Alemania una corriente filosófica que no tiene la menor importancia en la historia de la filosofía de Europa como es el krausismo, dejando totalmente a una lado el hegelianismo que habría sido naturalmente el hilo conductor para la incorporación filosófica. Esto realmente es una realidad negativa que debemos poner de manifiesto, porque en ella tiene por lo menos una parte de explicación lo ocurrido con el marxismo en España, es decir, el retraso ideológico, la posición muchas veces negativa de los pensadores españoles ante el marxismo, en contraste con un desarrollo intelectual español enormemente acusado y que debemos destacar en otro terreno, el que marca por ejemplo la Institución Libre de Enseñanza, don Francisco Giner de los Ríos y otras personalidades por el estilo como la del fundador del Instituto Reformas Sociales de España, el Sr. Azcárate, que venían principalmente del campo de la filosofía hegeliana y krausista.

Algunas de estas manifestaciones que yo he hecho, tratando de coordinar mi desarrollo intelectual con las condiciones de vida de Europa y de España, pueden dar contestación a la primera de las preguntas. En mi vida tuve la dicha, porque eso es una suerte y una dicha, de coincidir con momentos realmente culminantes de la lucha en Europa, de la lucha intelectual política, obrera; lo mismo en Alemania, a raíz del movimiento espartaquista, que en España a mi llegada a la cátedra desde 1923 hasta 1930, en que ejercí la cátedra en Salamanca. Esos siete años fueron los que Unamuno pasó en el destierro en las islas Chafarinas.

«El parabólico y paradójico Unamuno gustaba de decir que “se tiene la edad que se ejerce”. Pero no hay que endulzarse la píldora: la edad que “se ejerce” guarda cierta relación con la que se tiene». (W. Roces, Los problemas de la Universidad, SPAUNAM, México, 1975, p. 62.)

¿En qué momento se vuelve usted militante comunista, o cuándo se convierte en marxista propiamente?

Es muy difícil contestar a esa pregunta tan precisa, porque esto no es naturalmente una hora del reloj, sino que es un proceso de desarrollo que pasa muchas veces desapercibido para el propio interesado. Yo comencé a leer libros de marxismo cuando estaba pensionado en Alemania. Recuerdo que leía allí con mucho interés –y era una lectura difícil para iniciarse– La acumulación del capital de Rosa Luxemburgo y algún otro libro, pero entonces todavía yo no tenía, digamos, una orientación o una inclinación claramente marxista, seguía confesando, por decirlo así, con las ideas de los textos de la literatura del Derecho romano clásico: «la justicia constante y perpetua», «el derecho consiste en dar a cada uno lo suyo», sun cui retribuere; etc. Es decir, todavía no había vuelto los ojos a la realidad de España, y son las luchas provocadas por esta realidad las que me sacan de las casillas, del cauce por el que marchaba.

De vuelta a la cátedra, durante los años 23 a 30, fui centrándome más en el estudio del marxismo, por mi cuenta. El movimiento ambiental en torno al marxismo era muy pobre y los amigos de esta orientación con los que se podía hablar eran enormemente escasos. Y tenía uno que defenderse con los libros. La formación libresca para el marxismo no es la más adecuada, pero en ciertas condiciones es la única accesible, la única posible. Yo comencé a leer mucho marxismo y me fui haciendo marxista, pero no era miembro del PC de España. Tuvo que venir otra realidad contundente española a abrirme los ojos. Claro que es siempre la realidad histórica misma la que marca la vida de los hombres, que luego se completa o se corrige o se afina con otros procedimientos o desde otros campos, pero que responde siempre en el fondo a las luchas de la vida social. Si la historia de España hubiera continuado con un ritmo muerto como hasta entonces, es posible que yo hubiera seguido siendo hasta el final un oscuro profesor de Derecho romano, mientras que ahora aunque siga oscuro, sigo siendo bastante distinto.

Usted sabe que eso no es cierto...

Este otro acontecimiento de la historia de España, que figura entre lo que usted señala en la primera pregunta, fue la que podemos llamar Insurrección asturiana del año 1934, es decir, la reacción política revolucionaria de la clase obrera y de una gran parte del pueblo español contra la ceguera política de los republicanos españoles. Es claro que la subida al poder de Gil Robles, que tenía como asesor militar al general Franco, es ya, quiérase o no, una muestra tajante de la falta de seguridad política y de conocimiento de los derroteros de la historia de España por parte de los dirigentes republicanos. El pueblo de Asturias tuvo que levantarse. Fue el único que hizo honor al compromiso revolucionario de salir a la palestra luchando contra la primera instauración del fascismo en España, es decir, el gobierno de Gil Robles; y entonces vivimos, yo personalmente lo viví también, soy asturiano, soy hijo de un pueblecito de las montañas de Asturias, y naturalmente frente a aquellos hechos me situé en Asturias y pude vivir de cerca la revolución, que eso fue en realidad la revolución de 1934, junto a las fuerzas de dirección del movimiento que entonces eran unas fuerzas unitarias, porque en aquel momento, superando la vieja maldición española de la división, en aquel momento se hizo un frente único entre socialistas, comunistas, viejos y jóvenes, que dio expresión gloriosa, porque realmente fue una gloria del movimiento asturiano, expresión y manifestación que luego tendría, y la tuvo, su expresión clara de conciencia y de lucha durante los tres años de guerra en contra del franquismo. Yo no pienso, ni pensé nunca, que la Revolución de Asturias del año 34 fuera un movimiento frustrado, fue un movimiento que contribuyó en mucho a la experiencia del pueblo español y a su guerra posterior victoriosa contra Franco. Y así vamos avanzando poco a poco, en otro orden.

ME FORMAN PROCESO Y ME LLEVAN
A LA CÁRCEL DE OVIEDO
 

Sí, de acuerdo, esto lo llevó a usted a la cárcel...

Sí, de regreso a Madrid me forman proceso y me llevan a la cárcel de Oviedo, que era un sitio entonces peligroso porque allí estaba el centro brutal de malos tratos y de vejaciones y de asesinatos para los revolucionarios. Fui a Asturias; era la época negra tremenda del general Doval, que era el jefe de la guardia civil que dirigía la represión. Tuve, yo creo, suerte de poder ir esquivando los grandes peligros y de esa manera tuvieron que ceder, como se dice en la jerga jurídica española, lo que llaman en México suspender o liquidar el proceso, que luego me puso de nuevo en libertad y ya volví a Madrid cuando el movimiento intelectual, con hombres principalmente como Alberti, García Lorca –otra gran figura que desgraciadamente perdimos–, llevaban en cierto modo la ruta de este movimiento intelectual.

Una vez en Madrid, para seguir apuntando algunos avatares personales, se me aconsejó que me fuera de España porque volverían a detenerme, corría el peligro de una nueva detención. Entonces acepté una propuesta que se me había hecho en Moscú, para trabajar allí en las ediciones marxistas.

Pero usted estuvo un año en la cárcel.

Sí, fue aproximadamente un año, como once meses.

En 1934...

 

LA BIBLIOTECA CARLOS MARX
DE LA EDITORIAL CENIT

Sí, en 1934. Pero antes se habían producido en mi vida otros hechos que hay que apuntar brevemente para explicar la conducta posterior. En vísperas de la proclamación de la República, es decir, en vísperas del año 31, ya me había hecho conscientemente marxista y fui destituido de mi cátedra, como otros profesores: Fernando de los Ríos fue uno de ellos, el penalista Jiménez Azua fue otro, en fin, cuatro o cinco personas más o menos destacadas por nuestras luchas contra la dictadura perdimos la cátedra. Entonces me trasladé a Madrid, teniendo la responsabilidad económica de la familia, para abrirme paso. Es en este momento cuando, en relación con otro grupo de personas, fundo la Editorial Cenit. La Editorial Cenit tuvo un gran éxito porque sus publicaciones respondían a los anhelos de los lectores de España, libros de mucho éxito muchos de ellos; allí fue donde yo fundé, dirigí y realicé una empresa de difusión marxista llamada a tener mucho porvenir pero que desgraciadamente por las condiciones de España se ahogó pronto: la Biblioteca Carlos Marx de la Editorial Cenit de la cual llegaron a publicarse diez volúmenes grandes. 

El Capital, entre otros...

Sí, el tiempo que nos permitió la situación. Publicamos el primer tomo de El Capital en dos volúmenes; La acumulación del capital, de Rosa Luxemburgo, por el cual yo sentía una viva simpatía. Publicamos La biografía del Manifiesto del Partido Comunista, el Anti-Dühring de Engels y algunas otras obras. Libros hermosos, bien cuidados. Nosotros pensamos en una colección de cincuenta a cien volúmenes en donde se estudiaran no sólo las obras de los clásicos sino también las de ley: los movimientos fundamentales obreros, los ensayos utópicos, etc., es decir, era una biblioteca no puramente objetiva sino subjetiva que habría venido a llenar, creo yo, una gran laguna en la formación teórica española. Esto explica por qué me llaman después de Moscú para que me haga cargo de la dirección de lo que entonces se llamaba «Ediciones en lenguas españolas», que eran unos folletitos pequeños. Y de esa labor que entonces hice en España con un grupo de camaradas –para ese entonces yo era ya miembro del Partido Comunista–, de ahí salen los materiales para la edición en tres tomos de las obras de Marx y Engels, esa edición que es hoy casi la única preparación con que contaban los lectores en lengua española. Aunque ahora la cosa ya va cambiando...

Antes de proseguir, ¿quiénes más formaban la Editorial Cenit?

Bueno, cuando Editorial Cenit estaba Jiménez Siles, y en las ediciones de Moscú había dos o tres personas españolas muy importantes, muy interesantes, algunas de las cuales le puedo a usted citar, no todos porque realmente no recuerdo a todos, le citaré a usted entre los españoles que colaboraban conmigo en aquella etapa la figura de Irene de Falcón, que es hoy la secretaria de Dolores Ibarruri. También Armesto, que murió durante la guerra, y dos o tres personas más. Allí trabajamos mucho. Estuve durante un año, pero yo no estaba a gusto, porque es muy difícil trabajar con los rusos. Sobre todo en ciertos aspectos; son tremendamente recelosos, muy ajenos a la confianza que es necesario tener mientras no haya razones para otra cosa, en el campo intelectual, para poder colaborar intelectualmente. Estaban siempre con los ojos cuadrados viendo lo que nosotros poníamos, rectificando; había unos consultantes que eran los que llevaban el control de las ediciones. Nosotros los españoles y gentes además ya más o menos probadas en el manejo de la doctrina marxista como yo, lo éramos por la biblioteca Carlos Marx, etc. Creo yo que deberíamos haber ofrecido un mayor margen de confianza porque las traducciones hechas así son siempre malas. Una traducción para ser buena debe ser primero fiel y segundo libre. Hay que tomarse toda la libertad, sobre todo en el manejo literario, en la riqueza literaria del idioma para dar aliciente al lector, siempre y cuando que no se sacrifique en las cosas fundamentales, en la tecnología fundamental, la fidelidad del idioma.

El sentido...

El sentido, exacto. Yo tuve allí grandes discusiones con ese motivo, que nos obligaron a veces a acudir en apelación, para resolver los problemas, a la dirección de la Internacional Comunista, cosa verdaderamente ridícula, porque la misión de la Internacional Comunista era otra que desgraciadamente no cumplió. Por ejemplo, en torno a una palabra que en la terminología marxista siempre he considerado falsa, campesinado, que es una palabra que no tiene nada que ver en el léxico español; ningún campesino habla de campesinado. Se habla de los campesinos y además no existe una clase única que pueda denominarse con esa palabra única, como existe en el caso del proletariado, que es una clase única. Los campesinos no son una clase: son campesinos ricos, campesinos pobres, campesinos medios, etc. Bueno, esto era sólo para darle un ejemplo en las condiciones que trabajamos allí. Aquella etapa duró poco porque en 1936 triunfaron en España las elecciones del Frente Popular y cayó Gil Robles y cayeron los podromos, los comienzos del fascismo, y volvimos a tener un gobierno realmente republicano, pero que, como los hechos demostraron, tampoco estuvo a la altura de su misión.

¿Cuál era la causa de fondo de los recelos de la traducción? ¿Era alguna razón política? Porque los escritos del joven Marx no fueron publicados...

Si eran capaces de censurar a Marx y Engels cómo no iban a censurar a un pobre y desgraciado traductor español como yo. No, yo creo que esto nacía, primero, de una experiencia negativa con España, de las ediciones anteriores que eran generalmente malas. Segundo, que el traductor fuera una persona como yo, que era un intelectual y no un viejo luchador comunista; y tercero, la manera de ser de los rusos, que son tajantes con la terminología. Uno no traduce para los editores sino para los lectores, etcétera.

 Sobre los escritos del joven Marx...

Los escritos del joven Marx no fueron publicados antes, lo que le dará una idea de la manera rara de proceder al hacer la edición grande, en cincuenta y tantos volúmenes de la obra completa de Marx. En esta edición, los escritos del joven Marx, en donde todavía no es comunista; en que mantiene muchos resabios muy importantes de idealismo y que es un ejemplo de lucha por el marxismo, porque el marxismo no cayó del cielo, fue fruto de la lucha ideológica. Por la nueva ideología, el nuevo partido de la nueva teoría. Pues bien, en esta edición los escritos juveniles de Marx y de Engels, que no son ortodoxos marxistas, ellos los colocan aparte y hacen una edición al margen de Obras especiales de Marx y Engels. Es decir, ellos mismos se ponen a censurar el marxismo. En estas condiciones, si son capaces de censurar a Marx y Engels, cómo no iban a censurar a un pobre y desgraciado traductor español como yo.

Bueno, yo estuve en aquella temporada trabajando un año en Moscú. La vida era todavía muy difícil. Repito, estamos en el año 34 aproximadamente a raíz de la Revolución de Asturias. Es difícil la vida en la Unión Soviética, muchas privaciones, mucha escasez. Había escaparates, vidrieras de grandes almacenes, en que lo único que se exhibía era una bandera roja con la hoz y el martillo y unos ratones paseándose por allí. No había mercancías. En realidad la vida comenzó a ser un poco más agradable, más amplia, durante nuestra estancia allí. Fuimos muy bien tratados; ya había nacido mi niña, que entonces tenía tres años. Carmen, mi compañera, con la que me había casado hacía unos años en Madrid, estuvo a mi lado todo el tiempo, como siempre a lo largo de mi vida tan complicada a veces.

En 1936, al triunfar las elecciones del Frente Popular en España, volvimos a Madrid. Nos costó mucho trabajo salir porque estaba todavía helado el Mar del Norte y tuvimos que salir con un rompehielos. Fue un viaje muy pintoresco. En general yo guardo un recuerdo muy agradable del pueblo soviético, que es muy parecido al español, muy espontáneo, muy hospitalario, muy afectuoso con la gente y siempre deseoso de ayudarle a uno. Después volví otras veces a la URSS. Volví recientemente para plantear allí el problema de la edición que estamos haciendo en el Fondo de Cultura Económica. Esta edición no es de la obras completas sino de las Obras fundamentales, a pesar de todo va a constar de veintitantos volúmenes. Se han publicado ya dos tomos de la juventud de Marx; de Engels, se han publicado los tres tomos de Las teorías de la plusvalía. Van a aparecer ahora El capital y los escritos económicos menores y también la nueva edición de los Gründisse. Es una edición muy importante y me pareció necesario plantearles a los soviéticos y que no creyeran que estamos «a cencervos tapados», como se dice en España.

(Aquí Roces me cuenta sobre su estancia en Moscú, sobre la situación cultural, política y vital de aquellos años)

 

TRATÁNDOSE DEL SOCIALISMO
HAY QUE COMBINAR LA PRUDENCIA CON LA CRÍTICA

 Esto que yo le he contado acerca de las ediciones, que no es más que una anécdota, es sin embargo, a mi modo de ver, una anécdota significativa. Naturalmente que, cuando yo tuve ocasión de hablar con los dirigentes del partido y de las ediciones, les planteé este problema, ¿cómo era posible que aplicaran la censura a Marx y a Engels en la misma edición de sus obras? Y ellos me confesaron que había sido un error que iban a subsanar en las próximas ediciones. Vamos a esperar a ver si es verdad.

A mí me parece que en la apreciación del peso histórico y político de la Revolución rusa y del socialismo en la Unión Soviética hay que ser muy prudentes, pero combinando la prudencia con lo que en un marxista es irrenunciable: la crítica. Cuando los problemas envuelven una seriedad y un fondo como éstos a los que nos estamos refiriendo, hay que ser muy prudentes porque las cosas en la historia no han venido por donde nosotros los marxistas las esperábamos; casi nunca vienen las cosas en la historia por donde el cazador con la escopeta en su puesto las espera, la historia no solamente es muy caprichosa, es una señora, digámoslo así, voluble, y marcha por los caminos que ella quiere, que no son los caminos que le trazan los ideólogos.

Hegel decía que avanzaba por el lado malo.

Hegel le llamaba la ironía de la historia. El hecho de que la historia no esté de acuerdo con posiciones nuestras no quiere decir que no sea siempre la historia la que tenga la razón. La historia es siempre la que tiene la razón y es por donde las cosas tienen que venir para que realmente se sostengan; porque nuestra filosofía, como sabemos, no es el marxismo utópico o caprichoso de unos cuantos predicadores, sino el marxismo que tiene fundamento en los pilares de la historia.

El caso es que por razones históricas, repito, las cosas no han venido en la Revolución rusa, por donde nosotros la esperábamos, porque Marx principalmente, y también Engels, dejan abierta la posibilidad de que el socialismo, el cambio del régimen, sobrevenga por unos caminos o por otros, sin adoptar una posición cerrada, pero manifestando siempre el deseo de que el socialismo pueda venir en los países más adelantados para que haya una solidaridad entre ellos y la construcción del socialismo sea realmente fecunda. Nos encontramos con que el socialismo primero ha vivido en un solo país. La Internacional Comunista, hay que decirlo claramente, fracasó en sus esfuerzos y sus tentativas por sacar adelante la revolución alemana, que se considera la más viable entonces, y nos quedamos con el socialismo en un solo país y además con el socialismo en un país atrasado, en un país de desarrollo no realmente progresivo sino atrasado.

Por otra parte, el socialismo frente al cual estamos, el socialismo soviético, el único que hasta hoy se ha realizado, es un socialismo que no solamente es un país, sino además el único en la órbita socialista, aparte el ejemplo heroico grandioso de Cuba y de las luchas actuales en la América Central; hasta ahora el socialismo es un socialismo en la órbita de un solo país socialista, y que tiene en frente la órbita brutal, realmente infame, del imperialismo norteamericano; y tiene que cuidarse mucho, mucho, el socialismo soviético de su fortaleza y de su trayectoria para no dejarse arrollar por el imperialismo que es enormemente fuerte. Yo creo que algunas de las fallas que nosotros podemos apreciar hoy, y que debemos apreciar con toda fuerza en el socialismo soviético, es que realmente cortaron en cierto modo, cortaron de una manera tajante, la trayectoria de los primeros años. Muchas de estas fallas podrían explicarse por la situación en que se hallaba en un solo país, rodeado por algunos países amigos pero en un sólo país, frente a la gran fortaleza del imperialismo.

Yo he pensado muchas veces que la respuesta del socialismo, concretamente del socialismo soviético, a las provocaciones de la política imperialista, es decir, a la política de guerra y de matanza, no debiera ser la que es hoy, es decir, copiar a los imperialistas en el terreno de los armamentos. Hacer lo mismo que ellos, con más o menos fuerza, pero seguir por el mismo camino de armarse hasta los dientes no es el camino que nos enseña el socialismo. Frente a la provocación y a la guerra del imperialismo, la respuesta de la Unión Soviética debiera ser crear un pueblo que esté totalmente identificado con el socialismo, que sea entusiasta del socialismo, que sea un ejemplo para los demás países e igual en las llamadas democracias socialistas que lo rodean; y desgraciadamente ésa no es la realidad actual. Por unos motivos o por otros, no podemos afirmar que el pueblo soviético y otros pueblos del Oriente de Europa estén realmente identificados hasta el fin, entusiasmados con el marxismo. Si eso fuera, si así fueran las cosas, no se habrían producido en la historia de nuestras vidas hechos realmente tan tristes, tan penosos, como la invasión de Checoslovaquia por la Unión Soviética y los países del pacto de Varsovia, ni asistiríamos hoy a espectáculos tan denigrantes y realmente tan bochornosos como los de Polonia. 

Sin citar otros hechos relacionados con la guerra actual. Ahora yo creo, volviendo a lo que decía, que hay que ser un poco prudentes y cautelosos en las críticas a la Unión Soviética, debemos tener en cuenta la situación del mundo. ¿Qué sería el mundo hoy sin la Unión Soviética? ¿Que sería del mundo si el imperialismo, como sueña con ello, pudiera arrasar a la Unión Soviética? Pese a sus defectos, pese a sus manchas negras, negativas, qué sería hoy el mundo si no existiera la Unión Soviética frente al imperialismo. Es posible que algunas de las lacras que existen o que nosotros apreciamos, o que no corresponden por lo menos con nuestra manera de ver el socialismo, no se produjeran si la situación del mundo fuera diferente, fuera otra cosa. No podemos hacer a los comunistas soviéticos responsables única y exclusivamente de que no exista la revolución en el resto del mundo. Eso no es enfocar el problema de una manera autocrítica marxista. Los responsables de la revolución en cada pueblo son los hijos de su pueblo, es la clase obrera de su pueblo, y no debemos culpar a la Unión Soviética de que después de tantos años siga todavía aislada. Ésta es mi manera de pensar, así, un poco sobre la marcha.

 

LA LABOR AL FRENTE DE LA INSTRUCCIÓN
PÚBLICA EN LA REPÚBLICA. LOS CUADROS DEL MUSEO DEL PRADO

¿Usted vuelve a la República en 36?

En 1936 volví a la República, poco después de que subió al poder un nuevo gobierno republicano, presidido por Largo Caballero, y yo fui nombrado su subsecretario de Instrucción Pública como en España se le llamaba. Puesto al frente del cual estuve dos años y pico, en el que tuve muchas alegrías, claro, pero también muchas desazones. Era muy difícil en la situación de la España entonces, entregada por entero a la guerra, al heroísmo y a la lucha, desarrollar un plan de educación y de cultura como teníamos el deber, a pesar de todo, de desarrollar; sin embargo, a pesar de las dificultades, algo se pudo hacer, algo se hizo. Yo estoy, si no satisfecho, satisfecho uno nunca puede estarlo, pero en fin, recuerdo, de una manera grata, algunas de las actividades; por ejemplo, la lucha contra el analfabetismo. Hicimos una campaña enormemente seria y fecunda contra el analfabetismo que tenía un porcentaje muy elevado en España, un porcentaje en algunas regiones de más del 50%. Luchamos mucho en ese terreno y combinamos la lucha de las guerrillas, la lucha del ejército, es decir, la lucha militar con la lucha contra el analfabetismo, considerando el analfabetismo como un enemigo fascista más, y tuvimos desde luego éxitos muy notables. Todavía queda ahí la famosa cartilla popular antifascista que editamos en el ministerio e hicimos medio millón de ejemplares para difundirla por toda España.

Otro problema muy serio que se nos planteó y en el que tuvimos que trabajar mucho y afortunadamente logramos la victoria, fue la salvación de los cuadros del Museo del Prado. Usted sabe que el Museo del Prado fue bombardeado dos o tres días seguidos por los fascistas y, claro, se nos planteaba a nosotros la nueva responsabilidad de que los cuadros del Museo, o algunos de ellos, fueran a perecer bajo nuestra custodia. Nos tuvimos que organizar con una gran audacia y aplicando métodos muy nuevos, nada de burocracia sino apoyándonos en la juventud, apoyándonos en organizaciones obreras, etc., la salvación de los cuadros del Museo del Prado se logró. Se hizo una relación de los cuadros realmente más importantes, que eran como 500, y hubo que embalar todos y llevarlos a Valencia y ponerlos en un lugar a buen seguro; pero no sólo hicimos esto, sino que combinando la lucha por la salvación del Museo del Prado, hicimos por medio de un grupo de intelectuales muy entusiastas y muy entregados a la obra, la labor de incautarnos, en las casas de las familias aristocráticas, los grandes cuadros de los maestros que todavía tenían en su poder para incorporarlos al patrimonio nacional, es decir, no sólo defendimos el tesoro, sino que además lo enriquecimos y lo elevamos.

Ésta fue otra de las actividades que a mí me tocó desarrollar, uno de cuyos momentos fue, por ejemplo, el contacto por cartas y en vivo que tuvimos con Picasso, a quien nombramos director del Museo del Prado, como usted recordará. Aunque desde París no era fácil trasladar a Picasso a España, nos ayudó notablemente, sobre todo en las grandes colectas que se hicieron para ayudar a los niños que perecían en un número aterrador por los bombardeos. Los bombardeos eran normales; yo mismo tuve que sacar a mi niña y mandarla a la Unión Soviética para defenderla de los bombardeos en Barcelona.

Otra actividad fundamental y muy importante que desplegó el Ministerio de Cultura bajo la dirección de los comunistas, importante sobre todo porque abre un derrotero para el futuro, fue encontrar una manera de preparar rápidamente a los obreros y a los campesinos que pudieran recibir una enseñanza universitaria. Naturalmente, para recibir una enseñanza universitaria el estudiante tiene que estar preparado con los frutos de la enseñanza secundaria. Aquellas eran gentes que no tenían, ni podían recibir, enseñanza secundaria; hubo que improvisar lo que llamamos Institutos para obreros, para preparar rápidamente, en un año de estudio intensivo, a los obreros, a los trabajadores, de modo que pudieran ingresar en la Universidad. Y en efecto, no hubo tiempo de que se desarrollara todo el plan, pero apreciamos algunos resultados positivos, es decir, se demostró en la práctica que no es por lo menos necesario, ni mucho menos, el reservar la educación superior, la educación universitaria, para los ricos, para las gentes de dinero, sino que son accesibles a ella también los trabajadores, los obreros y los campesinos, y eso es una enseñanza de allí para el futuro.

Habría más ejemplos, más aportaciones que ofrecer; por ejemplo, la lucha contra la burocracia. La burocracia es fundamentalmente extensa y más peligrosa en el ramo de la educación, de la instrucción. Es allí, en las escuelas, en los institutos, en las universidades donde hay que luchar más contra la burocracia, para evitar que se conviertan los docentes en simples empleados a sueldo, que tengan realmente una vocación y una identificación con los muchachos a los que enseñan, que estudian bajo su dirección. También en ese terreno tuvimos algunos éxitos, no grandes, pocos, pero algunos éxitos, porque aunque existía en España una organización sindical llamada FETE (Federación Española de Trabajadores de la Enseñanza), que tenía una orientación republicana izquierdista, la mayoría de los maestros, una gran cantidad, por no decir la mayoría, eran de mentalidad fascista o semifascista. Costaba mucho trabajar con ellos y convencerlos sobre la necesidad de cambiar de métodos. Yo recuerdo que, por ejemplo, se nos planteó el problema de hacer un recuento, un estudio estadístico del personal. Era una tarea muy seria, el personal de todas las escuelas, centros y universidades para ver cuáles de ellos tenían pasado o tenían una contaminación fascista franquista. Bien, yo me opuse. Me opuse primero porque se podía ver en esto un espionaje malsano y el deseo de inutilizar a una serie de funcionarios poniéndolos en el campo de enfrente. Primero, y segundo, porque esos miles y miles de expedientes, que íbamos a hacer sobre esa base, en que los funcionarios tenían que confesar si habían pertenecido a un partido fascista o no, esos miles de expedientes, si nosotros perdíamos la guerra –aunque nosotros no creíamos que íbamos a perder la guerra, éramos muy optimistas, pero una guerra cuando se hace se puede perder o se puede ganar– con ese material dábamos un cebo tremendo para que realmente se ensañasen con ciertos funcionarios los ministros franquistas. Afortunadamente pudo prescindirse de aquella orientación equivocada.

 

LAS CAUSAS DE LA CAÍDA DE LA REPÚBLICA

Aunque sé que el problema ha sido muy debatido, tratado y vuelto a discutir, me siento obligado a preguntarle, ¿cuáles fueron, en su opinión, las causas de la caída de la República? 

Las únicas fuerzas que en España, y en cualquier lado, podían hacer frente a la ofensiva y a la brutalidad del fascismo eran las fuerzas del pueblo, el armamento del pueblo español, lograr que el gobierno republicano entregara las armas para que el pueblo se defendiera a sí mismo, porque eso era autodefensa. Eso me costó mucho tiempo y llegó, en cierto modo, tarde. Hay que destacar aquí, de una manera francamente positiva, el nombre de don José Giral –un hombre muy conocido en México que murió aquí y que aquí pasó los últimos años de su enseñanza y de su vida–, quien fue el ministro de gobierno que tuvo la visión necesaria para entregar las armas al pueblo. Esa rémora que representaron las fuerzas republicanas fue una cuestión negativa muy fuerte en el balance de la República. Esto por una parte, porque en la historia, como usted sabe, no pueden verse nunca las causas solas, aisladas, siempre la acción de la historia, positiva y negativa corresponde a la acción de esas fuerzas que se complementan entre sí.

En segundo, no podemos perder de vista la historia de España, que es la realidad de España; todavía hoy no podemos decir, como en algunos momentos de excesivo optimismo dijo Engels, que los anarquistas, las fuerzas obreras del anarquismo bakuniniano, representan una minoría y no plantean problema. En España, por muchas razones, por la misma pobreza, por el mismo atraso cultural, principalmente filosófico, del país, etc., por razones de orden temperamental, los anarquistas en el campo obrero han sido y siguen siendo una fuerza que, durante la guerra, a pesar de la actuación heroica de hombres como Durrutti y algunos otros anarquistas que pueden contarse con los dedos de la mano, creó muchos problemas, sobre todo en los comienzos de la guerra. Aquella campaña mundial brutal que se hizo contra la República porque mataba monjas, porque mataba curas, porque incendiaba iglesias y todo aquello, hay que decir que no era exactamente verdad; pero que en general era el programa de los anarquistas, aquello que les hacía la boca agua a los anarquistas, para emplear una frase un poco cruda.

«En el interior del bando republicano comenzaban a manifestarse graves divisiones. Los comunistas y los socialistas querían, ante todo, ganar la guerra, aplicar todos sus esfuerzos a la obtención de la victoria. Por el contrario, los anarquistas, considerándose como en terreno conquistado, organizaban ya su sociedad ideal». (Luis Buñuel, Mi último suspiro, pp. 151 y 152.)

Yo creo que después de este repaso panorámico de la situación quedan todavía dos o tres preguntas por contestar, o más, porque este cuestionario es bastante ambicioso.

 

EL MARXISMO EN MÉXICO: LOMBARDO Y BASSOLS 

Al llegar a México, ¿cuál era la situación cultural que se encontró? ¿Qué se conocía de la obra de Marx y Engels? ¿Qué relevancia tenía el marxismo?

Hay que contestar de una manera sencilla. Primero, yo nunca creí que la cultura de México, cuando llegaron aquí los «libertadores culturales españoles», digámoslo entre comillas, la cultura en México estuviera por los suelos. México tenía una gran cultura, no sólo una cultura vieja, tradicional, sino una nueva, donde se destacaron figuras muy respetables en los diversos campos. Creo que nosotros vinimos a ayudar a fortalecer estas corrientes en ciertos campos, como el de la historia, que realmente aquí estaba todavía en manos muy atrasadas. Hemos hecho una labor en la que hay que apreciar sobre todo el amor, la entrega a México, la enorme identificación sin reservas y el compromiso consciente con que vinimos aquí a trabajar al servicio de la cultura y la democracia mexicanas. Porque, hay que decirlo, y es interesante, sin citar nombres, pero personas valiosas que yo había conocido en España en puestos muy responsables y donde no dieron golpe porque se dedicaban al dolce farniente, al llegar a México despertaron y desarrollaron una labor extraordinaria. Eso sólo se explica naturalmente por el compromiso y la responsabilidad ante los cuales nos colocaba la historia. Por consiguiente yo no soy de los que piensan que los españoles llegamos a México a sacarlo del purgatorio cultural, sino que vinimos a incorporarnos aquí a una labor fundamental del pueblo mexicano y a asentar lo que será mañana porque tendrá que ser así: el hermanamiento profundo de los pueblos. El pueblo mexicano y el pueblo español, que de ahora en adelante, no para los efectos burocráticos ni oficiales sino para los efectos culturales, deberá seguir formando uno solo. Ése es mi parecer. 

Aquí estaban Lombardo Toledano, Narciso Bassols...

Había un gran interés y entusiasmo por el marxismo: Lombardo Toledano en sus teorías y predicciones era marxista. La lástima era que muchas veces dejaba de serlo en la praxis, en la política; pero desde el punto de vista de las ideas, Lombardo Toledano era un marxista muy conocedor de los problemas y por el cual hay que sentir cierto respeto, repito, en este terreno puramente doctrinal.

Narciso Bassols, de quien fui muy amigo, al igual que de Lombardo, era un hombre interesadísimo por los problemas del marxismo, tenía una formación muy seria. Se alegró mucho cuando yo le traje un tomo de la edición nueva de El capital, etcétera.

En general, lo mismo en México que en España, los marxistas, o deseosos de serlo, se alimentaban con una dieta muy pobre. Había aquellos libritos editados, muchos de ellos traducidos por mí aunque sin mi nombre, por una editorial que hubo en España llamada Europa-América. Así se conocieron las cosas fundamentales del marxismo: El manifiesto (que ya se conocía), El dieciocho brumario de Luis Bonaparte, El capital, del que se había hecho una edición del profesor Pedroso editada por Aguilar, pero no había una labor seria de difusión y desarrollo del marxismo. Esa labor la empezamos a hacer en España con la Biblioteca Carlos Marx y por la labor que pudimos desarrollar en una entidad poco conocida de la que fui presidente y en la que se hicieron muchos actos de desarrollo del marxismo: «El fomento de las artes». Fue una sociedad obrerista de cierta prosapia en España. Se desarrolló también una gran labor marxista en una actividad que nosotros desenvolvimos desde el ministerio, las bibliotecas para obreros. Creamos miles de bibliotecas en España, principalmente en las Casas del Pueblo, en los locales de los sindicatos, etc., pero en realidad fue con la subida de los comunistas a la opinión pública cuando comenzó a tomarse en serio la difusión del marxismo en España. En ese sentido la Biblioteca Carlos Marx es un ejemplo muy excepcional.

 

EL PERIODO DE LA SENADURÍA. LAS CAUSAS DE SU RENUNCIA

Siguiendo el hilo conductor de la cronología, vuelve usted a España y es elegido senador, ¿qué cambios observa en el PC y en particular en la situación política de la izquierda? ¿Cuáles fueron las razones de su renuncia?

Este capítulo de la vuelta a España y de la senaduría debe enfocarse con cierto cuidado. Yo nunca pude imaginarme desde aquí lo que México representaba en la conciencia y en los sentimientos de los españoles que hemos vivido la emigración. Nunca me lo pude imaginar.

En segundo lugar, como es natural, tenía muchos deseos no ya de regresar a España sino de reintegrarme a España; y en tercer lugar, quería ver la manera de jugar algún papel en los acontecimientos que nosotros pensamos –también aquí la historia me fue infiel– se iban a desarrollar de otro modo. 

En efecto, me reintegré a España, presenté mi candidatura por Asturias en la lista de los senadores, con dos senadores más, un católico y un socialista; socialista que había estado mucho tiempo aquí en México –no sé si usted lo conocerá–, y es hoy el presidente del Consejo Autonómico de Asturias, se llama Fernández. Para sorpresa mía, salimos elegidos por una enorme mayoría de votos. Y aquí me tiene usted en el Senado. ¡Hombre!, yo que merecía ser senador por el pelo blanco pero no por otras razones, por mis años, etcétera. 

Me sentí bastante desentonado de la situación, y además, dada la situación de como se derribó el fascismo, sin luchas, sin contradicción, de una manera completamente pacífica, no era posible desplegar los planes con los cuales uno había soñado tanto tiempo. Y, por último, se me recrudeció una enfermedad del oído que había padecido de joven y me puso casi en condiciones de incapacidad para seguir y pedí a la presidencia del Congreso la venia para poder venir a México y reanudar mis enseñanzas y tareas universitarias. Les costó mucho trabajo concedérmelo pero me lo concedieron, y en esas condiciones pude volver a México, donde además de la cátedra, de los alumnos, tengo mi familia, mis nietos, etc. No es que yo haya dejado de ser español. Yo sigo siendo español hasta el tuétano y no creo que se presente la ocasión de demostrarlo. Eso ya se demostró. Yo no soy mexicano por la parte de atrás sino que soy mexicano sin dejar de ser español. Mi españolismo, mi calidad de español reafirma y fortalece mi calidad de mexicano. Yo no veo incompatibilidad sino por el contrario, si nos proponemos objetivos de lucha democrática en el futuro, no veo incompatibilidad en la identificación de estas dos personalidades.

 

EL GOBIERNO SOCIALISTA Y LA CAÍDA DE CARRILLO

¿Cuáles son las causas que produjeron el descenso de votación del PCE y que provocaron la caída de Santiago Carrillo de la Secretaría general?

Suponiendo que hayan sido las mismas. Eso yo no lo sé. Yo creo que una gran mayoría del pueblo español votó por los socialistas y los llevó a la mayoría absoluta dentro del Parlamento por razones políticas justificables, porque los electores españoles, en una gran parte, por lo menos, creían que votando por los socialistas votaban a hombres que representaban el futuro de España pero sin caer en el peligro de un triunfo de los comunistas, que habría podido representar un segundo golpe militar.

Hay que tener en cuenta cuál es la psicología, la delicadeza de los tejidos psicológicos del pueblo español. Después de tantos años de fascismo, el pueblo español no ha dejado de temer una segunda vuelta de los militares. Sigue temiéndola y no puede dar pie a eso con una votación impresionante a favor de los comunistas. Eso creo que son las causas de orden objetivo. Los comunistas debemos ver la subida al poder de los socialistas no sólo del lado negativo sino del lado positivo, porque el triunfo de los socialistas es un triunfo de las izquierdas y por consiguiente una gran derrota del fascismo y de la reacción en España, que es lo que hoy más nos debe preocupar. Porque el sitio del Partido Comunista está ahí para el futuro, cuando se den en España cambios que todavía no se dan. En cuanto a la renuncia de mi camarada y gran amigo Santiago Carrillo a la Secretaría general del PC, no tengo muchos datos. Yo creo que ya llevaba muchos años al frente de ese puesto y era sano, aconsejable, que el partido encontrara gente nueva para los nuevos problemas en la dirección. Ése es mi punto de vista.

¿Qué cambios extraordinarios vio usted en el estado de ánimo del pueblo español?

Mucha bravura, mucha valentía para hacer frente a la situación y un deseo muy consciente, muy profundo, para acabar con las raíces del fascismo en España. Pero el problema es muy complicado. Es un problema político, social, económico, en que los nuevos gobernantes se ven obligados a tomar medidas que no complacen a sus electores. La situación es muy difícil, el problema del paro forzoso, el problema de la renovación de la industria que obliga al cierre de centros de producción, es decir, problemas que no se pueden juzgar a humo de pajas.

 

OBRA PERSONAL Y OBRA DE TRADUCTOR

¿Su obra de traductor ha limitado su obra personal?

Hombre, en cierto modo sí. Primero, mi obra de traductor yo no la enfoco exclusivamente como un servicio hecho a una editorial. Me lo explico como un servicio hecho a la juventud y a los combatientes en lengua española, dotándolos de los instrumentos y las herramientas fundamentales del marxismo que hasta ahora no tenían. Y naturalmente que esta labor que he desarrollado y sigo desarrollando me lleva un tiempo enorme y una entrega casi total. He dado conferencias, he escrito folletos de circunstancias, he tomado parte en publicaciones especiales como la de Los problemas de la Universidad. Creo que la única publicación que se hizo fue la mía. A pesar de ser un «gachupín», entre comillas, puse un poco los puntos sobre las íes. Yo obré con mucha valentía. Yo dije, como sigo pensando y como se lo acabo de decir al rector de la Universidad en un cuestionario, que hay que democratizar a la Universidad. La Universidad hoy es un senado, una especie de oligarquía. Hay que hacer dentro de la Universidad lo que es vital para la autonomía universitaria y para la enseñanza universitaria y para la profundización y el mejoramiento de la enseñanza, un fuerte movimiento estudiantil. En México existen asociaciones estudiantiles pero solamente sobre el papel. Esas asociaciones no tienen una conciencia universitaria, política, ni lucha. No guerrean para conseguir lo que es suyo y lo que de ellos depende. Hay que contribuir a que se haga un movimiento estudiantil profundo. Hay que darle al estudiante su puesto en la Universidad. El estudiante no es como el de bachillerato o de la escuela primaria un párvulo, llamado a repetir mecánicamente al maestro lo que ha leído en un libro. El estudiante es ya mejor o peor, con mayor o menor desarrollo, una persona, un protagonista cultural que debe tener su personalidad dentro de la cátedra y dentro de la enseñanza, dejando de considerar a la Universidad como un conjunto de sabios que casi nunca lo son, además, o lo somos, para convertirla en lo que se llamó en el Renacimiento la comunión de docentes y estudiantes. La Universidad pertenece a todos. La Universidad pertenece al pueblo de Marx, que es el que la paga y el que espera servirse de ella.

«Nosotros, los profesores del movimiento, no queremos ser la “minoría ilustrada” de Jovellanos o Floridablanca, el “despotismo ilustrado” de Carlos III, ni los que, en Oviedo, en la generosa y populista “extensión universitaria”, descendían de la cátedra para “abrazarse al pueblo”. No; no somos los “hermanos mayores” culturales que acarician al niño y le llevan de la mano. Ese niño es ya, como decía creo que Bacon, un “muchacho robusto y experimentado”». (W. Roces, Los problemas de la Universidad, p.19.)

 

TRADUCIR A MARX.
NO EXISTE EL MONOPOLIO DEL MARXISMO
 

¿Qué problemas importantes ha encontrado en la traducción de los textos marxistas?

Para mí, traducir a Marx sobre todas las grandes obras constituye una alegría y un privilegio. Yo profundicé en el alemán...

(En este momento, doña Carmen Dorronsoro nos ofrece muy oportunamente un cognac para elevar el tono de la entrevista y nos hace diversos comentarios sobre las conferencias que recientemente ha impartido don Wenceslao.)
 

Quiero decirle a usted que me siento privilegiado haciendo este trabajo, porque sé que es un trabajo muy responsable y que además va a interesar a muchísimas gentes porque el marxismo no es una cosa para seis o para doce, sino que es una cosa para grandes conjuntos de personas, cada una de las cuales tiene que aportar al marxismo lo que ella es y lo que ella vale. No podemos tener marxismo, ni siquiera lecturas marxistas, ni enseñanza elemental marxista, si no tenemos historiadores, si no tenemos filósofos, si no tenemos psicólogos, si no tenemos todas aquellas corrientes que tienen que venir a converger al marxismo. El marxista que no es más que marxista, que no sabe más que marxismo, no es marxista ni sabe nada de nada. El marxismo tiene que interesarse por todo, abrirse a todo y con una gran generosidad, con un gran entusiasmo, sin ver por todas partes sectarios y dogmáticos. Es cierto que el sectarismo y el dogmatismo son dos vicios que hay que combatir profundamente, pero la manera de combatirlos es leer y estudiar y aplicar los grandes textos del marxismo.

Bueno, pues yo no sé; si me han hecho críticas, aquí y allá, de una manera o de otra, al lado de las críticas hay elogios que son absolutamente inadmisibles. No me preocupan nada las críticas, no me preocupa que se hagan veinte ediciones de El capital, cuantas más ediciones se hagan mejor, cuanto más se edite, más se contribuye a difundir El capital. En Alemania hay quince ediciones de El capital de Carlos Marx, cada una tiene la impronta del que la hizo y nadie se lamenta, nadie se lleva las manos a la cabeza. No, no, yo no quiero tener el monopolio del marxismo. No existe además el monopolio del marxismo. No existe. El monopolio del marxismo consiste en estudiar el marxismo y, sobre todo, en aplicarlo a los problemas de nuestro estudio y de nuestra realidad. Eso es en lo que yo pretendo ayudar.

¿Qué más puede decirse sobre los planes de edición que está haciendo sobre la traducción de la MEGA?

La edición de las obras, que se ha hecho ya en Berlín y en Moscú, no es la edición de la MEGA. Es una nueva edición que no tiene nada que ver con la MEGA. De la edición de la MEGA y de los tomos que se llegaron a publicar, que son siete, se ha hecho una reproducción fotostática y hay que adquirirla, hay que compararla, porque esa edición tiene aportaciones muy importantes sobre todo en las notas; pero esa edición es algo completamente distinto a ésta que se está haciendo hoy. Con esta edición que se hace ahora, que yo estoy dirigiendo en el Fondo de Cultura, lo que llamo las Obras fundamentales de Marx en veintidós tomos, veintidós volúmenes de los cuales en el transcurso de este año llegarán a publicarse diez o doce, cinco publicados ya y llegarán a publicarse próximamente cinco o seis más. Porque sin ser una edición completa, no es posible la edición de las obras completas para el público español, son demasiado cincuenta y tantos tomos. Ésta edición mía de las Obras fundamentales es una edición que abarca lo más importante.

 

ALGUNOS DE LOS TEXTOS DE MARX Y ENGELS
SOBRE AMÉRICA LATINA SON UNA VERGÜENZA
 

Recientemente se han traducido al español las opiniones de Marx y Engels sobre México y América Latina, ¿qué opina usted al respecto?

Algunas desconocidas, pero otras desgraciadamente conocidas. Opino que sus textos en general son muy malos y que son una vergüenza para el que los escribió. Así dígalo usted, que es una vergüenza para Marx haber escrito un artículo como el que escribió a base de enciclopedias sobre Bolívar. Es un trabajo hecho sobre enciclopedias, como los trabajos de Marx que voy a publicar, porque yo no quiero engañar a la gente voy a publicarlos; los trabajos en que dice que la conquista de los norteamericanos sobre los mexicanos ha sido muy merecida porque los mexicanos son unos holgazanes. Es increíble, pero así es como lo escribieron. Así lo vamos a publicar nosotros, para que el lector saque sus conclusiones. Pero eso no es el verdadero Marx, ni el verdadero Engels. A estos hay que encontrarlos en otras partes, en las grandes obras, en las obras fundamentales. Y no en un compromiso para salir del paso. Lo mismo ocurre con Engels en los momentos en que Engels asoma su oreja de germanófilo para predicar en algunos de sus escritos la necesidad de que algunos de los territorios de que ha sido privada Alemania vuelvan a ser conquistados por ella. Claro, todo esto no debe ocultarse al lector. Hay que dárselo a conocer para que el lector vea la realidad, para que críticamente, dentro de esa realidad, vea lo bueno y deseche lo malo. Ni Marx ni Engels eran santos; ni Marx ni Engels figuraban entre los siete sabios. Eran hombres de una gran sabiduría en los cuales, esto es lo importante, la sabiduría científica se hermana con la actividad revolucionaria. Son tan grandes como revolucionarios y como científicos, pero escribieron mucho, opinaron de mucho y alguna vez se equivocaron.

 

MARXISMO, HOY

¿Cuáles son los problemas fundamentales del marxismo hoy?

Los problemas fundamentales del marxismo hoy son los problemas fundamentales del marxismo siempre. Ver en el marxismo un instrumento de estudio y de trabajo para resolver nuestros problemas, los problemas de nuestros pueblos y los problemas de nuestra cultura propia, eso es el marxismo y para eso queremos el marxismo. Si el marxismo no es eso y si el marxismo no nos sirve para tener una orientación, para tener una conducta clara y firme frente al pueblo y frente a la cultura, el marxismo no nos sirve. Ya lo dijo Marx: «Yo no soy marxista». El marxismo es un instrumento de trabajo, no un distintivo para colgárselo en la solapa; de esos ya hay muchos, no sirven para nada, es una herramienta para trabajar, para actuar y para cumplir con el deber elemental de todo hombre medianamente enterado de las cosas, que es el contribuir a ese proceso tan profundo, tan difícil pero tan necesario, que es en México la revolución.

 

Febrero de 1984


[1] Gabriel Vargas Lozano es profesor de tiempo completo del Departamento de Filosofía de la Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Iztapalapa y de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Ha sido fundador y director de la revista Dialéctica de la Universidad Autónoma de Puebla

Asociación Cultural  Wenceslao Roces