Asociación Cultural Wenceslao Roces

 

 

Wenceslao Roces

Wenceslao Roces, la sombra de un crimen

La conexión asturiana de una operación diseñada por Stalin

Por Eduardo García

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Publicado el diario asturiano La Nueva España el 16-03-03

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En el verano de 1.937, el movimiento trotskista español es desmantelado y muchos de sus líderes y miembros, detenidos y fusilados. No fue Franco, sino el Gobierno de la República, en plena guerra civil. En ese Gobierno, como subsecretario de Instrucción Pública, figuraba un asturiano de Sobrescobio, Wenceslao Roces, que en 1.977 fue elegido senador tras las primeras elecciones democráticas. Hay sospechas de que en aquella «razzia» contra el trotskismo, que acabó con la vida de su líder, Andrés Nin, Roces tuvo responsabilidad. Lo dice, entre otros, el escritor leonés Andrés Trapiello, quien asegura que el libro «El espionaje en España», donde se «explica» la acción de Estado, fue escrito por el propio Roces.

Wenceslao Roces, la sobra de un crimen.

El escritor Andrés Trapiello aviva la polémica sobre el papel jugado por el político asturiano en el aniquilamiento del trotskismo en España, en 1.937, en plena guerra civil.

Oviedo, Eduardo GARCÍA.


En 1.938, cuando el curso de la guerra civil española parecía decantarse definitivamente a favor del Ejército de Franco, vio la luz un libro titulado «Espionaje en España», firmado por Max Rieger y con prólogo de un escritor bien conocido entonces: José Bergamín. Al prologuista, efectivamente, se le conoce. Al escritor, no.

«Espionaje en España» (Ediciones Unidad, Madrid-Barcelona, cinco pesetas) es hoy pieza de museo. El escritor leonés Andrés Trapiello, reciente premio «Nadal», se encontró no hace mucho un ejemplar en un rastro librero. Lo compró sin dudar.

Libro de bolsillo, con austeridad propia de tiempos de guerra; crónica negra de un suceso aún no estudiado en toda su extensión, como es la aniquilación, en el sentido más literal que se le quiera dar a la palabra, del trotskismo español, acusado de ser cómplice y espía de Franco. La firmó el Gobierno de la República, con la ayuda de algunos agentes llegados ex profeso desde Moscú para la preparación minuciosa de pruebas falsas. Se asegura que la orden la dio el propio Stalin, de quien se acaban de cumplir los 50 años de su muerte.

Andrés Trapiello enunciaba la historia en el «Magazine» de LA NUEVA ESPAÑA el pasado domingo día 2 de este mes, cuando mencionaba su encuentro con ese librito de 239 páginas que él califica de «célebre e ignominioso alegato que publicaron y perpetraron en plena guerra civil los servicios de espionaje soviético, el sicario Wenceslao Roces y el propio Bergamín, a sueldo de los estalinistas».

Wenceslao Roces, asturiano. Fue senador por el Principado tras las primeras elecciones democráticas e junio de 1.977, pero renunció apenas cinco meses después para regresar a la que fue su casa de exilio, México, donde murió años después. Cuando Trapiello visitó Asturias el pasado martes, día 11, se le preguntó cuál era, a su juicio, el papel jugado por Roces en la edición del libro-informe.

-Fue su autor


¿Max Rieger era Wenceslao Roces? Trapiello apunta a que este Rieger, junto al nombre de los dos traductores (¿traductores de qué al qué?), Lucienne y Arturo Perucho, forman un decorado de identidades sin rostro. El libro está plagado de datos, pruebas «irrefutables», confesiones inequívocas... todo cuadra demasiado bien, de ahí la sospecha de los historiadores. «Espionaje en España» narra el desmantelamiento de la red de espías «rojos» al servicio de Franco, un argumento de locura, increíble a no ser porque a lo largo de las páginas del libro s explican con minuciosidad policial hasta los últimos detalles de la operación contra el POUM, el Partido Obrero de Unificación Marxista, donde se había refugiado la escisión trotskista de los años treinta.

Leemos en la página 21: «El POUM, fundado por Joaquín Maurín con un puñado de aventureros (Nin, Gorkin, Andrade...) expulsados del Partido Comunista Español, reunía para los estados mayores fascistas un conjunto de condiciones especialmente ventajosas: con la apariencia de un partido revolucionario, tenía la posibilidad de infiltrar a sus hombres en las organizaciones de trabajadores, en los periódicos y en los sindicatos antifascistas».

Los hechos se desencadenaron el 16 de junio de 1.937, cuando el Gobierno daba orden de detener al

Los hechos se desencadenaron el 16 de junio, cuando el Gobierno daba orden de detener al comité central del POUM

Comité central del POUM, en Barcelona, acusado de dirigir una amplia red de espías al servicio del Estado Mayor de los nacionales. Las autoridades reconocieron unas 300 detenciones. Dos días más tarde se enviaba una nota oficial a la prensa:

«Hacía días que los agentes de Madrid venían trabajando para llegar a descubrir una importante red de espionaje que tenía ramificaciones destacadísimas en Barcelona (...). Han sido practicadas un considerable número de detenciones, entre las que cabe destacar un contingente peligrosísimo de ciudadanos extranjeros y personalidades de un determinado partido político (...). La declaración e los detenidos, así como la documentación hallada en los registros han corroborado de una manera fulminante su culpabilidad».

El nombre del líder Andrés Nin como un de los detenidos es confirmado el día 22. Nin, al que los stalinistas le suponían hilo directo con el mismísimo Francisco Franco, iba a ser asesinado en un «paseo» nocturno tras sufrir prisión en Alcalá de Henares, aunque el Gobierno dio una rocambolesca versión de su fuga, organizada por agentes el Estado Mayor alemán, de la cárcel donde se encontraba recluido. Fue en la noche del 28 de junio de 1.937. Esa versión oficial carga las tintas de su imaginación y asegura que uno de los integrantes del comando que liberó a Nin perdió la cartera, que contenía una carta incriminatoria. Un comando con cartera, bonita forma de perpetrar golpes de mano.

En Asturias funciona desde hace un par de años una asociación cultural Wenceslao Roces, con desde en Gijón. Carlos Penalva y Uriel Bonilla, sus portavoces, reconocen desconocer incluso la existencia del libro «Espionaje en España».

«Entre los documentos que hemos manejado no encontramos relación entre Roces y esta obra», pero todo hace indicar, y desde la propia asociación se confirma, que Wenceslao Roces participa en el «maquillaje» de la muerte de Nin, un fusilamiento disfrazado de desaparición. Y lo hace desde el Gobierno, como subsecretario de Instrucción Pública, con Jesús Hernández como ministro. El mismo que, años después, se desmarcó de la ortodoxia comunista y publicó un libro de denuncia titulado «Yo fui ministro de Stalin».

Penalva y Bonilla recuerdan que Andrés Nin y Wenceslao Roces se conocían, sin que esto suponga necesariamente que les uniera amistad. Ambos trabajaron en la Editorial Cenit, a la que Roes accede en 1.931. Coinciden en traducciones y estudios en torno a un proyecto llamado Biblioteca Carlos Marx, de edición de los clásicos revolucionarios. Nin tradujo en su momento textos de Trotski, al igual que Roces.

En 1.929, Trotski fue expulsado de la Unión Soviética, meses antes de publicar una de sus obras de referencia: «Mi vida». A partir de ese momento, José Stalin puso precio a su cabeza.

El POUM aún existe, y sus militantes no olvidan. En la página web del partido, con sede en Barcelona, se recuerda aquella persecución «... ordenada por Moscú –por Stalin mismo– y realizada por los agentes de la GPU destacados en España a ese efecto, Slutzki y Orlov, solícitamente secundados por (...) Wenceslao Roces y muchos otros que montaron la sangrienta farsa».

 

Nin fue torturado y asesinado en Alcalá

 

El POUM asegura que Roces y los demás «fabricaron las pruebas de nuestra colusión con Franco, organizaron la campaña contra nuestro partido, efectuaron el golpe policiaco del 16 de junio, detuvieron y secuestraron a nuestros compañeros, torturaron y asesinaron a Nin, inventaron el rapto de Alcalá de Henares y prepararon el proceso contra la dirección del POUM».

Consultada la dirección del POUM, el partido afirma a este periódico que «siempre se ha supuesto que la autoría de “Espionaje en España” es de Wenceslao Roces, pero no hay pruebas definitivas que nosotros sepamos».

Trapiello, en su libro «Las armas y las letras», un hermoso y documentado resumen del papel «muchas veces innoble) de los escritores de uno y otro signo en la guerra civil, rescata el asunto de la detención y desaparición de Nin, que había sido consejero de Justicia de la Generalitat:

«A Nin se le detuvo, se le trasladó a Madrid y jamás se volvió a saber de él. Desde el Gobierno que presidía el socialista Negrín, muy bien avenido con los comunistas, nunca se dio una explicación a este hecho. Según unas versiones fue conducido a Rusia y allí asesinado. Según otras, más verosímiles, Nin fue llevado a una checa comunista de Alcalá de Henares, donde sería torturado y más tarde asesinado. Su cuerpo nunca apareció. Muchos años después el destacado ex dirigente comunista Fernando Claudín diría: «la represión contra el POUM, y en particular el odioso asesinato de Andreu Nin, es la página más negra de la historia del Partido Comunista de España, que se hizo cómplice del crimen cometido por los servicios secretos de Stalin».

Y continúa Trapiello: « los pocos meses de la desaparición de Nin se publicó un libro, “Espionaje en España”, de un misterioso Max Rieger, nombre de humo tras el que se esconde con toda probabilidad Wenceslao Roces (...). Páginas amañadas, falsificadas, trucadas, donde quedaba demostrado que Nin era un agente de Franco».

Wenceslao Roces nació en 1.897 en Sobrescobio y con 16 años inició sus estudios de Derecho en la Universidad de Oviedo. Terminó su carrera en 1.919, con premio extraordinario de doctorado y una beca para ampliar conocimientos en Alemania. De allí regresó dos años después con el idioma aprendido hasta tal punto de permitirle algunas de las grandes traducciones de los filósofos germanos.

En Salamanca consigue la cátedra de Derecho Romano y se hace íntimo amigo de Miguel de Unamuno. En 1.924, tras el golpe de Estado que ascendió a Miguel Primo de Rivera, Unamuno inicia su destierro canario y Roces lo acompaña hasta Madrid. Están aún inéditas las cartas que Roces le envía a Unamuno, en ocasiones muy críticas con la postura del escritor en relación con la dictadura de Primo. Su compromiso ideológico con el marxismo se inicia con la década de los treinta, cuando pide la excedencia voluntaria de la cátedra (1.931) para vivir de no se sabe muy bien qué. En 1.933 crea la Asociación de Amigos de la Unión Soviética, una año más tarde se traslada a Asturias, tras la Revolución de Octubre, e intenta intermediar ante el ministro Ángel Ossorio para evitar una represión excesiva. No sólo no lo consigue, sino que acaba en la cárcel. Tras abandonarla se exilia en la URSS durante algunos meses y regresa con el triunfo del Frente Popular.

Max Rieger, el autor de «El espionaje en España», es un nombre de humo tras el que se esconde probablemente Roces

Es en este momento cuando inicia su breve pero muy intensa actividad política, o mejor, cuando ejerce el poder. Como subsecretario de Instrucción Pública y Bellas Artes se le recuerda por su carácter estricto, en ocasiones duro. «Siempre asumió la doctrina del partido», dice Bonilla. «Era un tipo honesto», asegura el historiador comunista asturiano José María Laso, que conoció a Roces en 1.977, en la campaña electoral en la que salió elegido senador.


Asociación Cultural Wenceslao Roces