Asociación Cultural Wenceslao Roces

 

Wenceslao Roces

De rojos y de sombras...

Respuesta al periodista Eduardo García y reivindicación de Wenceslao Roces

Por Uriel Bonilla, Vicepresidente de la Asociación Cultural Wenceslao Roces

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* Enviado para su publicación al diario asturiano La Nueva España debido a las alusiones que el periodista Eduardo García hace a algunos miembros de la Asociación Cultural WR. La carta fue firmada por la directiva de la Asociación. Fue publicada por el diario dos meses más tarde (20/07/2003) y presetando como único autor a Carlos Glz. Penalva.

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     Fue a principios de marzo cuando el periodista Eduardo García se dirigió a la Asociación Cultural Wenceslao Roces para preguntarnos por la posible relación del insigne asturiano con el libro El espionaje en España, publicado en 1.938 al calor del proceso contra el Partido Obrero de Unificación Marxista (P.O.U.M.) y firmado con el pseudónimo de Max Rieger. Previamente se había entrevistado con José María Laso Prieto, al cual estamos vinculados por afinidades y proyectos desde hace un par de años. Tomamos, pues, un largo café y charlamos de Roces largamente. Él nos habló del artículo de Andrés Trapiello del 2 de marzo en el suplemento Magazine de LA NUEVA ESPAÑA, que no habíamos leído, y del contenido de El espionaje en España, de sus proyectos periodísticos posteriores y nosotros a él de los nuestros. El resultado de su labor son dos páginas enmarcadas bajo el rótulo de «La conexión asturiana de una operación diseñada por Stalin» el domingo 16 de marzo y dos más tituladas «Una figura histórica del comunismo español que vuelve al primer plano» el domingo 23 de marzo. Hemos de admitir que nos sorprendieron ambos conjuntos, lo mismo que a José María Laso, sobre todo el primero en donde se recogen, más o menos, nuestras afirmaciones. Este pequeño artículo pretende ser, a pesar del tiempo transcurrido, una respuesta en alguna media a los escritos del periodista, para aclarar nuestra postura y, de paso, la del señor García. No se extrañe nadie de nuestra demora, estas cosas conviene sopesarlas tranquilamente y sin calar la bayoneta.

     Hay que aislar primeramente el problema histórico de la responsabilidad personal de Roces en el proceso del P.O.U.M. En este caso las fuentes son escasas. Se reducen a dos testimonios personales que sepamos: el de Julián Gorkin (miembro de la directiva del P.O.U.M) en El proceso de Moscú en Barcelona y el de Jesús Hernández en Yo fui un ministro de Stalin, escrito -al parecer- a petición del primero, ambos de 1.974. Ninguno de los dos relaciona a Roces con Max Rieger aunque el primero lo acusa de haber colaborado activamente en la elaboración de las pruebas que relacionaban a Nin con la Quinta Columna (mapa milimetrado del arquitecto Golfín con tinta simpática al dorso). Esta acusación es poco plausible ¿qué pinta un catedrático de Derecho Romano en el Gabinete de Cifra del Estado Mayor del Ejército? Quizá tuvo tiempo de aprender las técnicas del espionaje en la época en que vivió en Madrid «de no se sabe muy bien qué» como apunta cumplidamente Eduardo García. Jesús Hernández, por su parte, señala como aportación de Roces al proceso la elaboración documental de las supuestas pruebas que el fiscal esgrimió contra los acusados del P.O.U.M. Esto es, desde luego, más plausible. Y por aquí quizá se llegue a la identificación de Roces con Rieger que Andrés Trapiello creía intuir hace nueve años y que hoy afirma sin ambages y sin pruebas. A este respecto Roces es culpable hasta que se demuestre lo contrario.

     Para una asociación como la nuestra, que tiene en la figura de Roces uno de sus puntos de interés, la cuestión reviste gran importancia, por ello dedicaremos un amplio espacio al tema en nuestra página web en donde recogeremos puntualmente las aportaciones relevantes que al respecto se hagan.

     Ahora, sin embargo, cabe preguntarse, siendo los materiales son tan exiguos, con qué rellena Eduardo García espacio tan amplio. En el primero de los artículos el periodista pretende hacerse eco de una polémica que Andrés Trapiello aviva. El señor García, en realidad, la crea, puesto que ni siquiera en sus orígenes hubo tal: hubo declaraciones en dos libros ya citados que no tuvieron respuesta. Diremos mejor que Eduardo García transforma la polémica. La cuestión de la identidad Rieger-Roces es un pretexto, es el pretexto para jugar a la sinécdoque con el intelectual comunista, el Partido Comunista y el gobierno “rojo” de la República. Un juego inexacto e irresponsable, y metodológicamente peligroso, en el que todo vale y se justifica por el objetivo.

     Podríamos enfocar la estrategia general del señor García en términos de la misma propaganda marxista-leninista: la repetición de la misma doctrina mil veces la transformará en una verdad. Y así, paralelamente al juego de la sinécdoque, se aplica Eduardo García a “describir” a Roces construyendo, con evidente mala fe, no ya la conexión asturiana de Stalin, no la sombra del crimen en toda su negrura sino al propio Stalin redivivo en Sobrescobio. “Un hombre serio, eficaz, autoritario e intransigente”, “siempre desde la trastienda, desarrollando una labor oscura”, “una personalidad difícil y fanática” para remachar –magistral golpe de efecto– con la cita de un miembro de nuestra asociación: “siempre asumió la doctrina del Partido”. La cita literal de José María Laso resuena finalmente como un lamento débil y envejecido: “era un tipo honesto”, casi susurra. El día 23 la estrategia es la misma, la “descripción de los hechos” es sazonada con las opiniones personales sobre la figura de Roces y con pequeñas inexactitudes sin importancia ¿es que Orlov no era más que un seudónimo del padrecito para atribuirle el diseño de la Operación Nikolai? ¿era el P.O.U.M. realmente un partido trotskista?

     El problema es que Roces no es un comunista cualquiera como el señor García habrá advertido si ha fatigado su vista con alguno de sus muchos textos que están hoy disponibles en Internet (y en los que no se encontrarán descalificaciones contra los “socialfascistas”, ni referencias a los “traidores trotskistas” y sí un trato digno para con sus enemigos ideológicos). Claro que esto no es demasiado importante porque la llamada polémica en torno a Roces, la reavivación de su figura sólo se ha dado en la pluma de este periodista aparentemente metido a historiador. Roces era un intelectual en el amplio sentido, infatigable traductor –incluyendo Mi vida de Trotsky cuya importancia García recalca–, gran conocedor de la historia, la filosofía y la economía y era, dígase lo que se diga y ahí están sus textos y su magisterio iberoamericano para quien lo quiera comprobar en la pantalla de su ordenador (y ya que tanta importancia se le da a los testimonios), la más acabada y prestigiosa figura comunista española hasta el día de su muerte. Quizá acabar con su prestigio removiendo cadáveres sea la mejor forma de hundir la bayoneta más a fondo, hasta su misma raíz. Quizá de lo que se trata, señor García, una vez más y he aquí la sinécdoque, es de azotar cuerpos yertos a la cara de un Partido que para la general información ha reconocido sus errores públicamente y que desde 1.977 forma parte del occidental juego democrático, apuntalado en su momento con su esfuerzo. Para esto todos los medios son buenos. También la República puede ser sacrificada en el altar de la demagogia, el Gobierno “rojo” de la República asesinó a Nin y a los principales dirigentes del P.O.U.M.. No es cuestión de muertos pero ¿cuáles fueron esos principales líderes fusilados con Nin? No fue desde luego Joaquín Maurín, ni Gorkin, no fue Arquer, ni Bonet, no fue Wilebaldo Solano ¿quiénes señor García?

     En fin, si Roces fue o no Max Rieger es algo que tarde o temprano se sabrá y habremos, todos, de aceptarlo. Para los que usan de la historia como campo de batalla ya escribió Roces sabias líneas, para los que se emboscan y plantean los debates ocultando motivos y razones, también.


Asociación Cultural Wenceslao Roces