Si
bien los estudios sobre el pensamiento cubano en el siglo XIX han sido
amplios y ha predominado una valoración favorable hacia los pensadores
de estos años, en los estudios sobre los pensadores cubanos del
siglo XX , los cuales no son tan frecuentes, predominan juicios de mayor
severidad e incomprensión con los pensadores de estos años,
al utilizarce metodologías y exigencias inapropiadas. Esta situación
nos pone ante la necesidad de un estudio más profundo y detallado
de estos años.El siglo XX que acabamos de despedir, ha sido muy
dinámico y también de grandes traumas, tanto en el ámbito
mundial como nacional, y el estudio del pensamiento de estos años
exige una adecuación con estos sucesos, para los cuales Cuba
en el contexto latinoamericano y mundial no es exclusión. El
agotamiento provocado hasta entonces por la racionalidad y el modernismo,
por las promesas de las ciencias, pusieron en crisis muchos de los presupuestos
en los que se había creído de forma tan convencida durante
el siglo XIX. El dadaismo y el surrealismo en las artes, el psicoanálisis
freudiano, las remisiones al lenguaje, los avances en las ciencias y
la técnica subvierten el orden creído de tiempos anteriores
ya en sus propios comienzos.
En el caso de Cuba, el siglo se inicia con una gran
frustración nacional en los proyectos sociopolíticos y
una profunda crisis económica. Las primeras dos décadas
son muy costosas para la nacionalidad cubana por el escamoteo de su
independencia nacional y están casi vacías de producción
filosófica. Como consecuencia de la guerra del 95 quedó
un retraso intelectual en la isla y la recién inaugurada República
tardó en restablecer a intelectuales dedicados a la producción
filosófica.
Unos consideran, como Humberto Piñera Llera,
que la situación económica no dejaba espacio ni posibilidad
al pensamiento y al desarrollo de la filosofía en las tres primeras
décadas. Otros señalan el desencanto que provocó
el positivismo hacia la filosofía, lo cual hizo que tardara en
restaurarse el interés por cuestiones de tal índole. Enrique
José Varona, principal defensor del positivismo en Cuba, se defrauda,
se desilusiona de las posibilidades de la Filosofía desde el
propio 1900, y ya en 1917 abandona la Cátedra que ocupa en la
Universidad de La Habana.
Sin embargo, la filosofía en Europa en el período
posterior a la Primera Guerra Mundial y hasta la segunda, fundamentalmente
en el mundo alemán - francés, se encausaba de un modo
nuevo, con temáticas que superaban a la filosofía anterior
y que respondían a la crisis espiritual dejada por la conflagración
mundial y los cambios en la arena sociopolítica de esos años
de entreguerra.
El antipositivismo es típico tanto en Europa
como en Latinoamérica por estos años ante la crisis de
los fundamentos de las ciencias positivas, como la lógica, las
matemáticas, la física y la psicología, que habían
desbordado de esperanzas todas ellas al mundo euroccidental. Es necesaria,
dice el cubano Humberto Piñera, una nueva fundamentación
de las ciencias, y esta se encontraba ya en G. Dilthey, E. Husserl,
Bergson, M. Scheler, N. Hartmann y en Heidegger y la Fenomenología,
ciencia no de los hechos sino de las esencias, de lo que está
mas allá de lo meramente fáctico (Husserl).
Con Dilthey aparece, entre otras cosas, una nueva psicología
descriptiva fundada en el estudio de las asociaciones humanas para ver
lo individual psíquico además de su visión sobre
las ciencias humanas, su concepción de la historia y su historicismo.
Mientras tanto Bergsón se enfrentaba al antimetaficismo del positivismo,
al mecanicismo y al finalismo, proponiendo una filosofía indeterminista,
vital-orientada y la idea de que el mundo está orquestado por
un impulso vital. Así mismo el existencialismo de Heidegger propone
una reflexión nueva sobre la existencia humana, sobre el individuo,
no desarrollada por la filosofía anterior.
Todo este desarrollo de la filosofía europea,
las nuevas temáticas y corrientes, comienzan a conocerse en Latinoamérica
en parte a través de Ortega y Gasset, filósofo español
que sentó escuela en Madrid y que también comienza a ser
ampliamente conocido en el mundo hispanohablante. Además, un
hecho notorio y siempre señalado por los estudiosos de la filosofía
en el continente, es la difusión en el área de la Revista
de Occidente y los libros de esta editorial encabezada por José
Ortega que daba a conocer el estado de la filosofía franco -
germana a través de traducciones de la obra de estos filósofos.
José Ortega y Gasset consideraba que la filosofía
no se contenta con los datos inmediatos y aparentes, sino que intenta
captar el mundo en "su integridad" en "su ser fundamental",
tratando de develar el fundamento más radical de la realidad
del ser, que es según él, la vida, "la vida del hombre
de carne y hueso". Su raciovitalismo; así como su idea:
"Yo soy yo y mi circunstancia", su noción sobre que
el hombre no es un hecho sino un quehacer, y hay que ser plenamente
"yo mismo" así como su noción de mismidad y
autenticidad como dos categorías del destino humano y su concepción
sobre que "conocemos la realidad según nuestra propia y
particular circunstancia", según nuestra peculiar "perspectiva"
(histórica) marcaron al pensamiento latinoamericano posterior
y a toda la preocupación que apareció luego por la cultura
y la filosofía latinoamericanas.
En México, Argentina, Uruguay y otros países
de la región, comienza a prestarse gran atención a estas
filosofías. Una muestra de ello es la obra de A. Caso, A. Korn,
C. Vaz Ferreira, J. Vasconcelos, E. Rodó, Francisco Romero entre
otros. En Cuba, es el caso de Piñera Llera, García Bárcena
además de otros, sin destacar a aquellos que, como bien reconoce
Francisco Romero se habían dedicado al rastreo de nuestra filosofía
como Jorge Mañach, Roberto Agramonte y Medardo Vitier.
La episteme positivista evidenciaba su agotamiento
histórico en el continente a inicios de este siglo, pues en lugar
de emancipación y progreso como se había propuesto, se
había obtenido atraso. El orden político prometido había
conducido a la anarquía social y política, y la educación,
otro de los grandes proyectos, no había contribuido al fortalecimiento
de la identidad espiritual e histórica de las naciones y la cultura
latinoamericana. Por ello se comienza a reclamar un nuevo orden y un
proyecto más metafísico, pues la reducción del
hombre a su empiricidad le obliga a este a renunciar a su trascendentalidad,
y a su esencia metafísica.
Al decir de Rodó, Ariel vence a Calibán,
grosero y falto de atractivo, que es un modelo inadecuado para "las
circunstancias iberoamericanas". El positivismo, "armadura
del imperio", ha destruido los signos del universo espiritual,
dice Vasconcelos, y estos, desde una nueva perspectiva metafísica,
hay que restituirlos. Antonio Caso, Carlos Vaz Ferreira, Alejandro Korn
añaden que "el positivismo limita al conocimiento humano
a la sola ciencia y prohíbe al espíritu la especulación,
la meditación", y como señalara Vaz Ferreira, hay
que dejar que el espíritu se exprese, salga, recorra infinitos
caminos. No sólo la ciencia y la técnica hacen que la
humanidad mejore, dice Alejandro Korn, hay que subordinarla a un principio
ético. Así los problemas morales y de existencia del hombre
latinoamericano pasan a estar en primera línea de atención.
El pensamiento latinoamericano por estos tiempos está
de vuelta del positivismo, y este, está ya en etapa que presagia
el agotamiento y el descenso - dice Francisco Romero. América
se hace depositaria del espíritu universal. Bajo la influencia
del pensamiento europeo aparecen con fuerza la metafísica y nuevas
ontologías que intentan pensar el problema de nuestra cultura
e historia, unas mas originales y otras más imitativas. Al inicio,
América se hace depositaria del espíritu universal y luego
la reflexión bajo la influencia de la filosofía de la
historia de Hegel y en particular de Heidegger, centran su atención
en la historia y la cultura americana, en el hombre latinoamericano.
Todo este panorama de influencias e ideas difundidas
en la Europa referida, y en particular en el área, hace que en
Cuba aparezca una generación de filósofos los cuales van
a estar atraídos por la filosofía en un ambiente más
propicio para esta y donde son difundidos a los pensadores europeos,
a pensadores marxistas, al mismo tiempo que pensadores latinoamericanos,
muchos de los cuales pasan por la Isla como es el caso de Francisco
Romero, Jorge Astrada, García Maynez y otros. A ello se le añade
el florecimiento económico en la Isla, la aparición de
una clase social receptiva a los movimientos teóricos en boga,
así como el fortalecimiento de las elites profesionales, gremiales,
en este caso dedicados a la filosofía, pues nótese que
este empuje de la filosofía es en la filosofía académica.
Varios análisis de gran valor por su interpretación de
la realidad nacional, van a realizarce muchas veces fuera de la influencia
de este empuje de la filsofía académica con miras hacia
Europa.. Tal es la razón de por qué, de 1953 a 1959 se
gesta un proceso revolucionario que se cuestionaba la situación
social y política, las condiciones de vida inmediata de la sociedad
cubana y latinoamericana.
Pero en todo este despertar del interés por
la especulación filosófica en el país, hay un aspecto
de gran importancia, y es el contacto directo con los filósofos
españoles emigrados como consecuencia de la guerra civil española
a finales de los años treinta. Tal es el caso de José
Ferrater Mora, José Gaos, Joaquín Xirau, Eduardo Nicol,
Luis Recaséns Siches y María Zambrano en el proceso de
reanimación de la actividad filosófica nacional.
Medardo Vitier nos legaba en 1948 una tarea: "...
algún día el historiador de la vida intelectual americana
se detendrá a justipreciar la importancia del grupo de profesores
españoles hoy residentes en varias repúblicas...",
de los cuales, dice, varios de ellos ya habían dictado lecciones
en Cuba como Joaquín Xirau, José Gaos, Ferrater Mora y
María Zambrano, señalando que todos han avivado los intereses
filosóficos en su paso por las nuevas cátedras de Filosofía
confiadas a profesores capaces cubanos, aunque su influencia, dice,
no es mensurable y "la perciben solo los que tienen sensibilidad
para las finas gradaciones en el largo andar de la cultura"
Mientras en otros países de Latinoamérica
el desarrollo de la actividad filosófica era mayor, en Cuba coincide
con el resurgir de la filosofía en los institutos y en las universidades,
fundamentalmente de La Habana. Según testimonio de Gustavo Torroella,
filósofo cubano que defiende su tesis de doctor en Filosofía
a inicios de los cuarenta en la Universidad de La Habana, bajo la tutoría
de J. Mañach sobre axiología, su maestro por excelencia
fue Joaquín Xirau, además de considerar la influencia
de lecturas de Nicol, Ferrater y por supuesto de Ortega y Gasset.
Si intentamos caracterizar a los filósofos españoles
que llegan con el exilio o los filósofos transterrados como diría
el propio Gaos, debemos señalar en todos una profunda influencia
de Ortega y Gasset, aunque se haga referencia a dos escuelas: una, la
escuela catalana o escuela de Barcelona, según expresión
de Nicol (Xirau, Nicol y Ferrater Mora, etc.), y otra, la escuela de
Madrid dada a conocer así por J. Marías, compuesta por
los discípulos de Ortega (Gaos, Recaséns Siches, María
Zambrano y otros). Estos pensadores, no obstante sus diferencias tienen
en común la influencia del madrileño Ortega y Gasset.
Según José Luis Abellán, estudioso de los filósofos
españoles del exilio en América, para los filósofos
catalanes, los que menos le deben a Ortega, como es el caso de Xirau,
la influencia en sus concepciones de Max Scheler lo acercan a Ortega,
de igual modo le sucede a Nicol, quien critica la filosofía orteguiana
pero tiene una "influencia por rechazo" más que por
asimilación, y en el caso de Ferrater, señala este estudioso
hay influencias que son evidentes y se expresan por Ferrater en su libro:
Ortega y Gasset: etapas de una filosofía.
La influencia en el auge filosófico nacional
por los años cuarenta coincide además con la tradición
temática de la filosofía cubana desde el siglo anterior.
Según M. Vitier, los grandes temas de la filosofía en
Cuba hasta entonces habían estado en dos direcciones: una metodológica
y otra axiológica, la cual, señala, encontraba por estos
años (años 40) un vasto tratamiento el tema. Y otro de
los fondos en la tradición intelectual cubana hasta la fecha
es el humanismo que caracteriza al pensamiento cubano desde Varela,
Martí hasta estos años. Aunque, nótese que las
ideas desarrolladas en la Isla por estas décadas no siempre es
continuadora legítima de la tradición del siglo XIX, lo
que se evidencia en su arraigo y su reflexión descontextualizada,
es decir, alejadas de la vida política y social del país
a diferencia de los pensadores del siglo XIX.
Con esas premisas, las influencias de la filosofía
europea, de las ideas de Ortega y Gasset, más la presencia de
los filósofos españoles en un ambiente propicio para el
auge de la filosofía en la isla, hace que temáticas como
la axiológica, es decir la reflexión sobre los valores
en tiempos de crisis de valores a nivel mundial, como también
nacional, de reflexión sobre la vida y las potencialidades de
la vida humana, y otros, se desarrollen y encuentran caldo de cultivo.
Estas condiciones permiten que la obra de Xirau "Lo fugaz y lo
eterno" (1942) y "Amor y mundo" (1940) sean recepcionadas
con interés, así mismo, el historicismo, la filosofía
de la vida, y temas más metafísicos por la "generación
de los años cuarenta"
Sin embargo, la recepción y las influencias,
en el caso que nos ocupa, del pensamiento español no fue automática
ni simplemente repetitivos en todos los casos. Como considera Gustavo
Torroella, las preocupaciones por la vida hicieron que en Cuba se buscara
una respuesta y una perspectiva a la vida. El hombre y su circunstancia
lo vieron ellos por esos años como el hombre con sus circunstancias,
lo que hace resaltar este deudor de los filósofos españoles
que el empuje fue empuje y labor teórica, profesional, filosófica
con resultados críticos y propios, no meras repeticiones y asunciones
acríticas. Así mismo, las preocupaciones por los valores,
la axiología, venían también a cubrir un reclamo
de un país que forjaba valores y se preocupaba por su reflexión
teórica. María Zambrano, quien vivió en Cuba por
diez años, tuvo gran influencia en jóvenes generaciones,
y su concepción fue articulada creadoramente según criterio
del propio Torroella. Esto, por supuesto, no excluye la presencia de
discursos vacíos y meros ejercicios especulativos de elites y
gremios alejados de cualquier realidad concreta.
Humberto Piñera, quien caracteriza a la generación
de filósofos de estos años, dice que los temas que se
desarrollan en Cuba bajo todas las influencias referidas son: la axiología,
la filosofía de la vida, la fenomenología de Husserl,
el existencialismo de Heidegger y Jaspers, el intuicinismo de Bergsón
y, de modo muy especial, el perspectivismo de Ortega y Gasset, los cuales
traen como resultados un conjunto de publicaciones de filósofos
cubanos referidas a estas temáticas que comenzaron a hacerse
evidentes en las publicaciones de la época, en especial en la
Revista Cubana de Filosofía que aparece en 1946, y en las actividades
de la Sociedad Cubana de Filosofía, la cual se funda en 1948,
en las actividades del Instituto de Filosofía, que se crea en
1950, y en libros de diferentes autores de estos años.
En la década del cuarenta, el número
de filósofos profesionales, es decir dedicados a la filosofía
en plan académico, en los institutos y en la universidad comienza
a ser elevado, así como las preocupaciones por esta esfera del
saber. En 1945 surge el Grupo de Estudios Filosófico-científico
de La Habana, el cual se proponía en sus inicios llevar a cabo
una investigación lo más extensa posible de la tendencia
filosófica denominada pragmatismo, entre otros temas. Lo encabezaba
José María Velázquez, profesor de psicología
del Instituto del Vedado, y lo componían cerca de 15 filósofos.
Ellos ofrecían conferencias y otras actividades, y el 29 de octubre
de 1948 se transformó en la Sociedad Cubana de Filosofía,
según la propuesta de su miembro fundador doctor Horacio Abascal.
Sin embargo, como resultado de la preocupación por el desarrollo
de la filosofía en el país, se funda la mencionada Revista
Cubana de Filosofía, una publicación bimestral editada
por la Dirección de Cultura del Ministerio de Educación,
con un Consejo de Dirección compuesto por las figuras más
prominentes de la filosofía cubana de aquellos años: Roberto
Agramonte, Rafael García Bárcena, Jorge Mañach,
José María Velázquez y Medardo Vitier, dirigida
por García Bárcena.
Toda la década del cincuenta está acompañada
de una actividad más intensa, la cual fue abonada por los años
anteriores. Ya en esta década, la situación es de establecimiento
y cultivo de forma más sistemática y organizada que en
los cuarenta. Una prueba de ello son las actividades desarrolladas en
La habana por el Instituto de Filosofía, la Sociedad Cubana de
Filsofía y la Escuela de la Universidad de La Habana. También,
un movimiento similar, a menor escala se desarrolla en otras provincias
y ciudades como Santa Clara a finales de los años 40 y en Santiago
de Cuba.
En 1950 fue inaugurado por la Sociedad Cubana de Filosofía
el Instituto de Filosofía que tenía como función
principal la de mantener una constante actividad filosófica de
carácter académica, con un consejo de dirección
encabezado por Mercedes García Tudurí y como director
del mismo a Humberto Piñera Llera. El Instituto ofrecía
cursos académicos con un programa de conferencias que se mantienen
durante toda la década y los mismos contaban con la participación
no sólo de los miembros de la Sociedad Cubana de Filosofía,
sino con un público aún mayor.
Así, en este período, por las razones
antes señaladas se evidencia en el país a un gremio dedicado
a la filosofía, y es común escuchar, no sin argumentos,
que muchos de ellos se mantuvieron desvinculados de la realidad nacional
con un discurso inoperante y separado de cualquier exigencia real, también
con compromisos ideológicos que hacen que este núcleo
de profesores de filosofía se desmonte al triunfo de la Revolución
Cubana en 1959. Pero resulta necesario estudiar cómo esta generación
de pensadores, entre los cuales estaban Raúl Roa, Juan Marinello,
García Bárcena, G. Torroella y muchos otros que han continuado
su labor intelectual en el país, influyeron en la generación
de revolucionarios de la generación del centenario, que se formó
bajo este auge intelectual y también crítico de los años
cincuenta, protagonizando los cambios revolucionarios. Todo ello nos
pone ante el proyecto de estudio de la producción filosófica
de este período, en el cual se resalta la particular influencia
del pensamiento europeo y especialmente español del exilio el
cual ha sido la propuesta de este trabajo y lo cual apunta a la necesidad
de valorar individualmente en la obra de los pensadores cubanos las
influencias de los filósofos emigrados de España, así
como la contribución individual de cada unos de estos pensadores
españoles en Cuba por estas décadas.