El
actual momento histórico, o mejor aún, el momento presente en el
que vivimos, ha recibido un larga serie de calificativos, casi todos
ellos desde una misma posición ideológica. Se ha llamado a nuestro
momento presente la época del «fin de las ideologías», debido principalmente
a la caída del bloque socialista y el fortalecimiento de la economía
de mercado; de aquí también han surgido voces hablando del «Pensamiento
único» como ideología en la que todas las voces de protesta se disuelven,
incapaces ellas de proponer un modelo de organización política superior
o alternativo a la democracia liberal. Esta última doctrina es fruto
del conocido intelectual Francis Fukuyama, quien por cierto ha calificado
a nuestro presente con un sonoro y grandilocuente epíteto: estaríamos,
según él, en «el fin de la historia».
Si nos situamos en un terreno más estrictamente filosófico,
la época presente habría que calificarla como el resultado de «La
crisis de la Modernidad». El modelo de subjetividad con el que arranca
la Edad Moderna, iniciada por Descartes, y que logró formulación
expresa en el ideal de la Ilustración, se ha ido derrumbando por
obra y gracia del predominio de la técnica y la razón instrumental
en general, situación ya advertida por la Escuela de Frankfurt.
La disolución del proyecto ilustrado supondría el olvido definitivo
de los sueños de la razón totalizadora: ningún discurso, por el
hecho de proceder de la sociedad occidental y su tradición de pensamiento,
es más legítimo que cualquier otro. La Modernidad y la Razón totalizadora
han dado paso a la Postmodernidad y el pensamiento fragmentario,
a la Globalización heterogénea en la que todo da lo mismo, apariencia
y verdad, realidad y ficción. Ocurren guerras a miles de kilómetros
de distancia, y pensamos que ni siquiera han tenido lugar, como
ha insinuado Jean Baudrillard en uno de sus últimos libros.
Sin embargo, todos estos supuestos se desmoronan
cuando empiezan a aparecer, y no por fruto del azar precisamente,
toda una serie de contraejemplos. No sólo las guerras tienen lugar
realmente, sino también los atentados; a través de la televisión
en directo podemos ver los mismos fotones de luz que contemplan
los neoyorquinos cuando dos aviones explotan en las Torres Gemelas
y ambas se vienen abajo; en el mismo mundo en el que todo vale lo
mismo, algunos sujetos no dudan en inmolarse en nombre de una fuerza
superior, mientras a otros les basta con el terrorismo callejero
o de baja intensidad; en ese mismo mundo, mientras unos viven la
ilusión de la revolución en las aulas para conseguir el mísero propósito
del aprobado general y la estulticia generalizada, otros, que ni
siquiera saben quiénes son tales hijos de papá, sueñan con dejar
una actividad que es de por sí alienante y nada deseable: el trabajo;
etc., etc.
Se podrían seguir discutiendo y enumerando ejemplos,
pero con tales situaciones del Presente en el que estamos inmersos
ya tenemos suficiente material para pensar el tiempo. ¿Acaso
necesitamos más excusas para decir que es tiempo de pensar?