Prólogo

«El humanismo de nuestra época.
Wenceslao Roces»

por Pablo Infiesta


Cuadernos Edición Popular. nº 7
Asociación Cultural Wenceslao Roces. Gijón, 2004


Portada del cuaderno nº 7 al que pertenece este prólogo         La producción intelectual de Wenceslao Roces, gestada a la sombra de su colosal labor de traducción, es prácticamente desconocida en nuestro país. Muchos de los que se acerquen a éstas páginas conocerán al traductor de obras de la talla de El Capital o la Fenomenología del espíritu; e incluso algunos reconocerán que sin una tarea tan compleja, laboriosa y meritoria como poco agradecida, la implantación en España de la filosofía contemporánea en general y del materialismo en particular no se habría producido. Más difícil será encontrar a quien haya transitado algún texto original de Roces y reivindique su faceta de teórico marxista. No faltan, sin embargo, albaceas del marxismo español que describen a Roces como un individuo gris, condenado a la ignominia de la traducción por carecer de la brillantez y los conocimientos suficientes para desarrollar una obra sustantiva; en este caso, la denuncia de la supuesta ignorancia ajena no es más que una impúdica exhibición de la propia.

Con esta iniciativa de publicación de textos originales, la Asociación Cultural Wenceslao Roces pretende recuperar y difundir una obra escasa, fragmentaria, pero revestida del mayor interés en el ámbito de la filosofía marxista española. Interés que el lector puede constatar a través del texto que tiene entre manos, transcripción de una conferencia pronunciada en 1954 bajo el rótulo “El marxismo, humanismo de nuestra época”. 

Un título que puede inducir a la confusión en cuanto a la temática del texto. Sin embargo, en 1954 aún faltaban dos años para el XX Congreso del PCUS, y alguno más para que comenzase la encarnizada polémica entre humanistas y antihumanistas en el seno del marxismo europeo. No encontraremos aquí, por tanto, ninguna de las doctrinas características del marxismo humanista elaborado desde posiciones afines al reformismo y la socialdemocracia.

En estas páginas, Roces realiza una exposición general de la filosofía marxista, desde su génesis hasta su estado en el presente del autor. Aunque el estilo intenso, vehemente, apasionado, raye en ocasiones con lo apologético, la postura de Roces está en las antípodas del dogmatismo: El marxismo, observado con lucidez, aparece planteado en términos problemáticos, críticos, lo que aleja al texto de las habituales exposiciones manualescas, y le otorga una plena actualidad. Frente a las interpretaciones escolásticas que consideran al materialismo marxista como una verdad necesaria, intemporal, independiente de toda determinación histórica, en suma, como un saber exento del presente en el que se desarrolla, válido para todo tiempo y lugar, Roces plantea una filosofía histórica, social, dinámica, en constante desarrollo, una filosofía inmersa, determinada por las condiciones económicas, sociales, culturales, científicas, técnicas, políticas, etc. de su tiempo. [1] Desde esta perspectiva, el concepto de revisionismo, más allá de su uso específico para designar una doctrina determinada, a saber, la teoría de Kautsky y todas aquéllas que le pudieran ser asimilables, pierde todo sentido. Pues el materialismo de inspiración marxista, si pretende ser fiel a sus principios, debe estar constantemente revisándose, reelaborándose en función de las transformaciones que se producen en los distintos órdenes de nuestra realidad, partiendo del estado de los saberes de su tiempo. Lo que es ingenuo, metafísico, idealista, antimarxista por tanto, es mantener que una teoría elaborada en el contexto de la revolución industrial y el desarrollo científico-técnico acontecido en el siglo XIX, puede dar cuenta de los problemas suscitados por una realidad, la del siglo XXI, infinitamente más compleja. La renuncia al escolasticismo, por tanto, no implica  la renuncia al marxismo, sino la oposición a convertir cada tesis, cada conclusión de Marx, Engels o Lenin en un dogma irrenunciable: Desde una postura materialista, las doctrinas de Marx seguirán teniendo alguna relevancia en la medida en que aún se muestren como las herramientas conceptuales más potentes de las que disponemos para afrontar el análisis racional de nuestro presente. Pues la verdad no se justifica en un plano teórico, ideal, sino en la praxis.

También Roces asume este principio: El marxismo no se justifica por sí mismo, no es un conjunto de axiomas cuya verdad sea demostrable en sí. En cuanto filosofía crítica, dialéctica, la verdad del materialismo reside en su capacidad para dar cuenta del resto de alternativas teóricas, revelándose más potente, imponiéndose como la única alternativa posible en tanto que las demás aparecen negadas. Consciente de lo que venimos exponiendo, Roces utiliza esta estrategia para legitimar el marxismo en su presente, declarando al resto de filosofías como doctrinas irracionalistas: El marxismo es el último reducto del racionalismo frente al relativismo imperante, tal y como plantea Lukács en El asalto a la razón.

El diagnóstico de Roces, ya cierto en su época, lo es aún más en la nuestra, donde la filosofía analítica, el posmodernismo, el pragmatismo y el relativismo científico dominan la filosofía académica. La realidad se convierte en lenguaje, en una proyección subjetiva de la conciencia; la historia en relato, en ficción; la ciencia en mera conjetura, en un paradigma dependiente de los intereses de quienes lo sostienen; la verdad en creencia, opinión o pura apariencia; el bien en eficacia. Todo es relativo, todo vale, cada individuo, cada colectivo a lo sumo, tiene su realidad y su verdad, tan válida como cualquier otra, que los demás han de respetar desde la inviolable tolerancia. Partiendo de estos presupuestos, los distintos individuos o grupos podrán alcanzar consensos, libres de toda coerción, a través del diálogo pacífico y razonado; nadie podrá intentar imponer sus concepciones a ningún otro. Resultado: La crítica racional, sin ningún asidero objetivo, se hace imposible. Nada habrá que oponer objetivamente, por tanto, a los planes y programas de las grandes superpotencias mundiales, a la situación del denominado “Tercer Mundo”, a la explotación de millones de seres humanos, a las vejaciones y privaciones que sufren las mujeres en determinados contextos culturales, también relativos, sustantivos y respetables… porque, a lo sumo, cada uno podrá expresar libremente su opinión, siendo ésta equivalente a la de quien defiende la invasión de un país para ejercer un colonialismo depredador, el cobro íntegro de la deuda externa, el aumento de la jornada laboral, o la ablación del clítoris. Ahora bien, más allá de las abstracciones ideales exigidas por la teoría de la acción comunicativa de J. Habermas o la teoría de la justicia de J. Rawls, paradigmas de la filosofía moral y política imperante en la actualidad, lo cierto es que, en el plano efectivo, unos pocos se encuentran en posición de promocionar, difundir y, lo que es más importante, imponer y ejercitar sus ‘opiniones’ e intereses; mientras que otros muchos están privados incluso del arma de la crítica, por mucho que se les permita vocear a sabiendas de que, desde las coordenadas trazadas, el más potente de los argumentos es tan estéril como el balbuceo de un bebé. Esta es la cara oscura de la ideología de nuestro tiempo, derivada de la filosofía idealista promocionada por las democracias liberales hegemónicas e inspirada en gran medida en los autores que Roces criticaba 50 años atrás [2]

Del texto de Roces, el lector contemporáneo puede extraer la siguiente lección: el materialismo, que tiene como referente histórico fundamental a Carlos Marx, pero que no puede renegar de las aportaciones posteriores, es una filosofía inacabada, abierta, en continua elaboración. Una filosofía, eso sí, rigurosa y precisa, construida sobre las sólidas bases de los saberes de primer grado, esto es, las disciplinas científicas y técnicas, y solidaria del racionalismo más estricto. Una filosofía, por supuesto, inmersa en la realidad que le da origen y comprometida con su análisis, crítica y transformación. Una filosofía, también, que reconoce sus aspectos problemáticos e intenta resolverlos. 

         Una de las cuestiones que aún hoy suscitan un enconado debate en el seno del marxismo, a saber, el determinismo economicista, es analizada por Roces. Partiendo de la tesis según la cual la conciencia está determinada por el ser social, y de la consideración de las relaciones entre base y superestructura en un sentido unidireccional y especular, algunas corrientes del marxismo consideran a la base económica como la causa única de toda realidad superestructural, y por tanto únicamente conceden eficacia a las transformaciones económicas generadas por las contradicciones objetivas entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción, siendo el hombre un títere movido por los hilos de las leyes de la historia.

         Sin embargo, es palmario que, si la determinación material de la conciencia se diera de forma férrea, mecánica, ninguna conciencia podría escapar a dicha determinación, y por tanto la crítica marxista sería imposible. Y es que, aún  cuando “la conciencia está determinada por el ser social”, el ser social de occidente está lo suficientemente desarrollado como para conformar una conciencia capaz de ejercitar una crítica racional sobre las propias condiciones materiales que le dan origen, hasta el punto de hacerse consciente de la propia determinación, pudiendo así superarla. Quizá cabría leer en esta clave las palabras de Espinosa según las cuales “la libertad es la conciencia de la necesidad”. Ejemplo paradigmático es el de Marx, quien, gracias al desarrollo de los saberes críticos de su época (Filosofía, Economía, Biología, Historia, etc.) logra sistematizar la problemática que venimos exponiendo y  realizar una crítica de la ideología (entendida aquí como representación deformante de la realidad). Se podrá argüir que la ciencia es una fuerza productiva que forma parte de la base económica, no sin razón. Lo cual no es óbice para que sus teoremas puedan ser considerados como estructuras esenciales en las cuales las operaciones de los sujetos (que constituyen su componente subjetivo) quedan segregadas, alcanzando así un rango de objetividad y universalidad [3] . Así, la conciencia no sólo está determinada por la base económica, sino que tiene múltiples referencias “superestructurales” que sirven de fundamento para realizar una crítica de los factores que la determinan y acometer su transformación; pues también la superestructura determina a la estructura. Negando esta tesis, marxismo y comunismo serían imposibles. Es necesario conceder cierta efectividad a la potencia de las superestructuras, capaces de encauzar la energía transformadora derivada de las contradicciones planteadas por el desarrollo de las relaciones de producción. Pues si el voluntarismo extremo es idealismo, el economicismo exacerbado no deja de ser un materialismo vulgar y ramplón anclado en el mecanicismo dieciochesco. Sólo una concepción dialéctica de las relaciones entre base y superestructura respecto de la génesis, crítica y sustitución de las ideologías puede constituir una perspectiva adecuada desde la cual abordar el problema.

         En conclusión: Después de la caída de la Unión Soviética, el materialismo de raigambre marxista carece de una plataforma objetiva de sustento y promoción, y sociológicamente sucumbe ante la avalancha ideológica generada por las democracias liberales. Sin embargo, enfrentado a las distintas alternativas teóricas que se proponen, el materialismo, tal y como lo hemos caracterizado, se presenta todavía hoy como la única opción posible para todo individuo que pretenda ejercitar una filosofía racional y crítica, capaz de dar cuenta de los problemas suscitados por nuestra compleja realidad  y, por tanto, de transformarla adecuadamente: Frente a las filosofías de cuño nihilista, el marxismo es, para Roces, un humanismo, en tanto que privilegia el papel del hombre en cuanto constructor de una realidad objetiva a través del ejercicio de su racionalidad práctica: No hay instancias trascendentes ni realidades incognoscibles; el hombre puede conocer el mundo en cuanto que lo construye; pero no como conciencia subjetiva e individual, sino como sujeto operatorio que realiza transformaciones materiales objetivas mediante la producción. El marxismo es además un humanismo porque sólo desde la asunción y realización de los postulados fundamentales del materialismo puede el hombre desarrollar su plena potencialidad: Por mucho que se empeñen neohegelianos como Fukuyama en afirmar lo contrario, en el marco del capitalismo, que exige la explotación y la desigualdad para su mantenimiento, no todo lo real es racional; es tarea de todo sujeto responsable, consciente de sus capacidades y de los resultados objetivos de sus actos y omisiones, contribuir a la construcción de una realidad lo más racional posible.

Pablo Infiesta
septiembre 2004

 



[1] Para un desarrollo de las concepciones de la filosofía utilizadas para distinguir la postura de Roces de las interpretaciones dogmáticas del marxismo, víd. Bueno, G.,  ¿Qué es la  filosofía?, Pentalfa, Oviedo, 1996.

[2] Para una concisa exposición de las corrientes actuales de filosofía, mediante la cual se puede evaluar la pertinencia de las tesis aquí expuestas, víd. Izuzquiza, I., Caleidoscopios. La filosofía occidental en la segunda mitad del siglo XX, Alianza, Madrid, 2000.

[3] Víd. Bueno, G., Teoría del cierre categorial, Vol. I., Cap. 3 ‘Sobre la estructura general de la ciencia, sus principios y modos, y teoría de la verdad científica’, Pentalfa, Oviedo, 1992.