Curso «Marxismo: Pasado y presente» (Sesión 6ª)

 

LA TEORÍA ECONÓMICA MARXISTA

ALGUNOS DEBATES EN EL PERIODO DE LA IIª Y IIIª INTERNACIONAL

Francisco Erice

 

1. EL CUESTIONAMIENTO DE LA HERENCIA DE MARX. 

 

            Al igual que el resto de la obra de Marx, su teoría económica no se difundió con la rapidez que, al menos por su importancia, cabía esperar. La influencia que comenzaría a ejercer, ya desde fines del siglo XIX, fue, desde luego, muy superior en los círculos militantes y en el seno del movimiento socialista, que en los ambientes académicos. En cuanto a estos últimos, los cambios de la Economía burguesa desde la década de 1870 (la “revolución marginalista” y el triunfo de la llamada escuela neoclásica) dificultaron la asimilación de una  teoría (la de Marx) que, además de sus claras connotaciones revolucionarias, respondía en sus parámetros esenciales (temas, enfoques) a los moldes teóricos de una Economía clásica que los nuevos economistas se esforzaban por criticar o rechazar.

            Por lo que se refiere al movimiento socialista, ámbito natural de recepción de las tesis de Marx, las actitudes que nos encontramos oscilan entre dos polos opuestos: el rechazo total o parcial, protagonizado por el llamado Revisionismo en sus diversas manifestaciones; y la aceptación y desarrollo crítico, incluyendo la puesta al día y la incorporación de nuevos problemas (caso de los monopolios o el imperialismo), por parte de quienes admitían el marco general y gran parte de los desarrollos concretos de la obra de Marx.

            Bueno es, en todo caso, apuntar dos rasgos fundamentales del marxismo económico de la II y la III Internacional. El primero tiene que ver con la diversidad de planteamientos acerca de las cuestiones básicas de la teoría marxista (problema del valor y la transformación de valores en precios; las crisis económicas y el hipotético derrumbe del capitalismo; el problema de la realización de la plusvalía, etc.) o de las que el contexto histórico de la época obligó a añadir a los planteados por Marx (monopolización de la economía, imperialismo, construcción del socialismo, etc.). El segundo es una enorme proliferación de trabajos y análisis, pero con un rigor o una originalidad en modo alguno comparables a los del propio Marx, cosa que se reproduce en otros campos del marxismo (como la teoría de la historia). La explicación de dos estudiosos del tema que se resume en el texto citado a continuación, referida sobre todo al período que se abre en torno a 1910, pero en parte extensible a toda la etapa que analizamos,  subraya tanto la importancia del contexto histórico como las condiciones del trabajo teórico de los intelectuales y dirigentes socialistas de entonces:

“Una serie de factores políticos explican la desusada producción intelectual de estos años respecto al tema de la base económica del modo de producción capitalista y el imperialismo. Son los años del auge del revisionismo en el seno de la II Internacional, de la bancarrota definitiva de ésta, de la lucha a muerte contra  el ‘socialpatriotismo’ y la guerra; al mismo tiempo, son los años en que las contradicciones interimperialistas se agudizan hasta dar lugar a una crisis mundial sin precedentes por su extensión, su intensidad y sus consecuencias. Estos hechos, como ya veremos, influyen a veces, y no siempre de forma positiva, en los análisis. Todos los teóricos de la “segunda generación” son, en mayor o menor grado, personas muy ligadas  a sus respectivas organizaciones. El trabajo político de todo tipo (organizativo, polémico, propagandístico, y hasta parlamentario en el caso de los alemanes) ocupaba la mayor parte de su tiempo y las tareas de investigación teórica se abordaban generalmente entre paréntesis, cuando las necesidades de la lucha política lo hacían casi inevitable. Ni Lenin ni Rosa Luxemburgo, por ejemplo, podían permitirse el ‘lujo’ que había podido permitirse Marx: dedicar años y años casi exclusivamente al estudio. Esto tiene dos consecuencias que no hay que olvidar: por un lado, se advierte un tremendo desnivel entre el carácter minucioso, sistemático y exhaustivo, científico en el pleno sentido de la palabra de las obras de Marx (lo cual no quiere decir que fuera infalible) y el más apresurado y menos riguroso (en cuanto a la acumulación de datos y fuentes, e incluso en cuanto al planteamiento de los problemas) de la mayoría de sus discípulos; por otro lado, las exigencias de la lucha política del momento condicionan mucho más los análisis económicos de un Lenin o una Rosa Luxemburgo, a veces en detrimento incluso de su propia coherencia interna” [1]  

 

1.1. La Economía neoclásica y la “revolución marginalista”.

            Entre la aparición del libro I deEl Capital y los dos restantes, tiene lugar, en la Teoría económica, un cambio de tendencia, habitualmente identificado con el tránsito hacia el predominio de los esquemas neoclásicos, y que parte de la llamada revolución marginalista. El momento de inflexión habría que situarlo en la década de 1870. Por entonces, casi simultáneamente, “descubren” y comienzan a aplicar el concepto de utilidad marginal el inglés William Stanley Jevons ( Teoría de la Economía Política, 1871), el austríaco Carl Menger (Principios de Economía, 1871) y el francés Leon Walras (Elementos de economía política pura, 1874). Los primeros trabajos importantes de Böhm-Bawerk, discípulo de Menger y, como veremos, crítico del marxismo, aparecen en la década de 1880. La síntesis neoclásica de Alfred Marshall, Principios de Economía, data de 1890.

            Algunos historiadores del pensamiento económico han subrayado los rasgos de continuidad entre clásicos y neoclásicos [2] ; pero lo cierto es que las discontinuidades son evidentes, habiendo sido apuntadas a menudo por los mismos marginalistas. Jevons, por ejemplo, afirmaba que Ricardo “desvió la locomotora de la ciencia económica hacia un mal camino”. Para disipar algunas dudas acerca de las razones de este rechazo, las observaciones de Böhm-Bawerk pueden ser ilustrativas de sus motivaciones, políticas en ultima instancia; para él, Smith y Ricardo eran  “los padrinos involuntarios de la teoría de la explotación”.

            Las diferencias entre una y otra escuela o corriente de pensamiento económico podrían básicamente cifrarse en las siguientes:

a)      Los sistemas de Jevons, Menger, Marshall, etc., son de equilibrio estático, frente a los de los clásicos, mucho más preocupados por el crecimiento y la acumulación.

b)      Los neoclásicos desplazan la problemática desde la producción a la demanda y el consumo.

c)      Los neoclásicos tienen una concepción del valor fundamentalmente subjetiva. Parten del homo oeconomicus  abstracto, racionalizador y maximizador de utilidad. Desde sus necesidades y demandas subjetivas (Jevons habla de la Economía como “cálculo de placer y dolor”) se construye el sistema económico en general.

d)      Losa problemas de la distribución se centran, con los neoclásicos, básicamente en la formación de los precios, lo cual ignora las circunstancias sociales de los oferentes de los bienes y servicios; los neoclásicos excluyen los problemas de la propiedad y las clases, partiendo de la situación fáctica existente.

e)      Los neoclásicos creen, como sus antecesores, en algunos principios liberales básicos, como la libertad económica, pero los clásicos la veían sobre todo  como un medio de asegurar mejor el crecimiento, y los neoclásicos consideran su utilidad para el mejor empleo de las capacidades de producción existentes en el momento.            

La economía neoclásica es, pues, fundamentalmente subjetivista, con una base filosófica estrechamente emparentada con el utilitarismo de Bentham; para Jevons, por ejemplo, la maximización de la utilidad es a la Economía lo que las leyes del movimiento a la Física. Con ellos la Economía se aparta de la Historia y se pasa de hablar de Economía política a hacerlo básicamente de Ciencia Económica o Economía a secas.

            El subjetivismo afecta a la misma concepción de lo que en los clásicos, y sobre todo en Marx, es un elemento central: el valor-trabajo. Según Jevons, el trabajo no puede ser causa del valor de los bienes, porque su empleo precede, a veces por mucho tiempo, al momento en que el bien es consumido, y la práctica de los intercambios no “reconoce” esta base [3] . Para Marshall, tan productivas son la tierra y el capital como el trabajo, siendo los salarios una recompensa al trabajo tanto del obrero como del empresario que sacrifica su consumo para invertir; ello significa –como se ha señalado- un esquema de la distribución de la riqueza “funcional”, a diferencia de cualquier modelo “clasista”. Las bases del intercambio no están, pues,  en el trabajo incorporado, sino en la escasez y la utilidad de los bienes. El austríaco Menger desarrolla, en ese sentido, un concepto de valor bastante distintos del de los padres de la Economía política moderna: 

“Valor es la significación que unos concretos bienes o cantidades parciales de bienes adquieren para nosotros, cuando somos conscientes de que dependemos de ellos para la satisfacción de nuestras necesidades (...) (...). El valor de una cantidad parcial de la masa de bienes disponibles es, para una persona determinada, igual a la significación que para ella tienen las satisfacciones de necesidades menos importantes de entre las que están aseguradas por la cantidad total y que podrían satisfacerse con una igual cantidad parcial” [4]

            Según Jevons, en un sistema de libre intercambio, cada individuo adapta constantemente sus compras a los precios de forma que las satisfacciones que obtenga sean máximas, lo cual redunda en una mayor utilidad colectiva:

“En la medida en que estos es compatible con la distribución de riqueza en cada comunidad, todas las mercancías se distribuyen por medio del cambio de tal forma que se obtiene el máximo de satisfacciones; por consiguiente, una perfecta libertad de cambio tiene que ser ventajosa para todos” [5]  

            El concepto de utilidad marginal de estos autores es clave para su análisis de los precios en concreto y de la Economía en general. Los hombres tienen muchas y variadas necesidades; en las que no pueden satisfacerse mediante bienes que se encuentran ilimitadamente en la Naturaleza  y por tanto no son bienes económicos (como el aire), es necesaria una elección, puesto que se dispone de una cantidad limitada de dichos bienes. La intensidad de nuestras necesidades va decreciendo a medida que consumimos un determinado bien (por ejemplo un alimento). Pero la utilidad económica concreta no depende sólo de su capacidad abstracta para satisfacer su necesidad, sino también de su escasez (el diamante  es menos útil que el carbón, y sin embargo su valor es superior).

            Si dividimos un bien en unidades o porciones–continúa el razonamiento-, veremos que la primera satisface un grado intenso de necesidad, y que ésta luego va decreciendo; la utilidad marginal o final es la de la última unidad disponible del bien; es tanto más elevada cuanto menor es la cantidad disponible del bien respecto de la necesidad. La relación de equivalencia entre dos bienes es igual a la relación entre sus respectivas utilidades marginales. Si dividimos la utilidad de un bien a por su precio (Ua/pa) obtenemos la utilidad marginal ponderada. El individuo, al satisfacer sus necesidades, empieza por destinar los bienes disponibles a las más urgentes, y así sucesivamente, procediendo de tal modo que al final resultarán iguales las utilidades marginales de los bienes empleados; tratándose de dinero, las utilidades marginales ponderadas serán iguales. En la economía monetaria, las utilidades marginales se equilibran con los precios, es decir, cada sujeto aumenta sus consumos individuales hasta el punto que las utilidades marginales resultan proporcionales a los precios. La última peseta gastada en los distintos consumos  debe poseer la misma utilidad marginal.

            En este sistema de consumidores abstractos y racionales, si la condición de proporcionalidad entre las utilidades marginales y los precios no se cumple por todos los individuos, algunos modifican sus demandas de bienes, lo que dará lugar a modificaciones en los precios. Por consiguiente los precios normales de los bienes son aquéllos que satisfacen la condición de igualdad de las utilidades marginales ponderadas; no hay que buscar en otra parte la explicación de la relación de intercambio. La comparación entre las utilidades marginales se usa para explicar todos los problemas de la economía privada: el problema de la producción, considerando el coste como utilidad negativa, el problema del cambio y el equilibrio económico. La curva de demanda de una mercancía estaría determinada por la intersección de las curvas de demanda individuales, determinadas a su vez por la utilidad marginal que esa mercancía tiene para el sujeto económico. La relación entre utilidad positiva y negativa (coste) determina al producción (o sea la oferta) y el cambio (es decir, el precio).

  

1.2. La crítica de Böhm-Bawerk al marxismo.

            Resulta evidente, por lo ya dicho, que la Economía neoclásica se sitúa en las antípodas del análisis marxista. Dentro de esta tendencia, el autor que afronta más directamente la crítica a Marx es Eugen Böhm Bawerk, descendiente de una familia aristocrática y de altos funcionarios del Imperio austro-húngaro, destacado economista de Viena y miembro de la llamada escuela austríaca. Aunque ya había desarrollado algunas críticas anteriores, es sobre todo la aparición del Libro III de El Capital (1894) lo que suscita la publicación de su texto más conocido en ese sentido, “La conclusión del sistema de Marx” (1896).

            Böhm-Bawerk se centra especialmente en el concepto de valor y en la ley del valor, puntos que considera, muy justamente, “los pilares fundamentales del sistema marxiano”. Su crítica parte de la concepción subjetivista del valor y de los principios de la Economía marginalista, por lo que su escrito puede ser considerado de algún modo –en palabras del marxista norteamericano Paul M. Sweezy- “casi la respuesta oficial de los economistas de profesión a Marx y a la escuela marxista”:

“Böhm-Bawerk escribe en una época en que la teoría del valor subjetivo recogía sus máximos triunfos y era aceptada como base por importantes economistas académicos. Junto a otros exponentes, estaba totalmente convencido de que la economía había alcanzado por fin el estatuto de ciencia genuina; y consideraba un hecho consolidado sin necesidad de ulteriores argumentaciones que los problemas tratados por él y por sus colegas (tanto en Austria como en el exterior) eran ‘los’ problemas que la joven ciencia debía tratar de resolver” [6]   

            Para el economista austriaco, existía una contradicción básica entre el Libro I de El Capital, donde se enuncia la teoría del valor-trabajo, y el III, donde Marx se aproxima al tema de los precios, en la medida en que en éste último llega a admitir  que los precios no son proporcionales a los valores; y no vale decir que los valores determinan a los precios “en última instancia:

“El tercer volumen de Marx desmiente al primero. La teoría de la cuota media de ganancia y de los precios de producción no es compatible con la teoría del valor (...) (...)

Pregunto yo ahora: ¿contienen este estado de cosas una confirmación o una refutación de la tesis por la que en ´`ultimo análisis es la ley del valor la que determina los precios de producción? Creo que no puede ponerse en duda ni por un instante la respuesta:  la ley del valor pretende que la cantidad de trabajo determine sólo las relaciones de cambio; los hechos demuestran en cambio que no son únicamente la cantidad de trabajo o los factores homogéneos a la misma los que determinan las relaciones de cambio. La relación que se da entre estas dos tesis es de sí o de no, de afirmación o de refutación. Quien reconozca la segunda tesis –y la teoría de Marx sobre los precios de producción contiene precisamente ese reconocimiento- contradice de hecho la primera. Y si Marx realmente creyó no haberse contradicho a sí mismo y a su primera tesis, es porque se dejó engañar por una grosera confusión” [7]    

            Marx, en ese sentido, habría heredado tesis ya planteadas por Smith y Ricardo, pero que éstos no habían llegado a justificar; amparado en la autoridad de esos nombres ilustres, Marx, “ardiente socialista, les creyó con entusiasmo”.

            El trabajo , según Böhm –Bawerk, no explica el precio de los bienes, que tienen otras propiedades comunes además de ser objeto de trabajo humano; por ejemplo, ser escasos, o susceptibles de oferta y demanda. Marx habría pasado por alto, sobre todo, el papel fundamental de la concurrencia y los impulsos psíquicos de los actores:

“La ‘concurrencia’, como señalé antes, es una especie de nombre colectivo para todos los impulsos y los motivos psíquicos que regulan el comportamiento de las partes en el mercado y que por eso influyen en la fijación de los precios. El comprador tiene sus motivos que persigue en la adquisición y que le proporcionan una cierta directiva respecto del nivel de los precios que se dispone a ofrecer desde el comienzo o en caso extremo. Asimismo, el vendedor y el productor tienen sus motivos, los que los inducen a ofrecer sus mercancías a ciertos precios y no a otros, a continuar o directamente a aumentar la producción si existe un determinado nivel de precios, o a interrumpirla si el nivel es otro. Todos estos impulsos y motivos determinantes confluyen en la concurrencia de los compradores y de los vendedores; quienquiera que para explicar la formación de los precios se remita a la concurrencia, se remite pues en esencia, bajo este nombre colectivo, al juego ya  los efectos de todos esos motivos e impulsos psíquicos que han guiado a  ambas partes en el mercado” [8] .

            Refutar las teorías de Marx, a juicio de Böhm-Bawerk, no significaba “la superación del socialismo, ni teórico ni práctico”. El socialismo había existido antes de Marx y continuaría haciéndolo después. “Pienso -añadía- “que sus mejores dirigentes no dejarán de tratar de engancharse oportunamente a un sistema científico más vital” [9] . Böhm-Bawerk no dejaba de tener razón a su manera; muchos socialistas de fines del XIX y principios del XX (lo discutible es precisamente que fueran “los mejores”) intentaron descolgarse del sistema marxista por sus implicaciones revolucionarias y se aproximaron, entre otros, a la economía marginalista: son los llamados revisionistas.

1.3. El desafío revisionista.

            No es éste el lugar, ciertamente, para hablar en general del llamado Revisionismo, cosa que deberá hacerse en otro momento del presente Curso. Nos limitaremos, tal como procede ahora, a resumir algunos planteamientos revisionistas que se relacionan más directamente con la Teoría económica y con los debates de la época en este campo [10] .

            Como ya observaron Lenin y Rosa Luxemburgo, a pesar de su relativa  homogeneidad, el Revisionismo bernsteiniano no era una creación de nueva planta, sino una síntesis de críticas al marxismo de origen burgués, pequeñoburgués y socialista-reformista; Rosa Luxemburgo comparó agudamente el sistema de Bernstein con un “enorme montón de escombros”. Esta caracterización también puede hacerse de  otros revisionistas o que defienden posturas similares, como los llamados socialistas fabeianos en Inglaterra o los marxistas legales rusos.

            Comenzando por los fabianos (puesto que cronológicamente son los primeros que empiezan a plantear estas ideas), es evidente la influencia que en sus ideas ejercen los marginalistas, concretamente Jevons.. De hecho la difusión de los planteamientos jevonianos en la década de 1880 se debió sobre todo a los intelectuales fabianos  (BernardShaw, Sydney Webb y otros). No obstante, más que reemplazar las tesis marxistas por las marginalistas, lo que pretenden en general es combinarlas o compatibilizarlas. Se trata de contemplar, junto al valor de cambio, los elementos propios del valor de uso de los bienes. Así lo señala Bernard Shaw, que plantea que, al igual que se trata del trabajo abstracto como productor de valor de cambio, podría hablarse también de utilidad abstracta:

“Igual que existe un trabajo específico y un trabajo abstracto, existe un valor de uso específico y un valor de uso abstracto. Fijar las cosas entre sí y limpiarlas son dos formas de hacer una misma cosa, es decir, satisfacer necesidades humanas. Si abstraemos los aspectos específicos de la utilización del jabón y de las agujas del mismo modo en que abstraemos los aspectos específicos del trabajo del productor de jabón y del productor de agujas, quedará la ‘utilidad abstracta’ que es común a ambas mercancías, del mismo modo que ambas tienen en común el trabajo humano abstracto” [11]                      

En general, las corrientes revisionistas niegan total o parcialmente las teorías del valor-trabajo y la plusvalía; no en vano en ellas se sustentan, en gran medida, las posiciones revolucionarias del marxismo. Esta actitud se encuentra entre los llamados marxistas legales rusos, cuyo carácter marxista en todo caso cabe entrecomillar. Es el caso de Tugan Baranowsky, que por cierto reivindica un cierto socialismo utópico e impregnado de elementos éticos (otro aspecto éste, el del eticismo, también muy típico del revisionismo). Tugan Baranowksy piensa que, en la creación del sobreproducto, no hay diferencias entre la fuerza de trabajo humana y los elementos inanimados que participan en el proceso de producción, rechazando además, de paso, las tesis sobre el descenso de la tasa de ganancia, y defendiendo una visión del proceso de acumulación del capital básicamente armonicista.

En la socialdemocracia alemana, precediendo a Bernstein (que, por cierto, fue muy influido por los fabianos), Conrad Schmidt proponía el retorno a Kant (por tanto un socialismo más basado en elementos éticos) y consideraba ambigua la ley del valor. Bernstein, por su parte, la figura más conocida del revisionismo, recoge y sintetiza ésta y otras influencias.

El trabajo más conocido de Bernstein, Premisas del socialismo y tareas de la socialdemocracia, saler a la luz en 1899, pero en los años anteriores había sido precedido  por una serie de artículos donde el conocido dirigente socialdemócrata alemán defendía posturas similares, de revisión a fondo del legado de Marx en todos los campos. En efecto, si en política abogaba por una vía gradualista y pacífica, desde el punto de vista teórico rechazaba el carácter de clase del Estado y de la democracia, y sobre todo, cuestionaba elementos fundamentales del diagnóstico y la conceptualización de Marx, que por cierto a veces parece no interpretar  demasiado bien [12] . Partiendo también de esquemas muy impregnados de neokantismo, Bernstein insistía sobre todo en lo que consideraba errores de las predicciones de Marx. Así, la pauperización de los trabajadores y la polarización social no se habrían producido,  y la evolución del capitalismo no avanzaba hacia el colapso o la propia destrucción, sino que las crisis se suavizaban gradualmente e iban siendo absorbidas o recuperadas por el sistema, gracias a tres mecanismo básicos: el desarrollo del crédito, los monopolios y el crecimiento del comercio consecuencia de la modernización de transportes y comunicaciones. Todo ello generaba un desarrollo básicamente armonioso.

  Al igual que otros revisionistas, Bernstein además ponía en cuestión la validez de los conceptos de Marx que remiten de forma más directa a la explotación y que fundamentan principios revolucionarios. Es el caso de la ley del valor, que le parece dudosa y no superior a los principios de la utilidad marginal. También él ve contradicción, en El Capital, entre los libros I y III: 

“Si en la investigación del valor de cambio se parte de la mercancía misma como ocurre en el primer volumen de El Capital y como corresponde al período de intercambio simple de mercancías, en cuanto se quiera aplicar la teoría al presente, nos encontraremos en el insondable mar de las generalidades. Todo esto hay que admitirle a la gente de la escuela de Jevons. La apelación a la determinación del valor a través de la cantidad de trabajo incorporada a las mercancías es lo suficientemente abierta como para no permitir que no se considere como justificada la búsqueda de una medida más exacta de la formación del valor del mercado. Ellos intentan llegar a lo mismo desde otro punto de partida. Dicen, y con ello pueden apelar al mismo Marx, que es condición indispensable para que una mercancía sea susceptible de intercambio el que tenga, previamente, valor de cambio... El concepto de utilidad marginal puede ser considerado como un fecundo enriquecimiento de los conceptos económicos por lo que se refiere a las investigaciones de detalle acerca de las leyes de mercado” [13]

 

2. LOS DEBATES FUNDAMENTALES. I. EL VALOR Y EL PROBLEMA DE LA “TRANSFORMACIÓN”.

            Como ya se ha apuntado, uno de los escasos debates entablados en esta época entre marxistas y algunos economistas burgueses versaba sobre la teoría del valor-trabajo. La publicación del libro III de El Capital añadía un asunto polémico adicional: el problema de la transformación, es decir, el paso de los valores a los precios. Como señalábamos en una sesión anterior del Curso, Marx afirmaba que los precios no se derivan directamente de los valores, sino de los precios de producción, suma del capital invertido (constante+variable) y de la ganancia media del sector correspondiente; esa ganancia media se obtenía como consecuencia del proceso de igualación y homogeneización de las tasas de ganancia producido como resultado de la competencia, que hacía posible que, con distintas proporciones de capital constante y variable y con distintas tasas de plusvalía, todos los capitalistas tendieran a obtener tasas de ganancia similares. Había, por tanto, diferencia entre el valor de una mercancía (c+v+p) y el precio de producción (c+v+g). En todo caso, este proceso, que conduce a la fijación de los precios, no cambia la plusvalía obtenida, sino que es el resultado de su distribución social.

            La crítica de Böhm-Bawerk no aceptaba, en todo caso, la congruencia entre la solución dada al tema del valor en el libro I y al de los precios en el tomo III de El Capital, a la par que intentaba resolver uno y otro problema desde la óptica de la teoría de la utilidad marginal; ésta es una de las vías críticas. Otra consiste en reconocer que Marx no logró completar los esquemas de transformación de manera sastisfactoria [14] , e intentar completar o corregir el método que él utilizó. El el caso del marxista legal ruso Tugan-Baranowsky y del alemán Bortkiewicz, que intentan una “revisión matemática” de los esquemas de Marx, concentrándose en el problema de la transformación inversa, es decir, de la posibilidad de calcular los valores y la plusvalía a partir de precios de producción y ganancias.

            Ladislau von Bortkiewicz, experto en estadística, era un economista alemán que intentaba combinar tesis ricardianas con esquemas de equilibrio neoclásicos. Aunque, como ricardiano, aceptaba que el origen del excedente está en el sobretrabajo, su visión era más técnica que social, y su perspectiva del sistema, básicamente armonista.  Bortkiewicz trata del tema que nos ocupa en sus trabajos “Valor y precio en el sistema marxista” (1906-1907) y “Contribución a una rectificación de los fundamentos de la construcción teórica de Marx en el volumen III de El Capital” (1907), intentado resolverlo mediante un sistema de ecuaciones que le permitan esta transformación inversa.

            En todo caso, la defensa de la teoría del valor marxiana fue asumida sobre todo, frente a Böhm-Bawerk, por el socialista austríaco Hilferding, aunque previamente, no sin ambigüedades, otro socialista próximo al revisionismo, Conrad Schmidt, proponía la ley del valor como punto de partida necesario para comprender el proceso capitalista. Schmidt partía de que la ley del valor no pretende exactitud matemática en el cálculo de los precios,; si se consideran las mercancías individualmente, los precios deben diferir de los valores, pero esta diferencia desaparece si se tienen en cuenta el conjunto de las mercancías. La competencia puede igualar las cuotas de beneficio, pero no dice nada de los datos de partida que deben ser igualados:

“La concurrencia que se establece por todas partes entre los diversos capitales a la caza de oportunidades de obtener los más altos beneficios sólo explica el hecho de que el porcentaje de beneficio de los diferentes sectores muestre una tendencia a la igualación, pero no dice nada acerca de la cuantía de ese porcentaje de beneficio que se ha igualado. Esto nos remite a la hipótesis de la teoría del valor, si es que no queremos que el fenómeno quede totalmente sin explicar” [15]          

 

            Mucho más contundente es, desde luego, la réplica de Hilferding en 1904 (“La crítica de Böhm-Bawerk a Marx”), que es, a juicio de Sweezy, la más clara exposición de la diferencia de perspectiva entre la economía marxista y la ortodoxia académica. Para Hilferding, la visión de Böhm-Bawerk es notablemente estrecha, al pensar que la economía de Marx debiera pretender explicar los precios relativos; por el contrario, Marx y el marxismo se ocupan del valor de cambio como fenómeno social. La diferencia entre una y otra perspectiva radica en el punto de partida, subjetivo-individual en un caso y social en el otro:

“Cualquier teoría que parta del valor de uso, o sea de las cualidades naturales de la cosa (...), parte de  la relación individual entre una cosa y un hombre, antes que de las relaciones sociales recíprocas de los hombres. Cae pues en el error de querer deducir de esta relación subjetiva, individual (...), una medida objetiva, social. Pero en ese caso, ya que esta relación individual está presente de igual modo en todos los tipos de sociedades y no encierra en sí principio alguno de variación (...) deberá renunciar a descubrir las leyes del movimiento y las tendencias del desarrollo de la sociedad. Su método es a-histórico y a-social. Sus categorías son eternas y naturales.

En tanto Marx parte, por el contrario, del trabajo en su significado de elemento que constituye la sociedad humana y que con su desarrollo determina en última instancia el desarrollo de la sociedad, en su principio del valor aprehende el factor cuya calidad y cantidad –organización y fuerza productiva- dominan de modo causal la vida social. Por eso el concepto fundamental de la economía es igual al concepto fundamental de la concepción materialista de la historia. Tal identidad es necesaria en tanto la vida económica no es más que una parte de la vida histórica (...). (...).

Por tanto el trabajo es el principio del valor, y la ley del valor es una realidad porque el trabajo es el vínculo que mantiene unida a la sociedad descompuesta en sus átomos, y no porque sea el hecho técnicamente más relevante” [16]

            Hilferding, ciertamente, no ve contradicciones entre el libro I y el III, entre teoría del valor y de los precios, y acepta que la ganancia media determina los precios de producción. Pero sobre todo, para los marxistas, en el concepto de trabajo creador de valor “se cancela por completo toda referencia individual”, y el trabajo no aparece como una sensación agradable o desagradable, sino como una magnitud objetiva, inherente a las mercancías. Los fenómenos económicos aparecen sujetos a leyes objetivas, “independientes de la voluntad del individuo y dominadas por nexos sociales”:

“De este modo la ley del valor se convierte en la ley del movimiento de una organización social dada basada en la producción de mercancías, porque en última instancia todas las modificaciones de la estructura social pueden ser referidas a las modificaciones de las relaciones de producción (...).Por eso la economía política, en radical contraste con la escuela psicológica,. Es considerada parte de la ciencia social, y ésta, de la ciencia histórica. Böhm no advirtió esa oposición (...) Por este motivo, Böhm al llevar constantemente su polémica desde su punto de vista subjetivo-psicológico, descubre contradicciones con la teoría marxiana que sólo lo son porque él las interpretó de manera subjetivista” [17]

 

3. LOS DEBATES FUNDAMENTALES. II.  LAS CRISIS Y EL “DERRUMBE” DEL CAPITALISMO.

 

            Como tantos otros debates teóricos dentro del movimiento socialista en este período, las polémicas sobre las crisis y el colapso del capitalismo se relacionan estrechamente con las posiciones políticas de los distintos autores; los revisionistas o reformistas rechazan cualquier teoría del derrumbe inevitable del capitalismo, y tienden a sobrevalorar las posibilidades del sistema de reabsorber las crisis, mientras los revolucionarios mantienen opiniones contrarias. Esta distinción general tiene, sin embargo, matices y, dentro de cada uno de estos dos sectores (y por supuesto en los que se sitúan en posiciones centristas) encontramos algunas diferenciaciones particulares.

            La polémica Bernstein-Rosa Luxemburgo puede ilustrar bien esta dicotomía. Bernstein, congruente con su evolucionismo, no sólo no creía en el futuro derrrumbe del sistema, sino que consideraba, asimismo, que el capitalismo estaba de hecho limitando o haciendo desaparecer las crisis periódicas, gracias a mecanismos de ajuste como el uso del crédito, los monopolios o el desarrollo del comercio:

“El continuo desarrollo de la sociedad hace improbable un completo y casi general colapso del actual sistema de producción, porque el desarrollo capitalista aumenta por una parte su capacidad de adaptación y por la otra,  simultáneamente, la diferenciación de la industria” [18]  

            La respuesta de Rosa Luxemburgo insistía en la ineficacia de las supuestas medidas contrarrestantes aducidas por Bernstein para frenar o eliminar las crisis, provocadas por la anarquía del capitalismo. Pero más allá de otras consideraciones, en las que volveremos a insistir al referirnos a su teoría del imperialismo, para Rosa Luxemburgo la idea del derrumbe significa pura y simplemente la condición misma de posibilidad del socialismo:

“Bernstein desecha el primero de los tres soportes del socialismo científico, afirmando que el desarrollo capitalista no conduce a un colapso económico general.

                Pero es que no sólo rechaza determinada forma de colapso, sino su misma posibilidad (..).

                Nos preguntamos cómo y por qué, en tal caso, alcanzaremos nuestro objetivo final. Conforme al socialismo científico, la necesidad histórica de la revolución socialista se manifiesta sobre todo en la creciente anarquía del capitalismo que lo conduce a su fin. Pero si admitimos con Bernstein que el desarrollo capitalista no va a su propia ruina, entonces el socialismo no es, objetivamente hablando, necesario” [19]

            En contra de la idea del derrumbe o de la relación con el mismo de las crisis se manifestaron Bernstein, Tugan Baranowsky, Otto Bauer o Hilferding, aunque las ideas de los mismos sobre el particular no son exactamente iguales. El austromarxista Bauer veía las crisis como meros reajustes y creía en la posibilidad de una acumulación sin grandes perturbaciones y capaz de superar la tendencia decreciente de la tasa de ganancia. Hilferding sitúa sobre todo el origen de las crisis en problemas de desproporción en el desarrollo de los sectores I (medios de producción) y II (medios de consumo) de la economía. De manera semejante Tugan-Baranowsky ligaba las crisis a la desproporcionalidad y afirmaba que el desarrollo del capitalismo no dependía del nivel de consumo, pues el mercado de medios de producción se extendía más rápidamente que el de bienes de consumo; el capitalismo estaba, así, en condiciones de crear sus propias condiciones de reproducción ampliada sin depender del consumo popular.

            Una cierta visión del derrumbe la proporcionó en 1902 Kaustky, aunque luego adoptara posiciones diferentes. Por entonces, Kaustky respondía  a las tesis de Tugan Baranowsky (que acababa de publicar “Teoría e historia de las crisis comerciales en Inglaterra”), en su trabajo “Teorías de las crisis”, donde refutaba los argumentos de los que anunciaban la suavización o el final de las crisis. Éstas, para Kautsky, tienen su origen en la sobreproducción, sólo absorbible mediante la búsqueda de mercados externos; la sucesión de crisis, depresiones, etc., concluirá, cuando la expansión ya no sea posible, en un período de depresión crónica, que hará inviable la continuación del capitalismo.

            Entre los defensores de la idea del derrumbe destaca sobre todo Rosa Luxemburgo, que además achaca las crisis fundamentalmente al subconsumo de las masas. Por el contrario curiosamente Lenin, también alineado posteriormente, como es sabido, con el ala izquierda de la socialdemocracia, rechazaba, en su libro El desarrollo del capitalismo en Rusia las tesis subconsumistas, elevando a principio fundamental de la acumulación capitalista que el sector que produce medios de producción crece a una tasa superior al de los medios de consumo. Negaba así las tesis de los populistas (que más tarde emparentará con las de Rosa Luxemburgo) de que el capitalismo no podía desarrollarse (en este caso en Rusia) por falta de mercados exteriores.

            Las tesis que consideran inevitable el derrumbe del capitalismo volvieron a revitalizarse en los años 20 y comienzos de los 30. En 1926, Fritz Steinberg defendió, en su libro El imperialismo, una reformulación del enfoque de Rosa Luxemburgo, con especial hincapié en las funciones y fluctuaciones del ejército de reserva.

            Más importante fue el trabajo de Henryk Grassmann La ley de la acumulación y el derrumbe del sistema capitalista (1929). Para Grossmann, la clase capitalista, con el fin de asegurar la reproducción ampliada, entabla una lucha abierta contra la clase obrera intentado reducir los medios de vida de ésta y mantener los suyos. La razón está en que el proceso de acumulación de capital requiere una masa creciente de plusvalor, y sin embargo, a medida que prospera, se reducen las bases generadoras del mismo. Las crisis son resultado del proceso de acumulación, destruyendo parte del capital existente y reduciendo así las necesidades de valorización capitalista. A través de las crisis se recrean las condiciones precisas para una nueva revalorización. Se suceden así ciclos expansivos y períodos de crisis. La acumulación, en todo caso, no se derrumba por el descenso de la tasa de ganancia en sí, sino  por el decrecimiento relativo y luego absoluto de la masa de ganancias. 

 

4. LOS DEBATES FUNDAMENTALES. IV. EL IMPERIALISMO.

 

4.1. Los inicios de las polémicas. Las tesis de Hobson.

 

            Seguramente los debates más interesantes que afectan a la teoría económica marxista (aunque también incluyen otros campos) son los que se refieren al imperialismo, plagados, como veremos, de consecuencias políticas. En relación con este tema se plantean, además, las tesis más interesantes acerca de los cambios experimentados por el capitalismo (desarrollo de los monopolios, sobre todo), los problemas de la realización de la plusvalía (de los mercados), las transformaciones de la clase obrera (surgimiento de la aristocracia obrera), del Estado capitalista (militarismo, nacionalismo) y las perspectivas de la revolución.

            Las contribuciones polémicas  más notables aparecen a partir de 1910, pero ya desde finales del XIX algunos de los planteamientos revisionistas u observaciones parciales en escritos de otros socialistas de la época suscitaron discusiones que afectaban a la concepción del colonialismo y el naciente imperialismo.  Así, en 1898-99, Heinrich Cunow publicaba en la revista socialista Die Neue Zeit (El Nuevo Tiempo) un artículo “Sobre la teoría del hundimiento”, en que, replicando a Bernstein, afirmaba que el fin de las posibilidades de los capitalistas de encontrar nuevos mercados conducirían al hundimiento del sistema. En 1903, el socialista francés Paul Lafargue, uno de los yernos de Marx, daba a la luz su obra Los trust americanos, en la que señalaba la novedad radical de los monopolios, poniendo fin a  la competencia y subrayaba en papel de las finanzas, en unos términos que prefiguran las tesis de Hilferding sobre el capital financiero:

 

“El sistema de los trusts ha podido organizar y desarrollar sus colosales empresas sólo porque encontraba a su disposición capitales considerables, lo que supone una intensísima concentración de capitales. Siendo tal concentración una condición vital para sus empresas, tenía que culminar la integración industrial con una organización unitaria de la banca, que está ya más avanzada de cuanto pueda creerse (...). La unión de la banca y de la industria viene impuesta por el desarrollo económico” [20]

 

            Según Lafargue, la creación de grandes monopolios no pone fin a la anarquía de la producción y a las crisis y, por el contrario, prepara el terreno para la revolución social, mostrando la importancia de la concentración productiva, proletarizando a las capas medias y aumentando la explotación de los asalariados (y por tanto su descontento).

            También el socialista austríaco Otto Bauer realiza alguna aportación al tema, aunque tangencialmente, a través de su libro sobre La cuestión de las nacionalidades y la socialdemocracia. Parte de los planteamientos de Bauer, que defendía entonces posiciones más radicales de las que asumiría posteriormente, fueron retomados más tarde por Bujarin. Concretamente, Bauer se preocupaba por los mercados y las relaciones entre las naciones, planteando fundamentalmente dos tesis interesantes: el beneficio de los trabajadores de los países avanzados con el imperialismo, y el intercambio desigual entre las naciones.  El intercambio desigual lo relaciona con la existencia de salarios diferenciados. Así lo señala a propósito de las relaciones entre parte alemana y checa del Imperio austro-húngaro:

 

“Los capitalistas de las regiones más desarrolladas no solamente explotan a sus propios obreros, sino que también se apoderan de una parte de la plusvalía producida en lasa regiones menos desarrolladas” [21]

 

                Se establecen así formas de dependencia que, al favorecer también al proletariado de los países más desarrollados, dificultan la internacionalización de la lucha de los trabajadores. Razón ésta por la cual Bauer atribuye mayor papel, en la revolución socialista mundial, a las guerras inter-imperialistas que a la lucha de clases.

 

            La mayor aportación en este período acerca del imperialismo se debe, sin embargo, no a un marxista, sino a un liberal radical, el inglés J. A. Hobson, autor sobre todo de un libro (Un estudio del imperialismo, 1902) que ejercería gran influencia en las teorías keynesianas y, más próximamente, en Lenin, aunque las conclusiones políticas del inglés difirieran mucho de las del dirigente revolucionario ruso. Hobson es sobre todo un reformista social, precursor con trabajos posteriores, entre otras cosas, de la política aplicada por los laboristas después de la Segunda Guerra mundial [22] .

            Hobson piensa que la mala distribución de la renta (que genera subconsumo de los sectores populares) da lugar a un exceso crónico de ahorro,  por lo que la expansión imperial permite dar salida a ese excedente de capitales. Pero esta exportación, y las políticas imperialistas que genera, no representan la única salida a esta situación. Hay otra posibilidad más favorable, consistente en una política de redistribución y altos salarios, que permita fortalecer el mercado interior para los productos de la industria. En todo caso, existen más razones que las meramente económicas para el imperialismo, aunque aquéllas terminen dominándolas y manipulándolas sobre todo las relacionadas con intereses de los círculos fiinancieros:

 

“...Dado el papel que desempeñan en la expansión imperialista los factores no económicos tales como el patriotismo, la aventura, el espíritu militar, la ambición política y la filantropía, puede parecer que atribuir un poder tan decisivo a los círculos financieros es entender la historia de una manera rígidamente económica y, ciertamente, la fuerza motriz del imperialismo no es primariamente financiera; las finanzas son, más bien, las que regulan el motor imperial, las que dirigen la energía y deciden el trabajo que hay que realizar, pero no son el combustible del motor ni las que generan de modo directo su potencia. Las grandes finanzas manipulan las fuerzas patrióticas que generan los políticos, los soldados, los filántropos y los comerciantes”.

 

                El imperialismo, según Hobson, no beneficia a las naciones que lo ejercen, sino a unos pocos intereses privados (los parásitos económicos del imperialismo), como son los de financieros, especuladores en Bolsa, inversionistas, etc.:

 

“Aunque el nuevo imperialismo ha sido un mal negocio para la nación británica, ha resultado rentable para ciertas clases sociales y para ciertos grupos industriales y financieros del país. Los enormes gastos de armamento, las costosas guerras, los graves riesgos y las situaciones embarazosas de la política exterior, los impedimentos y frenos a las reformas sociales y políticas dentro de la Gran Bretaña, aunque hayan sido tan dañosas para la nación, han resultado muy provechosas para los intereses económicos de ciertos grupos industriales y profesionales”.

 

            El imperialismo no es, pues, un fenómeno intrínseco al capitalismo, sino la opción de una minoría oligárquica que actúa en interés propio. Se relaciona muy directamente con una ideología nacionalista-chauvinista, militarista y racista. Atenta, además, contra la democracia, y la única solución contra él es precisamente la democratización:

 

“El análisis del imperialismo y de sus aliados naturales: el militarismo, la oligarquía, la burocracia, el proteccionismo, la concentración de capital y las violentas fluctuaciones del mercado, nos ha puesto de relieve que constituye el mayor peligro que hoy acecha a los Estados nacionales modernos. El privilegio de que gozan las fuerzas imperialistas de un país de utilizar los recursos nacionales para su beneficio privado, mediante el usufructo de la maquinaria del Estado, no puede eliminarse más que estableciendo democracias auténticas, es decir, que la política nacional la dirija el pueblo para el pueblo, por medio de representantes sobre los que el pueblo ejerza un verdadero control”.

 

 

4.2. Hilferding y el “capital financiero”.

 

            Rudolf Hilferding, del que ya hemos tenido ocasión de hablar a propósito de su crítica a Böhm-Bawerk, es autor del mayor intento de actualización de los análisis de Marx que encontramos en este período. Su obra El capital financiero es, en ese sentido, un trabajo de particular importancia. Aunque contiene elementos que pueden prefigurar su posterior evolución hacia posiciones derechistas dentro del movimiento socialista, ya después de la Primera Guerra mundial, lo cierto es que influyó mucho en Lenin, que elogió mucho a Hilferding (junto con Hobson):

 

“A pesar de un error del autor en la teoría del dinero y una cierta tendencia a conciliar el marxismo con el oportunismo, esta obra [El capital financiero] constituye un análisis teórico precioso de la fase más reciente del desarrollo del capitalismo (…). En el fondo, todo lo que se ha dicho del imperialismo durante estos últimos años, no ha salido prácticamente del círculo de ideas expuestas…por estos dos autores…” [23]

 

            El punto de partida de Hilferding es la aparición de grandes empresas monopolistas (cartels, trusts), como consecuencia de la concentración del capital. Esta concentración se deriva de la competencia, que favorece a las grandes empresas en detrimento de las pequeñas. La concentración no es fruto del descenso de la demanda, sino del aumento del consumo, y genera dos tipos de ganancias: una para los monopolios, superior a la media, y otra para el resto de las empresas, inferior.

            Cuanto mayores son las dimensiones de una empresa y su nivel técnico, mayor es también la proporción de su capital inmovilizado en forma de capital fijo (equipo, instalaciones, etc.) y de materias primas. Eso significa que el capital industrial viaja más difícilmente de una rama a otra en la era monopolista; para ello necesita al capital bancario o capital-dinero. La vinculación entre el capital industrial y el bancario surge, pues, del propio proceso contradictorio de la centralización del capital. El otro pilar sobre el que se asienta dicha centralización es la sociedad por acciones, que cambia la situación del capitalista industrial, convertido en rentista.

            Ello conduce a una situación de dependencia de la industria respecto de los bancos. Surge así el capital financiero, capital bancario que se trueca en la práctica en capital industrial. El capital bancario domina sobre el industrial, lo somete, del mismo modo que la burguesía bancaria, la alta finanza, domina sobre las demás fracciones burguesas. Asimismo, se integran cada vez más la producción y la circulación:

 

“El capital financiero significa la unificación del capital. Los antiguos sectores separados del capital industrial, comercial y bancario, se hallan ahora bajo la dirección común de la alta finanza, en la que están vinculados personalmente los señores de la industria y de los Bancos. Esta unión tiene como base la eliminación de la libre competencia del capitalista individual por las grandes uniones monopolísticas. Con ello cambia incluso la naturaleza de la relación de la clase capitalista con el poder del Estado” [24]  

 

            La cartelización hace crecer rápidamente la masa de capitales acumulados,  mientras las posibilidades de inversión disminuyen, por la capacidad limitada del mercado nacional para absorberlas. Ello conduce a la exportación de capitales. Al igual que Rosa Luxemburgo, Hilferding cree que la posibilidad de la acumulación, de reproducción ampliada, está fuera del sistema (del sistema nacional, en este caso). Esta exportación de capitales es mero auxiliar de la exportación de mercancías. Los efectos de la exportación son múltiples: en el país de destino, se acelera la implantación de relaciones capitalistas y la maduración de los pueblos para su emancipación; se abren nuevos mercados y se produce una especialización de ambos espacios económicos, con tendencia a convertirse en relación de dependencia. Este imperialismo segrega su propia ideología, hecha de militarismo, nacionalismo y racismo blanco.

            El cambio del capitalismo de libre concurrencia a la era de los monopolios no acaba con las crisis, que no se deben ni a la superproducción ni al subconsumo, sino a la naturaleza misma de la producción capitalista:

 

“Si el consumo se pudiera ampliar a discreción, no sería posible la superproducción. Pero, en el mundo capitalista, la ampliación del consumo significa la reducción de la tasa de beneficios. Pues la ampliación del consumo de las grandes masas va unida al aumento de los salarios. Y esto significa una disminución de la tasa de plusvalía y por consiguiente una disminución de la tasa de ganancia. Por eso, si mediante la acumulación, la demanda de los obreros aumenta tanto que tiene lugar una disminución de la tasa de plusvalía (…), entonces la acumulación tiene que dejar de realizarse, pues no se alcanzaría su objetivo: el aumento de la ganancia. En este punto intervine precisamente el presupuesto necesario de la acumulación, el del aumento del consumo, e interviene en contradicción con el otro, el de la realización de la ganancia. Las condiciones de explotación del capital se oponen a la ampliación del capital y, como son las decisivas, la contradicción

aumenta hasta desembocar en las crisis” [25]

 

Los cartels no suprimen las crisis; más bien las trasladan a las empresas no cartelizadas.Las crisis son problemas de la circulación, aunque tiene su origen en la producción; se derivan de la desproporcionalidad, relacionada con los precios (que a su vez, en buena lógica marxista, se derivan de los valores).

            El dominio del capital financiero, desde el punto de vista social, suprime las divisiones entre la burguesía y activa la formación de organizaciones obreras (sindicatos); a las clases medias las somete al dominio de los monopolios, acentuando los elementos reaccionarios de su ideología,  mientras muchos de sus miembros engrosan los puestos de empleados del capital creados por las sociedades anónimas, transformándose de hecho en una aristocracia del trabajo. Para los obreros, la única respuesta al capital monopolista, a la política económica del capital financiero, no puede ser el restaurar la libre competencia, sino el socialismo. La función socializadora del capital financiero facilita la superación del capitalismo y “la lucha por la desposesión de esta oligarquía constituye la última fase de la lucha de clases entre la burguesía y el proletariado”.

 

 

4.3. Rosa Luxemburgo: el problema de la “realización” y el imperialismo.

 

            El destino de las teorías económicas de Rosa Luxemburgo es cuando menos curioso; mientras sus conclusiones eran rechazadas por otros marxistas contemporáneos y posteriores, algunas de sus intuiciones o las líneas de desarrollo argumental fueron recogidas con posterioridad por autores no marxistas (como Kalecki) o neomarxistas (como los norteamericanos Baran y Sweezy). Éste último (Sweezy) afirmaba que “la unidad y la fuerza de la argumentación de Rosa Luxemburgo son algo impresionante”, aunque ciertos errores invaliden su tesis central sobre el imperialismo [26] . El interés, por ejemplo, de Sweezy y Baran se deriva del énfasis de Rosa Luxemburgo en el problema de la realización del excedente, o en su perspectiva, más próxima que la de la mayoría de sus coetáneos, a las posturas tercermundistas que se ponen en boga en la segunda mitad del siglo XX.

            La visión de Rosa Luxemburgo sobre el imperialismo, en todo caso, se sitúa en una perspectiva bastante distinta de la de los demás teóricos marxistas del momento. Por ejemplo –y esa es tal vez una de sus principales debilidades- apenas tiene en cuenta la novedad de los monopolios con respecto al capitalismo de libre concurrencia, y desde luego les otorga un papel claramente menor en sus tesis sobre el imperialismo. De todos modos, esta u otras diferencias (al contrario de las que la separaban de los revisionistas) nunca fueron planteadas en términos dramáticos por ella en sus polémicas con otros marxistas revolucionarios. Pese a la innegable presencia de rasgos rígidamente doctrinarios en algunos aspectos de su visión teórica, Rosa nunca abdicó de la libertad intelectual inherente, a su juicio, al talante de los verdaderos marxistas:

 

“Temperamentos sensibles lamentarán, una vez más, que ‘los marxistas se combatan entre sí’, que se ataque a ‘autoridades’ prestigiosas. Pero el marxismo no es una docena de personas que se conceden unas a otras el derecho a actuar de ‘expertos’, y ante los cuales la masa de los creyentes haya de morir con ciega confianza.

                El marxismo es una concepción revolucionaria que pugna constantemente por alcanzar nuevos conocimientos, que odia, sobre todas las cosas, el estancamiento de las fórmulas fijas, que conserva su fuerza viva y creadora, en el chocar espiritual de armas de la propia crítica y en los rayos y truenos históricos” [27]

 

            La elaboración teórica de Rosa Luxemburgo se entrelaza de manera inseparable con sus preocupaciones políticas. Su teoría de las crisis y el derrumbe, de tipo subconsumista, no se comprende sin su especial interés por demostrar la inviabilidad de un desarrollo armónico (de ahí su insistencia en los rasgos anárquicos del sistema) y continuado del capitalismo. En sus tesis sobre la realización  y el imperialismo, pretende demostrar ante todo que el capitalismo, al buscar solución a sus problemas de realización, mina las bases de su propia viabilidad. Así lo señala –y nos anticipamos con estas frases relativas a su visión del imperialismo- en su divulgativa Introducción a la economía política:

 

“...Cuanto más reemplaza la producción capitalista producciones más atrasadas, tanto más estrechos se hacen los límites del mercado, engendrado por el interés por la ganancia, para las necesidades de expansión de las empresas capitalistas ya existentes. La cosa se aclara completamente, si nos imaginamos por un momento, que el desarrollo del  capitalismo ha avanzado tanto que, en toda la Tierra, todo lo que producen los hombre se produce a la manera capitalista, es decir sólo por empresarios privados capitalistas en grandes empresas con obreros asalariados modernos. La imposibilidad del capitalismo se manifiesta entonces nítidamente” [28]

 

            Loa obra de tema económico más importante de Rosa Luxemburgo es La acumulación del capital (1913), que debe leerse preferentemente con la “Anticrítica” de 1916, repuesta a algunas objeciones que se le habían hecho sobre este trabajo. Hay que mencionar también su Introducción a la Economía política (1907), texto escrito sobre todo para la formación de militantes.

            Como ya señalamos, el punto de partida de la teoría del imperialismo de Rosa Luxemburgo es totalmente contrario al de Lenin. Las diferencias con el revolucionario ruso (también en este punto) venían ya de atrás, enlazando con las distintas visiones del papel de los mercados en el desarrollo capitalista. Lenin, no sin cierta razón, consideraba que Rosa estaba cercana a las posiciones de los populistas rusos, con los que él había polemizado en Sobre la cuestión de los mercados o El desarrollo del capitalismo en Rusia. Según algunos populistas (Danielson, Vorontzov), y contra la opinión de Lenin, el capitalismo ruso cavaba su propia tumba aniquilando su mercado interior (al arruinar la economía campesina) y no pudiendo sustituirlo por mercados externos, ya controlados entonces por países más avanzados. 

            En una línea parecida, Rosa Luxemburgo parte precisamente de los mercados, percibiendo una contradicción en Marx, en cuanto que por un lado sus esquemas de reproducción ampliada parecen avalar la posibilidad de desarrollo indefinido sobre las bases del mercado interior (libro II de El Capital) y sin embargo, en otro momento (libro III) alude al consumo insuficiente en relación con la producción, y a la necesidad de buscar mercados externos.

            Para Rosa Luxemburgo, no es posible la realización de la plusvalía necesaria para la acumulación en una economía concurrencial cerrada. Para que la acumulación se realice, es preciso vender las mercancías, es decir, realizar el valor producido; como ello implica un número cada vez mayor de mercancías para vender, se requiere una demanda solvente para las mismas. Esa demanda creciente sólo puede provenir de la plusvalía o del salario, las dos fuentes de donde procede la renta de los individuos. La plusvalía a capitalizar en forma de acumulación debe adoptar necesariamente la forma de dinero antes de volver al proceso de producción en forma de capital productivo nuevo, y este dinero no existe, pues no es ni el salario ni la plusvalía. Los compradores del producto sobrante que los capitalistas no consumen no pueden ser los trabajadores, pues su consumo se halla cubierto por el capital variable. La masa de capital-dinero generado en forma de renta por el proceso de producción es inferior a la masa de capital-mercancías (valor) producido. Queda pues, una parte  de la producción sin poder realizarse  dentro de un sistema cerrado. El comercio exterior reentre capitalistas se tropieza con el mismo problema de demanda solvente.

            ¿Cómo solucionar este dilema? Según Rosa Luxemburgo, Marx razona erróneamente como el capitalismo fuera un régimen universal, cuando la realidad es bien distinta:

“El capitalismo viene al mundo y se desarrolla históricamente en un medio social no capitalista. En los países europeos occidentales le rodea, primeramente, el medio feudal, de cuyo seno surge –la servidumbre de la gleba en el campo, el artesanado gremial en la ciudad-; luego, desaparecido el feudalismo, un medio en el que predomina la agricultura campesina y el artesanado, es decir, producción simple de mercancías, lo mismo en la agricultura que en la industria. Aparte de esto, rodea al capitalismo europeo una enorme zona de culturas no europeas, que ofrece toda la escala de grados de evolución, desde las hordas primitivas comunistas de cazadores nómadas hasta la producción campesina y artesana de mercancías. En medio de este ambiente se abre paso, hacia delante, el proceso de la acumulación capitalista”

 

            Son precisamente estos mercados no-capitalistas los que resultan imprescindibles para la realización de la plusvalía:

 

“El capitalismo necesita, para su existencia y desarrollo, estar rodeado de formas de producción no capitalistas (…) Necesita como mercados capas sociales no capitalistas para colocar su plusvalía. Ellas constituyen a su vez fuente de adquisición de sus medios de producción, y son reservas de obreros para su sistema asalariado” [29]

 

            Esta expansión sobre mercados no capitalistas es lo que da lugar al imperialismo:

 

El imperialismo es la expresión política del proceso de la acumulación del capital en su lucha por conquistar los medios no capitalistas que no se hallen todavía acotados. Geográficamente, estos medios abarcan, aun hoy, los más amplios territorios de la tierra. Pero, comparados con la potente masa de capital ya acumulado en los viejos países capitalistas, que pugna por encontrar mercados para su plusproducto, y posibilidades de capitalización para su plusvalía, comparados con la rapidez con que hoy se transforman en capitalistas territorios pertenecientes a culturas precapitalistas (…), el campo parece quedar todavía pequeño a su expansión. Esto determina el actual juego internacional del capital en el escenario del mundo. Dado el gran desarrollo y la concurrencia cada vez más violenta de los países capitalistas para conquistar territorios no capitalistas, el imperialismo aumenta su agresividad contra el mundo no capitalista, agudizando las contradicciones entre los países capitalistas en lucha. Pero cuanto más violenta y  enérgicamente procure el capitalismo el hundimiento total de las civilizaciones no capitalistas, tanto más rápidamente irá minando el terreno a la acumulación del capital. El imperialismo es tanto un método histórico para prolongar la existencia del capital, como un medio seguro para poner objetivamente un término a su existencia” [30] .

 

            El imperialismo incorpora a la economía capitalista a países y territorios atrasados, a través del comercio o la conquista colonial. El proceso a través del cual lo hace se caracteriza por una enorme brutalidad, que Rosa Luxemburgo describe de forma más negativa que Marx. El imperialismo es, pues, consustancial al capitalismo, no a una de sus fases o etapas; y, al propio tiempo, prepara el camino hacia el derrumbe del sistema al que sirve.

 

 

4.4. Kaustky y el “ultraimperialismo”.

 

            Teniendo en cuenta que, en el ámbito del movimiento socialista, las posiciones de Kaustky fueron moviéndose hacia posiciones centristas, su irrupción en el debate sobre el imperialismo, en vísperas de la Primera Guerra mundial o en los primeros momentos del conflicto, debe entenderse como reacción frente las posturas de la izquierda socialista y, sobre todo, frente a las consecuencias políticas que de ellas se derivaban. Así sucede con unos artículos que publica en 1913 y 1914 en Die Neue Zeit o en su folleto de 1915 Estado nacional, Estado imperialista y confederación de Estados. La perspectiva de Kaustky intenta separar del imperialismo los rasgos novedosos de la evolución económica, y parte de una consideración positiva del desarrollo de las fuerzas productivas, en la medida en que ve el socialismo como culminación del desarrollo económico capitalista.

            La definición que da Kautsky del imperialismo es ésta:

 

El imperialismo es un producto del capitalismo industrial altamente evolucionado. Consiste en la tendencia que tiene cada nación capitalista industrial a anexionarse o a dominar regiones agrarias cada vez más grandes, sean cuales sean las naciones que las habitan” [31]  

             

            Por si pudiera parecer que identifica el imperialismo con una fase determinada del capitalismo, la enumeración de rasgos del imperialismo disipa dudas al respecto:

 

“...Se comprenden bajo el nombre de imperialismo todos los fenómenos del capitalismo moderno, como son los cártels, los impuestos proteccionistas, las finanzas y la política colonial, etc. Entendido de este modo, el imperialismo constituye naturalmente una necesidad vital para el capitalismo. Pero la afirmación en sí supone la más simple de las tautologías, ya que no dice otra cosa que el capitalismo no puede existir sin el capitalismo.

[Pero] si queremos dar una definición históricamente determinada, no podemos decir sino que el imperialismo constituye tan sólo un cierto tipo de aspiraciones políticas, producidas por el capitalismo moderno, pero en modo alguno idénticas con él” [32]

 

            La lucha entre países capitalistas por abrirse mercados genera enfrentamientos y guerras que pueden poner en peligro al propio capitalismo. Para evitarlo, es perfectamente posible que se produzca una alianza entre países capitalistas, para repartirse pacíficamente el botín. Es la perspectiva del ultraimperialismo, que tanto criticó Lenin, y que Kaustky define de esta manera:

 

“...De la guerra mundial entre las grandes potencias puede surgir una alianza de las más grandes de ellas que ponga fina la contienda armada.

Desde un punto de vista estrictamente económico no queda excluida la posibilidad de que el capitalismo viva aún una nueva fase: el abandono de la política de cártels en el campo de la política exterior, la fase del ultraimperialismo que, naturalmente, debemos combatir tan enérgicamente como al imperialismo, pero cuyos peligros son de otro tipo, sin que intervenga ya la confrontación armada ni existan amenazas a la paz mundial” [33]

 

4.5. El eclecticismo de Bujarin .

           

Dentro del Partido Bolchevique y dejando a un lado a Lenin, quien más escribió acerca del imperialismo y de otros temas económicos que luego mencionaremos es Nicolai Bujarin. Es cierto que Lenin lo acusó, no sin razón, de falta de comprensión de la dialéctica, y que sus intentos de crear una sociología marxista en los años 20 fueron objeto de severas críticas por parte de Gramsci o Lukács, marxistas sin duda bastante más dotados que él para las tareas intelectuales. Pero los análisis de Bujarin, concretamente en el tema que ahora nos ocupa, siendo fundamentalmente eclécticos, contienen algunas intuiciones, anticipaciones y propuestas interesantes.

            Antes de abordar el imperialismo o los problemas de la construcción del socialismo en la URSS, Bujarin produjo algún otro trabajo económico. El principal es el elaborado en 1914 pero publicado ya en 1919 bajo el título La economía de la clase rentista: la teoría del valor y el beneficio de la Escuela Austríaca, defensa de las tesis de Marx contra los marginalistas que añade poco a lo ya dicho, en este terreno, por Hilferding.

            Sobre el imperialismo, publicó en 1918 El imperialismo y la economía mundial, cuyo manuscrito (que data de 1915) fue utilizado, aún inédito, por Lenin para elaborar su estudio clásico sobre el mismo tema. El trabajo es muy ecléctico y debe mucho a las tesis de Hilferding, pero presenta algunos desarrollos –a menudo más esbozados que acabados- dignos de mención.

            El punto de partida de Bujarin es la formación de una economía mundial y la relación que ésta mantiene con las nacionales. Eso significa que hay una división del trabajo internacional, un sistema de precios asimismo mundial y una tendencia a la nivelación de la tasa de beneficios. La expansión de la economía mundial tiene su expresión abierta en la exportación de capitales y en la creación de grandes empresas y monopolios internacionales. Pero esta tendencia a la concentración mundial no significa la desaparición de las contradicciones (crisis) ni de las guerras; Bujarin rechaza explícitamente la visión de Kautsky del ultraimperialismo.

            Como para Lenin, el imperialismo en Bujarin se relaciona con el capital financiero y los monopolios, proceso que se manifiesta además en el ámbito nacional, terreno éste en cuyo análisis Bujarin se sitúa muy cerca de Hilferding y Lenin.. Uno de los rasgos más llamativos de este proceso es, según Bujarin, la extensión del papel del Estado. Bujarin es un auténtico precursor en el tratamiento de temas que tiene que ver con el surgimiento de un capitalismo de Estado.  El Estado coopera con los monopolios privados, se convierte en empresario directo y organizador de la producción.  Este capitalismo de Estado es en definitiva capitalismo de guerra, para conquistar nuevos territorios y hundir a la concurrencia  por las armas:

 

“...La reorganización de las relaciones de producción del capital financiero ha marchado en dirección a la organización universal capitalista del estado, con la abrogación del mercado, con la transformación del dinero en una unidad de cálculo, con la producción organizada a escala del estado, con la subordinación de todo el mecanismo de la ‘economía nacional’ a los objetivos de la concurrencia mundial, es decir, ante todo a los de la guerra”

 

            Estos cambios generan transformaciones sociales como la elevación de salarios de determinados segmentos de la clase obrera; Bujarin sustenta posiciones parecidas a las de Lenin acerca de la aristocracia obrera y sus relaciones con el revisionismo. Por ello le otorga una importancia a las contradicciones inter-imperialistas en la caída del capitalismo, por encima incluso de la lucha de clases en los países desarrollados. Bujarin es, en ese sentido, un claro predecesor del tercermundismo. En su Teoría económica del período de transición, ya bajo el impacto de la revolución en Rusia, plantea el desmoronamiento del sistema capitalista mundial a partir de los eslabones más débiles de la cadena.

 

 

4.6. Lenin: el imperialismo como fase superior (y última) del capitalismo.

 

            Lenin aborda los problemas de la fase monopolística y el imperialismo en diversos trabajos, si bien el más conocido es El imperialismo, fase superior del capitalismo, escrito en 1916. Sus aportaciones al tema son tal vez poco importantes desde el punto de vista teórico (debe la mayor parte de sus tesis a Hobson, Hilferding o Bujarin), pero mucho más desde el punto de vista político; la mayor genialidad de Lenin consistía, como es sabido, en extraer de los análisis las consecuencias prácticas imprescindibles para la acción política. En el caso del imperialismo, Lenin establece claras relaciones del fenómenos con problemas de la envergadura de la guerra, o con la aristocracia obrera y el revisionismo.

            Lenin no liga el imperialismo a los problemas de la realización (como Rosa Luxemburgo), el descenso de la tasa de ganancia o la sobreproducción-subconsumo. Por el contrario, el fenómeno depende ante todo, a su juicio, de la necesidad de los grandes grupos monopolísticos de extender su dominio y reforzar su control sobre los mercados. De hecho, para Lenin, el imperialismo no es un tipo de política, o una tendencia expansiva del capitalismo, sino más bien el capitalismo mismo en una determina fase de su desarrollo, la de los monopolios:

 

“Si fuera necesario dar una definición lo más breve posible del imperialismo, debería decirse que el imperialismo es la fase monopolista del capitalismo. Esa definición comprendería lo principal pues, por una parte, el capital financiero es el capital bancario de algunos grandes bancos monopolistas fundido con el capital de los grupos monopolistas industriales y, por otra, el reparto del mundo es el tránsito de la política colonial, que se extiende sin obstáculos a las regiones todavía no apropiadas por ninguna potencia capitalista, a la política colonial de dominación monopolista de los territorios del globo enteramente repartido” [34]

 

            Pero esta definición –añade Lenin, es demasiado breve, y conviene dar otra más desarrollada, que contenga “los cinco rasgos fundamentales siguientes”:

 

“1) la concentración de la producción y del capital llegada hasta un gado tan elevado de desarrollo, que ha creado los monopolios, los cuales desempeñan un papel decisivo en la vida económica; la fusión del capital bancario con el industrial y la creación, sobre la base de este ‘capital financiero’, de la oligarquía financiera; 3) la exportación de capitales, a diferencia de la exportación de mercancías, adquiere una importancia particularmente grande; 4) la formación de asociaciones internacionales monopolistas de capitalistas, las cuales se reparten el mundo, y 5) la terminación del reparto interterritorial del mundo entre las potencias capitalistas más importantes. El imperialismo es el capitalismo en la fase de desarrollo en que ha tomado cuerpo la dominación de los monopolios y del capital financiero, ha adquirido señalada importancia la exportación de capitales, ha empezado el reparto del mundo por los trusts internacionales y ha terminado el reparto de toda la tierra entre los países capitalistas más importantes” [35]

 

            En los dos primeros rasgos que aparecen en este esquema (monopolios y capital financiero), Lenin es claro deudor de Hilferding. El tercero (el predominio de la exportación de capitales) evoca algunas consideraciones de Hobson; la exportación de capitales parte del excedente de los mismos que existe en los países avanzados, y se debe a la búsqueda de mayores ganancias (tasas de beneficios altas, salarios bajos, materias primas y tierras baratas). En cuanto a la presencia de grandes monopolios internacionales (punto cuarto), se halla cerca de las tesis de Bujarin. En el quinto rasgo (el reparto del mundo entre las potencias coloniales), Lenin subraya la diversidad de formas que adquiere el dominio imperialista en los países sometidos: colonias, semicolonias, formas de dependencia financiera y diplomática.

            Más allá de esta síntesis de ideas ajenas, hábilmente entrelazadas, lo que destaca en el análisis de Lenin tiene más que ver con las consecuencias sociales y las enseñanzas políticas que extrae de los hechos. Desde el punto de vista social, el imperialismo genera, en primer lugar, el dominio de la oligarquía financiera sobre las demás clases y fracciones; la subordinación de la pequeña y mediana burguesía; y la división del proletariado, mediante la promoción de una aristocracia obrera que es la base social del revisionismo.

            La fase imperialista del capitalismo provoca tres tipos de contradicciones: la que existe entre burguesía y proletariado  en cada país; la de metrópolis-colonias; y la rivalidad de los países imperialistas entre sí. Las dos primeras otorgan un papel esencial a  la lucha de clases y las luchas de liberación nacional contra los países dominadores. La tercera indica que la teoría del ultra-imperialismo o super-imperialismo de Kautsky (contra el que Lenin arremete con especial virulencia) es totalmente errónea. De la misma manera que los monopolios no acaban con las crisis, ningún acuerdo inter-imperialista puede suprimir las guerras y conflictos. La “esperanza de que la paz entre los pueblos llegue a imperar bajo el capitalismo”, abrigada por algunos escritores burgueses y por Kautsky, es, “desde el punto de vista teórico, completamente absurda, y desde el punto de vista práctico un sofisma, un medio de defensa poco honrado del oportunismo de la peor especie” [36]

 

 

 

5. POLÉMICAS SOBRE LA CONSTRUCCIÓN DEL SOCIALISMO EN LA URSS EN LA DÉCADA DE 1920: EL DEBATE BUJARIN-PREOBRAZHENSKI.

 

            Así como los nuevos fenómenos del mundo capitalista (monopolios, imperialismo) generaron amplias controversias entre los marxistas, no sucede lo mismo, curiosamente, con los problemas derivados de la primera experiencia del socialismo en la URSS. Es verdad que Marx, siempre temeroso de incurrir en excesos de especulación utópica, dejó pocas indicaciones en este sentido, más allá de la hipotética desaparición del valor y las leyes de Economía política capitalista a partir de las primeras fases de la construcción de la sociedad comunista. Pero también es cierto que Marx tampoco ofreció indicaciones sobre otros temas y eso no impidió que fueron abordados por sus seguidores. La explicación de este notorio vació teórico hay que buscarla seguramente por otras vías, y relacionarla tal vez con la debilidad teórica general  del marxismo en la Rusia post-revolucionaria.

            En la década de los 30 y siguientes sí hubo, ciertamente, polémicas interesantes sobre la viabilidad de una economía socialista, pero en el ámbito de la Economía académica occidental. En cuanto al anterior decenio, en el contexto del comunismo de guerra, la NEP (Nueva Política Económica) liberalizadora y los inicios de la planificación o la colectivización masiva, los debates más interesantes son seguramente los que tienen lugar entre dos conocidos dirigentes bolcheviques: Bujarin y Preobrazhenski [37] .

            Bujarin ya había escrito en 1919 La economía del período de transición donde, en el duro contexto del comunismo de guerra, hablaba de la desaparición de la ley del valor y la sociedad mercantil. Luego pasaría a ser teórico y defensor de la NEP, y en ese momento se desencadenan sus polémicas con Preobrazhenski, adversario de esta política [38] . Los puntos de discrepancia son fundamentalmente cuatro.

            El primero versa sobre el método de estudio de la economía socialista. Preobrazhenski pretende hacer abstracción de la política del gobierno y estudiar en su aspecto puro el desarrollo de la acumulación socialista originaria, que define en estos términos:

 

“Por acumulación socialista entendemos la adición al capital productivo fundamental del sobreproducto que no se destina a la distribución suplementaria entre los sujetos de la producción socialista y el Estado socialista, sino que sirve para la reproducción ampliada. Por acumulación primitiva socialista entendemos la acumulación en manos del Estado de recursos naturales procedentes de fuentes externas al complejo económico estatal. Esta forma de acumulación está destinada a desempeñar en un país agrícola retrasado una función excepcionalmente importante, en cuanto que permite llegar muy rápidamente a la fase en que da comienzo la transformación técnico-científica de la economía estatal y en la que ésta logrará por fin una supremacía puramente económica sobre el capitalismo”.

 

            Por el contrario Bujarin, aunque reconocía en términos genéricos la primacía de lo económico sobre lo político, subrayaba la importancia de las decisiones políticas en la URSS, pues “muestra política ya incluye una parte considerable de economía, dado que en la estructura de nuestro poder estatal están ya incluidos factores económicos esenciales, entre ellos los centros de mando”. La diferencia, en definitiva, se remonta al asunto de si el socialismo, que implica planificación y acción consciente, puede sujetarse a “leyes de necesidad” como las de la Economía política capitalista.

            El segundo punto de debate versa sobre el conflicto entre el valor y el principio de planificación. Preobrazhenski considera al sistema como un “sistema socialista mercantil de economía”; el principio de planificación en la primera fase de industrialización aparece bajo la forma de ley de acumulación socialista originaria, y el desarrollo del sistema se caracteriza por la lucha por la hegemonía entre los sectores básicos (socialista y mercantil), que en el terreno de la economía política se manifiesta en la forma de lucha entre las leyes que rigen cada uno de los sectores. En la URRS se daba, pues, una realidad sin precedentes, con coexistencia de dos sistemas de economía distintos y antagónicos, con tipos de regulación diferentes, que no sólo podían mantener una lucha sino también un cierto equilibrio.

            Por el contrario, la opinión de Bujarin es que el asunto no hay que plantearlo en términos de leyes objetivas, sino de política económica. La relación entre el sector socialista y el privado  se convierten en relaciones entre proletariado y burguesía, que pueden ser de represión, lucha o colaboración. El control de las palancas de mando es fundamental.

            El tercer punto de discrepancia trata de la ley de acumulación socialista originaria. Ni Preobrazhenski ni Bujarin negaban que hubiera una acumulación socialista. Preobrazhenski define la ley en estos términos:

 

“Llamamos ley de la acumulación socialista originaria a la suma de todas las tendencias conscientes y semiespontáneas de la economía estatal que están orientadas hacia la ampliación y fortalecimiento de la organización colectiva del trabajo en la economía soviética y que dictan al estado soviético, sobre la base de la necesidad: 1) proporciones determinadas de la distribución de las fuerzas productivas, proporciones que se establecen sobre la base de la lucha con la ley del valor en el interior y fuera de los límites del país, y que tienen como tarea objetiva alcanzar el nivel óptimo de la reproducción socialista ampliada en condiciones dadas, y el máximo del potencial defensivo en todo el sistema en lucha con la producción capitalista-mercantil; 2) proporciones determinadas de acumulación de recursos materiales con miras a la reproducción ampliada, principalmente a expensas de la economía privada, en la media en que un volumen determinado de esta acumulación es dictado con una fuerza coercitiva al Estado soviético, bao la amenaza: a) de la desproporción económica, b) del crecimiento del capital privado, c) del debilitamiento de los lazos de la economía estatal con la producción campesina, d) de la ruptura, en el curso de los años futuros, de las proporciones necesarias de la reproducción socialista ampliada, y del debilitamiento de todo el sistema en su lucha con la producción capitalista-mercantil en el interior y fuera de los límites del país”.

 

            En todo caso Bujarin cuestiona que la expresión “ley de acumulación socialista originaria” sea la más correcta, y que tenga las características que Preobrazhenski plantea; concretamente, cree que éste lo ve desde una perspectiva estática y no dinámica, y que considera a la industria socialista separada y no ligada a la economía campesina. Realmente, Bujarin no plantea una visión alternativa y lo que hace es refugiarse en la política económica a corto plazo.

            El cuarto punto de fricción versa sobre la disparidad de los intercambios entre la economía estatal y la privada. De acuerdo con el principio de la lucha entre sectores económicos, Preobrazhenski plantea institucionalizar el intercambio desigual, haciendo que el sector privado financie el estatal, y para ello juzga fundamental aumentar la productividad del trabajo.  Para Bujarin, eso significaría yugular las posibilidades del desarrollo socialista en las condiciones por las que atravesaba la URSS. El proceso de acumulación de la industria socialista no puede perdurar a la larga sin acumulación en la economía campesina, y la aplicación de las propuestas de Preobrazhenski llevaría al colapso del socialismo.

            Más allá de estas diferencias, Preobrazhnski se centra en la esfera de la producción y Bujarin en la de la circulación. El primero considera que el problema es la falta de un plan y el segundo, la relación entre las industrias del Estado y la agricultura. Pero el problema desborda lo económico y tiene que ver con las posiciones entonces dominantes en el Comité Central (que son las de Bujarin) y las de Trostski y sus partidarios (que en términos generales defiende Preobrazhenski), en torno a la NEP. Para Bujarin, las posiciones de su oponente suponían la ruptura del bloque entre obreros y campesinos y el aislamiento del proletariado. Para Preobrazhenski, las posturas de Bujarin y la política del Comité Central conducían a la liquidación de la hegemonía del proletariado y la supeditación de éste a la burguesía y, por tanto, abrían una vía que hacía peligrar el incipiente socialismo.


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[1] G. Beramendi y E. Fioravanti (1974), t. 1, p. 124.

[2] Por ejemplo Schumpeter, en lo relativo a la idea de progreso y a la visión del proceso económico. Los neoclásicos habrían añadido sobre todo más rigor, gracias al uso del análisis matemático.

[3] Henri Denis (1970) dice que Jevons adopta más la visión  de corto plazo

del hombre de negocios que la del científico. Por otra parte, Marx subrayaba que las leyes del capitalismo son necesariamente ignoradas por los sujetos económicos, sometidos a un mundo de fetiches.

[4] Citado en R. Backhouse (1988), p. 115.

[5] Citado en H. Denis (1970), p. 399.

[6] “Introducción” de P. M. Sweezy a textos de Böhm-Bawerk, Hilferding y Bortkiewitz, en P. M. Sweezy  ed. (1974), pp. 8-14.

[7] P. M. Sweezy ed. (1974), pp. 49 y 77-78.

[8] P. M. Sweezy ed. (1974), p. 103.

[9] P. M. Sweezy ed. (1974), p. 126.

[10] Una visión amplia e interesante del Revisionismo y sus variantes es la de B. Gustafsson (1974).

[11] B. Gustafsson (1974), pp. 212-213.

[12] J. A. Moral Santín y H. Raimond (1986)  afirman que Bernstein no parece haber comprendido el nivel de abstracción en el que se mueven los esquemas de El Capital, y cree que pueden ser refutados, sin más mediaciones, con simples datos estadísticos; datos cuya presentación e interpretación por Bernstein son además, en ocasiones (por ejemplo en lo referente a la concentración y la pervivencia de pequeñas y medianas empresas), bastante discutibles..

[13] Citado en B. Gustafsson (1974), pp. 216-217.

[14] Debates posteriores a Marx sobre cómo abordar el problema de la transformación, en D. Guerrero (1997), pp. 93-99.

[15] Citado en B. Gustafsson (1974), p. 74.

[16] Citado en P. M. Sweezy (1974), pp. 138-139.

[17] Citado en P. M. Sweezy (1974), pp. 181-182.

[18] Citado en J. G. Beramendi y E. Fioravanti (1974), p. 126.

[19] Citado en J. G. Beramendi y E. Fioravanti (1974), p. 133-134.

[20] Citado en A. Zanardo ed. (1976), p. 425.

[21] Citado en J. G. Beramendi y E. Fioravanti (1974), p. 136.

[22] Resumen de sus planteamientos y citas de sus textos, tomados de A. J. Hobson (1981).

[23] Citado en J. M. Vidal Villa (1976), p. 73.

[24] Citado en J. M. Vidal Villa (1976), p. 88.

[25] Citado en J. G. Beramendi y E. Fioravanti (1974), p. 157.

[26] Sweezy cifraba esos errores en analizar el problema de la acumulación con las premisas de la reproducción simple (que excluye la acumulación) y apelar al entorno no capitalista como una especie de deux ex machina o elemento que aparece en la argumentación para resolver una situación crítica y salir del embrollo.

[27] En “Una anticrítica” (1916), publicada como apéndice en su obra La acumulación del capital, en R. Luxemburgo (1978), p. 454.

[28] R. Luxemburgo (1974), p. 224.

[29] R. Luxemburgo (1978), pp. 283- 284.

[30] Citado en E. Fioravanti y E. Beramendi (1974), p. 182.

[31] Citado en J. M. Vidal Villa (1976), p. 67.

[32] En M. Vidal Villa (1976), p. 68.

[33] Citado en J. M. Vidal Villa (1976), p. 69.

[34] V. I. Lenin (1974), pp. 98-99.

[35] V. I. Lenin (1974), p. 99.

[36] V. I. Lenin (1974), p. 82.

[37] Por cierto que los dos fueron ejecutados en 1938: Bujarin por “oportunismo de derechas” y Preobrazhenski por “desviacionismo de izquierdas”.

[38] Utilizo básicamente, en esta exposición el texto del volumen de N. Bujarin y E. Preobrazhenski (1971), incluyendo los comentarios previos de Daniel Lacalle.