Uriel Bonilla

«La saga de los Álvarez»

Carlos Rodríguez. Oviedo: Cajastur, 2004, 311 pp.


     No deja de sorprender un tanto que en una sociedad donde las ciencias son algo así como las condiciones de posibilidad de su existencia, éstas nos resulten tan poco estimulantes. Quedan relegadas al aparcamiento de la enseñanza obligatoria como un trago necesario y desagradable –salvo para sus futuros cultivadores– que enterramos cuanto antes para dedicarnos a lo realmente importante: divertirse en la adolescencia, buscarse la vida, luego. Buena o mala vida, en cualquier caso ajena a unos cuerpos de conocimiento cuyos productos forman parte, sin embargo, de nuestros deseos navideños, de nuestros ritos de paso (uno se integra hoy entre sus compañeros de colegio cuando le compran el teléfono móvil; el coche es símbolo inequívoco del acceso a la madurez; nuestra silla de ruedas plegable nos acerca a la que será última y moderna morada, un primor de arquitectura civil), de nuestra supervivencia en fin, apoyada sobre la obtención y procesamiento del espiritual gas o del oleoso petróleo.

     Es cierto que también viven o han vivido entre nosotros importantes vulgarizadores científicos, actividad en la que han sobresalido desde el principio los estadounidenses, seguramente por haber sido muy conscientes del papel básico que las ciencias juegan en nuestro sistema capitalista. A ellos les debemos últimamente, a los estadounidenses digo, una serie televisiva de gran éxito en la que agentes de la «policía científica» ponen sus conocimientos al servicio de la ley, descubriendo asesinos gracias a un minucioso análisis de su caspa o de las uñas de sus pies. Se tiene la impresión, sin embargo, de que a la hora de enfrentarse con, dígase siempre con solemnidad, los más grandes y más profundos interrogantes de la existencia humana, las ciencias son vistas como insuficientes y también como innecesarias. Nadie se cree pues que Arsuaga, Harris o Wilson puedan decirnos realmente ¿qué es el Hombre? Úsense pues las ciencias para lo que sirven: dennos mejores coches, más veloces, más seguros, vigílese el espacio interestelar para que ningún meteorito descortés interrumpa nuestro hermoso hacer, pero no, oigan, no se metan donde no deben. Al fin y al cabo ¿acaso no era creyente el mismo Newton?

     En esta línea divulgativa Carlos Rodríguez hace su particular aportación acercándonos la vida de esta familia de origen asturiano que aún no ha olvidado a sus ancestros. En esta obra toman cuerpo las cuestiones antes citadas con una fortaleza sólo debida al buen hacer del autor. Sin embargo, su perspectiva se distingue de otras posibles y él mismo nos ofrece la demarcación cuando compara su obra con las autobiografías de Walter Clement Álvarez y de su hijo Luis Walter Álvarez quienes «son muy reacios a facilitar datos personales o familiares, y en sus memorias se centran en las actividades profesionales». No supone esto ignorar las actividades que han dado sentido a su vida y que justifican una obra dedicada a ella, la de los cuatro, pero sí se trata de ofrecer un rostro más humano podríamos decir. Al mismo tiempo, es de agradecer la referencia a los acontecimientos históricos más importantes de los que son a veces espectadores –como la invasión de Hawai por parte de Estados Unidos– a veces decididos protagonistas –como la Segunda Guerra Mundial.

     Carlos Rodríguez nos ofrece en este libro interesante una historia familiar. Cuatro generaciones de hombres y mujeres entre los que se destacan por su dedicación a diversas ciencias cuatro personajes con Luis Fernández Álvarez (1853-1937) a la cabeza. Éste salió de Asturias a la emigración durante los sesenta del siglo XIX, en el momento de más afluencia de la emigración asturiana, y su destino fue la bien llamada «joya de la corona española»: Cuba. Allí trabajó en las plantaciones de tabaco donde aprendió el oficio y luego como lector. Efectivamente, Luis Fernández leía todos los días los periódicos a los trabajadores y otros textos considerados de interés por los empresarios, cuando no había radio ni psicología del trabajo nuestro héroe cumplía con pulcritud y empeño.

     Posteriormente, cuando los tabaqueros comenzaron a trasladarse a Cayo Hueso en los Estados Unidos, Luis Fernández les acompañó en el viaje y ya no volvió a Cuba. En su nuevo y definitivo país, fue crucial para él su condición de masón partidario de la religión natural según la cual: «se estima, sin embargo, más oportuno el no imponerles otra religión [a los masones] más que aquella sobre la cual todos los hombres están de acuerdo y el dejarles la libertad en lo que se refiere a las opiniones particulares». Pasó por Nueva York y se casó en Minnesota con Clementina Schutze, mujer religiosa; a continuación emigraron a Los Ángeles y recalaron en San Francisco cuando corría el año de 1884. Aquí y a los 31 años se matricula Luis Fernández en la Facultad de Medicina de Cooper, hoy Universidad de Stanford. Al finalizar la carrera y sin mayores perspectivas acepta un trabajo en las islas Hawai, por entonces monarquía independiente, donde residirá con su familia y donde trabajará sin desmayo durante quince años. Abandonarán Hawai en 1903 y aceptará inmediatamente un trabajo en Cananea, ciudad fronteriza con México que abandonó en favor de su hijo Walter C. Álvarez.

     Entre las virtudes destacadas por Carlos Rodríguez están su dedicación, su permanente prurito por renovarse y aprender –su capacidad de trabajo, en fin– y su gran adaptabilidad. Es por su trabajo que Fernández aprende, no sólo el hawaiano, como antes, en Cuba, el inglés sin que nadie se lo pidiera, sino también el patois de los trabajadores del puerto, lengua franca del Pacífico. En cualquier caso hay algo que queda patente en estos años y que podemos concretar en el episodio de la integración de Hawai en los Estados Unidos. Esto ocurrió en 1893, hasta entonces las islas mantenían un tratado bilateral con el poderoso vecino según el cual tenían acceso preferente al mercado azucarero estadounidense, claro que los grandes terratenientes de la caña eran los descendientes de los misioneros protestantes de Massachusetts emigrados en 1820. Cuando la reina Liliuokalani, amiga de la familia Fernández, luego Álvarez, trató de modificar las condiciones de ese acuerdo desventajoso para la población nativa los grandes hacendados haole contaron con el apoyo de los marines de su país que anexionaron Hawai inmediatamente. Esto no modificó en nada la vida de nuestro protagonista que abandonó las islas seis años más tarde con cierto capital después de invertir en los terrenos del centro de Honolulu, comprados a bajo precio y posteriormente muy revalorizados con las inversiones estadounidenses.

     Por su parte Walter Clement, ya Álvarez de primer apellido por la costumbre estadounidense de coger el segundo en vez del primero, tomó la consulta de su padre en las minas de Cananea. Como su padre sabía el idioma de la zona, el español, y también como él se integró en su comunidad hasta el punto de conocer sus supersticiones. Este es un detalle muy interesante porque, según el diagnóstico de Walter, el morbo más habitual entre la población, además de las enfermedades endémicas de los trabajos mineros en condiciones penosas, era la histeria. Nuestro médico la combatía haciendo uso de sus conocimientos sobre la hechicería nativa puesto que, externamente, las reacciones histéricas eran presentadas por enfermos y familiares como problemas de posesión espiritual. Su terapia era complementada con el intento de hacerles comprender «que sería más “divertido” encontrarse bien». Desde la perspectiva de Walter entonces, el problema era estrictamente psicológico más bien que sociológico, histórico o incluso etnológico.

     Además de esto, heredó de sus padres un tesón indesmayable y de su ídolo, el doctor Olsen, un cierto interés por la psicología y la filosofía. Del doctor Schmoll, con el que comenzó a trabajar en 1909 y que era especialista en la reciente «ciencia dietética», aprendió el diagnóstico rápido en el que llegó a ser, como en muchos otros campos de la medicina, un especialista. En un principio dirigió su interés a las enfermedades psicosomáticas y luego a las relacionadas con el tracto digestivo aunque también tocó la estadística médica aún en ciernes por aquellos años. Otra constante en su vida y por la que fue conocido como el «médico de América» consistió en acercar la medicina al público, fue un gran divulgador que no estuvo exento de críticas por ello. En cualquier caso su labor más importante la realizará en una de las mayores empresas del ramo en aquel momento y del mundo: la Clínica Mayo de Rochester, Minnesota. Allí pasó 25 años de su vida –desde 1926 y hasta 1950– y se formó definitivamente como médico y como investigador. Después de su jubilación no decreció su actividad, orientada entonces a la divulgación científica en los periódicos y a la edición de libros y publicaciones relacionadas con su campo.

     Dado su absorbente trabajo llegó a declarar en sus memorias haberse sentido muy solo en algunos momentos y dio por ese camino con el ámbito de la religión en donde  se reconocía como un partidario de la «religión sencilla de Cristo», desnuda de sus credos y sus dogmas. El hilo de su pensamiento le lleva a un fin que quizá sorprendería a un ilustrado ingenuo pero que hoy, acostumbrados a la continua esquizofrenia de muchos científicos, a la permanente existencia en la doble verdad de las ciencias y la religión, no es tan raro: tampoco lo fue ayer. En fin, Walter Clement Álvarez declara sin ambages que la teoría de la evolución, tal y como se conoce después de la síntesis de los años cuarenta, llegaba a su límite cuando se enfrentaba con la prueba, tan discutida desde Darwin mismo, del surgimiento del ojo. Sin un supremo artífice no existiríamos ni tampoco habríamos evolucionado de la forma en que lo hemos hecho, según Álvarez.

     Con Luis Walter Álvarez llegamos a la tercera generación de científicos de la familia Álvarez. Él, el más laureado y reconocido de todos, que alcanzó todos los honores como físico atómico, también mantiene muchos de los rasgos definidores de esta saga. Nacido a principios de siglo conoció a la flor y nata de los científicos de la Gran Ciencia: Ernest Lawrence (constructor del ciclotrón e iniciador por ello de la física de altas energías), Fermi, Oppenheimer, Coptom, Bohr, etc. Inició su carrera propiamente en Bekeley, trabajando en el ciclotrón de Lawrence y fue en 1968 cuando se produjo un hito en su vida al recibir el premio Nobel de física por sus trabajos con llamada Cámara de burbujas –la cual permitió el descubrimiento y estudio de varias partículas por sus rastros en el hidrógeno líquido consistentes en líneas de burbujas precisamente–. Entre el ciclotrón y el Nobel fue uno de los más destacados físicos que participaron en el Proyecto Manhattan que culminó con la construcción de la bomba atómica. El Nobel no fue ni mucho menos el fin de su carrera: trató de encontrar, usando un sistema elaborado a partir de la física de partículas, cámaras secretas en la pirámide de Kefrén (que no existían) e hizo importantes aportaciones al esclarecimiento del asesinato del presidente Kennedy, finalmente junto con su hijo propuso la llamada Teoría de los Álvarez que trata de explicar la gran extinción del cretácico-terciario como consecuencia del impacto de un meteorito en la Tierra hace 65 millones de años.

     Fue, como sus antecesores, un trabajador en un sentido casi podríamos decir que protestante. Como su padre también se formó íntegramente en los Estados Unidos y fue, como su padre, un ciudadano americano en el mismo profundo sentido, nada cinematográfico, en que nosotros podemos sentirnos ciudadanos de España. El ejemplo más claro lo dio con su labor en Los Álamos, de hecho, como dice Carlos Rodríguez «Para la mayoría de los americanos la segunda Guerra Mundial empezó en la mañana del domingo día 7 de diciembre de 1941 con el ataque japonés a Pearl Habor, pero para Luis Álvarez había comenzado el 11 de noviembre de 1940». Desde ese día y hasta el final de la contienda Luis Álvarez fue un guerrero: trabajó en el perfeccionamiento del radar, decisivo en la batalla submarina contra los nazis; inventó varios sistemas de camuflaje para los rádares enemigos como el VIXEN; también inventó sistemas de aterrizaje ciego que aún se usan en la aviación comercial (CGA) y finalmente, por no seguir citando, contribuyó de manera decisiva a la construcción de la bomba atómica. De hecho estuvo presente el día en que se lanzó la de Hiroshima realizando mediciones y escribió una carta a su hijo en donde declaró que «las naciones tendrán que caminar juntas de forma amistosa, o sufrir las consecuencias de un repentino ataque silencioso que puede paralizarlas durante la noche». Defendió asimismo la necesidad de la segunda bomba y, entre otros argumentos, citó el informe previo de Lawrence, Copton, Fermi y Oppenheimer que lo consideraron necesario.

     De esto creo que se pueden sacar varias conclusiones de las cuales la principal reza que las ciencias, en su desarrollo, no son independientes del medio social que las hace posibles. Es claro que Álvarez no desarrolló su carrera pendiente de la industria militar pero ésta se benefició cuando hizo falta de los conocimientos de Álvarez y de todos sus compañeros muchos de ellos premios Nobel igualmente. Estados Unidos no tenía una planificación al estilo soviético pero desde luego planificaba, y planifica, el desarrollo científico a través de distintas instituciones y no sólo laboratorios. Repárese en este sentido en el llamado Club Jasón establecido en los años 50, constituido por los jóvenes físicos «más inteligentes» que «pasaban el verano trabajando en problemas de seguridad nacional» y del que Álvarez formó parte como maestro o como guía. Así, si como se dice en la presentación de esta obra los avances científicos son el resultado «de una pasión que impulsa a los científicos a investigar», no es menos cierto que ésta es canalizada por quien pone los medios en su beneficio.

     Esto nos lleva a matizar entonces una previsible propensión a la identificación con los Álvarez por su origen de un tipo muy en boga hoy en día, bastante pasional por otro lado. Los Álvarez son el resultado de una historia, de una educación y de un país, los Estados Unidos de Norteamérica con todo lo bueno y lo malo –siempre tan relativo– que conlleva. Su origen asturiano queda como una cuestión sentimental aunque siempre hasta ahora han mantenido relación con los que se quedaron aquí, en Salas, y conservan su lengua materna, el español.

     Queda cumplido en fin el objetivo del libro «dar a conocer la vida de una familia, de origen asturiano, que alcanzó importantes metas en distintos campos de las ciencias». A todo el interés que la obra reviste debe añadirse la entrevista mantenida con el último de la saga, Walter Álvarez, coautor con su padre de la tesis o teoría Álvarez sobre la última gran extinción y geólogo reconocido. También se incluyen como apéndices una selección de patentes y trabajos de todos ellos.