Carlos Glez. Penalva

«Simón Sánchez Montero: In memoriam »


      Simón Sánchez Montero –fallecido a sus 90 años de edad el pasado mes de marzo– es, sin duda alguna, un referente de la lucha por las libertades y la construcción de una alternativa democrática en España. Así le reconocemos, con sentido recuerdo, todos los comunistas españoles deudores de su tenacidad y constancia ante las adversidades: la guerra y la dictadura, la cárcel y la tortura que marcaron su vida desde la juventud.

      Simón nace en el seno de una familia campesina de Nuño-Gómez (1915, Toledo), pueblecito de 500 habitantes constituido, como él mismo decía, por «tres terratenientes que poseen casi toda la tierra y que residen en Madrid; unos cuantos campesinos acomodados, aunque también dependen para sembrar la tierra de los terratenientes y, el resto, campesinos pobres y obreros agrícolas». Decidido a mejorar su vida y la de sus padres, se traslada a Madrid con tan solo 12 años, ejerciendo de aprendiz de sastre y repartidor de pan. Vivirá, aún como curioso espectador, los sucesos en la Facultad de San Carlos, las elecciones, la República, las brutales cargas de los guardias. También se producirán ahora sus primeras lecturas de la literatura marxista. Hechos que fraguarían en él las ansias por la institución de una sociedad justa, instruida y libre. Estas aspiraciones le acompañarían hasta la fecha de su muerte.

      Integrado en el Sindicato de Artes Blancas Alimenticias, comenzará a forjar su actividad política. Primero, en torno al partido socialista y UGT. Luego, defraudado por estos, se incorporará a las filas PCE. Convencido que con el triunfo del Frente Popular se había iniciado en España una nueva etapa en el desarrollo de la revolución, y que la sublevación fascista suponía el intento de terminar con la República, la democracia y el movimiento obrero de nuestro país, Simón se integrará, fusil en mano, al batallón del Sindicado. En 1938, la disposición de Prieto sobre el Comisariado le apartaría –pues carecía de nombramiento oficial– a la Escuela del sector sur de Madrid a seguir un curso interno del Partido. Una vez finalizado el curso, colaboró en la dirección del trabajo de educación en las escuelas y en la Escuela del sector Este del Partido hasta que, al calor de la ofensiva fascista sobre Madrid, participará en la defensa de la capital. A pesar de la derrota, Montero siempre consideró que la guerra había supuesto para los comunistas una experiencia de valor incalculable. La lucha por la emancipación de los trabajadores no había terminado, tan solo había cambiado de forma. Se iniciaba así su vida en clandestinidad.

      Finalizada la contienda, huye a Sevilla para regresar a Madrid en 1944 y dedicarse a labores de agitación y propaganda y a reorganizar el PCE. Un año más tarde, es detenido y condenado a 14 años de prisión. Excarcelado en 1952, conocerá «por las rutas de la clandestinidad» al que será su Secretario General, su mentor –político e intelectual– y su amigo: Santiago Carrillo.

      En 1954 es elegido como miembro del Comité Central del PCE en su V Congreso y, en 1957, es artífice del informe en el que se propone la huelga nacional como forma pacífica de lograr la superación democrática de la dictadura franquista. A partir ese momento Montero se convirtió en uno de los principales dirigentes del Partido. Valedor y cara amable del poder y férrea disciplina de Carrillo, actuaría como correa de transmisión y representante del Partido –dirigido desde exterior– de las directrices políticas en el interior.

      Conocido por su tesón y constancia ante las torturas a las que había sido sometido así como por su merecido prestigio en la oposición democrática de Madrid, Montero se consolida en los últimos años de la dictadura como referente político del Partido dentro y fuera de este. Tal reconocimiento le llevará a asumir un papel crucial en la formación de la Junta Democrática en el interior. Posteriormente, ya en la transición, ejercerá como diputado en las dos primeras elecciones legislativas (1977 y 1979).

      En estos años, Montero comenzará a dar los primeros pasos de un camino sin retorno que van desde el «sacerdocio del leninismo» –como apuntaba un avieso periodista del El Mundo pasando por la defensa, cada vez más contundente, de los «necesarios» cambios suscitados por la reorganización ideológica. Será partícipe del «ajuste» del PCE al eurocomunismo del libro-tesis de su amigo y mentor, Santiago Carrillo, que desembocará en la crisis que rodeó al X Congreso del PCE y en la lucha encarnizada entre «renovadores» –que resultaron no serlo tanto– y «leninistas».

      Sin embargo, a pesar de su papel durante los primeros años de la transición en la «dictadura carrillista» y tras la dimisión de Santiago en noviembre del 82, Sánchez Montero no se dejó llevar por los aventurerismos. Como deja entrever en sus memorias, no ocultaba un leve tono crítico y amargo hacia su amigo. Cabe señalar que su actitud y lealtad hacia Carrillo –y las consecuencias que esto acarreó a la vida del Partido– fueron muy comunes entre antiguos militantes y que, en el caso de Simón, tuvo más que ver –aunque no cabe un reduccionismo de corte psicologista– con la idea de disciplina propia de la clandestinidad extrapolada a las nuevas condiciones que se daban en el Partido –la afiliación masiva de militantes, las distintas organizaciones de obreros e intelectuales que vivían aisladas las unas de las otras y que exigían nuevos modelos de organización, etc.– que con una verdadera voluntad de acallar a las minorías y voces discordantes con la dirección.

      Simón Sánchez Montero pertenecerá a los órganos de dirección hasta el XIII Congreso del PCE. Su deriva política e ideológica iniciada en los años 70 terminará situándole en los aledaños de la Fundación Alternativas del PSOE con otros ex militantes del Partido y junto a los «renovadores». Todos ellos terminarían haciendo suya –consciente o inconscientemente– la fórmula de Carrillo de la «unidad sagrada de la izquierda» que, en la práctica, supone la concepción por la cual el PCE –y por ende, las perspectivas propias del materialismo– es un obstáculo en el desarrollo natural de IU y que, en última instancia, exige librarse de ese lastre que impide tal desarrollo. Para Sánchez Montero, en los últimos años de su vida, Izquierda Unida, las políticas de alianzas, son la estrategia. Como bien señalaba Javier Navascués en el número de abril de Mundo Obrero, es la estrategia la que requiere de la política de alianzas y no al contrario.

      Con todo, la labor histórica desarrollada por Simón Sánchez Montero forma parte del elenco de protagonistas de la lucha por las libertades democráticas, del socialismo, en el siglo XX. Sin duda, el PCE no puede más que sentirse orgulloso de haber contado con la dedicación política y personal de un hombre de semejante talla.