Roberto Ruiz García
«Nóbeles
españoles. De la neurona al ADN»
Alfredo Baratas y Mª
Jesús Santesmases., Editorial
Nivola. España, 2001.
La
ciencia española no está sobrada de premios Nobel.
Dos científicos españoles han logrado hasta la fecha este máximo reconocimiento:
Santiago Ramón y Cajal y Severo Ochoa.
El
caso de Ramón y Cajal es propiamente español;
en España se formó y realizó todos sus trabajos de investigación,
en un ambiente en principio indiferente y en segunda instancia más
propicio.
El
caso de Severo Ochoa es distinto; formado como investigador en España,
su madurez científica transcurrió fuera de sus fronteras. Ochoa, que
abandonó su país natal durante la Guerra Civil, tras un corto paréntesis
en Alemania e Inglaterra emigró, al igual que una legión de investigadores
europeos, a Estados Unidos, y bajo aquella bandera desarrolló los
trabajos que le conducirían al premio Nobel.
Salvando
las distancias biográficas evidentes, el paralelismo de las trayectorias
científicas de Cajal y Ochoa permite distinguir
características básicas de la ciencia española contemporánea. En primer
lugar, ambos permiten hacer una parábola del devenir científico español
desde mediados del siglo XIX hasta los años setenta del siglo XX.
Cajal es el prototipo del científico español
en el cambio de siglo: en un ambiente con escasa tradición investigadora
y escaso apoyo institucional, buena parte de su mérito descansa en
su ingente capacidad de trabajo y en su tesón. Ochoa, en cambio, pertenece
a una generación científica posterior, cuya labor se apoyaaba en el entramado institucional desarrollado por sus
maestros y predecesores. Esta trabazón científica era en los años
treinta un prometedor andamiaje, pero no un edificio consolidado.
La Guerra Civil y los planteamientos científicos de la primera época
del franquismo aniquilaron ese sistema científico.
A lo
largo de los años cuarenta y cincuenta, con una gran parte del colectivo
de investigadores españoles en el exilio o en la emigración, el panorama
científico español estaba lejos de su reciente esplendor. Solamente
a partir de los años sesenta y setenta se plantearon, lentamente,
iniciativas para mejorar el sistema científico español.
Otra
característica común a ambos científicos es la consideración popular
de grandes sabios, grado que se alcanzaba
tras el reconocimiento internacional del premio Nobel.
En algún caso, el desmedido elogio hacia estos hombres los eleva casi
a la categoría de santos laicos. Esta actitud enmascara, en ocasiones,
una cierta autocomplacencia del conjunto de la sociedad: “Tenemos
sabios, científicos notables que, a pesar de la falta de apoyo, desarrollan
un trabajo importante y reconocido fuera de nuestro país… ¡no estamos
tan mal!”, parece traslucirse de las glosas periodísticas. En otras
ocasiones, se cae en la autoflagelación: “Cajal y Ochoa son casos aislados, vivimos en un páramo científico”.
Ambas actitudes, simples y simplistas, tienden a obviar el importantísimo
papel de la ciencia en el mundo contemporáneo y a erigir un fetiche
que oculta la sistemática falta de atención a la ciencia en el conjunto
de nuestra sociedad.
No
obstante, y esta es una última característica en común a ambos científicos,
ambos intentaron canalizar la repercusión pública de su trabajo científico
y los premios internacionales para promover una mejora de las instituciones
científicas españolas. Cajal, premio Nobel en 1906, fue
elegido presidente de la Junta para la ampliación de Estudios e Investigaciones
Científicas en 1907. La Junta fue un órgano colegiado y autónomo responsable
del desarrollo científico español del primer tercio del siglo XX,
gracias a una eficaz política de becas en el extranjero y a una equilibrada
gestión de los principales centros de investigación. Ochoa, a lo largo
de los años setenta, se erigió en un referente para el emergente grupo
de bioquímicos españoles, y en torno a él se vertebrado nuevas sociedades
científicas (la Sociedad Española de Bioquímica), congresos especializados
y, finalmente, laboratorios de investigación (como el Centro de Biología
Molecular).
Respecto
de Santiago Ramón y Cajal, no se pretende
hacer una detallada exposición de sus logros científicos; el objetivo
es presentar las grandes etapas de su trayectoria vital y científica.
Y aunque se hace más hincapié en la obra del sabio, el texto no renuncia
a apuntar algunas de las características del hombre: su impresionante
producción científica es la prueba de un carácter firme, dotado de
una enorme capacidad de trabajo, a pesar del ambiente indiferente,
cuando no hostil. Cajal tenía un elevado
sentido de la propia dignidad y una extraordinaria confianza en sus
metas; el interés por publicar en revistas internacionales y en lenguas
foráneas evidencia una fuerte voluntad de superación personal. Asimismo,
sus recurrentes análisis de los males
de la patria y su deseo de superarlos testimonian un acrisolado
sentimiento nacionalista.
Por
debajo de la estructura cronológica del relato, que en líneas generales
se organiza en función de las diferentes ciudades en las que vivió
subyace una nueva organización en etapas de la vida científica y académica
de Cajal, con la particularidad de que cada
nuevo estadio no determina el abandono de los trabajos de la etapa
anterior, sino un esfuerzo adicional en una nueva línea. De tal modo,
tras la primera tapa de formación, que podríamos dar por terminada
en 1887, se inicia un largo y fructífero ciclo de investigación microscópica
que se prolongará hasta el fin de su vida; en él establecerá la independencia
de las células nerviosas, describirá la anatomía de numerosos centros
nerviosos, estudiará los procesos de embriogénesis,
analizará la composición citológica del
tejido nervioso…En un segundo momento, a partir de 1892, Cajal
se esforzará por dar a la imprenta trabajos de síntesis que resuman
sus investigaciones y, de forma secundaria, aclaren los objetivos
de investigación inmediatos. En un tercer periodo, cuyo detonante
fue el Desastre del 98, Cajal asume responsabilidades en la organización y gestión
de algunas instituciones científicas, en un claro alineamiento con
las posturas reformistas de principio del siglo XX. En suma, la evolución
biográfica de Cajal nos presenta de forma progresiva al investigador, al
maestro y al académico.
De
Severo Ochoa hay menos material; la historia de su vida es más reciente.
Se echa en falta un estudio sobre su obra científica, sobre su trayectoria
académica y las influencias a las que estuvo sometido y las que produjo
en su entorno, y sin tono heroico, pues no hay héroes en la ciencia
ajenos a su tiempo y a los apoyos, estímulos y limitaciones en las
que se desarrolló su trabajo.
Las
conferencias que pronunció en Madrid en mayo de 1967, Base molecular de la expresión del mensaje genético (Madrid, CSIC,
2000), recogen su visión del desarrollo de la biología molecular hasta
ese mismo año, sus contribuciones y las de sus colegas.
Sus
hallazgos fueron decisivos para descifrar el código genético, ya que
fue la primera persona que sintetizó un ácido nucleico, en 1955. Los
ácidos nucleicos son moléculas grandes y complejas que están presentes
en todas las células vivas y controlan la herencia. Ochoa se incorporó
en 1942 a la Universidad de Nueva Cork y en 1954 fue nombrado director
del Departamento de Bioquímica. En 1955 aisló la polinucleotidofosforilasa,
enzima capaz de realizar la síntesis de los ácidos ribonucleicos.
Por este descubrimiento le fue concedido el Premio Nobel
de fisiología y medicina en 1959, compartido con el bioquímico estadounidense
Arthur Kornberg; Ochoa fue galardonado
por sus investigaciones sobre el ácido ribonucleico (ARN), Kornberg por las realiazafas sobre
el ácido desoxirribonucleico (ADN). Durante la década de 1970 su laboratorio
contribuyó a identificar las correspondencias entre los nucleótidos
y los aminoácidos de las proteínas, la clave de la genética.
