Pablo Infiesta

«Ciencia y científicos en Cuba colonial:
La Real Academia de Ciencias de la Habana 1861-1898.»

Pedro M. Pruna Goodgall., Editorial Academia. La Habana, 2001.


Con el estallido de la Guerra Civil y la subsiguiente victoria del franquismo, varios científicos españoles se exiliaron en Cuba, incorporándose a la vida académica del país. Casi 80 años antes, cuando la isla era todavía colonia de un imperio que sufría sus últimos estertores, se produjo la fundación de la Real Academia de Ciencias de la Habana. En el presente volumen, Pedro Pruna nos ofrece una historia de la ciencia cubana en el convulso período que va desde la fundación de la Academia hasta el cese de la soberanía española en 1898. 

La elección de la Academia de Ciencias como núcleo vertebrador de la obra no es una decisión caprichosa ni carente de fundamento, sino una exigencia del propio material que se pretende historiar. Pues la ciencia moderna no es el producto  intelectual que individuos excepcionales dan a luz en su torre de marfil, iluminados únicamente por su genio. La ciencia es, antes que nada, una construcción social e histórica, una magna empresa que exige unas determinadas estructuras políticas e institucionales para su realización. En este caso, la Academia de las Ciencias de la Habana es, efectivamente, la institución que posibilita el desarrollo de la ciencia cubana, y por tanto debe ser también la referencia de la investigación histórica. Así, la historia de la ciencia de Pruna es, antes que nada, una historia social e institucional que atiende no solo a la Academia, sino también a los individuos que la constituyen, realizando, en palabras del autor, una «biografía colectiva» que entraña «la idea de la construcción conjunta de una institución por sus propios miembros, y no la investigación de las características comunes, de fondo, de un grupo de actores de la historia por medio del estudio colectivo de sus vidas». La toma de distancia con cualquier tipo de subjetivismo es patente. 

No obstante, no cabe caracterizar a la historia de la ciencia de Pruna como una obra “externalista”, ocupada únicamente de los factores sociales externos al cuerpo de la ciencia misma.  Antes que nada, porque el propio autor, en un artículo publicado en un número anterior de esta revista, reniega de la distinción tajante entre una historia de la ciencia externa e interna. Distinción tan extendida e implantada como infundada, ya que, si tenemos en cuenta que el contexto social y tecnológico influye en la estructura misma de los teoremas científicos (por ejemplo, la estructura de la máquina de vapor en la segunda ley de la termodinámica, o la selección artificial y social en la teoría de la selección natural) la dicotomía entre la historia interna y externa pierde todo sentido: Pues el “internalista” tendrá que analizar los determinantes sociales que afectan a las teorías científicas, y el “externalista” tendrá que enfrentarse con las consecuencias epistemológicas del contexto social. Además, la historia de Pruna no se limita a relatar los avatares de la Academia y sus miembros, sino que también da cuenta de las actividades científicas que se desarrollaron en el seno de la institución.

La primera parte de la obra, rubricada como «Historia Institucional», describe los precedentes de la Academia, su génesis en 1961, y su desarrollo hasta 1898. La historia de la institución está entreverada con la historia de Cuba, y también con la historia de su «grupo rector», el conjunto de individuos que llevaron adelante este proyecto, de entre los que destaca el galeno Carlos J. Finlay. El utillaje histórico y sociológico que maneja Pedro Pruna le permite elaborar un relato claro, sólido y lo suficientemente amplio, sustentado sobre un minucioso trabajo de documentación y análisis cuantitativo, capaz de ofrecer al lector un completo panorama de los factores sociales, institucionales y políticos que dieron lugar al desarrollo de la ciencia en el período colonial del país cubano.

La segunda parte, más cercana a lo que habitualmente se considera historia interna de la ciencia, tiene por título “Los Temas de la Academia”, y consiste en una exposición sumaria de la producción científica realizada en el seno de la Academia, completando así la historia de la ciencia en la Cuba colonial. Destacan, cuantitativa y cualitativamente, las aportaciones en Medicina, dado que la práctica totalidad del «grupo rector» pertenecía a esta rama, y los problemas fundamentales de la sociedad cubana estaban relacionados con la proliferación de enfermedades. Pero también se reseñan las investigaciones realizadas en el seno de ciencias como la Biología, la Geología, la Física o la Antropología.

El volumen se completa con un apéndice en el que se aportan datos de interés acerca de la Academia y sus miembros. Es de agradecer la inclusión de un índice onomástico, útil herramienta para el lector que no todas las publicaciones incluyen. Concluyendo: una obra de gran interés, tanto por su contenido como por su forma y método, excelente ejemplo de lo que debe ser una historia de la ciencia, rigurosa, informativa y fundamentada.